La corte de las cenizas Capítulo 3
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Capítulo 3

Hay una mancha gris en el suelo de mi cuarto, junto a la pata del jergón, del tamaño de una moneda de cobre, y desde que el cazador me habló de los trece jergones y las catorce mantas, esa mancha es lo único que veo cuando cierro los ojos.

La astilla que reduje a polvo anoche. La barrí con la mano, pero la ceniza viva no se barre del todo; deja un cerco más oscuro en la madera, como el agua deja cerco en una mesa, y un hombre que huele tormentas antes de la tormenta encontrará ese cerco aunque yo lo friegue con lejía.

Y todo por una astilla. Por una tontería.

Anoche, sin dormir, con los nervios de punta después de que Theron me hablara de la ceniza reciente, dejé que la palma me ardiera un instante de más y reduje a polvo una astilla del jergón, un gesto de nada, un alivio que dura lo que un suspiro, soltar el fuego que llevo apretado todo el día.

Y a cambio perdí algo. Esta mañana lo busqué, como busco siempre lo que pierdo, repasando los recuerdos como quien se palpa los bolsillos para ver qué falta, y no encuentro el hueco, nunca encuentro el hueco a la primera, pero está.

Sé que está. Algo de cuando era niña, una tarde, un nombre, el sabor de algo. Se ha ido por una astilla.

Así de barato vendo lo que soy cuando no aguanto más. Y eso es lo que me da más miedo de mí misma: que un día no aguante, que lo suelte todo, que me quede sin recuerdos y sin madre y sin nombre, como la portadora loca de la que habla Velora.

Tengo que sacar esa mancha de ahí. Hoy. Antes de que el cazador vuelva a subir por el corredor de las doncellas.

Lo he intentado todo durante la mañana. Sal, que es lo que sirve para el vino.

Lejía de la colada, que me ha dejado las manos peor de lo que ya las tengo.

Cera de vela frotada hasta que me dolían los dedos.

Nada. El cerco sigue ahí, más oscuro que la madera de alrededor, una marca que solo deja la ceniza viva y que solo un portador o un cazador sabría leer, pero que cualquiera de los dos leería de un vistazo.

Y hay un cazador subiendo y bajando por mi corredor cuando le viene en gana.

Necesito algo que no tengo, y la única persona en Vael Antir que podría tenerlo es la única que no me hace preguntas.

Espero a la hora muerta de la tarde, cuando la corte duerme la comida y los pasillos quedan vacíos, y bajo a la botica con la excusa de pedir bálsamo para las manos.

La Botica del Tinte Verde está en el sótano de la torre baja, y huele a romero, a alcanfor y a algo amargo que no sé nombrar, y la regenta Tassia, que tiene mi edad menos tres años y los dedos manchados de un verde que no se le va con nada.

A Tassia la conocí hace dos años, cuando bajé a por un emplasto para una quemadura que me había hecho sin querer y que no podía enseñarle a nadie, porque era una quemadura que no quemaba, una marca gris en la palma de cuando se me escapó el don.

Tassia me la miró, me la untó de no sé qué verde sin decir palabra, y me devolvió la mano con una frase que me la ganó para siempre: cuanto menos sé de ti, mejor dormimos las dos.

Desde entonces nos guardamos los secretos sin contárnoslos, que es la única manera de guardarse un secreto en una corte como esta.

— Por la ruda y la madre que la parió — dice cuando entro, y se mete las manos en los bolsillos del mandil, como hace siempre que entra alguien por la puerta, aunque sea yo—. Pensé que era la mayordoma. ¿Qué te trae, cara de no haber dormido?

— Necesito algo que limpie una mancha de la madera. Una que no sale.

— ¿De qué es la mancha?

— Vino.

Me mira. Tassia tiene una manera de mirar de través, con la barbilla baja, que dice sé que mientes y no me importa, sigue. Saca un frasco del estante, lo destapa, lo huele, lo vuelve a tapar.

