Capítulo 11
Una doncella que cita a un cazador en una bodega a medianoche no lo hace por la puerta de delante.
Bajo desde el ala por la escalera de servicio que huele a sebo, cruzo el jardín de ceniza pegada a los setos grises, y cuento las salidas de cada tramo como quien reza un rosario de miedo: la poterna, el pasadizo de los toneleros, la trampilla.
Llevo el frasco de respuestas que no tengo y la mentira que sí.
He pasado la tarde ensayando lo que voy a decirle y lo que no, dónde ceder y dónde no soltar prenda, y ahora, con la mano en el picaporte de la bodega vieja, todo el ensayo se me cae como cae la ceniza de entre los dedos: sin ruido y sin remedio.
El sótano de la bodega vieja tiene tres salidas y las cuento antes de que él termine de bajar la escalera: la trampilla por la que hemos entrado, el ventanuco roto a la altura de la calle, la grieta tras los toneles que da al desagüe.
Tres. Lo hago sin querer, como respiro. Theron Drevasil pone un pie en el último peldaño y la madera no cruje, y eso me molesta más que si hubiera bajado dando voces, porque significa que sabe pisar para no avisar a nadie y que aun así ha decidido que yo lo oiga llegar.
Un cazador que quiere que lo oigas no es menos cazador.
Es uno que te avisa de que podría no haberlo hecho.
— No has corrido — digo.
— Tú tampoco.
Me apoyo en el tonel más cercano. El frío del roble me sube por la palma agrietada y lo agradezco; me ancla.
Aquí abajo huele a vino agrio, a humedad de muro y a la ceniza fría que se cuela por todas partes en Vael Antir, porque hasta las bodegas de esta ciudad respiran lo que arde arriba.
Una vela sola, clavada en su propia cera sobre un barril, reparte la luz a regañadientes.
Theron se queda a tres pasos, ni uno menos, y se quita el guante derecho con esa parsimonia suya, dedo a dedo, como si desnudar una mano fuera una frase entera.
Los nudillos le brillan de cicatrices blancas en la penumbra.
Juramentos viejos, sellados en la piel. Cada misión deja marca, me dijo Hadiel, y aquí está la prueba escrita en un hombre.
— El trato — digo, para no mirarle la mano.
— El trato.
— Lo repites como si te diera tiempo a inventarte uno mejor.
Algo se le mueve en la comisura, no llega a sonrisa.
— ¿Y si así fuera?
Aprieto los dientes. Es lo que hace: responde con preguntas, te devuelve el peso, te obliga a hablar primero para medir cuánto te delatas.
Lo he visto interrogar a un cocinero sobre un saco de ceniza y al pobre hombre confesar tres robos que nadie le había imputado, solo por llenar los silencios de Theron.
El silencio en su boca es una herramienta como el cuchillo en la del verdugo. Yo no pienso llenarle ninguno.
Así que callo.
Funciona al revés de lo que espero. El silencio se estira y es él quien lo rompe, y por un instante el cazador implacable de Hieln parece un hombre que no ha dormido en una semana.
— Finjo que no te he encontrado — dice—.
Le digo a mi orden que el rastro se enfrió, que el portador huyó al norte, que me equivoqué de ciudad.
Mienten mejor los buenos con verdades a medias, y la verdad a medias es que hay ceniza reciente en todo Vael Antir y nadie sabe de quién.
Esa la pueden comprobar. Esa los entretiene meses.
— ¿Y a cambio?
— A cambio me dices quién más la porta.
Se me cierra la garganta. No por miedo. Por la facilidad con que lo ha dicho, como quien pide la sal en una mesa.
— No hay nadie más.
— Hay una reina que no se quita los guantes ni para comer.
El nombre que no ha pronunciado queda colgado entre los toneles.
