Capítulo 7 #2
— No me preguntas en general. Nadie pregunta eso en general.
— Se queda muy quieto, las manos de papel cruzadas sobre el bastón—.
Una niña que paga el precio de su don, que tiene las manos heladas de tragarse el fuego, que lleva el pelo decolorándose por la sien con cada recuerdo que pierde, no pregunta en general cómo se deshace sin pagar.
Lo pregunta porque ha visto a alguien hacerlo.
Y solo hay una persona en este reino que lleve años haciéndolo sin que le tiemble la mano.
— Vuelve las cuencas vacías hacia mí—. No me digas su nombre.
No quiero oírlo dicho en voz alta en mi archivo.
Pero los dos sabemos a quién has visto. — Me coge la muñeca con su mano de papel, fría como la mía, y me la aprieta—.
Escúchame, niña de ceniza. Hay una sola manera de deshacer sin pagar, y es la peor cosa que se puede hacer con este don, peor que matar, peor que arder.
Y si la has visto hacer en esta corte, entonces estás en un peligro mucho mayor del que crees, porque quien la hace lleva años practicándola y no le tiembla la mano.
— Se acerca un palmo más, las cuencas vacías a la altura de mis ojos—.
Y porque tú eres exactamente lo que esa persona necesita.
— ¿Lo que necesita para qué?
— Para lo que lleva años buscando. — Hadiel se queda callado, las cuencas vacías vueltas hacia mí, y por un momento parece que sopesa cuánto contarme, igual que Theron sopesa las palabras antes de gastarlas—.
Hay portadores que aprenden a no pagar, niña.
Pero no es gratis aprenderlo, ¿entiendes.
El que no paga con lo suyo paga con lo de otro.
Y para tener mucho de otro que gastar, hace falta deshacer a mucha gente y guardar lo que queda de ella.
Es un don que se alimenta de los demás. Crece comiendo.
— Tantea el aire hacia mí, encuentra mi rodilla, me da unos golpecitos como quien marca un compás—.
Tú no eres así. Tú pagas. Lo huelo en lo poco que te queda.
Por eso eres lo que esa persona necesita: alguien que todavía pague, alguien limpio, alguien a quien moldear antes de que aprenda a no pagar por su cuenta.
— Retira la mano—. O alguien a quien gastar.
Se me hiela todo. Velora me puso a su servicio. Velora me hace espiar al cazador. Velora me llama hija mía con esa garganta blanda. Velora lleva seis años esperando algo de mí.
— ¿Lo que necesita para qué? — repito, más bajo.
Hadiel se vuelve hacia las estanterías negras de hollín, tantea un lomo concreto entre cientos, uno quemado a medias, lo roza con los dedos y no lo saca.
— Para eso vuelve mañana — dice—. Cuando estés segura de que quieres saberlo.
Porque hay cosas, niña, que una vez sabidas ya no se pueden dejar de saber, y tú llevas pocas que olvidar para regalar ninguna.
— Vuelve la cara hacia mí una última vez, y sonríe, y esta vez la sonrisa es triste—.
Vete. Y dile al cazador que no eres tú. Aunque seas tú.
Dícelo. A veces una mentira es lo único que nos deja vivir hasta mañana.
— Una cosa más — digo desde la puerta, con la mano ya en el quicio—. ¿Por qué me ayudáis. Os he traído un peligro a vuestro archivo. Si la reina supiera que me dejáis hablar...
— La reina cree que soy un viejo inútil que cuenta libros quemados.
— Hadiel vuelve a su mesa, tantea el lomo de uno, lo abre, recorre el papel con los dedos—.
Llevo cuarenta años dejando que lo crea.
Es el mejor escondite que existe, niña: ser tan poca cosa a los ojos de los que mandan que dejan de mirarte.
— Una pausa—. Tú lo sabes. Llevas seis años escondida en un delantal de doncella.
— Levanta la cara—. La diferencia es que yo elegí esconderme.
A ti te enseñaron a hacerlo de pequeña, a la fuerza, con miedo.
Y un día tendrás que decidir si quieres seguir escondida toda la vida o si quieres que alguien te vea.
— Vuelve a su libro—. Vete. Y dale recuerdos al cazador de mi parte, que también huele a tormenta, aunque él no lo sepa todavía.
Subo del Archivo Calcinado con el corazón a martillazos y una certeza nueva clavada en el pecho.
Por primera vez en trece años, alguien me ha mirado entera, ceniza y todo, y no ha huido ni ha gritado ni ha sacado un cuchillo.
Me ha acercado una silla. Me ha dicho que me siente.
Me ha hablado como se le habla a una persona.
Y por primera vez en mucho tiempo, mientras subo del archivo, me permito una cosa que no me permito casi nunca: imaginar.
Imaginar que no tengo que esconderme toda la vida.
Que hay un sitio, aunque sea un sótano calcinado, donde puedo entrar siendo lo que soy y que no me echen.
Que existe una manera de que alguien me mire entera y se quede.
La idea entra por la voz del viejo, por su silla acercada con el pie, por su recuerdos al cazador dicho con media sonrisa, y me cuesta sostenerla, porque sostener una esperanza duele más que no tenerla cuando llevas trece años sin ninguna.
Pero la sostengo. Un escalón. Dos. La sostengo hasta el corredor, hasta que la mayordoma me grita que dónde me he metido, y entonces la guardo, con cuidado, donde guardo lo que importa.
Un ciego me ha visto.
Y no me teme.