La corte de las cenizas Capítulo 12
33%

Capítulo 12

El informe lleva tres días sin redactarse y la tinta se me ha secado en el tintero.

Eso es lo primero que sé al despertar en la celda de huésped que Hieln me ha negociado dentro de los muros enemigos: que no he escrito.

Un cazador escribe cada noche. Fechas, rastros, masa de ceniza, dirección del viento.

La maestra Sibel me enseñó que la memoria miente y el papel no, y yo no he manchado una sola línea desde que esa mujer me besó en una bodega como quien muerde para no ahogarse.

Me siento en el jergón. El cuarto de huésped es estrecho, una cama, una mesa, una jofaina, un ventanuco alto por el que entra el frío de Marenthel, que es un frío distinto al de Hieln, más húmedo, con olor a ceniza fértil en vez de a nieve.

Llevo semanas durmiendo aquí y aún no me he acostumbrado a ese olor.

En el norte la ceniza huele a final. Aquí huele a tierra que va a dar algo. No sé cuál de los dos olores miente.

Me quito el guante derecho y miro la palma.

No tiene nada. Esa es la cuestión. Debería tener algo.

La piel donde la toqué tendría que estar igual que el resto de mi cuerpo, callosa, vieja de oficio, y en cambio cuando cierro la mano la noto distinta, como si me hubiera quedado un calor prestado que no me corresponde y no me atrevo a devolver.

La abro y la cierro varias veces, como un idiota que comprueba si una herida sigue doliendo. Sigue.

Me visto. Me ato el juramento al cinto sin pensar, el gesto de cada mañana desde los siete años, y entonces lo siento.

La quemazón me sube por el antebrazo derecho.

Despacio, como agua caliente entrando en una herida vieja.

El juramento de sangre está sellado en la cara interna del brazo, una cicatriz que parece una rama y que ningún cuchillo me ha hecho.

Cuando obedezco, duerme. Cuando dudo, despierta.

Y lleva tres días despierta, royendo, paciente, sin prisa, porque el juramento sabe que tiene todo el tiempo del mundo y yo no.

Sé lo que significa. Lo aprendí en cuerpo ajeno antes que en el mío: vi a un juramentado de la frontera negarse a entregar a un crío con un don de agua, y vi cómo la rama de su brazo se le encendió hasta el hombro en una noche, y al amanecer estaba muerto con la mano todavía en el hombro del niño, protegiéndolo de nada.

La orden lo enterró sin nombre. Eso hace la orden con los que dudan: les quita primero la vida y luego el nombre, para que nadie quiera imitarlos.

El juramento no perdona la duda. Te da horas. Luego te cobra.

Y yo dudo.

Bajo a los jardines de ceniza antes de que la corte despierte.

En el corredor me cruzo con una doncella que no es ella, una mayor, que me hace una reverencia rápida y aprieta el paso pegada a la pared, y noto en su miedo lo que soy para esta gente: el del norte, el que huele, el que vino a llevarse a alguien.

No saben a quién. Yo sí. Y el saberlo, que durante doce años fue mi orgullo callado —saber siempre antes que nadie quién es el portador—, ahora me pesa en el estómago como plomo tragado.

Los árboles de Sarn renacen grises aquí también, trasplantados de aquel bosque del que todos hablan en susurros, y al alba parecen de hueso, ramas pálidas contra un cielo que aún no ha decidido amanecer.

Camino entre ellos para pensar, que es lo que hago cuando algo no me cuadra.

El suelo es ceniza prensada, fértil, y bajo las botas cede un poco, como si caminara sobre algo que en otro tiempo estuvo vivo y todavía recuerda haberlo estado.

En Hieln la ceniza es muerte; aquí es huerto.

Toda la diferencia entre dos reinos cabe en lo que cada uno hace con lo que arde: nosotros lo tememos, ellos lo siembran.

Y a mí me mandaron a este reino a tratar como muerte lo que aquí da fruto.

Lo que no me cuadra es sencillo de enunciar, y por eso lo evito: tengo el portador.

Lo tengo desde la primera semana. Olí la ceniza reciente en el ala de las doncellas el segundo día y supe que era ella el cuarto, cuando la vi borrar un rastro con las manos desnudas y mentirle a un guardia sin que se le moviera un músculo.

Tendría que haber escrito su nombre esa noche.

Nieve Aldecoa. Una línea. Lo que la orden me mandó encontrar, encontrado.

Misión de un mes resuelta en cuatro días.

Sibel me habría llamado de vuelta a Hieln con honores.

No lo escribí.

Me digo que es estrategia. Que un buen cazador confirma antes de entregar, que entregar al portador equivocado es peor que no entregar a ninguno, que aún no sé el alcance de su don.