Velora. Lo sabe. Claro que lo sabe; lleva semanas oliendo la corte como un perro huele un río, y la reina apesta a ceniza vieja, y él lo ha catado y no se lo ha dicho a nadie, y ahora me lo tiende a mí como una carta boca arriba para que yo le enseñe la mía.
Es un movimiento de jugador, no de cazador.
Me enseña una pieza pequeña para que confíe y suelte la grande.
— Si lo sabes, ¿por qué me lo preguntas a mí?
— Porque tú sabes cómo. — Da medio paso.
La vela le talla la cara en dos mitades, una de luz y otra de sombra—.
Yo huelo lo que porta cada uno. No huelo lo que cuesta.
Tú lo pagas. Eso te lo sé en la cara, no en la nariz.
— Inclina la cabeza—. ¿Cuánto te ha costado borrar el rastro del ala de las doncellas el otro día?
Te vi salir de allí más blanca que al entrar. Y no del susto.
Me llevo la mano a la sien sin querer, donde el mechón se esconde bajo la trenza, y la bajo antes de que el gesto termine de delatarme. Demasiado tarde. Ya lo ha visto. Lo ve todo.
— ¿Por qué a mí? — pregunto, para no contestar a eso—. Podrías entregarme y cobrar. Podrías entregarla a ella y empezar una guerra. Eres bueno en tu trabajo. Lo he visto.
— Me has visto trabajar — dice, y avanza un paso, y los tres pasos se vuelven dos—. No me has visto elegir.
— Los cazadores no eligen. Obedecéis. Por eso os crían: para que la mano que os manda no tenga que ensuciarse.
Lo digo para herirlo. Le doy donde creo que duele y acierto: se le tensa el músculo de la mandíbula, una cuerda bajo la piel.
Pero no retrocede. Hace lo contrario. Da el último paso y ahora estamos tan cerca que le veo el cansancio metido en los ojos como ceniza en el agua, gris flotando en algo que fue claro.
— Pregúntame por qué no he dicho tu nombre — dice.
— No sé mi nombre. — Y la mentira me sabe a metal—. Soy una doncella. Friego brasas. Cuento la plata que no se me permite tocar y me la cuento dos veces para que no me acusen de robarla.
— Nieve.
Lo dice una sola vez. No lo subraya, no lo paladea, lo deja caer como una piedra en un pozo, y yo escucho el agua moverse muy abajo, en un sitio que llevaba años tapiado.
Nadie me llama por mi nombre así. La corte me llama la bastarda de las brasas cuando creen que no oigo.
Velora me llama mi niña con esa dulzura suya que precede a las cosas terribles.
Tassia me llama por el nombre, pero a Tassia la quiero y eso es distinto; el cariño le quita filo.
Esto no es cariño. Esto es un cazador diciéndome que sabe exactamente qué tiene delante y que aun así no ha cerrado la mano.
— No vuelvas a hacer eso — digo, y la voz me sale más baja de lo que querría.
— ¿El qué?
— Llamarme así. Como si me conocieras.
— Te conozco más de lo que te conviene.
— No me conoces nada. Conoces a una sirvienta que has visto fregar. Eso no es conocer. Eso es vigilar.
— Cuentas las salidas — dice.
Me quedo helada.
— Cada habitación en la que entras. Lo hiciste arriba, en la bodega, antes de bajar.
Lo has hecho aquí. Miras la trampilla, el ventanuco, los toneles.
Tres veces. Tres salidas, tres miradas, una por cada una, en cuanto pisas un sitio nuevo, antes incluso de saber si hay peligro.
— Hace una pausa—. Quien hace eso no tiene miedo.
Quien hace eso ha tenido tanto miedo durante tantos años que el cuerpo ya no se lo pregunta, lo hace solo, como tú respiras.
Yo lo hago desde los siete. Por eso lo veo.
No me lo ha enseñado nadie. Me lo enseñó la misma cosa que a ti.
Y ahí está la grieta. No me la enseña para usarla; me la enseña porque es la única forma que tiene de decirme que estamos hechos del mismo material averiado, dos cosas que alguien rompió de pequeñas para que sirvieran a otra mano.
