La corte de las cenizas Capítulo 10
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Capítulo 10

Huyo por donde no hay salida, que es la única que no vigilan.

El jardín de ceniza. La portezuela atrancada por fuera desde el reinado del rey muerto, esa que conté la primera noche y todas las noches desde entonces, esa que nadie usa porque no se puede usar.

La guardia corre hacia el muro del barrio bajo, hacia donde Theron la mandó, y eso me da un respiro, el respiro justo para cruzar el patio en sombras hasta la portezuela del jardín.

Yo sí puedo abrirla. Pongo la mano en el cerrojo de hierro oxidado y dejo que un hilo del don lo recorra, lo justo, y el hierro se vuelve gris y se deshace en polvo entre mis dedos.

Pago por ello otro pellizco de memoria, otro hueco, y ya he perdido tanto esta noche que apenas noto el tirón, y eso me asusta más que el tirón mismo: que me estoy acostumbrando a perderme.

La portezuela cede. El jardín de ceniza se abre ante mí, gris bajo la luna, los árboles renacidos del fuego con la corteza pálida, y más allá el muro bajo que da al bosque de Sarn.

Si llego al bosque, desaparezco. El bosque de cenizas se traga los rastros.

Una portadora huele menos donde todo huele a quemado, y Sarn entero huele a quemado.

Lo conozco bien; de niña, antes de que mi padre muriera, me llevaban a Sarn a recoger ceniza fértil para los jardines de la casa, y aprendí sus senderos grises, las hondonadas donde los árboles renacidos crecen tan juntos que tapan la luna, los arroyos de agua oscura que bajan de la frontera.

Más allá de Sarn está Hieln, el reino del cazador que ahora me persigue, con su Orden de juramentados y su frontera quemada de dieciséis años de guerra.

Si cruzara Sarn entera, llegaría al reino que cría a los hombres que cazan a las mujeres como yo.

Una huida hacia la boca del lobo. Pero antes del lobo está el bosque, y en el bosque puedo perderme, y perderme es lo único que sé hacer bien.

Corro entre los árboles grises. La ceniza fértil de Sarn se me hunde bajo los pies, blanda, callada, y los árboles renacidos me rozan los brazos con sus hojas pálidas, esas hojas que nacen del fuego y vuelven grises, igual que yo, que nazco del fuego cada vez que lo uso y vuelvo un poco más gris.

El frasco de Tassia me golpea el pecho. El mechón nuevo me cae sobre la cara, decolorado, traidor, y me lo aparto.

Cuento los árboles para no contar el miedo: uno, dos, diez, el muro está cerca, casi lo toco.

Si lo salto, desaparezco. Si desaparezco, sobrevivo.

Es lo único que sé hacer, sobrevivir, huir, desaparecer, y lo hago bien, lo he hecho toda la vida.

Y entonces, corriendo hacia el muro que me salva, me sorprende un pensamiento que no debería tener: que no quiero.

Que no quiero desaparecer en el bosque y empezar de cero en otra corte, contando otras puertas, sirviendo otro vino, siendo nadie en otro sitio.

Por primera vez en trece años, dejar atrás Vael Antir no me sabe a libertad.

Me sabe a abandonar a Tassia, a Renko, a un viejo ciego que me dijo que me sentara, a un cazador que mintió a la guardia para que yo huyera.

Me sabe a perder lo único que he tenido nunca que se pareciera a algo mío.

Pero corro igual. Porque sobrevivir es lo primero. Siempre lo ha sido.

Detrás de mí, lejos ya, el patio sigue lleno de antorchas y de gritos.

Buscan al portador por el muro del barrio bajo, por donde Theron los mandó, y eso me da minutos, pocos, los justos.

Pero cuando la reina sepa que un portador deshizo a un guardia en su propio patio, la corte entera se cerrará como un puño, y no habrá rincón de Vael Antir donde una doncella de manos frías pueda volver a esconderse.

He vivido seis años en esos muros siendo nadie.

Esta noche he dejado de ser nadie, y ya no hay vuelta a la doncella invisible que servía el vino.

Una sombra cae del muro y aterriza delante de mí.

Theron. Sin yelmo, sin antorcha, respirando fuerte, cortándome el paso entre la portezuela deshecha y el muro de Sarn.

Me ha seguido. Por supuesto que me ha seguido; es lo que hace, es lo que es, el mejor rastreador de Hieln, y yo soy un rastro que esta noche brilla como una hoguera.

Me detengo. Cuento. No hay salidas. El muro a su espalda, los árboles a los lados, la portezuela a la mía, y entre el bosque y yo, un cazador.

— No te acerques — digo, y levanto las manos, las palmas hacia él, y dejo que el calor seco asome bajo la piel, una amenaza gris, lo único que me queda—. Te he visto cruzar un patio. Sé lo rápido que eres. Pero a esto no le ganas, Theron. A esto no.

— Lo sé — dice. No avanza. No saca el cuchillo.