— El vino sale con sal y limón — dice—. Esto — y me planta otro frasco en la mano— es para manchas que no son de vino.

Frótalo y aclara con agua fría. Y no me cuentes de qué es, que cuanto menos sé de ti, mejor dormimos las dos.

— Tapa el primer frasco, lo devuelve al estante, y mientras lo hace, de espaldas, suelta—: Aunque una manchita gris en el suelo de un cuarto, una que no sale con nada, una de esas que solo deja cierta clase de fuego...

esa yo no sabría de qué es. Ni querría. — Se vuelve, la barbilla baja, esa mirada de través—. ¿Verdad que no querría?

— No querrías — digo.

— Eso. — Asiente, satisfecha, como quien cierra un trato—. Pues ya está.

Es lo más cerca que hemos estado nunca de nombrar lo que soy, y lo hemos hecho sin nombrarlo, las dos a la vez, esquivando la palabra como se esquiva un charco.

Tassia sabe. Lo sabe desde hace dos años, desde la quemadura que no quemaba.

Y en dos años no me ha preguntado, no me ha vendido, no me ha mirado distinto.

Esa es su manera de quererme: no saber a propósito.

En esta corte, no saber a propósito es la forma más alta de lealtad que existe.

Le aprieto la mano un instante, el frasco entre las dos palmas, las suyas verdes, las mías agrietadas, y ella no se aparta del frío como se apartan los nobles.

Ella me lo aguanta, me lo aprieta de vuelta, y por un segundo me dan ganas de contárselo todo, de soltarle el peso entero encima, y no lo hago, porque quererla es no cargarla.

— Gracias.

— Vete antes de que entre alguien y tenga que explicar por qué le doy disolvente a una doncella.

— Y, cuando ya cruzo la puerta—: Nieve. — Espero—.

Esta semana hay más guardias en los pasillos.

Y un perro de Hieln suelto. — Saca una mano del bolsillo, verde de tinte, y la sacude en el aire como espantando una mosca—.

Lo he visto rondar el ala de servicio dos veces.

No husmea como husmean los hombres, ¿sabes.

Los hombres husmean a las mujeres. Este husmea las paredes.

— Vuelve a meterse la mano en el bolsillo—.

Anda con ojo por dónde pisas. Y por dónde dejas de pisar.

Subo de vuelta con el frasco escondido en el corpiño, contando las salidas de cada tramo de escalera por costumbre, y no es hasta el segundo rellano cuando lo oigo.

Nada, en realidad. Eso es lo que lo delata: nada.

El silencio de unos pasos que se acompasan a los míos para que no se oigan, que paran cuando yo paro, que vuelven cuando yo vuelvo.

Me sigue.

No corro. Correr es decirle que tengo algo que esconder, y aunque lo tengo, no se lo voy a regalar.

Subo el segundo tramo a mi paso, contando los escalones para no contar el pulso, y los pasos a mi espalda hacen lo mismo, suben cuando yo subo, paran en el rellano cuando yo paro a fingir que me ajusto el zapato.

No se esconde del todo. Ese es el detalle que me revuelve las tripas: podría seguirme sin que yo lo oyera, lo he visto cruzar un salón sin hacer ruido, y en cambio deja que lo oiga, deja que sepa que está ahí, como si quisiera que supiera que me ve.

Un cazador que se delata a su presa es un cazador que ya no quiere cazar, o que quiere otra cosa, y no sé cuál de las dos posibilidades me da más miedo.

Doblo hacia el corredor de las doncellas.

Abro mi puerta. Entro y la cierro, y me quedo de espaldas a ella con el corazón en la boca, calculando: el cerco junto a la pata del jergón, el orinal que lo tapa a medias, el frasco en el corpiño, el agua del cántaro.

Tengo lo que necesito. Solo necesito tiempo.

No tengo tiempo.

La puerta se abre a mi espalda sin que yo la haya abierto.