Debería darme rabia que me lea tan rápido, que me desnude el tic delante de mí como yo desnudaría una mentira.
Lo que me da es un vértigo caliente, peligroso, el de asomarse a un sitio donde no haces pie y averiguar que el fondo te gusta.
— ¿Y si te miento? — digo—. ¿Y si te digo que sí, que hay otra portadora, que es la reina, y te delato a ti misma fingiendo delatarla a ella? Un cazador que escucha mucho es un cazador fácil de envenenar.
— Entonces me habrás dado algo que puedo comprobar — dice—. Y comprobarlo me llevará semanas. Y en esas semanas no te entrego. — Casi sonríe—. No se me ocurre una mentira tuya que no me convenga más que tu silencio.
— Eres muy listo para alguien que se supone que solo obedece.
— Y tú hablas demasiado para alguien que se supone que solo friega.
Nos quedamos así, midiéndonos, la vela chisporroteando entre los dos.
La cera gotea por el barril y se cuaja en el suelo de tierra.
Pienso en lo que arriesgo solo con estar aquí: que él lo cuente, que esta bodega sea una trampa más fina que un calabozo, que el trato sea el cebo y yo el pez.
Y aun así estoy aquí, porque la alternativa es seguir borrando rastros sola hasta vaciarme, y una se cansa de tener miedo en soledad.
— Pongamos que acepto — digo, despacio, tanteando el filo—.
Pongamos que te doy un nombre, el de quien quieras, el de quien creas que porta la ceniza en esta corte.
¿Qué te impide cobrar por mí igualmente, después, cuando ya tengas lo tuyo?
Un trato con un cazador es un trato con la mano que sostiene la correa. La correa sigue ahí.
— Nada me lo impide — dice, y me sorprende que no mienta—. Podría tomar tu nombre y entregarte la semana que viene. Tienes razón en no fiarte. Si te fiaras a la primera, no me servirías de nada, porque no sabrías mentirle a la reina.
— Entonces, ¿por qué iba a darte nada?
— Porque solo tienes dos opciones. — Da medio paso, y la vela le pinta otra vez la cara en dos—.
O me lo das tú, ahora, en tus términos, eligiendo qué cuentas y qué te callas.
O me lo saca la reina a ti, más tarde, con un hierro, en los suyos.
— Hace una pausa—. Yo no tengo hierros, Nieve.
Solo tengo preguntas. Y las preguntas, a diferencia del hierro, las puedes contestar mintiendo.
Es la oferta más honesta que me han hecho en esta corte, y eso, en Vael Antir, la vuelve sospechosa de puro limpia. Porque aquí nadie te da la verdad gratis. Si Theron me la da, es porque ha calculado que la verdad es lo que más me ata a él. Y lo peor es que el cálculo le sale bien.
— Lo pensaré — digo, robándole su propia frase.
— No lo pensarás. — Casi sonríe—. Ya lo has decidido. Has venido sola, de noche, sin avisar a nadie. La gente que duda no baja a una bodega con un cazador. La gente que ya ha decidido, sí. Solo quieres que parezca que dudas para no sentirte tan sola en la decisión.
Me lee como si yo fuera uno de sus rastros. Y tiene razón, claro que tiene razón, y eso me da una rabia que se parece demasiado a otra cosa.
Y entonces le hago la pregunta que no debería, la única que llevo dentro desde que en un callejón pudo prenderme y no lo hizo.
— ¿Qué quieres de verdad?
Es la pregunta equivocada. O la única. Theron baja la vista a mi boca y luego la sube, y el cansancio se le vuelve otra cosa, algo que tira hacia delante y se contiene a la vez, una bestia atada corta.
— Saber si te equivocas igual que yo — dice.
