La corte de las cenizas Capítulo 14
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Capítulo 14

La página ciento once no está en ninguna parte y llevo dos días buscándola con la cabeza gacha de doncella, que es la mejor manera de mirar dentro de una corte: nadie vigila lo que cree invisible.

Una sirvienta puede entrar en cualquier cuarto con un trapo en la mano y salir habiendo leído la mesa entera.

He revisado el escritorio del secretario mientras le llevaba el desayuno y se quejaba del frío.

He metido la mano entre los libros de cuentas del chambelán fingiendo limpiar el polvo de los lomos.

He preguntado a Tassia sin preguntarle, dejando caer el número como quien pierde una moneda en el suelo y mira a ver quién la recoge, y Tassia me ha mirado raro, ha escondido los dedos verdes en los bolsillos por costumbre y ha jurado por la ruda y la madre que la parió que ella de páginas arrancadas no sabe nada, y le he creído, porque Tassia no sabe mentir sin que se le pongan rojas las orejas y las tenía blancas.

Anoche soñé con la página. La soñé doblada hasta el tamaño de una uña, que es como Aldric jura haberla visto, aunque Aldric todavía no me ha jurado nada porque todavía no le he preguntado.

En el sueño la página estaba dentro de un guante, y el guante dentro de otro guante, y así hasta el fondo, capas y capas de seda gris, y yo desdoblaba sin llegar nunca al papel.

Me desperté con los dedos doloridos de tanto desdoblar en sueños.

El cuerpo se cansa hasta de lo que solo imagina.

La página no está donde guardan los papeles. Está donde guardan los secretos, y en Vael Antir los secretos los guarda una sola persona, con guantes.

Por eso esta mañana he venido a la galería de los decretos, donde Aldric firma lo que le mandan.

He traído una jarra de agua que nadie ha pedido, porque en una corte la mejor llave para abrir una puerta es una excusa pequeña y servicial: nadie sospecha de la que sirve agua, nadie cuenta a la que limpia, la utilidad es la mejor de las invisibilidades.

La galería de los decretos es la sala más fría del palacio, y no por casualidad.

Velora la quiere fría para que nadie se demore, para que firmar duela un poco en los dedos y la gente entre y salga deprisa sin leer.

Las paredes están forradas de los retratos de los Aldecoa muertos, fila tras fila de antepasados con la misma barbilla que Aldric y la misma que yo, una familia entera mirando desde el muro a un niño que firma su propia jaula.

Ninguno de esos retratos sonríe. En esta casa nadie ha sonreído nunca para un pintor; sonreír delante de alguien que te mira fijo es enseñar dónde te pueden herir.

Mi medio hermano tiene once años y la corona puesta de lado, como un sombrero heredado que le viene grande, y los pies no le llegan al suelo desde la silla del rey nuestro padre.

Moja la pluma. Firma. Otro pliego. Moja, firma.

Hay un escribiente a su lado que le pone los papeles delante con la punta del dedo, ahí, alteza, justo ahí, en la línea, y Aldric firma sin leer porque leer no le toca, leer es de los que mandan, y a él solo le toca poner el nombre que da fuerza de ley a lo que otros han pensado por él.

Un niño de once años convertido en sello.

Me acerco al trono con la jarra en alto, los ojos bajos, los pasos cortos de doncella.

— ¿Agua, alteza?

Aldric levanta la cabeza y se le ilumina la cara un segundo, el segundo que tarda en recordar que aquí, delante del escribiente, no puede alegrarse de verme.

Somos hermanos a medias y a escondidas. Su madre y mi madrastra son la misma mujer, y eso nos ha hecho de todo menos familia, pero el crío me busca con los ojos en cada sala como si yo fuera una salida más, y a lo mejor lo soy.

A lo mejor para él soy la única puerta de toda la galería que no lleva a otra orden que firmar.

— ¿Es verdad que el agua del norte está envenenada? — pregunta, bajando la voz—. Lo he firmado esta mañana. Un decreto. Que no se beba agua que venga de Hieln porque la han envenenado. ¿Es verdad?

— ¿Tú qué crees?

— Creo que no. — Mira el vaso que le sirvo como si pudiera estar envenenado solo por habérselo preguntado—.

El agua no se envenena así. Lo dijo Renko, el de las cuadras.

Dijo que para envenenar un río harían falta carros y carros de veneno y que se vería.

Pero lo he firmado igual. — Traga—. ¿Es verdad que si firmo una cosa que no es verdad, se vuelve verdad?

— Solo si la gente se lo cree — digo, bajando aún más la voz—. Una mentira sin nadie que la crea es solo papel manchado.

— ¿Y si nadie se lo cree?

— Entonces sigue sin ser verdad. Pero te castigan igual por no haberlo hecho creer.

