Capítulo 4
Cuento las salidas del patio mayor antes de servir la primera ronda.
Cinco arcos. Esta noche hay cinco, porque han abierto la portezuela del jardín de ceniza para que entre el aire, esa que lleva atrancada desde el reinado del rey muerto.
Cinco salidas. Me lo anoto por dentro como quien guarda monedas para un día malo.
Nadie lo recuerda. O fingen no recordarlo. Solo yo, sirviendo, y Velora, presidiendo, sabemos qué se celebra de verdad bajo el laúd y las risas.
Sirvo aguamiel en cuencos de barro a la gente del barrio bajo, que esta noche entra al patio porque la tradición lo manda, y entre ellos veo a Renko, el mozo de cuadra, con la camisa de fiesta y los pies descalzos como siempre, cantando con los demás chiquillos una tonada de brasas.
Cuando habla con los adultos tartamudea hasta hacer daño, pero cantando no se traba ni una sílaba, y ahora canta con la cabeza echada atrás y la garganta abierta y por un momento le envidio esa manera de soltarlo todo sin miedo a que lo vean.
— Nieve — me dice al pasar, y me coge un cuenco—. Nieve, gracias, gra-gracias.
— A ti, Renko. Canta fuerte.
— Fuerte — repite, porque repite siempre la última palabra de quien le habla, como si necesitara devolverla para asegurarse de que la ha oído bien.
Coge el aguamiel con las dos manos y se le ilumina la cara—.
Esta es la de las brasas viejas. La que tiene catorce versos.
Me los sé to-todos. — Y empieza, y a la tercera sílaba ya no tartamudea, porque cantando no se traba, porque el miedo que le traba la lengua con los adultos se le va por la garganta en cuanto hay melodía donde agarrarse.
Lo miro cantar y se me ablanda algo en el pecho que llevo todo el día apretado.
Renko es un crío de las cuadras al que nadie en esta corte mira dos veces, y es de las pocas personas de Vael Antir que me mira a mí sin apartarse, sin frío, sin recelo.
Me trae noticias de los establos sin que se las pida, me avisa cuando la mayordoma anda de mal humor, me guarda un mendrugo cuando sobra.
Por nada. Porque sí. Porque una vez, hace un año, lo defendí de un palafrenero que le pegaba por tartamudo, y desde entonces decidió que yo era suya y él mío, y a un crío que decide eso no se le quita de encima ni se le quiere quitar.
Theron está al otro lado de la hoguera. No baila.
Los de Hieln no bailan, o este no baila; está de pie junto a un arco con un cuerno de cerveza que no se bebe, mirando el fuego, mirándome a mí cada vez que rodeo la hoguera con la jarra.
Llevamos tres días así. Él me mira, yo finjo no verlo, los dos sabemos que el otro sabe, y la cosa esa caliente que empezó en mi cuarto cuando me cogió la muñeca no ha hecho más que crecer en este silencio nuestro de gato y presa que ya no sé si es de gato y presa.
Theron tampoco habla con nadie. La corte lo rodea sin acercarse, porque un cazador de Hieln en la Festividad es como un cuervo en una boda, todos lo ven, nadie lo quiere cerca.
Los nobles le hacen reverencias de compromiso y se alejan.
Él las devuelve con esa inclinación medida que no es cortesía, y vuelve a quedarse solo junto a su arco, mirando el fuego, mirándome.
Una vez, al rodear la hoguera, paso lo bastante cerca para oírlo, y sin volverse del todo me dice, bajo:
— No te acerques a las hogueras esta noche.
— Es mi trabajo, mi señor. Sirvo a los que bailan alrededor del fuego.
— Lo sé. — Una pausa—. Por eso te lo digo.
Y no añade más, pero entiendo lo que no dice: que sabe lo que el fuego le hace a alguien como yo, que sabe que esta es la peor noche del año para una portadora, que me está avisando con la única frase que puede decir en mitad de una corte que escucha.
Me alejo sin contestar, con el cuenco temblándome un poco en la mano.
Un cazador que cuida de su presa ha dejado de ser un cazador, y lo que es en cambio todavía no tiene nombre, ni en mi cabeza ni en la suya.
Velora preside desde un estrado, los guantes de seda reflejando el fuego, y alza la copa para el brindis de las brasas, y la corte calla.
— Que arda lo viejo — dice, con esa voz dulce—. Que el reino se purifique en su propia ceniza. Que nada impuro pase el invierno.
Nada impuro. Me mira al decirlo. O me lo parece. En esta corte una nunca sabe si la reina la mira a ella o mira a través de ella hacia algo peor.
La corte responde al brindis con un grito, copas en alto, y bebe.
