La corte de las cenizas Capítulo 5
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Capítulo 5

Tres días llevo sin dormir bien por una razón nueva, y esta vez no es el miedo.

Es la mano de Theron envolviendo la mía encendida sin quemarse, la cara que puso, ese no lo sé que me dijo de verdad.

Lo repaso de noche como antes repasaba las salidas, y eso me asusta más que cualquier cazador, porque he sobrevivido veintidós años sin necesitar a nadie y ahora paso las horas oscuras pensando en un hombre de Hieln al que el don no le hace daño.

Velora me ha llamado tres veces a rendir cuentas del huésped, y tres veces le he dado migajas.

Que mira el bosque. Que no bebe. Que pregunta por las ferias de la frontera.

Verdades pequeñas para tapar la grande, que es que esta mañana, cuando le llevé el desayuno, Theron me rozó los dedos al coger la jarra y ninguno de los dos apartó la mano, y nos quedamos así un latido de más, con el cuero tibio contra mi piel fría, y luego él dijo gracias en voz baja y yo bajé sin volverme y conté los cuarenta y dos escalones para no contar otra cosa.

Es un juego peligroso, este de las migajas.

Si le doy a Velora demasiado poco, sospecha que protejo al cazador.

Si le doy demasiado, le entrego a Theron, y por más que me repita que Theron es un perro de Hieln que un día me cazará, no consigo querer entregarlo.

Así que mido. Le doy a la reina lo justo para que parezca que cumplo, verdades que no hacen daño a nadie, y me guardo lo que importa, que él sabe lo que soy, que me cubrió las manos sin quemarse, que cuando me mira no veo a un cazador midiendo una presa sino a un hombre intentando no mirar.

Y mientras juego a esto con la reina, no dejo de preguntarme una cosa: ¿por qué Velora me puso a su servicio.

Una doncella torpe, dijo, una que no piensa.

Pero Velora no hace nada sin razón. Me puso al lado de un cazador de dones igual que se pone un cebo al lado de una trampa.

La pregunta es quién es el cebo. Y la pregunta es de quién es la trampa.

Llevo dos días dándole vueltas a una pregunta que no me atrevo a formular ni a solas: ¿por qué a Theron el don no le hace nada?

He repasado todo lo que sé de la ceniza viva, que es poco, porque nunca he tenido a nadie que me enseñara, solo el miedo de mi padre y trece años de aprender a las malas.

La ceniza deshace lo que toca. Siempre. La carne, la madera, el hierro, todo se vuelve polvo bajo mi intención.

Y sin embargo cubrí los puños encendidos contra el pecho de un cazador y él salió sin una marca.

No tiene sentido. No hay regla que lo explique.

Y cuando algo no tiene regla, en mi vida, suele ser porque hay una regla que no conozco, una que alguien me ocultó.

Necesito que alguien me explique lo que soy. Y la única persona de esta corte que sabría hacerlo es la última a la que puedo preguntárselo.

La reina hoy no me pregunta por él.

— Acompáñame — dice, y me hace andar a su lado por el corredor de los tapices, lo cual no pasa nunca, porque Velora no anda con doncellas: las doncellas la siguen tres pasos atrás, no a su lado.

Hoy me quiere al lado. Cuento las salidas del corredor por costumbre: dos arcos, una puerta de servicio, las dobles del fondo.

Cuatro—. Dime, mi niña. ¿Tú qué sabes del don de la ceniza?

El suelo se me vuelve de hielo. Sigo andando. No paro, porque parar es delatarse.

— Lo que se cuenta, mi señora. Que es cosa de brujas. Que arde a quien lo lleva.

— Lo que se cuenta. — Sonríe a la pared, no a mí—.

Se cuentan tantas tonterías. La gente le teme a lo que no entiende, y la ceniza no la entiende nadie.

— Se mira las manos enguantadas mientras anda, las gira despacio, las vuelve a girar—.

