Capítulo 13
Hay un cazador en Vael Antir que sabe lo que soy y no me ha entregado, y eso debería tranquilizarme y me tiene despierta a las tres de la madrugada contando las vetas del techo como si fueran salidas.
Si me quisiera muerta, ya lo estaría. Si me quisiera presa, ya lo estaría.
Que no quiera ninguna de las dos cosas no es un alivio: es una pregunta nueva, y las preguntas nuevas, en esta corte, son la antesala de los problemas grandes.
Velora me enseñó eso sin querer, de pequeña, cada vez que me preguntaba con dulzura por mi día justo antes de quitarme algo.
Me levanto antes del alba porque pensar tumbada es darle ventaja al miedo. El miedo prefiere la quietud. En cuanto el cuerpo se mueve, le cuesta más alcanzarte.
Cruzo el palacio dormido camino del sótano.
A esta hora Vael Antir es de los criados: las que encienden los braseros, los que sacan la ceniza fría de los hogares en cubos para llevarla a los jardines, donde la ceniza de la corte se vuelve abono y los muros calcinados presumen de sus quemaduras como otros palacios presumen de sus mármoles.
Aquí lo que arde se cultiva. Es lo primero que me enseñaron al entrar a servir, cuando era una cría asustada que no entendía por qué un reino había hecho bonita su propia herida.
Ahora lo entiendo: Marenthel decidió hace generaciones que la ceniza era riqueza, y por eso me da tanto miedo, porque un reino que ama la ceniza muerta podría amar la viva, o podría quemarla en una hoguera para que no le recuerde que la una sale de la otra.
Una criada mayor me cruza con un cubo de ceniza y baja la cabeza al pasar, no por respeto sino por costumbre de no mirar a nadie, y yo bajo la mía por la misma razón. Dos mujeres que aprendieron a no mirarse. La corte está llena de nosotras.
El Archivo Calcinado está en el sótano más hondo del ala vieja, donde el incendio del reinado anterior dejó las paredes negras y nadie ha querido encalarlas.
Dicen que da mala suerte tapar una quemadura del palacio, que el fuego que se esconde vuelve.
Bajo con una vela y la apago en el último tramo, porque a Hadiel le da igual y a mí la oscuridad me esconde el mechón, que llevo días notando más vivo, como si me creciera hacia arriba mientras duermo, como si la ceniza tuviera prisa.
Me toco la sien. La trenza lo tapa. Por ahora.
— Has dormido tres horas — dice Hadiel desde el fondo, antes de que yo cruce la puerta—. Y has comido pan de ayer, del duro, sin queso. Y traes la culpa pegada al pelo, que huele a quemado aunque no hayas usado el don desde hace dos días.
— ¿Se huele la culpa?
— Se huele todo, niña. La culpa huele a ceniza fría, a brasa que se apagó sola sin calentar a nadie.
El amor, a ceniza caliente, a brasa que todavía tiene algo que dar.
— Vuelve una página de un libro que no puede leer porque sus ojos son dos cuarzos lechosos clavados en ninguna parte, y aun así sus dedos saben dónde está cada palabra—.
Tú traes las dos a la vez. Curioso. La fría te la conozco de años.
La caliente es nueva. ¿Quién te la ha pegado?
— Nadie.
— Nadie huele a sal y a invierno — dice, y vuelve otra página—. Curioso nadie.
Me siento en el cajón vuelto del revés que hace de banco y no le contesto, porque a Hadiel no se le contesta, se le aguanta.
El sótano respira polvo viejo y el humo dulzón de la única vela de sebo que mantiene encendida no para ver, sino para que los visitantes no se den la cabeza con los estantes.
Tres salidas: la escalera por la que he bajado, una trampilla de carbón sellada con clavos hace décadas, una galería negra que da a las cloacas y que Hadiel jura que lleva años cegada.
No me fío de la cegada. Las cuento. Él lo nota, claro que lo nota.
— Otra vez contando puertas — dice—. Un día contarás una de más y resultará que había una salida que no existía, y entonces sabrás que te has vuelto loca o que el palacio te ha cogido cariño. Naciste en el cuarenta y dos del reinado del rey Aldecoa, ¿verdad? Mala fecha. Año de incendios.
— En el cuarenta y tres.
— Cuarenta y dos — corrige, terco, y la barbilla se le adelanta como si las fechas equivocadas le dolieran físicamente—.
Las fechas no se discuten conmigo, niña.
Naciste el otoño que ardió el granero de Sarn, y eso fue el cuarenta y dos, lo sé porque catalogué las pérdidas de aquella cosecha con estos dedos, y si tu padre te dijo otra cosa es porque tu padre mentía sobre los años igual que mentía sobre ti, igual que mentía sobre lo que pasó con tu madre.
— Cierra el libro muerto con un golpe seco—.
¿Sabes por qué arde la corte por dentro y aguanta sin caerse del todo?
Porque está llena de gente que miente sobre las fechas.
Cambia el cuándo y cambias el quién. Adelantas un incendio un año y el culpable es otro.
Tu madrastra es maestra en eso. La mujer reescribe el calendario como otros reescriben una carta.