No sé quién se mueve primero. Me he prometido que no sería yo y rompo la promesa en el mismo segundo en que él rompe la suya, y nos encontramos a medio camino con la violencia de dos personas que llevan semanas midiéndose y han dejado de aguantar la cuenta.
Su boca no pide permiso, pero tampoco lo arranca: espera medio latido a que yo decida, ese medio latido en que aún podría apartarme, y yo decido, le agarro la pelliza con las dos manos y tiro, y entonces sí, entonces deja de medir.
Sabe a sal y a invierno y a algo quemado que reconozco porque vive en mí.
Le subo una mano a la nuca y le hundo los dedos en el pelo corto, y él me toma la cara con la mano desnuda, la del guante quitado, y la palma me arde donde me toca, pero es un ardor distinto al del don, uno que no me cobra recuerdos sino que me devuelve uno que no sabía que guardaba: una boca, una vez, hace mucho, antes de aprender a tener miedo, antes de los nueve años y el incendio y la culpa.
El tonel se me clava en la espalda. No me aparto.
Le muerdo el labio porque no sé besar sin enseñar los dientes, porque todo lo mío hambriento sale con filo, y él gime bajo, contra mi boca, y me agarra más fuerte, no para someter, para sostenerse, como si yo fuera la única cosa firme en una habitación que se mueve.
Y de pronto se aparta.
No yo. Él. Se separa medio paso, la respiración rota, la mano desnuda todavía en el aire entre los dos como si no supiera qué hacer con ella ahora que no me toca.
Tiene los ojos muy abiertos. Por primera vez no mide nada.
Por primera vez el cazador que lee a todo el mundo no se entiende a sí mismo, y eso me asusta más que cualquier amenaza, porque significa que esto no estaba en su trato y tampoco en el mío, que se nos ha escapado a los dos de las manos que tan bien controlan todo lo demás.
Me toco la boca. Me tiembla la mano y la bajo antes de que él lo vea, aunque ya lo ha visto.
— Esto no cambia nada — digo.
— No — responde él.
Los dos sabemos que miente, y los dos sabemos que yo también, y ninguno lo corrige, porque corregirlo sería darle un nombre a esto, y yo no nombro lo que no puedo soltar.
— El trato sigue en pie — digo, porque necesito un suelo bajo los pies y el trato es lo único firme que queda en esta bodega—.
Yo te doy a Velora. Tú finges que el rastro lleva al norte.
Nadie ha besado a nadie. Esto — señalo el aire entre los dos, donde todavía tiembla lo que ha pasado— esto no estaba en el trato y no va en él.
— De acuerdo — dice Theron, y vuelve a ponerse el guante derecho, dedo a dedo, tapando la mano que me ha tocado la cara como quien envaina un arma que no debería haber sacado—. No estaba en el trato.
— Bien.
— Bien.
Pero no se mueve hacia la escalera, y yo no me muevo hacia la trampilla, y los dos nos quedamos un latido de más en una bodega donde acabamos de pactar mentirle a una reina y mentirnos a nosotros mismos en la misma frase.
Recojo la vela del barril para tener las manos ocupadas.
La cera caliente me gotea en los dedos y ni me inmuto, porque ese dolor honrado es preferible al otro.
Subo la mirada al ventanuco roto, a la trampilla, a la grieta de los toneles.
Las tres salidas siguen ahí. Cuento las tres, una por costumbre, dos por miedo, tres por algo que no es ninguna de las dos cosas.
La trampilla da a la calle, el ventanuco da al frío, la grieta da al desagüe.
Por las tres se huye de un cuerpo, de una corte, de una ciudad.
Por ninguna se huye de lo que ya te ha entrado por la boca.
Theron sube primero. Yo me quedo un instante más, sola con la vela, escuchando alejarse sus pasos que no hacen ruido, y me toco la boca otra vez, despacio, como quien comprueba si una quemadura va a dejar marca.
Por primera vez en mi vida, ninguna salida me sirve para huir de lo que de verdad acabo de dejar entrar.