Yo conocí a una portadora, ¿sabes? Hace años.

Antes de tu tiempo. Una mujer fuerte. El don la consumía por dentro, la pobre.

Cada vez que lo usaba se le iba un pedazo de la cabeza, un recuerdo, una cara, un nombre.

— Una pausa. Sus guantes paran de girar—.

Terminó loca. Vacía. No recordaba ni cómo se llamaba ella misma.

Eso le hace el don a quien lo lleva mal, Nieve.

Lo deshace por dentro hasta que no queda nada.

— ¿Y cómo se lleva bien, mi señora? — pregunto, midiendo cada palabra—. El don. Si existiera. ¿Hay manera?

Velora se detiene. Me mira de lado, y por un instante sus ojos grises se afilan, y me arrepiento de haber preguntado, porque he preguntado de más, he preguntado como quien tiene un interés que no debería tener. Pero entonces la reina sonríe, y la sonrisa borra el filo.

— Qué cosas se te ocurren, hija mía. — Reanuda el paso—.

No hay manera. Eso es lo que la gente no entiende.

Creen que es como el fuego, que se domestica, que se le pone un hogar y arde manso.

No. La ceniza no se domestica. La ceniza te come a ti antes de que tú la comas a ella.

— Se mira de nuevo los guantes—. Salvo que seas más lista que el don.

Salvo que encuentres la manera de que pague otro la cuenta.

— Lo dice tan bajo que casi no lo oigo, y luego, más fuerte, alegre—: Pero eso es cuento de viejas. Olvídalo.

No lo olvido. Que pague otro la cuenta. Lo guardo donde guardo todo lo que importa, en el saco roto de mi cabeza, junto a los guantes que no se quita y la memoria de hierro que el don tendría que haberle comido.

Por dentro me golpea una pregunta que no me atrevo a hacer en voz alta: ¿y usted, mi señora, por qué no se quita nunca los guantes?

Por el corredor pasa un paje con una jarra de agua, un crío que tiembla solo de ver a la reina, y Velora lo detiene con un gesto.

— Tú. Lirien, ¿verdad. El hijo del herrador.

— El crío asiente, blanco—. Dale un trago a tu reina, que el aire de los tapices reseca.

— Bebe de la jarra que él le sostiene con manos temblorosas, le devuelve la jarra, y le pone una mano enguantada en el hombro—.

Gracias, Lirien. Eres un buen muchacho. Dile a tu padre que herró bien mi yegua.

El paje se va casi corriendo, aliviado de seguir vivo, y yo me quedo helada, porque he visto a Velora dar las gracias por su nombre a alguien y conozco lo que viene después de esas gracias.

No siempre. Pero he aprendido a no respirar tranquila cuando la reina te llama por tu nombre con dulzura.

Es lo último que oyeron varios de los que ya no están.

Porque ahora lo veo. Lo llevo viendo días sin querer mirarlo.

Velora porta el mismo gris verdoso en los ojos que Theron olfatea en mí, ese color de ceniza con algo vivo dentro.

Velora no se quita los guantes ni para comer ni para dormir ni para cepillarse el pelo.

Velora habla del don con un detalle que no se cuenta, que se sabe.

Velora sabe cómo se le va a uno un recuerdo cada vez, una cara, un nombre, porque a Velora se le han ido también, o tendrían que habérsele ido.

Y sin embargo la reina lo recuerda todo. Los nombres de cada criado, las deudas de cada noble, el día exacto en que murió mi padre y la hora en que firmé mi servidumbre. Una memoria de hierro. Una memoria que el don tendría que haberle comido a pedazos si lo lleva, y no se lo ha comido.

¿Cómo?

— ¿Por qué me contáis esto, mi señora?

— Porque eres lista, hija mía, aunque finjas no serlo.

— Se detiene ante las puertas dobles del fondo y me mira de frente, y sus ojos de ceniza se clavan en los míos como si buscaran en ellos el mismo brillo—.