No llaman. Theron entra como entró en la Antecámara la primera noche, como si el cuarto fuera suyo y se lo fuera a quedar, y cierra detrás de él, y de pronto la habitación de una sola salida tiene esa salida bloqueada por el cuerpo de un cazador.

Una salida. La cuento. Está ocupada.

— Es de mala educación seguir a una doncella a su cuarto — digo, y me obligo a no mirar hacia la pata del jergón.

— Es de mala educación esconder cosas en el corpiño cuando bajas a la botica. — Da un paso. La habitación es pequeña; un paso suyo es media habitación—. ¿Qué te ha dado la del tinte verde?

— Bálsamo. Para las manos. Ya os dije que el invierno.

— Todavía no es invierno — repite, igual que ayer, y esta vez hay algo casi parecido al cansancio en cómo lo dice, como si los dos estuviéramos representando una obra que él ya ha visto demasiadas veces y se supiera el final.

— ¿Y si solo es bálsamo? — digo—. ¿Vais a registrar a todas las doncellas que bajan a la botica?

— Solo a las que cuentan las puertas. — Inclina la cabeza, esa quietud suya—. ¿Cuántas tiene este cuarto, Nieve.

No contesto. La respuesta es una, y los dos lo sabemos, y los dos sabemos que él me bloquea esa una con su cuerpo.

Es la primera vez que estoy en una habitación sin salida con un hombre que podría matarme, y lo más extraño de todo es que no es el miedo lo que me sube por la garganta. O no solo el miedo.

Mira el suelo. Sé que lo mira porque baja los ojos despacio, recorriendo las tablas, y yo me muevo sin pensar, dos pasos a la izquierda, hasta quedar de pie sobre el cerco, los pies juntos, el faldón cubriéndolo, y él levanta la vista y me encuentra ahí plantada con la cara muy quieta, y entiende lo que acabo de hacer.

— Apártate — dice.

— Estoy en mi cuarto, mi señor. La que tiene que apartarse no soy yo.

Se acerca. Tres pasos en una habitación de cinco, y de pronto lo tengo encima, tan cerca que le veo la línea blanca de una cicatriz que le cruza la ceja, tan cerca que su olor a cuero y frío y tormenta me llena la boca, y el calor seco se me sube por las palmas, ese calor que quiere salir, y aprieto los puños para que no salga, porque si sale aquí, con él a un palmo, se acabó.

Me coge la muñeca.

No me hace daño. Me la rodea con la mano enguantada, firme, y me la levanta entre los dos, y noto el cuero tibio contra mi piel fría, y por un instante ninguno respira.

Tiene los ojos clavados en los míos. Y entonces, despacio, sin soltarme, gira la cabeza y mira el suelo, justo donde mis pies juntos tapan el cerco, y vuelve a mirarme, y yo le sostengo la mirada porque es lo único que me queda.

— Estás temblando — dice.

— Me estáis sujetando.

— No es por eso.

Me suelta un poco, lo justo para que yo pudiera apartar la mano si quisiera.

No la aparto. Ese es el problema, ese es todo el problema: tengo la salida libre, la salida de la mano, y no la uso.

Me quedo con la muñeca entre sus dedos enguantados, el cuero tibio contra mi piel de muerta, y noto cómo el calor seco que me sube por las palmas no es solo el don, no es solo el miedo.

Es algo más antiguo y más simple, algo que no me he permitido sentir en seis años porque sentirlo es bajar la guardia, y bajar la guardia es morir.

— Sueltame — digo, y la voz no me suena a orden. Me suena a súplica, y no sé si le suplico que me suelte o que no.

Él me mira la boca cuando lo digo. Un instante. Lo veo mirarme la boca y veo cómo se da cuenta de que se la mira, cómo algo se le tensa en la mandíbula, cómo aparta los ojos a propósito, con esfuerzo, como quien se aparta del borde de un pozo.

