Capítulo 8 #2
Tiene los dedos verdes metidos en los bolsillos del mandil, y los saca solo para agarrarme del brazo y meterme en el hueco bajo la escalera, ese sin salida que yo nunca uso por eso mismo, sin salida, y aun así me dejo meter porque la cara de Tassia no admite discusión.
— Por la ruda y la madre que la parió, ¿dónde te metes? — susurra—. Llevo media tarde buscándote.
— ¿Qué pasa?
— Lo que pasa es que esta noche hay redada.
— Habla pegada a mi oído, rápido—. Lo oí en la botica.
Vienen guardias de la reina con el cazador de Hieln, casa por casa del ala de servicio y del barrio bajo.
Buscan ceniza. — Me mira fijo, la barbilla baja, esa mirada suya de sé lo que eres y no me importa—.
No me cuentes nada. No quiero saberlo. Pero coge esto.
Se saca algo del corpiño. Un frasquito de cristal verde, del tamaño de un dedo, tapado con cera, colgado de un cordel.
— ¿Qué es?
— Es del armario de la reina. Lo cogí yo.
— Me lo cuelga del cuello, por dentro del vestido, contra la piel, frío como mis propias manos—.
La reina tiene un armario en sus aposentos lleno de frasquitos como este, todos rotulados con su letra fina, y yo le surto la botica, así que entro y salgo de ahí cada semana.
Cogí uno. Le rellené el suyo con jarabe del mismo color, que de eso sé.
No preguntes cómo. — Baja aún más la voz—.
Es veneno, del bueno, del que para el corazón sin dar tiempo a gritar. Una gota basta.
— ¿Y por qué me lo das a mí?
Tassia me mira, la barbilla baja, y por una vez no esquiva con un juramento de hierbas. Por una vez me mira de frente.
— Porque te vienen buscando, Nieve. No me digas que no, que no quiero saber qué eres, pero un perro de Hieln no husmea las paredes del ala de servicio por gusto.
— Me aprieta el frasco contra el pecho con su mano verde—.
Por si acaso. Por si te cogen y lo que te espera es peor que esto.
Que una elija cómo se va es la única libertad que esta corte no nos puede quitar.
Yo no pienso dejar que mi amiga acabe en manos de la reina sin tener al menos esta salida en el cuello.
— Tassia...
— No me lo agradezcas, que me pongo a llorar y aquí no se puede llorar.
— Me suelta. Se mete las manos verdes en los bolsillos—.
Esconde el mechón. Se te ve gris por la sien, se te ha soltado de la trenza.
Y no uses lo que eres esta noche, pase lo que pase, porque si lo usas con el cazador delante, ya no hay frasco que te salve.
— Me da un empujón suave hacia la escalera—. Anda. Y duerme con la ropa puesta.
Una salida en el cuello. Eso es lo que me ha colgado Tassia: una última puerta para cuando no queden las otras.
La toco por encima del vestido, el bulto frío del cristal contra el esternón, y entiendo que es el regalo más triste y más mío que me han hecho nunca, porque solo alguien que me conoce de verdad, aunque no sepa lo que soy, sabría que a mí no me consuela que me prometan que todo irá bien.
Lo que yo necesito es una salida más que contar.
— Esconde el mechón — repite, ya en la escalera—.
Y otra cosa. — Me agarra del brazo, los dedos verdes clavándose—.
Si esta noche pasa lo que creo que va a pasar, no vuelvas aquí.
A la botica, digo. Si te buscan y me ven contigo, ardemos las dos, y a mí no me ha colgado nadie un frasco al cuello.
— Lo dice duro, pero le tiembla la barbilla, y entiendo que no me echa: me protege a su manera, la de quien sabe que la única forma de salvar a una amiga marcada es no estar a su lado cuando vengan a por ella—. Cuídate, ceniza.
Es la primera vez que me llama así. Ceniza.
Sin miedo, casi con cariño, la palabra que durante trece años ha sido mi sentencia dicha por ella como un mote de hermana.
Se me cierra la garganta. No le contesto, porque si abro la boca lloro, y aquí no se puede llorar.
Le aprieto la mano verde una última vez y subo.
Subo a mi cuarto de una sola salida con el frasco de cristal verde golpeándome el esternón a cada paso, frío contra la piel, y me siento en el jergón con la espalda contra la pared y la ropa puesta, como me dijo, contando la única salida que tiene este cuarto una vez, dos, diez, como si de tanto contarla fuera a salirle otra.
No le sale otra. Le sale el ventanuco enrejado del fondo, con los barrotes podridos en la base que llevo meses aflojando con las uñas, ese que no es salida y que por eso es la mía.
Una y media. Cuento una salida y media, y el frasco de Tassia en el cuello, y el don en las palmas, y eso es todo lo que tengo contra una corte entera.
Pienso en avisar a Theron. La idea me cruza la cabeza y me sorprende que me cruce: hace una semana, el cazador era el peligro; ahora, en mitad de una redada que viene a por la ceniza, lo primero que pienso es que él podría ayudarme.
No lo hago. No sé de qué lado estará esta noche, si de Velora que lo hospeda o de la cosa rara que nos une desde el jardín, y arriesgar mi vida a esa pregunta sin respuesta es de tontas.
Me quedo sola, como siempre, con la espalda contra la pared y un oído despierto, esperando las botas.
Y abajo, en el patio, cuando cae la noche del todo, oigo lo que llevo temiendo desde que Tassia abrió la boca: pasos de muchas botas sobre la ceniza prensada, antorchas que tiñen de naranja el ventanuco enrejado, y una voz de guardia que grita orden de la reina, que abran, que nadie salga.
La redada empieza esta noche.
Y vienen a por la ceniza.