La corte de las cenizas Capítulo 15
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Capítulo 15

La Botica del Tinte Verde huele a hierba majada y a vinagre, y a esta hora de la noche, con la persiana echada y una sola lámpara de aceite encendida, parece más cueva que tienda.

He llegado por la trasera, por el callejón de los curtidores, contando las salidas del callejón antes de llamar: el portón de la calle, la trampa del sótano donde Tassia seca raíces, la ventana del altillo.

Tres. Siempre tres, como si el mundo se hubiera puesto de acuerdo en darme exactamente las salidas que sé contar y ninguna que sirva.

A Tassia le tiemblan las manos verdes mientras tritura algo en el mortero que no sirve para nada, porque lleva machacando la misma raíz desde que le he contado lo del hierro y a estas alturas no es raíz, es barro.

Lo machaca igual. Cuando Tassia tiene miedo, las manos le piden hacer, lo que sea, y la botica es un buen sitio para tener miedo con las manos ocupadas.

— Hay un ungüento — dice, sin levantar la vista del mortero—.

De cera de abeja y arcilla blanca. Te forras la palma por dentro, una capa fina, dejas que seque, y cuando llega el hierro toca la arcilla y no la carne, y...

— Para. Mira el barro verde—. Y se nota.

Se nota a la legua, Nieve. La arcilla blanca brilla distinto a la piel con cualquier luz, y un cazador que está oliendo manos te la ve en un parpadeo.

Te delataría más rápido que la ceniza. Por la ruda y la madre que la parió, no hay ungüento, no hay polvo, no hay nada en este armario que engañe a un censo con un cazador del norte al lado.

— Suelta la mano del mortero y la mano sigue temblando sola—.

Tienes que huir esta noche. Ahora. Antes de que cierren las puertas de la muralla.

— ¿Adónde?

— A cualquier sitio que no tenga un hierro al alba.

— Eso es todo Marenthel a partir de mañana.

Velora ha dicho el palacio primero, pero detrás va la ciudad, y detrás los pueblos, y detrás la frontera.

— Me siento en el banco de la botica, entre frascos de tinte verde y tarros sin etiqueta que solo Tassia sabe leer, y por un momento dejo caer la cabeza hacia atrás contra la estantería.

La madera me sostiene la nuca y se lo agradezco, porque ahora mismo nada más me sostiene—.

Y aunque huyera, tú te quedas. Renko se queda.

Hadiel se queda. Aldric se queda en su trono firmando que el agua está envenenada.

Os pondrían el hierro a vosotros para sacaros adónde fui yo.

¿Y entonces qué, Tassia? ¿Mientes? ¿Dejas que te quemen la mano por una cosa que no has hecho?

¿Cuánto aguantas un hierro antes de decir mi nombre?

— Niego con la cabeza—. No me voy dejando aquí lo único que me importa para que lo paguen ellos.

Eso lo haría Velora. Eso es exactamente lo que haría Velora.

Tassia no contesta. Coge un frasquito pequeño del estante alto, uno de cristal oscuro con un tapón de corcho sellado con cera negra, y se lo guarda en el bolsillo del delantal sin que yo le pregunte qué es, y por la forma en que lo guarda —rápido, mirando hacia la puerta, como quien roba en su propia casa— sé que no es tinte.

Sé de dónde sale ese frasco y de qué armario, porque el único armario de palacio con cerradura de tres vueltas es el de la reina, y Tassia tiene acceso a él como aprendiza de boticaria que surte a la corte.

No le pregunto. Hay cosas que es mejor no saber para no tener que mentirlas con un hierro encima.

No le pregunto a Tassia de qué armario sale ese frasco.

En la corte hay un saber que se aprende pronto: no preguntes lo que no quieras tener que negar bajo un hierro.

Ella me protege a mí callándose lo que soy; yo la protejo a ella callándome lo que guarda.

Así nos queremos las que no podemos decirlo: tapándonos los secretos la una a la otra, haciendo de muro cada una para la otra.

Renko aparece en la puerta de atrás antes de que yo le oiga llegar, descalzo como siempre, con paja en el pelo y los ojos muy abiertos.

Tiene dieciséis años y la voz se le traba con los adultos, pero no conmigo, nunca conmigo, y eso es lo más cerca que estoy de tener un hermano que no sea un crío títere en un trono firmando su propia jaula.

— Censo — dice, repitiendo la palabra que ha oído en las cuadras, la que le rebota en la boca—.

Censo. He oído a los guardias afilar las marcas de hierro en la fragua.

Las están haciendo nuevas, con un sello, una rama.

Y dicen... — Traga, busca las palabras— dicen que el cazador del norte va a dirigirlo.

El de Hieln. El tuyo. Va a estar al lado del hierro, oliendo, por si la palma engaña al ojo.

