Capítulo 6
El juramento me arde por la noche cuando miento, y llevo cuatro noches ardiendo.
No es dolor de fuego. Es más fino que eso.
Una de las costuras blancas que me cruzan los nudillos, la tercera de la mano derecha, la que sellé con sangre el día que entré en la Orden, se me calienta cuando me aparto de lo que juré.
No lo bastante para que sangre. Lo justo para recordármelo.
El juramento de Hieln no se rompe sin avisar; primero pica, luego quema, luego mata, y un hombre tiene horas entre el pico y el final para decidir si vuelve al carril o se deja morir.
Yo nunca me he salido del carril. Por eso sigo vivo a los veintisiete, cuando casi todos mis compañeros de promoción están bajo la tierra de la frontera.
Así funciona el juramento, para quien no lo lleve en la piel y no lo entienda: cuando entras en la Orden, te abren el dorso de la mano con una hoja al rojo y te sellan dentro la palabra del primer voto, obedecer.
La carne se cierra sobre ella y queda la costura, blanca, fina, viva.
Cada misión que aceptas, cada voto nuevo, otra costura.
Y mientras cumples, no las notas; la piel calla.
Pero el día que dudas, que te apartas de lo jurado, la costura te lo recuerda, te quema desde dentro como una brasa que llevaras cosida bajo el cuero.
Y si insistes en no obedecer, la brasa crece, te sube por el brazo, te llega al pecho, y te para el corazón antes del amanecer.
Romper un juramento de sangre voluntariamente es una manera lenta y segura de morir.
Solo otro juramentado puede liberarte, asumiendo el coste en su propia piel, y nadie asume jamás el coste de otro, porque eso es entregar tu vida por la de un hombre que ya se ha vuelto traidor.
Lo sé todo del juramento. Llevo doce años obedeciéndolo a la letra para que nunca me queme. Y esta noche me quema.
Y, sin embargo, esta noche la tercera costura me pica.
Estoy en la torre de los huéspedes, ante el ventanal, mirando el bosque de Sarn ennegrecerse con el anochecer, y repaso lo que sé.
Que el portador de ceniza está en esta corte.
Que su rastro es reciente, fuerte, de los más nítidos que he olido en doce años de oficio.
Que mi deber, lo único que el juramento me exige, es encontrarlo y nombrarlo ante la Orden para que Hieln decida qué hacer con él.
Eso es todo. Encontrar y nombrar. Lo he hecho cuarenta veces.
La costura no me pica cuando hago mi deber.
Repaso también el oficio, por costumbre, como se repasa un arma antes de dormir.
Llegué a Vael Antir hace doce días bajo la bandera de la tregua, con una carta lacrada de la maestra Sibel y la orden de no volver a Hieln sin el portador.
La corte me recibió como se recibe a un cobrador: con sonrisas y la puerta vigilada.
Olí ceniza la primera noche, en la Antecámara de Brasas, durante un banquete, tan fuerte que tuve que mirar dos veces para creérmelo.
La esperaba enterrada en algún sótano, en alguna celda, en alguno de los miserables a los que la corte tira a la calle.
No la esperaba sirviendo vino con una sonrisa muerta y contando las puertas con los ojos.
Una doncella. El don más peligroso de Marenthel escondido en una doncella de manos frías que cuenta salidas. Doce años cazando esto y nunca lo había encontrado tan a la vista. Eso debería haber sido fácil. Eso debería haber terminado la primera noche.
Me pica cuando pienso en ella.
Nieve. La doncella de las manos heladas que cuenta las puertas de cada sala con los ojos, que cree que no la veo contarlas.
La que olía a tormenta antes de la tormenta en cuanto entré en la Antecámara, tan fuerte que tuve que mirarla dos veces para creérmelo, porque las portadoras se esconden y esta se escondía a la vista de todos, sirviendo vino, agachando la cabeza, contando salidas.
La que se arrodilló en la tierra del jardín con las manos encendidas de gris y me dijo ahora ya lo sabéis, llevadme a la reina, con una entereza que no debería caber en una doncella aterrada.
La que tenía. La tenía. En su cuarto, con el rastro en el suelo y la mentira temblando en los labios. Solo tenía que apartarla del cerco, agacharme, mirar, salir y decir un nombre. Encontrar y nombrar. Mi deber. Lo más fácil que he hecho en mi vida.
Y le dejé la puerta libre.
La costura me pica más fuerte. Me la aprieto con el pulgar y no se calma.
El juramento sabe lo que hice; el juramento siempre sabe.
No nombré al portador cuando lo tuve. Me salí del carril por primera vez en doce años, y por una doncella que no es nada para mí, que no debería ser nada, que es solo un rastro que cazar y entregar.
Salvo que cuando le cubrí las manos en el jardín, la ceniza no me quemó.
Eso no me lo explico. El don de la ceniza arde a quien toca, lo deshace, lo vuelve polvo; lo he visto en la frontera, he visto a un portador deshacer a tres hombres de un manotazo antes de que lo abatiéramos, los he visto convertirse en estatuas de polvo gris que se desmoronan con el viento.
Es lo que hace el don. Es lo único que hace.