Me lo digo con la voz de Sibel, que es como me digo las mentiras desde niño, y por una vez la voz no me convence, porque sé el alcance de su don: la vi devolverle la forma a un peldaño que había reducido a polvo, la vi pagar el precio con esa palidez de quien acaba de perder algo dentro, y el mechón gris de la sien le ganó terreno mientras yo miraba.

Conozco el coste mejor que ella. Lo he rastreado toda la vida.

Sé cuánto le cuesta cada gramo de ceniza que mueve, sé que se vacía a sí misma para borrarse del mapa, sé que el día que se le acaben los recuerdos no quedará Nieve a la que entregar, solo un cuerpo que olvidó cómo llamarse.

Lo que no conozco es por qué, sabiéndolo todo, mi mano se niega a escribirlo.

Me siento en una raíz gris que sobresale como un nudillo de la tierra. El juramento me arde y lo dejo arder.

Pregúntate por qué no has dicho su nombre, le dije a ella.

Era una trampa para que se delatara. Pero las trampas que pongo a los demás me las pongo a mí, siempre ha sido así, y la pregunta se me ha quedado dentro como una espina bajo la uña: por qué no he dicho su nombre.

La respuesta fácil es que la deseo. La deseé desde el primer cruce hostil, desde que me retó con la barbilla alta en un pasillo y contó las salidas de la sala sin saber que yo contaba con ella, dos animales asustados reconociéndose el miedo.

El deseo no es excusa. He deseado antes y he entregado igual.

Una vez deseé a una mujer en Hieln y la entregué cuando me lo mandaron, y dormí esa noche.

El deseo no me afloja el pulso de cazador.

Esto sí.

Y la diferencia tengo que nombrarla aunque me cueste, porque nombrar las cosas por su nombre exacto es lo único que me queda de honrado: no es que el juramento falle cerca de ella.

El juramento funciona perfectamente, me arde como debe, hace su trabajo de perro guardián.

Lo que falla soy yo. La elijo. Por primera vez en veinte años de obediencia, hay una persona a la que el deber me ordena entregar y yo me niego, y la negativa no viene de fuera, no viene de una orden contraria que choque con esta, viene de un sitio dentro de mí que creía vendido con el resto. Un sitio que no sabía que conservaba.

Saco del bolsillo el pliego de la orden. Lo releí anoche a la luz de la vela y lo releo ahora a la del alba para asegurarme de que no inventé lo que vi, de que el cansancio no me ha hecho leer lo que necesito en vez de lo que dice.

No lo inventé.

La orden de Sibel no dice entregar. No dice presa, no dice rastrear y traer ante el tribunal de Hieln para juicio.

Dice, con la letra apretada de la maestra, esa letra que aprendí a leer antes que la mía: localizar al portador de ceniza viva y asegurarlo vivo e intacto para la Orden.

Asegurar. Vivo. Intacto. Para la Orden. Cuatro palabras y una mayúscula que pesa.

Esas palabras tienen otro nombre y lo sé porque a mí me lo pusieron de niño.

No buscan castigar un don prohibido. No quieren proteger a Hieln de un monstruo.

Buscan un arma. Quieren el portador igual que me quisieron a mí: vivo, intacto, asegurado, dócil, afilado por la mano correcta y apuntado contra quien la mano correcta decida.

Sibel no me ha mandado a cazar a una criatura para destruirla.

Me ha mandado a comprar una para usarla.

Y la diferencia entre cazar y comprar es la diferencia entre un cazador y un tratante, y yo llevo veinte años creyéndome lo primero.

Y yo ya hice esto una vez.

El recuerdo no me viene en orden, me viene en astillas, como siempre, porque lo he afilado tantas veces contra mí mismo que se ha roto en trozos que cortan por separado.

La rama de mi brazo encendiéndose por primera vez, a los nueve, cuando dudé un instante y el juramento me avisó de lo que me costaría.

Una voz pequeña diciendo mi nombre con esperanza, porque su hermano mayor había venido, y los hermanos mayores salvan, eso creen los pequeños, que para eso están los grandes.

El frío de la frontera entrándome por las botas.

La cara de Sibel cuando me felicitó: el primer don que rastreas y resulta que es de tu propia sangre, qué prueba tan limpia, los dioses te han hecho cazador de verdad, hijo.

Entregué a mi hermana porque me lo ordenaron y porque obedecer me mantenía limpio.

Esa fue la mentira con la que pude seguir respirando: yo solo obedecía, la culpa era de la orden, mi mano era prestada.

La frontera me la devolvió tres meses después en una caja de pino que olía a resina, y no la abrí, porque abrirla habría sido ponerle cara a lo que había hecho, y yo ya había aprendido a no ponerle cara a nada.

No he vuelto a decir su nombre. Ni el suyo ni el de nadie. Nombrar es arriesgarse a perder, y yo no pierdo lo que no nombro. Es la única magia que me he inventado yo solo, sin orden ni juramento: si no lo nombras, no lo tienes, y si no lo tienes, no pueden quitártelo.