Tassia y yo nos quedamos calladas. En la botica solo se oye el goteo de un alambique y la respiración rápida de Renko, que ha cruzado media ciudad para traer esto.

— ¿El cazador? — pregunta Tassia, despacio, dejando el mortero a un lado—. ¿El que te mira?

— No me mira.

— Te mira como Renko mira un caballo que va a comprar para la cuadra. Sabiendo lo que vale y haciendo cuentas de si puede pagarlo y de qué hará con él.

Renko repite, bajito, sin darse cuenta:

— Pagarlo.

Y se va a sentar en un rincón con las rodillas pegadas al pecho y los pies sucios escondidos bajo el banco, porque ha traído la noticia y eso es lo suyo, ser los ojos, cruzar la ciudad descalzo para que yo sepa antes que nadie por dónde viene el peligro.

Lo miro y se me cierra algo en el pecho, una mano fría apretando, porque mañana ese crío pasará por el hierro como todos, y si yo huyo esta noche, mañana ese crío contestará al interrogatorio repitiendo la última palabra de cada pregunta hasta que algún guardia con prisa lo confunda con un cómplice y le ponga el hierro dos veces para asegurarse.

No voy a huir.

La idea me lleva creciendo desde la galería, desde que oí decir que el cazador dirigiría la prueba, y ahora la digo en voz baja, para mí primero, probándola como se prueba el filo de un cuchillo en la yema del pulgar antes de fiarse.

— Si el cazador dirige el censo — digo—, el cazador decide qué palma arde y cuál no.

Tassia se gira de golpe.

— Nieve. No.

— Está al lado del hierro. Huele. Si una palma responde, lo sabe antes que el que sostiene el hierro, antes que la reina, antes que nadie.

Y si lo sabe antes que nadie... puede callárselo.

Puede mover una mano en el momento justo, distraer un instante, decir que esta no, que esta es honrada, que el rastro va por otro lado, hacia las cocinas, hacia el río, hacia donde él quiera.

— Me levanto, porque las ideas que dan miedo se dicen mejor de pie—.

Un cazador que dirige una caza puede perderla a propósito mejor que nadie en el mundo, porque a nadie se le ocurre sospechar del perro de que no quiera cobrar la pieza.

Sospechan de todos menos del que tiene el encargo de encontrarla.

— Estás hablando de pedirle al hombre que vino a entregarte que, en vez de eso, te proteja delante de toda la corte, con la reina mirándole las manos.

— Estoy hablando de pedirle que cumpla un trato que él mismo me ofreció.

— Me cruzo de brazos—. Me propuso fingir que no me había encontrado.

Pues que finja. Esta es la primera vez que tendrá que fingirlo en público, con un hierro al rojo en la mano y Velora respirándole en la nuca.

Si va en serio lo que me dijo en la bodega, lo hará.

Y si no va en serio, mañana lo sabré sobre un hierro, que es como se saben las cosas de verdad en esta corte, quemándose.

Tassia me coge de la muñeca con sus dedos verdes y fríos, manchados del tinte que esconde de los nobles y nunca de mí.

— ¿Por qué portadores? — pregunta Renko de pronto desde su rincón, sin que nadie le hable, con esa manera suya de soltar la pregunta que todos rodeamos—. ¿Por qué los busca? Si ella tiene el don. Si ella es uno. ¿Por qué caza a los suyos?

Y el crío, sin saberlo, ha puesto el dedo en lo único que importa. Me agacho a su altura.

— Porque no quiere a los suyos, Renko. Quiere ser la única.

— Lo digo despacio, descubriéndolo yo misma mientras lo digo—.

Un reino con un solo portador tiene un monstruo al que temer y una reina que lo protege de él.

Dos portadores ya es una pregunta: ¿y si el monstruo no es el que dicen?

Velora no caza el don. Caza el testigo. Cada portador vivo es alguien que algún día podría mirarla los guantes y entender.

Por eso los quiere a todos contados. Contados y luego callados.

Tassia se ha quedado quieta con el mortero en la mano. Renko repite, bajito:

— Callados.

Y en esa palabra repetida cabe todo el miedo de esta botica, todo el de esta ciudad, todo el de un reino que aprendió a no mirar los guantes de su reina.

— ¿Y a cambio de qué, Nieve? — dice Tassia, volviendo a lo práctico, que es como ella aguanta el miedo—. Un cazador no protege gratis. Tú lo sabes mejor que yo. Te pedirá algo, y lo que te pida será grande, porque grande es lo que arriesga.

Lo sé. Esa es la parte que llevo media tarde mordiendo y que ahora suelto entera, porque decirlo en voz alta es la única forma de no acobardarme antes de hacerlo.