La corte de las cenizas Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

— A cambio le ofrezco lo que él de verdad quiere y no se atreve a nombrar — digo—.

Romper. Salir. Dejar de ser el cuchillo de su orden.

Mira: Velora porta el mismo don que yo, Tassia.

El mismo. Y nunca paga el precio. Yo me vacío de recuerdos cada vez que borro un rastro y ella quema cosechas enteras sin perder ni el nombre de la calle donde nació.

Mientras esa mujer esté en el trono, este reino arderá un poco más cada año hasta que no quede nada que contar en ningún censo, ni portadores ni gente.

Le ofrezco a Theron derrocarla. Los dos queremos a la misma mujer fuera del trono: yo porque me cazaría el día que supiera que la igualo, él porque su orden la querría a ella si supiera lo que porta, y antes que entregar a otra criatura a esa orden, Theron prefiere...

— Me callo. No sé terminar esa frase sin nombrar lo de la bodega, sin nombrar lo que pasa cuando me toca la cara con la mano sin guante—.

Le ofrezco que el monstruo que de verdad teme su orden no sea yo.

Que sea ella. Que persigan a la reina que no paga, no a la doncella que paga de más.

— ¿Y te fías? — dice Tassia, y no me suelta la muñeca—. De un cazador. Tú.

— No. — Le cubro la mano con la mía, la verde con la fría—.

No me fío. Pero llevo veintidós años sin fiarme de nadie y aquí estoy, contando puertas en una botica mientras en la fragua afilan un hierro con mi rama.

Fiarse no me ha salvado nunca, es verdad, pero es que nunca lo he probado.

No sé si fiarse mata. Solo sé que no fiarse me ha traído hasta aquí.

A lo mejor toca probar lo otro. A lo mejor el suicidio no es fiarme de él; a lo mejor el suicidio es seguir sola.

Renko levanta la cabeza desde su rincón.

— Yo te acompaño — dice—. Al ala de los huéspedes. Conozco los pasos de los guardias de noche. Sé cuándo cambian la ronda en el patio grande. Te llevo por donde no miran.

— No. — Me agacho a su altura, le pongo una mano en la rodilla huesuda—.

Tú esta noche te quedas aquí, con Tassia, y mañana al alba estás en las cuadras como cualquier día, cepillando caballos, sin saber nada de nada.

Si te ven conmigo de noche, te haces cómplice, y a los cómplices les ponen el hierro dos veces.

— Pero tú vas sola. — Le tiembla la barbilla—. Sola.

— Llevo veintidós años yendo sola, Renko. Una más no me mata.

Es mentira, y los dos lo sabemos, porque ir sola sí me ha estado matando, despacio, recuerdo a recuerdo.

Pero el crío necesita oírlo y yo necesito decirlo, así que lo digo.

Renko se muerde el labio, busca una palabra que no se le trabe, y al final repite lo último que he dicho, como hace siempre que algo le importa demasiado para inventar palabras nuevas:

— No te mata — murmura, y suena a rezo más que a respuesta.

Le revuelvo el pelo lleno de paja. Me levanto antes de que el nudo de la garganta me suba más, porque si me quedo un minuto más en esta botica calentita, entre el tinte verde y este crío que quiere protegerme con dieciséis años y los pies descalzos, no voy a tener el valor de salir a la noche a ofrecerle mi confianza a un cazador.

Tassia me suelta despacio. Mira a Renko, encogido en su rincón, repitiendo en voz baja palabras sueltas de la conversación como hace siempre, guardándolas.

Mira el frasco oscuro que abulta en su bolsillo.

Luego me mira a mí y asiente una sola vez, corta, y en ese gesto suyo hay más que en cualquier juramento de sangre del norte.

— Si te falla — dice—, si ese hombre te falla mañana sobre el hierro, vuelve aquí.

Yo tengo cosas en este armario que no son tinte.

— Se toca el bolsillo—. No vas a quemarte viva delante de la corte mientras yo respire.

Eso te lo juro por la ruda y por la madre que la parió y por la mía, que en paz descanse.

Salgo de la botica a la calle helada. Es noche cerrada y la luna entra por las tres bocacalles que cuento sin querer, una, dos, tres, plata sobre los adoquines.

En algún lugar de palacio, Theron Drevasil afila, o duerme, o reza a sus dioses fríos del norte, y voy a ir a buscarlo de noche, yo sola, sin avisar, para ofrecerle a un cazador la cabeza de una reina y mi propia confianza, que es lo único que aún no he usado nunca y por tanto lo único que aún me cobra precio entregar.

Por el camino paso por delante de la fragua de la guardia, cerrada a esta hora, y veo a través de la reja el brillo apagado de las marcas de hierro alineadas en su soporte, frías ahora, esperando el alba para ponerse al rojo.

Cada una lleva el mismo dibujo en la punta: una rama.

La rama que el juramento le quema a Theron en el brazo, la rama de Hieln, el sello del norte.

Velora ha mandado forjar el censo con la marca del reino enemigo, para que cuando el hierro encuentre a un portador, el portador parezca cosa de Hieln, una semilla del norte plantada en Marenthel.

Hasta la herramienta de su caza es una mentira con dos filos: caza a los suyos y culpa al vecino del que viene su propio cazador.

La mujer no desperdicia ni el dibujo de un hierro.

Me quedo un instante mirando esas ramas frías. Mañana una de ellas iría a por mi palma. Esta noche voy a ir a por la mano que las mandó forjar.

Aprieto el libro a medio quemar bajo el delantal, contra el pecho, donde late, y echo a andar hacia el ala de los huéspedes por las sombras que conozco.

Esta noche elijo al enemigo. Y sé, mientras lo elijo, que es de esas decisiones que solo se toman una vez en la vida, porque a partir de mañana no habrá manera de volver a ser la doncella que solo fregaba brasas y contaba las salidas para huir por ellas.

A partir de esta noche, las puertas que cuento ya no son para escapar. Son para volver.