Yo no bebo. Yo aprieto la jarra y trago el fuego que el brindis me ha despertado, porque cada palabra de Velora sobre purificar y arder me tira del don hacia las hogueras como si el don le hiciera caso a ella antes que a mí.
Es lo que más me desconcierta de esta noche, más que el cazador, más que la reina: que cuando Velora habla de quemar, algo dentro de mí quiere obedecer, quiere arder, quiere deshacer.
Como si su voz y mi don hablaran el mismo idioma.
Como si fuéramos, de algún modo que no entiendo, la misma cosa.
La hoguera ruge. Alguien echa un haz entero de leña verde y el fuego se alza de golpe, una lengua naranja que lame el aire por encima de las cabezas, y la gente grita de gozo, y a mí el don me da un tirón tan fuerte que se me cae la jarra.
Se estrella contra las losas. El aguamiel se derrama.
Y el calor me sube por los brazos como nunca, hasta los codos, hasta los hombros, porque hay demasiado fuego y el don lo quiere todo, lo quiere deshacer todo, y noto cómo las palmas empiezan a arder de verdad, una luz gris bajo la piel, y si alguien me ve las manos ahora se acabó, se acabó del todo.
Me aparto de la hoguera hacia el arco más oscuro, el del jardín de ceniza, el que cuento siempre y nadie usa.
Salida número cinco. La cruzo deprisa, con la cabeza gacha, fingiendo que voy a por más leña, rezando por que nadie me siga, por que la condesa de Vellán no reclame su aguamiel justo ahora, por que la mayordoma no me busque.
Es la suerte de ser invisible: que cuando huyes, nadie nota que faltas.
Trece años de no ser nadie me dan, esta noche, los segundos que necesito.
Caigo de rodillas en la tierra gris del jardín, lejos del fuego, con las manos por delante, y las miro arder.
La luz se me cuela entre los dedos como brasas dentro de un guante de carne.
Aprieto los puños. No se apaga. Hay demasiado fuego cerca, la noche entera huele a llamas, y el don no quiere parar.
Si me ven así, con las manos encendidas de gris en mitad de la Festividad, no soy una doncella.
Soy la cosa que la reina pide que el invierno se lleve.
Soy lo impuro. Y aquí está la verdad que llevo dentro desde los nueve años, la que me dijo mi padre llorando, la que me repito cada vez que aprieto los puños para no soltar el fuego: si me ven entera, cenizas y manos de brasa y todo lo que de verdad soy, huyen o me matan.
No hay tercera salida. Lo que soy no se puede mirar sin temerlo. Lo que soy no se puede querer.
Mi madre lo supo. Mi madre me miró entera una noche y el don la deshizo. Eso es lo que le pasa a quien me mira de cerca. Por eso cuento las puertas. Por eso me trago el fuego. Por eso, cuando un cazador me coge la muñeca y no quiero que la suelte, lo más cuerdo que puedo hacer es echar a correr.
— Nieve.
Su voz. A mi espalda, en el jardín, bajo el arco. Me ha seguido otra vez, en la única noche en que no debía seguirme, y ahora me ve de rodillas en la tierra gris con las manos ardiendo de un fuego que no es fuego, y ya está, ya lo ha visto, ya no hay vino que valga ni invierno que excuse.
No me levanto. No tiene sentido huir cuando ya te han visto.
— Ahora ya lo sabéis — digo, y la voz me sale rota—. Ahora podéis llevarme a la reina.
Se arrodilla a mi lado en la tierra. Despacio. La hoguera ruge al otro lado del muro y nos pinta de naranja a medias, y él me mira las manos encendidas, esa luz gris viva latiendo bajo mi piel, y no se aparta. No retrocede. No saca el cuchillo.
— Mírame — dice.
— No me miréis vos. Apartaos. Si esto os toca, os deshace, no es como cogerme la muñeca, esto arde de verdad, esto...
— Nieve. — Solo mi nombre, bajo, entero, y me calla mejor que una orden—. Mírame.
Lo miro. Está arrodillado en la tierra gris a mi altura, la hoguera rugiendo del otro lado del muro, y en su cara no hay el espanto que esperaba, el que pone la gente cuando ve lo que soy, ese retroceso del cuerpo antes de que la cabeza decida.
No retrocede. Mira mis manos encendidas como quien mira algo que llevaba mucho tiempo buscando y no esperaba encontrar bonito.
Quita el guante de su mano derecha. Lo veo hacerlo, lo veo tirar del cuero dedo a dedo, despacio, dejar al aire los nudillos cruzados de costuras blancas, y por un momento no entiendo qué pretende, y entonces me coge las manos.
Las dos. Las cubre con las suyas, una desnuda y otra enguantada, y me las cierra entre las palmas, apretándome los puños ardientes contra su pecho.
