La corte de las cenizas Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

— La ciento once. Te lo digo sin abrirlo porque me lo sé de memoria, lo leía con los dedos cuando aún tenía dedos jóvenes y la piel me distinguía la tinta del papel, y porque la ciento once es la única que no está.

Y no la quemó el fuego. — Pasa el pulgar por el lomo, contando hojas invisibles—.

Mira: el fuego que comió media tapa habría comido también las hojas de en medio, de fuera hacia dentro, todas un poco.

Pero entre la ciento diez y la ciento doce no hay quemadura.

Hay un corte. Limpio. Alguien arrancó esa hoja con la uña, despacio, antes de que el libro viera el fuego.

El fuego no arranca, niña. Quema entero o no quema.

Donde falta una hoja limpia, ha pasado una mano. Y la mano vino antes que la llama.

— ¿Qué decía?

— No lo sé.

— Has dicho que te lo sabes de memoria.

— Me sé las páginas que leí. La ciento once me la saltaron de niño; ya faltaba cuando yo aprendí a leer con los dedos, hace cincuenta años.

— Por fin afloja la mano sobre el libro—.

Solo sé lo que dice la ciento diez al final y lo que dice la ciento doce al principio, y entre las dos hay un agujero con forma exacta de respuesta.

La ciento diez termina así: el portador que teme su don lo paga al azar, recuerdo a recuerdo, sin elegir cuál, hasta vaciarse del todo.

Y la ciento doce empieza así: y por eso la reina de entonces no se vació jamás, aunque usó el don más que nadie.

Entre el por qué se vacían unos y el por qué aquella reina no se vació nunca, falta la hoja.

La que explica cómo se burla el precio. Y, si yo conozco a quien escribió este libro, también la que explica cómo se paga menos sin engañar a nadie.

Las dos cosas en la misma página. La trampa y el camino honrado, juntos, para que quien lea elija.

Me llevo el libro al pecho. Pesa más de lo que un libro a medio quemar tendría que pesar, o me lo parece, porque ahora sé que dentro hay un hueco con la forma exacta de lo que llevo toda la vida temiendo y esperando a partes iguales: una manera de no acabar como acabó mi madre, vacía, sin nombre, borrada de mí hasta dejarme solo su voz.

— ¿Quién arrancó la página? — pregunto.

— Quien no quería que nadie aprendiera a pagar menos — dice Hadiel—.

Piénsalo. ¿A quién le conviene que los demás portadores se vacíen al azar, asustados, gastándose solos hasta desaparecer?

A quien ha aprendido a no pagar nunca. La página que enseña a pagar menos es peligrosa para quien no paga nada, porque si todos aprenden el camino honrado, alguien acabará preguntándose por el deshonroso.

— Vuelve la cara hacia los estantes negros, hacia su mundo de papeles muertos que solo él sabe leer—.

Búscala, niña. Pero ten mucho cuidado de a quién se la pides, porque la persona que la guarda es la misma que se beneficia de que tú nunca la leas.

Y esa persona te ha visto crecer. Y te llama mi niña.

El nombre que no ha dicho queda en el aire del sótano igual que se queda la ceniza, suspendido, sin caer.

— Una cosa más — digo, ya de pie—. Si yo aprendiera a pagar menos. Si encontrara la página y me enseñara el camino honrado, el que no roba a nadie. ¿Recuperaría lo que ya he perdido? ¿La casa, la cara de mi madre, las calles que se me han caído?

Hadiel niega despacio con la cabeza, y por primera vez en toda la mañana su voz pierde el filo de archivero y suena solo a viejo.

— No, niña. Eso no vuelve. El don no devuelve; solo deja de robar a ciegas.

— Vuelve la cara hacia mí, los cuarzos lechosos donde yo querría encontrar pena y solo encuentro verdad—.

Lo que aprenderías no es a recuperar. Es a elegir.

A decir, cuando el precio venga a cobrar: esto sí te lo doy, esto no.

A soltar una tarde cualquiera en vez de la voz de tu madre.

¿Te parece poco? A mí, a mi edad, me parece lo único que de verdad tenemos: no lo que conservamos, sino lo que decidimos no soltar.

Me quedo con eso en la boca como con una piedra. Elegir qué olvidar. Llevo toda la vida olvidando al azar, vaciándome a ciegas, y la posibilidad de que el precio tenga, al menos, una puerta donde yo decida qué entra y qué se queda, me sostiene de un modo que no esperaba en este sótano negro.

— Gracias — digo.

— No me des las gracias. Tráeme la página cuando la tengas. — Vuelve a su libro muerto, a su mundo de papeles que solo él lee—. Quiero saber qué decía la ciento once antes de morirme. Cincuenta años con un agujero en la cabeza, niña. Tú sabes lo que es eso. Tú lo sabes mejor que nadie.

Subo la escalera con el libro pegado al cuerpo, bajo el delantal, y la vela apagada en la otra mano.

En el último peldaño me detengo y, sin pensarlo, cuento las salidas del rellano.

Dos. Y por primera vez no las cuento para huir.

Las cuento porque por cualquiera de las dos puede entrar quien arrancó la página ciento once, la que llevo años necesitando sin saberlo, y necesito saber por dónde mirar cuando venga a quitarme lo único que podría enseñarme a dejar de tener miedo de mis propias manos.