Y porque la gente lista se asusta de las cosas que conviene que tema.

Si algún día topas con una portadora, Nieve, no la compadezcas.

— Baja la voz hasta el susurro dulce que usa con los que va a traicionar—.

Mátala. Le harás un favor. Le ahorrarás la locura.

Se vuelve hacia las puertas. Un guardia las abre. Y entonces, antes de cruzarlas, ocurre.

Un sirviente viene corriendo por el corredor, uno de los mozos del estrado de la Festividad, con una bandeja de copas, y tropieza, y la bandeja vuela, y una copa de cristal de Hieln, un regalo del huésped, una de las pocas cosas valiosas que entran en esta corte, se estrella a los pies de la reina y revienta en mil esquirlas sobre la losa.

El silencio cae como una losa más.

Lo conozco, al mozo. Es Beil, el hijo de la lavandera, un crío de quince años que sirvió en el estrado de la Festividad y al que vi reír esa noche con los otros chiquillos. Hijo de la lavandera que me remienda el faldón. Un crío de nada que ha roto una copa.

Se queda blanco. Cae de rodillas. Empieza a recoger los cristales con las manos desnudas, tartamudeando perdones, y se corta, y la sangre le mancha la losa, y Velora lo mira desde arriba con esa cara dulce y tranquila que yo le he visto antes y que no presagia nada bueno.

La conozco, esa cara. Es la que puso con el paje del agua hace un instante.

La misma con la que me llama hija mía. Una dulzura que en su boca es el último escalón antes del precipicio.

Y por un instante, un instante de cobardía que me avergonzará el resto de mi vida, lo único que pienso es que mire al niño y no a mí, que mientras mire al niño no me mira a mí.

Cuento las cuatro salidas del corredor sin querer, calculo cuál me sacaría más rápido, pienso como pienso siempre, en salvarme.

Mientras un crío sangra a los pies de la reina, yo cuento puertas.

Esa es la verdad fea de lo que la corte ha hecho de mí.

— ¿Cómo te llamas? — pregunta, suave.

— Be-Beil, mi señora. Beil, hijo de la lavandera, mi señora, perdón, perdón...

— Beil. — Saborea el nombre. Se agacha a su altura, los guantes de seda recogiéndose el faldón para no mancharlo de sangre—. Gracias por servir en mi fiesta, Beil. Lo has hecho bien hasta hoy.

Le pone una mano enguantada en la mejilla.

No grita. No hay fuego. No hay esa luz gris que a mí me sube por las palmas.

Solo el guante de seda en la mejilla del muchacho, un instante, dos, y la cara de Beil se pone gris, gris ceniza, los ojos abiertos, la boca abierta en un perdón que no termina, y se deshace.

Se deshace sin arder, sin humo, sin un solo grito, como un castillo de arena cuando sube el agua, y en la losa, donde estaba un muchacho de rodillas con las manos cortadas, queda un montoncito de polvo gris y una camisa vacía y media copa de Hieln sin recoger.

Lo he visto. Lo he visto con mis ojos, a un paso, tan cerca que el polvo de Beil me ha salpicado el bajo del faldón.

La reina porta mi don. La reina deshace a la gente con un guante de seda en la mejilla, igual que yo deshago astillas y espadas, salvo que ella no usa fuego ni luz, salvo que ella lo hace tan suave que parece una caricia, salvo que ella, y esto es lo que me deja el corazón parado en mitad del corredor, no paga.

Velora se incorpora. Se sacude el faldón con dos golpecitos de la mano enguantada, displicente, como quien se quita una pelusa.

Sus ojos están limpios, tranquilos, enteros.

No hay en ellos el vértigo que a mí me deja cada uso, ese tambaleo, ese hueco nuevo abriéndose en algún rincón de la cabeza, esa certeza de haber perdido algo sin saber qué.

A mí, deshacer una astilla me cuesta un mareo.

Deshacer una espada me dejó tambaleándome contra una pared.

