Capítulo 9 #2
El recuerdo que se va esta vez se lleva algo grande.
Lo noto en el tirón, más hondo que el de una astilla, más hondo que el de la espada de antes; deshacer carne viva, aunque sea solo la mano de un hombre, cuesta más que deshacer hierro, y el hueco que me abre dentro es del tamaño de una habitación.
Me tambaleo. Aprieto los dientes. Y cuando el mareo me suelta, busco lo que he perdido, como busco siempre, palpándome la memoria, y encuentro que ya no recuerdo la cara de la cocinera que me enseñó a fregar de niña, ni su nombre, ni si fue buena conmigo. Se ha ido. Por la mano de un guardia.
Renko me mira desde el suelo con los ojos como platos.
Y al otro lado del patio, entre las antorchas, Theron también me mira.
Lo ha visto todo. Cada parte. La doncella saliendo de la sombra, las dos manos en el brazo del guardia, la espada y el hombre volviéndose polvo, la luz gris bajo mi piel, el mechón decolorándose.
Me ha visto usar el don a pleno, monstruo y todo, delante de media guardia de la reina, y ya no hay cerco que tapar con el pie, ni rastro reciente que negar, ni invierno que excuse las manos frías.
Está hecho. Lo he hecho yo. Delante de él.
Por un instante, el patio entero se queda quieto.
El guardia mutilado gimiendo en el suelo, mirándose el muñón gris.
Renko temblando contra la pared del almacén, con un hilo de sangre en la sien.
Los otros guardias volviéndose hacia el ruido, las antorchas girando hacia mí, y en sus caras esa cosa que llevo trece años huyendo, el momento exacto en que la gente deja de ver a una persona y empieza a ver a un monstruo, los ojos que se abren, la boca que se prepara para gritar bruja, ceniza, la criatura.
Y Theron. Theron y yo, mirándonos por encima de la ceniza que fui capaz de hacer, los dos sabiendo que esto ya no se deshace, que sea cual sea la cosa rara que nos une desde el jardín, acaba de cruzar una línea que no tiene vuelta.
Su cara es la única del patio que no se ha torcido de espanto.
Me mira deshacer a un hombre y no retrocede, igual que no retrocedió cuando me ardieron las manos entre las suyas, y en mitad del horror eso es lo único que me sostiene en pie: que hay una cara, una sola, que me mira monstruo y todo y no me teme.
Y entonces pasa algo que no espero. Theron, al otro lado del patio, en vez de gritar aquí, aquí está, la he encontrado, en vez de soltar a la guardia sobre mí, se vuelve hacia los otros guardias que acuden al ruido y alza la voz, esa voz suya que no necesita gritar para que la obedezcan.
— ¡Por el muro del barrio bajo! — ladra, señalando al lado contrario—. ¡Una sombra ha saltado el muro hacia Sarn! ¡Es el portador, va hacia el bosque, deprisa!
Y la guardia corre hacia donde él señala, hacia el muro equivocado, lejos de mí, porque cuando el mejor rastreador de Hieln dice por dónde se ha ido la presa, nadie discute.
Me ha dado la espalda a propósito. Me ha mentido a la guardia para sacármela de encima.
Por un instante nuestros ojos se cruzan por encima del patio que se vacía, y en los suyos no hay triunfo, ni miedo, ni la cara del cazador. Hay una orden muda: vete.
Le tiendo la mano a Renko. El crío la coge con las dos suyas, temblando.
— Corre — le digo—. A las cuadras viejas. Escóndete en el pajar y no salgas hasta que amanezca. Y no vuelvas a salir por mí, Renko. Nunca más.
— Nun-nunca — repite, y por una vez la palabra que devuelve suena a promesa rota antes de hacerla, porque los dos sabemos que volverá a salir por mí, que es lo que hace, que es lo que es.
Antes de irse, Renko se detiene un instante, vuelve la cabeza, y me mira de una manera que no me había mirado nunca.
No con espanto. Acaba de verme deshacer el brazo de un hombre en polvo gris, acaba de descubrir lo que soy, y un crío de dieciséis años tendría todo el derecho a mirarme como se mira a un monstruo.
Y me mira como se mira a quien te ha salvado la vida. Como se mira a los tuyos.
— Eres como en las can-canciones — dice, bajito, sin trabarse apenas—. La de la mujer de ceniza. Cre-creía que era cuento.
Y se va, antes de que pueda decirle que las canciones mienten, que la mujer de ceniza de los cuentos no termina bien, que a la mujer de ceniza la queman al final de todos los versos.
Echa a correr descalzo y desaparece entre las sombras.
Y yo me quedo en pie en mitad del patio, con la luz gris apagándose en mis manos y el mechón nuevo en la sien y un recuerdo menos del que ni sé el nombre, mirando a un cazador de Hieln que acaba de ver lo que soy entera y que, en vez de cazarme, ha mentido para que huya.
Trece años escondiéndome para que nadie me viera del todo. Y en una sola noche, dos personas me han visto entera, monstruo y ceniza incluidos, y ninguna de las dos ha huido.
Pero la regla que me ha mantenido viva está rota. Lo he usado a la vista. Hay media guardia que lo cuenta mañana, Renko que lo ha visto, y un cazador que ahora carga con mi secreto como con una piedra al cuello.
Me agacho un momento donde cayó la ceniza del guardia, el polvo gris que un instante antes era una mano armada, y casi sin pensarlo barro un poco con el borde del faldón, lo escondo, el gesto de trece años, borrar el rastro, no dejar nada.
Y entonces paro. ¿Para qué. Media guardia lo ha visto.
Renko lo ha visto. Theron lo ha visto. No queda rastro que borrar porque ya no soy un rastro: soy un nombre que mañana correrá por toda la corte.
La bruja de ceniza del patio de las cuadras.
Por primera vez en trece años, no tiene sentido esconder nada, y esa libertad horrible me deja sin aire más que el miedo.
Ya no hay vuelta atrás.