Asiente despacio, guardándose la frase como se guarda una piedra bonita, y mira el pliego que acaba de firmar con un asco que un niño de once años no debería conocer todavía.

Mientras el escribiente se distrae buscando el siguiente decreto en el montón, Aldric desliza la mano por el margen del pliego firmado y veo lo que dibuja con la pluma seca, sin tinta, apretando para que quede la marca en relieve pero no la mancha que lo delataría: un mapa.

Pasillos. Una flecha. Una puerta pequeña al final de la flecha.

Lleva meses dibujando rutas de huida en los bordes de las sentencias que le hacen sellar, salidas que solo él entiende, caminos de tinta invisible para escapar de una jaula con corona, y de pronto sé de quién he sacado yo lo de contar puertas.

De la misma sangre asustada. La crianza de Velora deja la misma marca en todos los que pasan por sus manos: la costumbre de buscar por dónde se huye.

— Aldric — digo bajito, inclinándome a recoger una servilleta que he tirado a propósito—. ¿Tu madre guarda papeles viejos? Páginas sueltas. Cosas que no quiere que nadie lea ni encuentre.

Se queda quieto con el vaso a medio camino de la boca.

— En el guardapelo — susurra, y mira de reojo al escribiente, que sigue de espaldas, buscando un pliego en el montón—.

Lleva un guardapelo de plata bajo el cuello del vestido, sobre el pecho, pegado a la piel, donde late.

No deja que la doncella se lo abra ni para limpiarlo; lo limpia ella.

Una vez se lo vi abierto, cuando yo era más pequeño y entraba en su cuarto sin llamar, y dentro no había un retrato.

Yo pensaba que los guardapelos llevan retratos de los muertos queridos.

El de ella no. Había un papel. Doblado muy pequeño, muchas veces, hasta que era del tamaño de una uña.

— Traga saliva—. Me pilló mirando y me cogió de la muñeca y me dijo, muy dulce, que las cosas de las madres no se miran.

Con esa voz suya. ¿Es verdad que no debería habértelo dicho?

— Es verdad — digo, enderezándome con la servilleta—. Y por eso te quiero un poco más, hermano. Bébete el agua, alteza, que se enfría, y un rey con frío firma cualquier cosa por terminar antes.

— Aldric — digo, mientras finjo recoger migas de la mesa—. ¿Tú firmas todo lo que te ponen delante?

— Tengo que. — Baja aún más la voz—. Si no firmo, mi madre pone su cara triste, la de mi vida, qué disgusto me das, y luego desaparece alguien de palacio.

La última vez fue la cocinera de los dulces.

La que me hacía buñuelos. Firmé un papel que no entendí y al día siguiente ya no estaba, y nadie volvió a nombrarla, y yo no pregunté por qué porque preguntar por los que desaparecen es desaparecer un poco con ellos.

— Mira el pliego—. Así que firmo. Pero el sello...

— se calla, mira al escribiente, y baja la voz hasta casi nada— el sello a veces se me pierde.

Se me cae en la bota. Y mientras no aparece el sello, no se puede firmar nada de verdad, porque mi nombre sin el sello real no vale, lo dijo el chambelán.

Un nombre sin sello es solo un garabato de niño.

Lo miro y veo a un crío de once años librando la única guerra que puede librar: la del retraso.

No puede negarse a firmar, pero puede perder el sello en la bota un día entero, y un día entero es una vida cuando lo que se firma es la muerte de alguien.

Mi medio hermano lleva meses salvando vidas con una bota y nadie lo sabe.

— No pierdas nunca esa costumbre — le digo bajito—. Lo de la bota. Pase lo que pase. Guárdame el sello ahí dentro el día que más cuente, ¿me lo prometes?

— ¿Es verdad que un día va a contar más que los otros?

— Es verdad.

Aldric asiente con la gravedad terrible de los niños que han aprendido demasiado pronto, y vuelve a mojar la pluma, y firma otro pliego, y yo me alejo con la jarra antes de que el escribiente note que la doncella del agua lleva demasiado rato junto al trono.

Una página doblada hasta el tamaño de una uña, contra el pecho, en plata, sobre la piel, donde nadie la busca y nadie se atreve a tocar.

La página ciento once. Velora la lleva encima.

Claro que la lleva encima; quien arranca la hoja que explica cómo se burla el precio del don no la deja en un cajón con cerradura, la lleva pegada al corazón igual que lleva los guantes, porque las dos cosas le sostienen la misma mentira: que ella, la reina de la ceniza, no paga nada.

La página y los guantes. El método y la prueba, los dos sobre el cuerpo, los dos a salvo de todos menos de mí.

No tengo tiempo de saborear el hallazgo.