La corte de las cenizas Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

— A los portadores no los entrega Marenthel a Hieln, Theron — dice por fin, y baja la voz—.

Eso es el cuento de la tregua. La reina no suelta su ceniza a nadie.

— Aprieta los labios—. Los que caen aquí no salen de aquí.

Y no acaban en una celda. — Me sostiene la mirada—.

¿Tú no te has preguntado por qué te dejó entrar tan fácil a buscar a un portador que ella podría haber escondido en un día. Piénsalo. Y deja a la chica.

Se va.

Me quedo solo con la costura ardiendo y la pregunta de Orin clavada como una astilla.

Por qué me dejó entrar tan fácil. Velora me abrió las puertas de su corte, me puso una doncella al servicio, me dejó husmear a mis anchas, y un soberano que esconde un don prohibido no le abre las puertas a un cazador de dones a menos que el cazador le sirva para algo.

No me ha dejado entrar para que encuentre al portador y me lo lleve.

Me ha dejado entrar por otra cosa. Y empiezo a temer que la otra cosa también sea Nieve.

Pero eso es para mañana. Esta noche solo está la costura, y una palabra martilleándome dentro, una que no me dejo decir nunca, una que no he dicho desde hace dieciséis años.

La aprieto contra los dientes para que no salga.

No la nombro. No nombro a nadie. Aprendí a no nombrar a nadie el día que un crío de once años, recién hecho cazador, rastreó un don prohibido en una aldea de la frontera de Hieln y siguió el olor hasta una casa que conocía, hasta un cuarto que conocía, hasta una niña que dormía con un muñeco de trapo.

Mi hermana.

Ahí está. La palabra que no digo. Mi hermana pequeña.

Nos vendieron a la Orden de críos. Nuestros padres no llegaban al invierno con dos bocas más, y la Orden pagaba bien por niños sanos con buen olfato, así que nos compraron a los dos por el precio de una vaca y un saco de grano.

Yo cuidé de ella desde el primer día. Aprendí a peinarla para que los mayores no le tiraran del pelo, le guardaba la mitad de mi pan cuando a ella la castigaban sin él, le cantaba bajo para que durmiera, porque en la Orden no se canta y por eso lo hacía bajo, contra su oído, las únicas nanas que me sabía.

Ella era lo único mío que me quedaba. Lo único que el precio de una vaca y un saco de grano no me había quitado.

La Orden me hizo cazador a los nueve, y a los once, en una de mis primeras misiones, me mandaron a una aldea de la frontera a rastrear un don prohibido.

Seguí el olor. La seguí calle abajo, casa adentro, cuarto adentro, hasta una niña que dormía con un muñeco de trapo que yo mismo le había cosido.

El don era de ella: don de agua, llamaba la lluvia, la paraba, jugaba con ella sin entender que eso te mata en Hieln.

Lo llevaba dentro desde siempre y no lo sabíamos ninguno de los dos, y me tocó a mí, con mi olfato recién jurado, encontrarlo en mi propia hermana.

La nombré. Dije su nombre en voz alta delante de la maestra Sibel, con la voz firme porque me habían enseñado a tener la voz firme.

Porque obedecer era lo único que me mantenía limpio.

Porque si no la entregaba yo, la encontraría otro, y a mí me matarían por callarla, y de qué le servía a ella un hermano muerto.

Me dije todas esas cosas. Me las sigo diciendo.

Se la llevaron a la frontera. Nunca volvió. Y desde aquel día no he vuelto a llamar a nadie por su nombre sin que se me hiele la sangre, porque aprendí en carne propia lo que significa nombrar: que nombrar es entregar y entregar es perder.

Le cosí ese muñeco yo. Con un retal de mi propia camisa y relleno de paja del establo, una noche que ella lloraba porque las otras crías tenían muñecos de las casas de las que venían y ella no había traído nada de la nuestra, porque de la nuestra no había nada que traer.

Se lo cosí torcido, con una sonrisa de hilo desigual, y a ella le pareció el muñeco más bonito del mundo y le puso mi nombre.

Theron, lo llamaba. Dormía con un trozo de mí mientras yo dormía en el barracón de al lado.

Y la mañana que la rastreé, el muñeco seguía en su cama, mi nombre en sus brazos, y yo entré y dije el suyo en voz alta y se lo llevaron con muñeco y todo.

No he vuelto a coser nada. No he vuelto a cantar bajo en el oído de nadie.

No he vuelto a llamar a una persona por su nombre sin que se me cierre la garganta, porque cada nombre que pronuncio es ella otra vez, es el filo de mi propia voz entregando a alguien al frío.

Por eso mido las palabras. Por eso respondo con preguntas.

Por eso no gesticulo, no me muevo de más, no me ato a nadie: porque atarse es nombrar, y nombrar es perder.

Encontrar y nombrar. Mi deber. Lo más fácil que he hecho en mi vida.

Lo hice una vez con mi hermana.

Aprieto la mano contra el alféizar, la costura ardiendo, el bosque gris ennegreciéndose ahí fuera, y por primera vez en dieciséis años no sé si soy capaz de volver a hacerlo.

Por primera vez en tantos años, el carril del que nunca me salgo tiene una doncella plantada en mitad, contando las salidas con los ojos, esperando a que yo diga su nombre.

Y no quiero decirlo.