La corte de las cenizas Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Las puertas de la galería se abren de par en par y entra Velora, y la sala entera baja la cabeza a la vez, una ola de nucas que recorre el salón de la puerta al trono.

Yo bajo la mía con el resto, ni un instante después, porque destacar es delatarse.

La reina regente avanza por el suelo de ceniza prensada sin que sus pasos hagan ruido, los guantes de seda gris cruzados sobre el vientre, y la luz de los ventanales le pasa por encima sin engancharse en nada, como si la mujer no diera asidero ni a la luz.

Se detiene junto a la silla de su hijo y le pone una mano enguantada en la coronilla, sobre la corona ladeada, y se la endereza con una ternura que me hiela, porque conozco esa ternura: es la que gasta con quien va a hacer daño, el cariño que precede al cuchillo.

— Mi niño firma mucho hoy — dice, y su voz es dulce y baja, la voz que pone para las cosas terribles—. Que descanse esa manita. Tiene que estar fresca para mañana, que mañana firmará algo importante.

— ¿Qué hay mañana, madre?

— Un censo. — Velora pasea la mirada por la sala, por las nucas dobladas, por cada cabeza inclinada, y la deja un instante de más en la mía, o me lo parece, porque cuando una teme a alguien le presta intenciones a cada parpadeo de esa persona—.

El reino tiene una plaga, mi vida, y las plagas hay que contarlas antes de curarlas.

Hay portadores entre nosotros. Dones prohibidos, escondidos en cocinas y cuadras y boticas, royendo a Marenthel por dentro como la carcoma roe la viga buena, despacio, sin que se vea, hasta que un día el techo se cae solo y todos se preguntan por qué.

— Sonríe a la sala—. No vamos a esperar al techo. Vamos a encontrarlos a todos.

Un murmullo recorre la galería, ese murmullo de corte que es medio miedo y medio aplauso anticipado.

A mi lado, una doncella vieja se persigna deprisa, tres dedos a la frente, y susurra una oración a la Madre de las Brasas para que el hierro la encuentre limpia.

Un paje se mira las palmas como si pudieran haberle salido en ellas, de noche, sin avisar, las marcas de un don que no tiene.

El miedo de un censo no distingue al culpable del inocente: a todos les pone la misma cara, porque ante un hierro que decide quién vive nadie está seguro de lo que esconde su propia mano.

Esa es la genialidad sucia de Velora: ha convertido a cada alma de la corte en sospechosa de sí misma.

Velora levanta una mano enguantada y el murmullo se apaga como una vela bajo un dedo.

— Será sencillo — continúa—. Cada alma del palacio y de la ciudad pasará por la prueba, sin excepción, del primero al último, de la reina al mozo de cuadra.

Un toque de hierro caliente sobre la palma de la mano.

Quien no porta el don, no siente más que el calor honrado de cualquier hierro, una quemadura que sana en tres días y deja a su dueño limpio de sospecha.

— Hace una pausa exacta, medida al latido—.

Quien porta la ceniza... la ceniza llama a la ceniza, hijos míos.

La palma del portador responde al hierro de otra manera.

Se sabrá en un instante quién esconde lo que no debe.

La mano honrada se quema. La mano culpable, arde por dentro.

El hierro caliente sobre la palma. Mis palmas.

Las que llevo agrietadas de portar el don sin soltarlo, las que arden por dentro desde que tengo memoria, las que están frías por fuera y al rojo por dentro a todas horas.

Cierro las manos despacio dentro de los puños del vestido, donde nadie las vea cerrarse.

Si me ponen un hierro encima, no responde una palma honrada.

Responde la ceniza. Responde lo que soy, delante de toda la corte, delante de mi hermano de once años que pregunta si todo es verdad, delante de un cazador que ha decidido no entregarme y que no podrá hacer nada cuando sea el hierro quien me entregue por él.

Velora le acaricia el pelo a Aldric una vez más, despacio, alisándole un mechón que no estaba revuelto.

— Empezaremos por palacio al alba — dice—.

Por las cocinas, las cuadras y el ala de las doncellas, que es donde más se esconde la gente humilde, pobrecillos, sin saber que esconderse es lo que los condena.

— Y entonces sí, entonces me mira a mí, directa, salta por encima de cien nucas y me encuentra la mía levantada un grado de más, y la dulzura no le llega a los ojos, que son dos puntos de ceniza apagada—.

Que nadie falte, hijos. Sería tan feo que alguien faltara justo el día de la prueba. Tan feo. Casi una confesión.

Salgo de la galería con la cabeza gacha y el corazón golpeando contra el libro a medio quemar que llevo escondido bajo el delantal, junto al pecho, como ella lleva su página, las dos guardando lo que nos sostiene.

Dos mujeres con el mismo don y un papel pegado al corazón.

La diferencia es lo que cada una guarda: ella, el modo de no pagar nunca; yo, el modo, quizá, de pagar menos sin robarle a nadie.

La misma página arrancada nos separaría si yo la tuviera.

Pero la tiene ella, sobre la piel, bajo seda, donde solo un milagro o un cuchillo llegan.

Cuento las salidas del pasillo por costumbre, una, dos, tres, las bocacalles que dan al patio, la escalera de servicio, la poterna del jardín.

Por primera vez en años el cálculo no me sirve de nada, porque al alba ninguna de esas tres puertas me sacará de un palacio entero convertido en trampa, donde van a quemarle la mano a cada alma, una por una, hasta encontrar la única que arde por dentro como yo.

Tengo que avisar a Tassia. Tengo que avisar a Renko.

Tengo que pensar, esta noche, antes del alba, qué hace una doncella cuando un reino entero afila un hierro con su forma.

Y mientras bajo a oscuras hacia la botica, con el libro latiéndome contra el pecho, solo se me ocurre una respuesta, y la respuesta tiene cara de cazador del norte y un trato a medio cerrar en una bodega.