La corte de las cenizas Capítulo 8
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Capítulo 8

No he pegado ojo. He pasado la noche con la espalda contra la pared de mi cuarto, repasando lo que Hadiel me dijo y lo que dejó sin decir, esa persona que necesita a alguien que todavía pague, alguien limpio, alguien a quien moldear o a quien gastar.

Velora. La que me llama hija mía. La que me puso a su servicio.

La que lleva seis años esperando algo de mí que ahora empiezo a temer que sea, sencillamente, lo que llevo dentro.

Y aun así he vuelto. Porque una cosa más fuerte que el miedo me empuja escaleras abajo esta mañana: la rabia.

La rabia por Beil en un cubo, por su madre tendiendo sábanas, por todos los que esta corte deshace y entierra bajo el cuento de que se escaparon.

Si Velora se puede vaciar, si hay una manera de quitarle lo que roba, quiero saberla.

No para usarla yo. Para usársela a ella.

Vuelvo al Archivo Calcinado, como me dijo Hadiel, y esta vez bajo sin excusa, porque cuando una decide saber una cosa que ya no podrá dejar de saber, las excusas sobran.

Cuento las dos salidas al entrar, más por costumbre que por miedo, porque aquí abajo, raro es, he dejado de tener miedo.

El viejo está donde lo dejé, los dedos sobre un libro abierto, y olfatea cuando cruzo el umbral.

— Has vuelto — dice—. Mal asunto. Las niñas listas no vuelven a por respuestas que duelen.

— Decidme cómo se deshace sin pagar.

Hadiel suspira. Cierra el libro. Da unos golpecitos con el dedo en la mesa, contando algo, y empieza, y mientras habla corrige fechas que nadie le ha preguntado, como si la verdad solo le saliera bien ordenada.

— El don cobra memoria. Eso ya lo sabes en tus carnes. Reduces algo a ceniza, pierdes un recuerdo; le devuelves forma, pierdes el doble y te quedas con fiebre. Es la ley. La ceniza viva no es gratis, nunca lo fue, ni para ti ni para nadie. — Levanta un dedo—. Salvo que pagues con memoria ajena.

— ¿Ajena?

— ¿Tú nunca te lo has preguntado, niña. Por qué pierdes recuerdos y no, qué sé yo, sangre, o años de vida, o un dedo.

Por qué memoria. — Hadiel ladea la cabeza, esperando, y como no contesto, sigue—.

Porque la ceniza viva no destruye, transforma.

Deshacer no es matar: es devolver algo a su estado de antes, a polvo, a lo que fue antes de ser.

Y para devolver algo a lo que fue, hace falta un ancla, un punto de apoyo, algo que recuerde lo que esa cosa era.

Ese algo eres tú. Tu memoria. El don gasta tu recuerdo de cómo era el mundo para deshacer un pedazo de mundo.

Por eso pagas en memoria. Es la moneda exacta de lo que haces.

Lo nunca dicho. Trece años cargando el don sin que nadie me explicara su propia lógica, y un viejo ciego me la entrega en un sótano calcinado como quien me devuelve algo que siempre fue mío.

— La memoria viaja en la ceniza, niña. Cuando deshaces a un ser vivo, su recuerdo no se evapora: queda en lo que queda de él.

En el polvo. En el cabello, sobre todo, que es lo último que arde y lo que mejor guarda.

— Tantea el lomo quemado de ayer, ese que no sacó—.

Por eso al portador se le decolora el pelo cuando paga con lo suyo, ¿no te has fijado.

Ese gris que llevas en la sien y que escondes bajo las trenzas.

El don se cobra en pelo porque el pelo es la moneda de la memoria.

Tú pagas con el tuyo, dedo a dedo de gris cada año.

Y otra, en cambio, ha aprendido a pagar con el de los muertos.

Me quedo sin aire. El mechón gris. El que no tenía a los nueve años. El que crece cada vez que el don me cobra. No es una mancha, no es una rareza: es la cuenta de todo lo que he perdido, escrita en mi propia cabeza para que cualquiera que sepa leerla sepa cuánto he pagado.

— Si guardas la ceniza de alguien, guardas su memoria — sigue Hadiel—.

Y si tienes memoria de sobra guardada, puedes pagar el precio del don con la de otro en vez de con la tuya.

Deshaces a un hombre, y en lugar de perder tú un recuerdo, gastas uno de los muertos que llevas encima.

Tú no pagas nada. Tu pelo no encanece. Pagan ellos.

Una y otra vez. Para siempre. Cada vez que la ladrona usa el don, un muerto que lleva encima pierde un poco más de lo que fue, mientras ella se conserva entera.

Es robar dos veces: primero la vida, luego el recuerdo de haberla vivido.

El corredor. Beil. La mano enguantada en la mejilla del muchacho. Los guantes de seda que Velora no se quita jamás.

— Sus guantes — digo, y la voz me sale en un hilo.

Hadiel vuelve las cuencas vacías hacia mí, despacio.

— Ah — dice—. Conque era eso lo que habías visto.

— Baja la voz hasta casi nada—. Forrados por dentro, ¿verdad?

De algo que no es lana. Yo nunca los he tocado, pero lo huelo cuando pasa cerca, niña.

