La corte de las cenizas Capítulo 7
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Capítulo 7

Beil pesa más muerto que vivo, y eso que de Beil solo queda lo que cabe en un cubo.

Llevo dos días sin poder dormir por el montoncito de ceniza que recogí del corredor con mis propias manos, la ceniza de un muchacho deshecho sin que su reina pagara nada por ello, y la pregunta me come por dentro como el don me come los recuerdos: ¿cómo lo hace?

Esta mañana, al pasar por el patio, he visto a la lavandera tender la colada con los ojos rojos.

Le han dicho que su hijo huyó. Que Beil se escapó de la corte, que se fue al norte a buscar fortuna, eso le han contado, y la pobre mujer tiende sábanas blancas creyendo que su niño anda vivo por algún camino cuando lo tengo yo en un cubo en el cuarto de las escobas, esperando a que lo eche al jardín de ceniza como si fuera basura.

He estado a punto de decírselo. He estado a punto de cogerle las manos y decirle perdona, perdona, no se escapó, lo deshizo la reina por una copa.

Y no lo he hecho, porque decírselo es morir, y porque la lavandera prefiere mil veces un hijo que huyó a un hijo que cabe en un cubo.

Eso es lo que esta corte me ha enseñado: a callar verdades que matarían a quien las oyera.

Si yo pago, si todos los portadores pagamos, si Velora misma me contó que a una portadora el don le comió la cabeza hasta dejarla loca y vacía, ¿cómo deshace ella a un hombre entero y sigue acordándose del nombre de cada criado de la corte?

Y hay otra cosa que me quita el sueño, una que no tiene que ver con la reina.

Desde el jardín de ceniza, desde que Theron me cubrió las manos sin quemarse, lo busco con los ojos cada vez que cruzo un salón.

No quiero. Me ordeno no hacerlo y lo hago.

Le llevo el agua caliente a la torre con una excusa que no necesito, me quedo un latido de más cuando me roza los dedos al coger la jarra, vuelvo a contar los cuarenta y dos escalones de bajada para no contar lo que de verdad me late en el pecho.

Es la cosa más peligrosa que he hecho en trece años, más que usar el don, más que bajar al archivo: empezar a necesitar la cara de un cazador.

Necesito que alguien me explique el don.

Y no hay nadie en el mundo a quien pueda preguntárselo sin firmar mi sentencia, porque preguntar por el don es confesar que lo tengo.

A Tassia no la cargo con esto; bastante hace con no saber.

A Theron no le pregunto cómo no paga la reina, porque entonces tendría que contarle lo que vi, y contarle lo que vi es ponerle en las manos un secreto de Estado que un cazador podría vender a su Orden por la cabeza de la reina. A Velora, menos que a nadie.

Salvo, quizá, un viejo que no ve.

De Hadiel se cuentan cosas en las cocinas, esas medias verdades que circulan por los corredores de servicio y que nadie comprueba.

Que es más viejo que el palacio. Que sobrevivió al incendio que calcinó el ala vieja porque el fuego, dicen, le tiene respeto, lo cual es una tontería de cocinera, pero las tonterías de cocinera a veces tapan algo verdadero.

Que conoce historias del reino que ningún noble vivo recuerda.

Y, lo que de verdad me importa, que conoció a portadores antes de que Velora los hiciera desaparecer a todos, cuando aún quedaba alguno en las grandes casas y no se quemaban en la plaza.

Si alguien en Vael Antir sabe cómo se burla el precio del don, es el viejo del Archivo Calcinado.

El Archivo Calcinado está en el ala más vieja del palacio, la que ardió en el incendio de hace una generación y que nunca reconstruyeron del todo, las paredes negras de hollín, las vigas medio quemadas apuntaladas con madera nueva que ya también se va poniendo gris.

Es el único sitio de Vael Antir donde el olor a quemado es tan viejo y tan espeso que un portador podría usar el don a gritos y nadie distinguiría su rastro del rastro de las piedras.

Lo pensé la primera vez que bajé. Si alguna vez tengo que arder de verdad, que sea aquí, donde todo arde desde antes de que yo naciera.

Allí guardan lo que se salvó de las quemas, los libros que el fuego dejó a medias, y allí vive Hadiel, el archivero, que dicen que es ciego de nacimiento y que conoce el palacio mejor que cualquiera con ojos.

Bajo con la excusa de devolver un registro de despensa, que es la clase de recado que nadie cuestiona.

Cuento las salidas del archivo al entrar: una puerta, la que cruzo, y al fondo, tapiada de libros, una segunda que no sé adónde da.

Dos. El aire huele a papel quemado y a cera vieja, y entre las estanterías torcidas hay un hombre sentado a una mesa, las manos sobre un libro abierto que no lee con los ojos sino con los dedos, recorriendo el papel.

No levanta la cabeza cuando entro. La ladea. Olfatea, una inhalación larga, paladeando el aire como un catador paladea un vino.

— Vienes a devolver el registro de la despensa del ala oeste — dice, antes de que yo abra la boca—.

Lo huelo. Sebo de las velas de la cocina y tinta de la mayordoma, que escribe con la barata, la que lleva agalla de roble de la cosecha de hace dos otoños, no de hace tres, que esa era mejor.