Velora. Hasta aquí abajo llega su sombra, hasta el sótano más hondo del palacio, donde un viejo ciego cataloga lo que ella quemó.
— ¿Y qué pasó con mi madre? — La pregunta me sale sola, antes de que pueda tragármela.
Llevo toda la vida sin hacerla en voz alta porque la respuesta la sé: la maté yo, a los nueve, con estas manos, durante un incendio, y mi padre lo tapó y me enseñó a esconderme—.
Tú catalogabas las pérdidas de aquel año.
El de los incendios. ¿Catalogaste la suya?
Hadiel se queda muy quieto, las manos negras planas sobre la mesa.
— Catalogué un nombre tachado — dice despacio—.
En el registro de la casa Aldecoa. La señora, muerta en un incendio doméstico, así lo escribió la mano de tu padre, y la mano de tu padre temblaba al escribirlo, lo sé porque la tinta se corre distinto cuando la mano tiembla.
— Ladea la cabeza—. Pero hay algo que no cuadra en esa fecha, niña, y a mí las fechas que no cuadran me quitan el sueño.
El incendio de tu casa fue el mismo otoño que el granero de Sarn, sí.
Pero tu madre no murió la noche del fuego.
Murió tres días después. El registro dice incendio, y los incendios no esperan tres días para matar a nadie.
Los incendios matan esa misma noche o no matan.
Tres días. Me quedo sin aire. En mi memoria, la que el don me dejó, todo es una sola noche: el fuego, el humo, mi madre que ya no está, la cara que no recuerdo, la voz que sí. Una sola noche y mi culpa dentro de ella.
— ¿Qué quieres decir?
— No quiero decir nada — responde, terco—.
Yo no digo. Yo catalogo. Y lo que cataloga mi cabeza es una fecha tachada, una mano que tiembla y tres días que no encajan.
Lo demás lo dirás tú cuando sepas leer tu propio registro.
— Pasa el pulgar por una página invisible—.
Pero te lo guardo. Yo guardo bien las fechas.
Cuando vengas a buscar esta, aquí estará.
Me llevo la mano al pecho, donde late algo que no quiero mirar todavía. Lo aparto. Hay un agujero con forma de respuesta ahí también, y no es el momento de meter la mano en él.
— Háblame del don — digo, para sacarme de esa fecha—. No de fechas. Del don. Para qué sirve. Qué cuesta. Por qué a unos les cuesta más que a otros.
Hadiel se queda quieto. La vela de sebo le tiembla en la cara surcada. Luego se gira despacio en su taburete, con ese cuidado de quien lleva sesenta años moviéndose en la oscuridad, mete la mano negra entre dos estantes que parecen pared maciza, palpa, encuentra, y saca un libro.
Está quemado a medias. La mitad de las tapas es cuero todavía, oscuro y reseco; la otra mitad, carbón que se deshace en escamas cuando el rescoldo de mi vela apagada lo roza.
Lo deja sobre la mesa entre los dos y pone encima la palma manchada, como si lo sujetara para que no se fuera volando, aunque aquí abajo no corre ni un soplo de aire.
— Esto es lo que tu madrastra mandó quemar el año que subió al trono — dice—.
Todos los libros que hablaban del don de ceniza, a la hoguera, en el patio grande, para que los viera arder la corte entera y aprendiera a temer la palabra.
Yo salvé este. ¿Sabes cómo? No lo escondí.
Lo dejé en mi mesa, a la vista, abierto.
A un ciego no se le ocurre que pueda leer; pensaron que lo tenía de pisapapeles.
La gente esconde mal lo que más quiere, niña.
Yo aprendí a esconder dejando a la vista.
— ¿Y por qué a mí me cuesta tanto? — pregunto, mientras él sostiene el libro entre los dos—.
He visto a la reina reducir a un sirviente a polvo y seguir como si nada, sin palidecer, sin perder un nombre.
Yo borro un rastro de ceniza en el suelo, una mancha del tamaño de una mano, y me paso media noche temblando, y a la mañana siguiente no recuerdo dónde nací.
El mismo don. Por qué a ella le sale gratis y a mí me arruina.
Hadiel hace un ruido con la garganta, a medio camino entre la risa y la advertencia.
— Esa es justo la pregunta de la página ciento once, niña — dice—.
La que falta. La que alguien arrancó para que nadie la hiciera.
— Tantea el aire hacia mí hasta dar con mi muñeca y la aprieta—.
No te sale caro porque seas peor portadora.
Te sale caro porque pagas tú. Con lo tuyo.
Y a quien le sale gratis es porque ha encontrado de dónde sacar el pago de otro sitio.
Eso es todo lo que puedo decirte sin la página: que el coste no se evita, niña.
Se traslada. Y trasladarlo a otro tiene un nombre, y el nombre no es bonito.
Me suelta la muñeca. Tengo la piel fría donde me ha tocado, como siempre, pero por dentro algo se ha encendido: la primera pista de cómo Velora hace lo que hace, de por qué nunca se quita los guantes.
Alargo la mano hacia el libro. Hadiel no lo suelta.
— Antes de que lo abras — dice—, falta una página.
— ¿Cuál?