Capítulo 9
Salgo por el ventanuco enrejado, que no es salida y por eso es la mía.
Las botas suben por la escalera de servicio antes de que yo haya decidido nada.
Aporrean la primera puerta del corredor, la de Marla, y oigo a Marla gritar, y oigo la voz de un guardia ordenando que enseñe las manos, las manos, todas las manos a la vista.
Buscan manos frías. Buscan manos agrietadas.
Buscan lo que yo escondo bajo la jarra cada vez que sirvo el vino, y van puerta por puerta, y mi puerta es la quinta, y tengo el tiempo que tardan en registrar cuatro cuartos.
No es tiempo. Es casi nada. Pero casi nada me basta, porque llevo trece años preparándome para esta noche sin saber que era esta noche.
Los barrotes del ventanuco de mi cuarto están podridos en la base desde hace meses, y lo sé porque cuando una duerme en un cuarto de una sola salida, una termina buscándole una segunda aunque tenga que arrancarla con las manos.
Llevo meses aflojándolos con las uñas, un poco cada noche de insomnio, sin saber para qué, solo porque no soportaba dormir en un cuarto del que solo se sale por un sitio.
Empujo el de la izquierda, el que cede, lo doblo lo justo, y me cuelo por el hueco al patio de las cuadras mientras las botas llegan a la tercera puerta.
Caigo en el estiércol. Me agacho entre las sombras de los pesebres.
El frasco de Tassia me golpea el pecho, frío, y por un momento mi mano sube a tocarlo, esa salida última, antes de bajar otra vez.
Todavía no. Todavía quedan otras puertas que contar antes de esa.
La noche está fría y clara, una de esas noches de finales de otoño en que el aliento se ve y la escarcha empieza a blanquear los tejados.
Mala noche para esconderse: el frío aplasta los olores contra el suelo y los concentra, y un rastreador huele mejor cuando hiela.
Theron me lo dijo, sin saber que me lo decía, hablando de su oficio.
Lo recuerdo ahora, agachada entre el estiércol, y lo uso, porque lo único que tengo contra el mejor rastreador de Hieln son las cosas que él mismo me ha contado sin darse cuenta de que se las contaba a su presa.
El patio está lleno de antorchas. Guardias de la reina con el yelmo bajado registran las cuadras, los almacenes, el barrio bajo al otro lado del muro, y entre ellos, alto y quieto en mitad del barullo, está Theron, sin yelmo, oliendo el aire.
Cazando. Es su oficio y lo hace bien, y lo que busca esta noche soy yo.
Lo miro desde la sombra y se me revuelve todo por dentro, porque no sé qué hace ahí.
Me dijo que no me entregaría sin avisarme.
Me cubrió las manos en el jardín. Y ahora está en mitad de la redada de Velora, con la nariz puesta en el aire, buscando ceniza.
¿Me ha mentido. ¿Era todo un juego para que bajara la guardia.
O está aquí porque la reina lo ha obligado a venir, porque un cazador de Hieln bajo bandera de tregua no le dice que no a la reina que lo hospeda, y husmea el aire fingiendo cazar mientras reza por no encontrarme.
No lo sé. Y no saber, esta noche, con las botas bajando ya por la escalera hacia el patio, es un lujo que no me puedo permitir.
Pego la espalda al muro de los pesebres.
Si me quedo quieta, si no uso el don, si no huelo a tormenta más de lo que ya huelo, quizá pase de largo.
El olor se diluye en el de las cuadras, en el estiércol y la paja y los caballos.
Por eso me he metido aquí. Una portadora huele menos donde todo apesta.
Theron me lo enseñó sin querer, la primera noche, cuando me habló del rastro: la ceniza viva huele a tormenta, pero la tormenta se pierde si la rodeas de bastante estiércol.
Uso su lección contra él. Me agacho entre la mierda de los caballos y rezo por oler a caballo.
Un guardia entra en las cuadras. Lo oigo apartar la paja con la bota, abrir los compartimentos uno a uno, y me hundo más en la sombra del pesebre, la cara contra el flanco caliente de una yegua que resopla y me tapa con su cuerpo sin saberlo.
El guardia pasa a tres pasos. Olfatea, torpe, porque no es cazador, no sabe oler nada que no sea estiércol, y el estiércol es todo lo que hay.
Maldice. Sale. Suelto el aire que tenía atascado en el pecho.
Casi. Casi paso la redada quieta y callada, como he pasado todo en esta vida, sin que nadie sepa que estuve.
Y entonces oigo a Renko.
No lo veo, lo oigo. Tartamudea, y Renko solo tartamudea cuando habla con adultos, y la voz que le contesta es la de un guardia, dura, impaciente.
— ¿Y este crío qué hace levantado a estas horas?
— Los-los caballos, mi señor, los caballos se asustan con-con las antorchas, vengo a...