Deshacer a un ser vivo me partiría en dos, lo sé sin haberlo hecho nunca, porque cuanto mayor es la vida, más hondo es el recuerdo que el don arranca.

Velora ha deshecho a un muchacho de quince años y no se le ha movido un pelo del peinado. No ha pagado nada. Nada. Ni un recuerdo. Ni un nombre. Se acuerda perfectamente del de Beil.

— Limpia eso, mi niña — me dice al pasar, y me da unas palmaditas en la mejilla con el mismo guante que acaba de deshacer a Beil, y el guante está tibio, tibio de él—. Y no se lo cuentes a nadie. Sería un disgusto para la madre.

Cruza las puertas dobles. Los guardias las cierran.

Me quedo sola en el corredor con el montoncito de ceniza que fue Beil, hijo de la lavandera, y un escobón que la mayordoma me ha puesto en las manos sin que me dé cuenta, porque limpiar a los muertos también es trabajo de doncella.

Barro lo que queda de un muchacho que esta mañana respiraba. Las manos me tiemblan, y no es de frío.

Yo pago. Yo pago siempre, cada uso, un pedazo de mí, una cara, un nombre, la voz de mi madre que cada día tengo más lejos.

El don me cobra y me cobra hasta dejarme gris por dentro y por el pelo, hasta que un día, lo sé, me dejará vacía como a la portadora loca del cuento de la reina.

Es la única ley que conozco de lo que soy: que cuesta.

Que la ceniza no es gratis. Que cada vez que deshago algo, deshago un poco de mí.

Y Velora acaba de deshacer a un hombre entero sin pagar un solo recuerdo. Se acuerda perfectamente de cómo se llamaba Beil. Le ha dado las gracias por su nombre justo antes de borrarlo del mundo.

Que pague otro la cuenta, ha dicho en el corredor. Salvo que encuentres la manera de que pague otro.

Recojo a Beil en un cubo. Pesa menos de lo que pesaba esta mañana, y eso, que un muchacho entero quepa en un cubo y pese tan poco, es lo que de verdad me dice qué clase de monstruo gobierna esta corte. Uno que ha encontrado la manera de no pagar nunca.

Y mientras barro, me persigue un pensamiento que es peor que el miedo, peor que la pena por Beil.

Velora y yo portamos lo mismo. Velora y yo deshacemos igual.

La única diferencia entre la reina y yo es el precio: yo lo pago, ella no.

Yo me deshago por dentro cada vez, ella se conserva entera.

Y si encontrara la manera que ella encontró, si aprendiera a no pagar, a que pague otro la cuenta, dejaría de perderme, dejaría de gastar la voz de mi madre, dejaría de ver crecer el gris en mi sien.

Me quedo quieta con el escobón en las manos.

Porque esa idea, la de no pagar, es la idea más dulce que se me ha cruzado nunca por la cabeza, y es exactamente la idea que convirtió a Velora en lo que es.

Soy ella si me dejo. Soy ella si un día no aguanto.

El monstruo que el reino teme no es una bruja de cuento: es una mujer que un día estuvo tan cansada de pagar como lo estoy yo ahora.

Tiro el agua sucia por el sumidero del patio.

Me lavo las manos en el pilón helado, una vez, dos, tres, aunque sé que no me lavo a Beil de los dedos, que a Beil no se lo lava nadie ya, y que la mancha que me queda no está en las manos sino más adentro, donde guardo la idea dulce y terrible de no pagar nunca.

Me restriego las palmas hasta que me arden, y no se van, ni Beil ni la idea.

Y me hago la única pregunta que importa de verdad, la que me llevará a un archivo ciego y a un viejo que huele lo que soy, la que voy a perseguir aunque me cueste la vida, porque saber cómo Velora no paga es lo único que puede decirme si yo, algún día, tendré que pagar para siempre o aprenderé a no pagar y me convertiré en ella.

¿Cómo lo hace?