— No — digo, y se me rompe la voz—. Os vais a quemar. Soltadme, por favor, no quiero, no quiero deshaceros, no a vos...
— No.
Y no se quema. Su mano desnuda envuelve la mía encendida y la luz gris late entre nuestros dedos, y no le hace nada, ni una ampolla, ni una marca, como si el don me reconociera en su piel, como si supiera que ese hombre no es leña que deshacer.
El calor empieza a bajarme de los hombros a los codos, de los codos a las muñecas, recogiéndose hacia dentro, y él me sostiene los puños contra su esternón y noto el latido suyo bajo el dorso de mis manos, rápido, más rápido que el mío, y entiendo que está tan asustado como yo y que no se ha apartado.
— ¿Cómo? — susurro—. ¿Por qué no...?
— No lo sé — dice, y por primera vez no me lo devuelve como una piedra, no responde con otra pregunta; lo dice de verdad, sin saber, con la voz baja y desnuda como su mano—. No lo sé, Nieve.
— ¿Cómo es posible? — susurro—. La ceniza deshace todo lo que toca. Os he visto la cara, sabéis lo que hace. ¿Por qué a vos no?
— No lo sé — repite, y me sostiene las manos con más fuerza, como si tuviera miedo de que las apartara—.
Llevo doce años de oficio, Nieve. He visto a portadores deshacer a hombres de un manotazo.
Sé lo que es esto. — Baja la vista a nuestras manos juntas, la luz gris muriendo entre los dedos—.
Y no me toca. No a mí. Como si supiera quién soy.
Como si supiera que no he venido a haceros daño.
— ¿No habéis venido a hacerme daño?
Levanta los ojos. Y por una vez no me devuelve la pregunta, no se esconde detrás de otra, no mide.
— He venido a eso — dice—. Me enviaron a eso. — Una pausa, y la mandíbula se le tensa con lo que va a decir—. Pero ya no sé si es lo que voy a hacer.
La luz se apaga. Mis manos quedan frías otra vez, agrietadas, normales, dos manos heladas de doncella entre las suyas, y él no las suelta enseguida.
Las sostiene un latido más en el jardín de ceniza, los dos de rodillas en la tierra gris, la hoguera rugiendo del otro lado del muro, y entre nosotros hay algo que ya no tiene nombre de gato ni de presa, algo que ninguno de los dos ha elegido y que está ahí, encendido y sin quemar, igual que la luz que ha latido entre nuestros dedos.
Entonces me suelta. Se pone el guante despacio, dedo a dedo, como se lo quitó, y al cubrirse otra vez la mano desnuda parece que se cubre también algo de dentro, que vuelve a ser el cazador, que guarda al hombre que se arrodilló a sostenerme el fuego.
Se levanta y me tiende la mano enguantada para ayudarme a levantarme.
Dudo. Llevo toda la vida sin coger la mano que me tienden, porque la mano que se tiende casi siempre es la que luego empuja.
Pero esta mano acaba de sostener mis puños ardiendo sin quemarse, y eso es más de lo que ha hecho nadie por mí en trece años, así que la cojo, y me levanto, y nos quedamos un instante de pie en el jardín de ceniza, demasiado cerca, su mano todavía en la mía.
— No le digáis a la reina lo que habéis visto — digo.
— No tengo nada que decirle a la reina. — Me suelta la mano—. Vuelve tú primero. Yo iré después. Que no nos vean entrar juntos.
Y así lo hacemos. Vuelvo al patio por el arco cinco, recojo otra jarra, sigo sirviendo aguamiel a los que bailan como si no hubiera pasado nada, como si no acabara de arrodillarme en la tierra gris con las manos en llamas y un cazador de Hieln no hubiera puesto las suyas encima sin arder.
La hoguera sigue rugiendo. Renko sigue cantando los catorce versos.
Velora sigue presidiendo con sus guantes de seda.
Y yo sirvo, y sonrío la sonrisa muerta, y por dentro me arde algo que no es el don, algo que no se apaga cuando bajo la guardia, algo que late entre mis dedos aunque ya no haya nadie sosteniéndolos.
Esa noche, ya tarde, cuando las hogueras se han hecho brasas y la corte duerme la borrachera de la Festividad, subo a mi cuarto y me siento en el jergón y me miro las manos a la luz del ventanuco.
Frías otra vez. Normales otra vez. Y aun así no son las mismas manos que esta mañana, porque esta noche otra mano las ha cubierto sin arder, y eso, que existe en el mundo una piel que mi don no deshace, lo cambia todo de un modo que no me dejo nombrar todavía.
La ceniza no se quemó en sus manos. Y eso lo cambia todo.