Capítulo 12 #2
Lo aprendí bien. Tan bien que en veinte años he entregado a once portadores y no recuerdo el nombre de ninguno.
Sé sus dones —agua, viento, sombra, hueso, una niña que adormecía animales con la voz— pero no sus nombres, porque nunca los dije, porque a cada uno lo rastreé, lo até y lo entregué como quien entrega un fardo, sin abrir la boca más que para preguntar.
Sibel me felicitó por eso una vez. Dijo que un cazador que no nombra a su presa es un cazador que duerme de noche.
Y yo dormía. Esa era la prueba de que iba por buen camino: que dormía.
Llevo doce días sin dormir.
Y la diferencia con todos los anteriores es de una sencillez que da vértigo: a los once portadores los rastreé hasta encontrarlos.
A Nieve la encontré y seguí mirándola. Vi cómo le mentía a un guardia para salvar a un mozo de cuadra.
Vi cómo le robaba pan a las cocinas y se lo daba a un crío descalzo.
Vi cómo contaba las salidas de cada sala con el mismo miedo viejo que cuento yo.
No rastreé un don. Conocí a una persona, que es lo que el oficio te prohíbe hacer porque sabe que conocer a alguien es lo que te frena la mano.
Anoche dije Nieve.
Me levanto de golpe y el jardín gris da una vuelta despacio a mi alrededor.
El juramento me muerde el codo, gana un palmo de brazo.
Tengo horas, no días. Sé cómo termina esto si sigo dudando sin entregarla, lo vi en el hombre muerto de la frontera con la mano en el hombro del crío.
Y aun así no escribo su nombre. No lo escribo.
Y por primera vez entiendo, con esa calma fría con la que se entienden las cosas que ya no tienen vuelta, que la rama de mi brazo y la criatura que me han mandado cazar son la misma cosa vista desde dos lados: dos seres a los que alguien rompió de pequeños para que sirvieran a una mano que no era la suya.
Entregarla a Sibel no sería cumplir el deber.
Sería repetir lo único que no me he perdonado.
Sería elegir, a sabiendas, meterla en la caja de pino que no me atreví a abrir.
Cierro la mano desnuda sobre el calor prestado que no me corresponde, el que me dejó su boca, y no lo suelto.
Pienso en lo que diría Mira si me viera ahora, sentado en una raíz gris dejando arder un juramento por una doncella.
Mira, que llama a todo el mundo por el rango y a nadie por el nombre, que afila un cuchillo que nunca usa, que entiende el oficio mejor que yo porque no se ha permitido nunca una grieta.
Mira me preguntaría una sola cosa: ¿vale la pena?
Y no esperaría respuesta, porque para Mira la pregunta ya es la condena.
En la orden, querer que algo valga la pena es el primer síntoma de la traición.
Lo aprendí de ella, que lo aprendió antes que yo.
Y por eso rezo, a los dioses fríos que no me escuchan, para que la orden no mande a Mira detrás de mí.
Porque a Sibel puedo mentirle con verdades a medias; sus monedas leen el ritmo, pero no el corazón.
A Mira no. Mira me conoce el corazón porque tiene el mismo, roto en el mismo sitio.
Si Mira viene, me lee la traición en la cara antes de que yo abra la boca, y entonces no habrá paloma ni mentira que valga.
Llevo toda la vida persiguiendo aquello en lo que me convirtieron.
He cazado a otros como yo y los he entregado, y cada uno me confirmaba que yo estaba del lado bueno del cuchillo, el lado del que corta y no el del que sangra.
Mentira. No hay lado bueno de un cuchillo.
La única diferencia entre Nieve y yo es que a ella todavía nadie la ha guardado en una vaina, y la maestra Sibel ha venido —o vendrá, porque mujeres como Sibel siempre vienen— a guardarla, y a guardarme a mí con ella, las dos hojas de un mismo filo en la misma mano.
Yo no voy a ser la mano que la enfunde.
Recojo el pliego. No puedo dejarlo a la vista de verdad; eso es sentimentalismo, y el sentimentalismo mata más cazadores que el juramento.
Subo a la celda de huésped y me siento a la mesa donde la tinta se ha secado.
Mojo la pluma en lo que queda, raspando el fondo del tintero, y empiezo a escribir la paloma que Sibel espera, la que la entretenga otra semana.
El rastro de ceniza confirmado en la corte pertenece a la corona.
Escribo eso, que es verdad. La reina regente porta el don, lo gasta sin coste aparente; investigo el método.
Verdad otra vez, y peligrosa, porque si Sibel decide que prefiere a Velora antes que a Nieve, vendrá a por la reina, y entonces será una guerra.
Pero las verdades peligrosas entretienen más que las mentiras cómodas, porque dan trabajo.
No hay segundo portador. Esta línea es la mentira, la única, y me cuesta escribirla: la mano se me detiene en el no y el juramento me muerde el codo como advertencia, porque escribir no hay segundo portador es negar a Nieve, y negar a Nieve por escrito es la duda hecha tinta.
Aguanto la mordedura. Termino la línea.
Y entonces, antes de doblar la paloma, hago algo que ningún cazador honrado hace: releo lo escrito buscando, no errores, sino tiempo.
Cuánto le robo a Sibel con cada palabra.
Cuánto margen le compro a Nieve. Es la cuenta de un traidor, no la de un cazador, y la hago con la misma frialdad con la que antes calculaba viento y masa de ceniza, porque resulta que las mismas manos que sirven para entregar sirven para esconder, y el oficio no distingue. Solo distingue quien lo empuña.
El juramento me sube otro palmo, hacia el hombro, hacia el corazón, royendo, cobrando, y yo enrollo la paloma con la mentira dentro y la dejo sobre la mesa, sin sellarla todavía, a la vista, como quien deja una puerta abierta a propósito para que el frío entre y le recuerde en la cara, hora a hora, exactamente lo que va a costarle quedarse del lado de ella.