La corte de las cenizas Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Es la verdad más fría y más limpia que me ha dicho nadie, y por eso me la creo.

No me ofrece cariño ni juramentos de protección, las cosas que me enseñaron a temer de boca de mi padre.

Me ofrece un trato entre dos personas que se necesitan vivas.

Y eso sí lo entiendo. Eso es el único idioma que esta corte me ha enseñado a hablar.

— ¿Qué margen? — pregunto, y bajo las manos un palmo más.

— Un trato. — Se levanta, despacio, sin gestos bruscos, las manos siempre a la vista—.

La Orden me envió a encontrar al portador de ceniza.

No me envió a entregarlo esta semana, ni la que viene.

Puedo tardar. Puedo rastrear mal. Puedo decir que el rastro se perdió en el bosque de Sarn, que es lo que dirá cualquiera que vea por dónde has huido.

— Da medio paso—. Yo finjo que no te he encontrado. Tú sigues viva. Y, a cambio...

— ¿A cambio de qué?

Theron me mira, y por un instante el cazador desaparece del todo y solo queda un hombre cansado en un jardín de ceniza, un hombre al que un juramento le quema el brazo por no hacer lo único que sabe hacer.

— A cambio de que me ayudes a entender una cosa — dice—.

Por qué la ceniza no me quemó cuando te cubrí las manos.

Por qué a mí no. — Una pausa exacta, la suya—.

Llevo doce años cazando esto, Nieve. He visto a portadores deshacer a hombres con un roce.

Y nunca me ha pasado que uno me toque y no me marque.

Necesito saber qué eres tú para mí antes de poder seguir fingiendo que no lo sé.

— ¿Y si la respuesta no te gusta?

— Ninguna respuesta verdadera me gusta. — Lo dice sin amargura, como quien constata el clima—. Pero las prefiero a las mentiras. Las mentiras se me cobran luego.

Pienso en lo que sé y él no. Que su reina anfitriona porta el mismo don que persigue en mí.

Que Velora deshace sin pagar, robando memoria de los muertos que lleva en los guantes.

Que el monstruo que el reino teme, el que Theron ha venido a cazar bajo bandera de tregua, no es una doncella asustada que esconde un mechón gris: es la mujer que lo hospeda, que le sirve la cena, que le ha puesto a una doncella de cebo.

Theron caza al portador equivocado. Y si quiero seguir viva, quizá lo que de verdad necesite no sea huir de este cazador, sino enseñarle a cazar a la reina.

Pero eso no se lo digo esta noche. Esta noche solo hay un trato sobre la mesa, y un brazo que se quema, y dos personas atadas por el cuello en un jardín de ceniza.

Lo miro desde arriba, las manos todavía levantadas, todavía calientes, capaces de deshacerlo en polvo de un toque.

Sería tan fácil. Un cazador arrodillado, el cuello sin defensa, y yo con el don despierto y una noche de muertos a la espalda.

Cualquier cosa que el reino diga de mí se cumpliría si bajara estas manos.

La criatura. La bruja de ceniza. El monstruo.

Theron me ha puesto su vida en las palmas a propósito, sabiendo lo que pueden hacer, y eso, ofrecerme el cuello cuando podría haberme atado, es lo más cerca que ha estado nadie de decirme que confía en mí en trece años.

Bajo las manos. El calor gris se recoge hacia dentro, despacio, como una marea que se retira.

— No sé qué soy para ti — digo, y es verdad, y me cuesta decirlo más que cualquier mentira—.

No sé qué eres tú para mí. Pero sé que me has mandado a la guardia al muro equivocado, y que te estás dejando quemar por no decir mi nombre, y que un hombre que hace eso o es muy tonto o es muy peligroso, y tú no eres tonto.

— No — dice—. No soy tonto.

— Entonces eres lo otro.

Algo le cruza la cara que casi es una sonrisa y no llega a serlo. Está demasiado cerca, el juramento aún ardiéndole bajo la manga, y de pronto me fijo en que la luz que se le cuela por el puño es más fuerte que antes, que la costura le quema más cuanto más rato pasa aquí sin entregarme.

— Tu brazo — digo—. Cuanto más tardas, más te cobra.

— Se calma cuando decido. — Me mira—. No cuando obedezco.

Cuando decido. — Aprieta el puño y la luz se atenúa un punto, como si solo de plantarse en una elección el juramento aflojara la cuerda—.

Ese es el secreto que la Orden no nos cuenta.

El juramento no castiga la desobediencia.

Castiga la duda. En cuanto eliges de verdad, deja de quemar.

Lleva doce años quemándome porque llevo doce años obedeciendo sin elegir.

— Una pausa, y la voz se le pone más baja—.

Contigo, por primera vez, estoy eligiendo. Por eso, esta noche, me quema menos.

No sé qué hacer con eso. Es lo más parecido a una declaración que me ha hecho nadie, y me lo ha dicho hablando de un juramento de sangre, de costuras y de dolor, que es la única manera en que un hombre como él sabe decir lo que siente: por sus alrededores, nunca de frente.

— Trato — digo, antes de pensarlo mejor—. Tú no me encuentras. Yo te ayudo a entender por qué no te quemo. — Trago—. Y nada más. No me protejas. No me cuides. No te metas en lo mío. Un trato, no una... — No encuentro la palabra, o la encuentro y no me atrevo—. Un trato.

— Un trato — repite, y por la cara que pone sabe tan bien como yo que los dos acabamos de mentir, que esto ya es más que un trato, que lo es desde que me cubrió las manos sin quemarse y no echó a correr.

Se queda de pie ante mí, la luna pintándonos de gris a los dos en el jardín que nadie usa, entre la portezuela que deshice y el muro que no llegué a cruzar.

El frasco de Tassia me pesa contra el pecho. La salida última. Detrás de él, el muro de Sarn, la libertad, el bosque que se traga los rastros. Tengo todas las salidas que he contado siempre, y por una vez, una sola, no las quiero.

Y yo, que llevo trece años huyendo de todo el que me mira entera, no echo a correr.