Lo huelo desde hace años. La reina de Marenthel lleva las manos cubiertas de muertos.

Cabello de los desaparecidos. Su despensa de memoria.

Por eso lo recuerda todo: porque no paga con lo suyo, paga con lo que les roba a ellos.

— Aprieta los labios—. Y por eso quema. Cuantos más deshace, más despensa tiene. Quema el reino para llenar los guantes.

Me apoyo en una estantería negra de hollín. El polvo de los libros quemados me ensucia la mano.

— ¿Y por qué nadie lo ha parado? — La voz me sale más alta de lo que quiero, y rebota en las paredes negras de hollín—. Si vos lo sabéis, si lo oléis cuando pasa cerca, ¿por qué no...?

— ¿Por qué no lo he gritado en la plaza.

— Hadiel ríe sin gracia—. Porque soy un viejo ciego, niña, y la palabra de un viejo ciego contra la de una reina dura lo que tarda la reina en ponerme un guante en la mejilla.

Lo he visto pasar. Hubo quien sospechó, hace años.

Un médico de la corte. Un capitán. Una dama.

Todos se escaparon, dicen, todos se fueron al norte a buscar fortuna.

— Aprieta los labios—. La reina lleva los guantes llenos de los que sospecharon.

Por eso no se los quita: porque su despensa es también su confesión.

— ¿Y se le puede quitar? — pregunto, más bajo, casi sin aire—. ¿Esa memoria robada. ¿Se le puede sacar.

Hadiel se queda muy quieto. Luego sonríe, y es una sonrisa fea, de alivio peligroso, la sonrisa de quien lleva años guardando una respuesta sin nadie a quien dársela.

— Esa es la pregunta buena — dice—. Esa es la única pregunta que importa, y nadie me la había hecho en cuarenta años.

— Tantea de nuevo el lomo quemado, lo roza, no lo saca—.

Sí. Se le puede quitar. Lo que roba es prestado, ¿entiendes.

No es suyo. Y lo prestado siempre se puede reclamar, si sabes cómo.

— Cierra la mano sobre el lomo del libro—.

Y el cómo está aquí, en este libro, en la página que el fuego se llevó.

Vuelve cuando sepas que estás dispuesta a usarla.

Hoy no. Hoy aún no sabes lo bastante para no morirte con lo que te diría.

Hay un peso que no se carga sin haberse hecho fuerte primero, y tú todavía eres una niña que cuenta puertas.

Me quedo callada un momento, sopesando todo lo que el viejo acaba de poner en mis manos.

Velora roba memoria de los muertos. Velora se le puede vaciar.

Hay un libro a medias con la manera escrita en una página que el fuego no se llevó del todo.

Es más de lo que he sabido nunca de lo que soy y de la que me gobierna, y al mismo tiempo no es nada, porque sin la página no tengo cómo, y sin el cómo solo tengo miedo y un nombre, el de la reina, que no me atrevo a decir en voz alta ni aquí abajo.

— Decídmelo ahora — insisto—. No tengo tiempo. La reina sospecha de mí, hay un cazador oliéndome el rastro, no sé cuántos días me quedan.

— Por eso mismo. — Hadiel vuelve las cuencas vacías hacia mí—.

Si te lo digo hoy y mañana te cogen, le sacarán de la boca a la fuerza la única cosa que puede derribarla.

Y entonces se acabó: cerrará el agujero, y nadie volverá a tener la ocasión.

Tu ignorancia te protege a ti y nos protege a todos, niña.

Hay secretos que solo se cuentan cuando quien los recibe ya no se va a dejar coger.

— Suaviza la voz—. Vuelve cuando estés dispuesta a morir antes que contarlo. Ese día te lo daré.

No me deja insistir más. Me echa con buenas palabras, corrigiéndome la hora a la que he llegado, que no son las diez sino las diez y cuarto, que las campanas de la torre baja adelantan, y subo del archivo con la cabeza dándome vueltas: Velora roba memoria de los muertos, quema el reino para llenarse los guantes, y se le puede quitar lo robado de una manera que un libro a medias guarda en una página perdida que el viejo no me dará hasta que yo esté dispuesta a morir por callarla.

Subo despacio, masticando lo que sé. Robar dos veces, primero la vida y luego el recuerdo de haberla vivido.

Beil ya no solo está muerto: está sirviendo de moneda, gastándose recuerdo a recuerdo cada vez que la reina deshace a otro, hasta que de Beil no quede ni lo que fue, ni el día que cantó en la Festividad, ni la cara de su madre tendiendo sábanas.

Y yo barrí sus cenizas. Y no sé si Velora se las habrá quedado para los guantes, y la sola idea me da arcadas en mitad de la escalera.

Tassia me espera en el recodo de la escalera de servicio, y por su cara sé que algo va mal antes de que abra la boca.

La conozco bien: cuando Tassia tiene miedo se le va el color de las mejillas pero no de los dedos, que siguen verdes, y se le mete una arruga entre las cejas que no se le pone ni cuando la mayordoma la riñe ni cuando un noble la mira como se mira a una sirvienta.

Esa arruga solo se le pone cuando hay peligro de verdad. La trae puesta ahora.