— Corrige la fecha como si le fuera la vida en ella, y sonríe a la pared, no a mí—. Pero no has venido por eso.

— He venido por eso, señor archivero.

— Hadiel. El "señor" se lo dejo a los que tienen ojos para presumir.

— Cierra el libro que tocaba. Vuelve la cara hacia mí, las cuencas vacías cubiertas de una piel lisa y vieja, y olfatea otra vez, despacio, como Theron, exactamente como Theron, y se me hiela la sangre—.

Acércate, niña. Que no te muerdo. Aunque tú a lo mejor sí.

Doy un paso. No más.

— ¿Por qué iba a morder yo?

— Porque lo que llevas dentro muerde. — Lo dice sin alarma, casi con cariño, como quien comenta el tiempo—. Hueles a tormenta antes de la tormenta, Nieve Aldecoa. Y a algo más, por debajo, a recuerdo quemado. — Inclina la cabeza—. ¿Cuántos llevas perdidos ya?

El registro se me cae de las manos. Lo recojo del suelo con dedos torpes, y por dentro me ordeno huir, ahora, por la puerta que conté, antes de que este viejo grite lo que soy a la corte entera.

Pero no grita. Espera. Y hay en su quietud algo que no es la quietud de Theron, que es una quietud de presa esperando a presa; la de Hadiel es la de quien lleva mucho tiempo solo y reconoce a otro solo cuando entra por la puerta.

— No sé de qué me habláis — digo, y la voz me tiembla.

— Sí lo sabes. — Hadiel se levanta. Es viejo, encorvado, y aun así se mueve por el archivo sin tantear, esquivando las pilas de libros como si las viera, porque las conoce de memoria, porque este sitio es lo único que le queda y se lo sabe palmo a palmo.

Va corrigiéndome mientras anda, las fechas de los libros que roza al pasar, este es del año del cometa, no del siguiente, este lo escribió el cuarto rey, no el quinto, como si ordenar el pasado a su alrededor fuera la única manera que tiene de no perderse en la oscuridad en la que vive—.

Llevas las manos frías y agrietadas, te tiembla la voz cuando te nombro entera, y has venido a un archivo ciego a preguntar algo que no te atreves a preguntar en voz alta.

— Se detiene frente a mí. Huele tan cerca que noto su aliento a regaliz viejo—.

Pregúntalo. Aquí dentro nadie tiene ojos para delatarte.

Solo yo, y yo hace mucho que dejé de servir a quien quema.

Doy un paso más. Me acerco a la mesa donde tantea sus libros, y la huida que tenía planeada, la de la puerta que conté nada más entrar, se me afloja en las piernas, porque por primera vez en trece años estoy en una habitación con alguien que sabe lo que soy y no me mira con espanto.

Me mira con curiosidad. Con algo que se parece, de lejos, a la ternura de quien reconoce a uno de los suyos.

— ¿Cómo lo sabéis? — pregunto, y me tiembla la voz—. Que soy... eso. ¿Cómo. Si no veis.

— Precisamente porque no veo. — Tantea el borde de la mesa, encuentra una silla, me la acerca de un empujón—.

La gente con ojos mira la cara, las trenzas, el delantal de doncella, y se queda ahí, en la cáscara.

Yo no tengo cáscara que mirar. Yo huelo lo de dentro.

Y tú, niña, hueles a tormenta antes de la tormenta y a recuerdo quemado, igual que olían los tres o cuatro portadores que pasaron por esta corte cuando yo aún era joven y todavía no los habían quemado a todos.

— Se sienta despacio—. Siéntate. Que me canso de tener la cara levantada hacia ti.

Me siento. No sé por qué me siento. Quizá porque hace trece años que nadie me dice que me siente como si yo fuera alguien y no algo.

Quizá porque la silla, vieja, de madera renegrida que también probó el fuego del incendio, es lo más parecido a una bienvenida que me han ofrecido desde que mi padre murió.

En la corte una doncella no se sienta. Una doncella sirve de pie y se va.

Y este viejo ciego, que sabe lo que soy mejor que yo misma, me acerca una silla con el pie y me dice siéntate como si tuviéramos toda la tarde y yo fuera digna de gastarla.

Trago. Cuento las dos salidas otra vez, por costumbre, aunque ya no quiero usarlas. Y pregunto, porque la pregunta me lleva dos días matando.

— ¿Cómo puede alguien deshacer a un hombre entero sin pagar el precio?

El archivo se queda en silencio. Solo se oye el goteo de no sé qué humedad al fondo, entre las estanterías negras, y la respiración del viejo, que de pronto se ha vuelto más lenta. Una rata cruza por algún rincón. Hadiel ladea la cabeza hacia el ruido, lo identifica, lo descarta, y vuelve a mí.

Hadiel se queda muy quieto. La sonrisa se le va de la cara. Vuelve las cuencas vacías hacia mí como si pudiera verme con ellas, y por primera vez en su voz hay algo parecido al miedo, un miedo viejo, de los que se guardan muchos años.

— ¿Has visto eso? — pregunta, muy bajo—. ¿Aquí? ¿En esta corte?

— Os pregunto en general.