Y yo le cubrí los puños encendidos a Nieve, le apreté las manos en llamas contra mi propio pecho, y la luz gris me latió entre los dedos y no me hizo nada.
Ni una marca. Ni una ampolla. Como si el don me reconociera.
Como si supiera que no soy ni presa ni amenaza, que soy otra cosa para él, una que no tiene nombre todavía.
No lo sé. Le dije la verdad, no lo sé, Nieve, y no recuerdo la última vez que le dije a alguien que no sabía algo.
En la Orden no se dice no lo sé. En la Orden se obedece o se calla, y yo aprendí a callar antes que a leer.
Pero a ella le dije no lo sé, y fue verdad, y al decirlo se me aflojó algo en el pecho que llevaba doce años apretado, como una correa vieja que de tanto tensarse había dejado de doler hasta que alguien la soltó un punto.
Eso es lo peligroso de la doncella. No el don. Que conmigo no se quema. Que cuando estoy cerca de ella, me suelto un punto.
Aprieto el puño hasta que la costura cede un punto, lo justo para pensar con claridad.
Hay una salida limpia a todo esto, y la conozco bien porque es la que he tomado cuarenta veces: nombrar a la doncella mañana mismo, ante la guardia de la reina, cobrar mi parte y volver a Hieln con el juramento callado y la piel sin arder.
Una mañana de trabajo. Lo he hecho con desconocidos, con niños, con una vieja que me escupió en la cara.
Lo hice con mi propia hermana. No hay razón en el mundo para no hacerlo con una doncella de Marenthel que no es nada mía.
Salvo que cada vez que me imagino diciendo su nombre ante la guardia, se me cierra la garganta como se me cerró aquella mañana en la frontera, y la costura, en lugar de calmarse de obediencia, me quema más.
Llaman a la puerta. Es Orin.
No debería alegrarme de verlo y me alegro, lo cual es otra cosa que no me explico.
Orin Velmar fue soldado mío hace seis años, en la guerra que terminó con la tregua que ahora nos sienta a la misma mesa en bandos contrarios.
Tiene la oreja izquierda partida de un mandoble que le di yo mismo en una práctica, hace una vida, y la ladea hacia mí cuando entra, esa oreja rota, como si oyera mejor con lo que le falta.
— Capitán — digo.
— Para ti capitán, ahora — dice él, y silba bajo, una nota suelta, antes de añadir—: Vengo a darte la bienvenida de parte de la guardia. Nada más. Cortesía entre viejos enemigos.
Silba antes de mentir. Lo aprendí hace seis años y no se le ha quitado. Acaba de silbar.
— ¿Qué vienes a decirme de verdad, Orin?
Cierra la puerta. Baja la voz.
— Que andes con ojo con la reina. Te tiene vigilado. Cada criado que te sirve le lleva cuentas. — Me mira de través con la oreja partida ladeada—. Sobre todo la doncella de las trenzas. Esa te informa a la reina cada noche.
— ¿Y a ti qué más te da, Orin. Servimos a coronas distintas. Si la reina me vigila, será asunto de Marenthel.
— Servimos a coronas distintas — repite, y silba otra nota baja antes de seguir, esa nota que se le escapa antes de mentir o de medio mentir—.
Pero un día servimos a la misma. Y hay deudas que no las borra una tregua.
— Se rasca la oreja partida, la que le dejé yo hace seis años en una práctica que se nos fue de las manos—.
Tú me sacaste de un foso cuando los dos éramos de Hieln, Theron.
No lo he olvidado, aunque ahora lleve los colores del que era tu enemigo. Por eso te aviso. Nada más.
Lo conozco lo bastante para saber que dice la verdad envuelta en algo. Orin nunca da un aviso limpio; da el aviso y se guarda media razón en el bolsillo. La media razón que se guarda esta noche tiene que ver con la doncella, lo noto en cómo evita nombrarla otra vez después de nombrarla.
Lo sé. Lo supe el primer día. Nieve me sirve y me cuenta a Velora, son las reglas del juego de esta corte y los dos jugamos sabiéndolo.
Lo que Orin no sabe, lo que nadie sabe, es que Nieve le da a la reina migajas, y que yo le doy a Nieve, sin querer, cosas que sé que llegarán a Velora limpias de lo que importa.
Que mira el bosque. Que no bebe. Pequeñas verdades inofensivas que la protegen a ella tanto como me protegen a mí.
— Gracias, capitán.
— No me des las gracias. — Va hacia la puerta, y antes de salir se vuelve, y la oreja rota se ladea—. Theron. Lo que sea que estés haciendo con esa chica, déjalo. Velora deshace a la gente. Lo he visto. Y a ti te protege un papel de tregua que ella romperá el día que le estorbes.
— Orin — digo, antes de que cruce el umbral. Se detiene—. ¿La doncella. ¿Qué le va a pasar si la encuentran.
No es la pregunta que debería hacer un cazador. Un cazador no pregunta qué le pasará a la presa; el cazador es lo que le pasa a la presa. Orin lo sabe. Ladea la oreja partida y me mira un buen rato, calibrando, decidiendo cuánto sabe ya.