Tiene razón y los dos lo sabemos. No tiemblo de miedo, o no solo de miedo, y eso es lo que más me asusta de todo, que entre el espanto de que me descubra y la cosa esa caliente que me sube por las palmas haya, en algún lugar que no quiero mirar, una tercera cosa que tiene que ver con la mano enguantada en mi muñeca y con lo cerca que está su boca y con que huele a tormenta igual que huelo yo.

Me suelta. Da un paso atrás. Se mira la mano enguantada como si la viera por primera vez, como si en el cuero hubiera quedado algo, y luego me mira a mí, y en su cara hay algo que no estaba antes, una duda, una grieta fina como las costuras de sus nudillos.

Podría apartarme. Podría agacharse ahora, ahora mismo, levantarme el faldón, encontrar el cerco gris en la madera, salir de este cuarto y bajar a la Antecámara y decirle a Velora, a la Orden, al mundo entero, que ha encontrado al portador de ceniza.

Lo tiene. Me tiene. Una doncella sola en un cuarto de una sola salida con las manos heladas y la mentira temblando en los labios.

Y no lo hace.

Se queda mirándome un latido más, dos, tres, y abre la puerta a su espalda, la salida que me bloqueaba, y la deja libre.

— Limpia eso — dice desde el umbral, sin volverse del todo—. Antes de que suba otro que no sea yo.

Y se va.

Me quedo en pie sobre el cerco con el frasco de Tassia clavándoseme en las costillas y la muñeca todavía tibia donde el cuero la tocó.

Me la miro. No tengo marca, no me ha apretado tan fuerte, y aun así noto la huella de su mano como si me la hubiera dejado grabada, como si el cuero tibio siguiera ahí.

Trece años apartándome del roce de la gente, trece años agradeciendo que se aparten ellos del frío de mis manos, y ahora resulta que un cazador de Hieln me coge la muñeca y yo no quiero que la suelte.

Eso es lo que me deja sin aire. No que me haya encontrado. Que me haya tocado y que yo, por un instante, en mi cuarto sin salida, con la mentira temblándome en los labios, no contara las puertas.

Saco el frasco de Tassia del corpiño y me arrodillo junto a la pata del jergón.

No es el frasco de Tassia todavía; eso será después.

Es el disolvente, el que me dio en la botica, y lo destapo con dedos que aún tiemblan.

Mojo un trapo. Froto el cerco gris, y la mancha empieza a aclararse, despacio, a volverse del color de la madera, hilo de gris a hilo de madera, como si borrar el rastro de lo que soy fuera tan fácil como esto, un trapo y un poco de verde.

Ojalá. Ojalá pudiera frotarme las manos con este disolvente y volverlas tibias, normales, manos de doncella y no de portadora.

Ojalá se quitara con un trapo lo que llevo dentro.

Mientras froto pienso en la cara que ha puesto él al salir, esa duda nueva, esa grieta fina, y pienso que un cazador me tenía y me ha dejado vivir, y la única explicación que se me ocurre es la que más me asusta de todas.

Que no me ha dejado vivir el cazador.

Que me ha dejado vivir el hombre.

Y eso es peor que un cazador. Un cazador se odia y se huye, las dos cosas claras.

Pero un hombre que te tiene en sus manos y te suelta, un hombre que te coge la muñeca y se le tensa la mandíbula al mirarte la boca, un hombre que te dice limpia eso antes de que suba otro que no sea yo y se va dejándote la salida libre, ese hombre no se odia ni se huye con la cabeza clara.

Ese hombre se mete dentro y no se va, como el cerco gris en la madera, como un rastro que no sale ni con disolvente.

Termino de frotar. La mancha ha desaparecido.

El suelo está limpio. Y yo me quedo de rodillas con el trapo verde en la mano, las manos heladas, la muñeca tibia donde el cuero la tocó, haciéndome la única pregunta que de verdad importa, la que no tiene que ver con cazadores ni con cercos ni con redadas.

¿Por qué?