— Te he visto salir corriendo del ala de servicio. ¿A quién avisabas, eh? ¿A quién?
A mí. Me avisaba a mí, descalzo, cruzando el patio para decirme que la redada subía, igual que cruzó media ciudad descalzo la noche de la otra redada, porque Renko es los ojos que tengo en esta corte y nunca le he pedido que lo sea y lo es de todos modos, por nada, porque sí, porque una vez lo defendí de un palafrenero y desde entonces decidió que era mío.
Subió a avisarme y se encontró el corredor lleno de guardias y bajó corriendo, y un crío que baja corriendo de un ala que están registrando es un crío culpable a los ojos de cualquier guardia con prisa.
Ahora un guardia lo tiene cogido del cuello de la camisa contra la pared del almacén, y le acerca la antorcha a la cara, tan cerca que veo cómo el calor le tensa la piel a Renko, y el crío ha dejado de tartamudear porque ha dejado de poder hablar.
— ¿A quién? — repite el guardia, y le sacude—. Esta noche todo el que esconda a un portador arde con él. ¿A quién avisabas, rata?
— A na-nadie, a nadie, nadie...
No me delata. Lo tiene fácil. Le bastaría con decir mi nombre, con señalar las cuadras, con cambiar su vida por la mía, y un crío de dieciséis años aterrado tendría todo el derecho del mundo a hacerlo.
Y no lo hace. Aprieta los dientes y repite nadie, nadie, mientras un guardia lo zarandea contra la piedra, porque Renko ha decidido que soy suya y a los suyos no se les vende, ni con una antorcha en la cara, ni con la muerte encima.
El guardia le pega. Un revés que estampa la cabeza de Renko contra la piedra, y el crío se desploma, y el guardia desenvaina, porque esta noche hay orden de la reina y la orden de la reina nunca pide prisioneros, y yo lo veo todo desde la sombra de los pesebres con el corazón parado y la única regla que me ha mantenido viva trece años martilleándome en la cabeza.
No uses el don. Pase lo que pase. Si lo usas con el cazador delante, ya no hay frasco que te salve.
Me lo dijo Tassia. Me lo digo yo cada día.
Es la primera regla, la única, la que me ha mantenido viva trece años: el don se esconde, el don no se usa, el don se traga aunque te queme por dentro, porque el día que lo sueltes a la vista, eres lo que el reino quema en la plaza.
El guardia levanta la espada sobre el chico caído.
Renko cierra los ojos. Y en esa fracción de instante, con el filo arriba y el crío abajo, hago las cuentas que llevo trece años haciendo, las cuentas frías, las de sobrevivir: si salgo, me ven; si me ven, me cazan; si me cazan, muero, y Renko muere igual, porque un guardia no perdona a un crío por mucho que yo me entregue.
Y por primera vez en mi vida, las cuentas no me importan.
Dejo de contar las salidas.
Por primera vez en mi vida no calculo, no mido, no busco la puerta.
Salgo de la sombra a la luz de las antorchas, cruzo el patio a la carrera, el faldón recogido, el frasco de Tassia golpeándome el pecho a cada zancada, y el don ya me sube por los brazos antes de llegar, despierto, hambriento, contento por fin de que lo dejen salir después de trece años apretado.
Cuando el guardia baja el filo hacia el cuello de Renko, le agarro el brazo armado con las dos manos y dejo salir todo lo que llevo dentro.
El don me sube por las palmas como una crecida que llevaba años conteniendo tras un dique.
La espada se vuelve gris bajo mis dedos, el filo, la guarda, la mano que la empuña, todo ceniza, sin un grito, sin humo, una marea gris que se come el acero como el agua se come la sal.
El guardia mira su propio brazo deshacerse en polvo hasta el codo y abre la boca y no le sale voz, y cae de rodillas, vivo, mutilado de ceniza, mirándose el muñón gris que un instante antes era una mano con una espada.
Algo se va de mí al mismo tiempo. Un recuerdo.
No sé cuál, nunca sé cuál hasta que voy a buscarlo y ya no está; un hueco nuevo en algún sitio, una cara o un nombre o un olor de cuando era niña, arrancado de raíz.
Y el mechón gris de mi sien gana un dedo más de terreno, lo noto subir por dentro, lo noto decolorarse, la ceniza ganándome el pelo como me gana la memoria.
Ahora lo entiendo, lo que me dijo Hadiel: el gris es la cuenta.
Y acabo de pagar otro tramo de cuenta por la mano de un guardia y la vida de un crío.
Valió la pena. Eso es lo que me sorprende, ahí, en mitad del patio, con el mundo derrumbándose: que por una vez no me arrepiento de haber pagado.
Llevo trece años pagando recuerdos por sobrevivir, por esconderme, por seguir siendo nadie.
Este lo he pagado por alguien. Y duele igual, y el hueco es igual de grande, pero por primera vez no me siento más vacía. Me siento más entera.