Se queda donde está, las manos abiertas y vacías a los costados, la respiración agitada del que ha corrido mucho para llegar antes que yo, y a la luz de la luna le veo la cara, y no hay en ella la cara de un cazador que ha acorralado a su presa—.

Sé exactamente lo que puedes hacerme. Te lo he visto hacer.

Le has deshecho la mano a un guardia para salvar a un mozo de cuadra.

— Una pausa—. No has corrido cuando podías.

Has salido a la luz por un crío. Eso no lo hace un monstruo, Nieve.

— No sabes lo que hace un monstruo. — La voz me sale rota—. Aparta.

— Entonces apártate.

— No.

Doy un paso. Él no se mueve. Y entonces lo veo: se lleva la mano derecha al brazo izquierdo, se aprieta el antebrazo por encima de la manga, y hace una mueca, corta, contenida, la mueca de un hombre al que algo le quema por dentro.

Las costuras blancas. El juramento. Se lo está cobrando ahora, en este instante, mientras está aquí plantado sin nombrarme, sin prenderme, sin hacer lo que juró hacer.

— Te duele — digo.

— No es asunto tuyo.

— Te duele porque deberías estar gritando a la guardia que me has encontrado, y no lo haces.

Acabas de mandarlos al muro equivocado. — Bajo las manos un dedo.

El calor gris no se apaga, pero deja de subir—.

Tu juramento te cobra cuando dudas. Lo lleva cobrándote desde mi cuarto, ¿verdad.

Desde que me dejaste la puerta libre. Lo veo.

Te sube por el brazo cada vez que no me entregas.

Se aprieta más el antebrazo. Por la manga, donde aprieta, asoma un resplandor tenue, una de las costuras encendiéndose bajo la tela, y la mueca que hace no es de un dolor cualquiera: es la de un hombre que se está dejando quemar a propósito.

No lo niega. Eso es lo que más me desarma de este hombre, que no miente cuando podría: calla, o dice la verdad exacta, pero no miente.

— Entrégame y se te pasará — digo, y la voz se me quiebra a media palabra—. Es lo lógico. Llama a la guardia. Cobra tu recompensa. Vuelve a Hieln limpio. ¿Por qué te haces esto por una doncella que ni conoces. ¿Por qué te dejas quemar por mí.

Y ahí, por fin, en mitad del jardín de ceniza, con el juramento quemándole el brazo y la luna pintándonos a los dos de gris, Theron Drevasil hace algo que no esperaba.

Se arrodilla.

No del todo. Una rodilla en la tierra gris, la cabeza a la altura de mis manos levantadas, las palmas todavía calientes, ofreciéndome el cuello sin defensa, y me mira desde abajo con esos ojos de ramita quemada que aún guarda algo dentro.

— Porque no quiero hacerlo — dice, y es la frase más larga que le he oído sobre sí mismo, y le cuesta cada palabra como me cuesta a mí cada recuerdo—.

Una vez entregué a alguien que olía como tú.

Tenía nueve años. Lo hice porque me lo ordenaron, porque obedecer era lo único que me mantenía limpio, porque me dije que si no la entregaba yo la encontraría otro y me matarían a mí por callarla, y de qué le servía a ella un hermano muerto.

— Se aprieta el brazo, y la voz, que no le tiembla nunca, le tiembla ahora—.

Murió en la frontera. Por mi olfato. Por mi voz diciendo su nombre.

Y desde aquel día no he vuelto a... — No termina.

No nombra a nadie. Nunca nombra a nadie; ahora entiendo por qué.

Levanta la vista—. No quiero volver a hacerlo, Nieve.

Ni contigo. Ni con nadie. Pero el juramento me mata si no obedezco, y tú me matas si me acerco, y entre las dos cosas hay un margen muy estrecho donde los dos podemos seguir vivos. Te propongo que lo usemos.

No bajo las manos. Las mantengo arriba, la amenaza viva entre los dos, porque trece años no se desaprenden con un par de frases bonitas dichas por un cazador de rodillas.

— ¿Por qué iba a fiarme de ti? — digo—. Eres lo que el reino entero me ha enseñado a temer desde que nací.

Un perro de Hieln, un cazador de dones, un hombre que ya entregó a una persona que olía como yo y dejó que la mataran.

Y ahora me pides que ponga mi vida en tus manos a cambio de una promesa.

— Me tiembla la voz, y la odio por temblar—.

La última vez que confié en alguien que me dijo que me protegía, tenía nueve años y me enseñaron a esconderme para siempre. No vuelvo a hacerlo.

— No te pido que confíes — dice, sin levantarse, la rodilla todavía en la tierra gris—.

Te pido que hagamos un trato. La confianza no hace falta para un trato.

Solo hace falta que a los dos nos cueste más romperlo que cumplirlo.

— Alza la cara—. A mí, romperlo me cuesta la vida: el juramento me mata si te entrego y luego me arrepiento a medias, lo lleva cobrándome desde tu cuarto.

A ti, romperlo te cuesta el único cazador de Hieln que sabe lo que eres y no lo ha dicho.

Estamos atados por el cuello los dos, Nieve.

Eso vale más que la confianza. Eso dura.