Capítulo 2
El cuarto que me dieron tiene una sola salida y por eso duermo mal en él.
Una puerta, un ventanuco enrejado que da al patio de las cuadras, y nada más.
Cuando una habitación tiene una sola salida, una se obliga a dormir con un oído despierto, y yo llevo trece años durmiendo con un oído despierto, desde la noche en que aprendí que las puertas son lo único que de verdad te salva.
Esta mañana no he dormido nada. He pasado las horas oscuras sentada en el jergón con la espalda contra la pared, repasando cada palabra que el cazador dijo anoche, buscando la grieta por donde se me escapó el olor.
Las manos. Fueron las manos. Tendría que haberlas escondido.
Tendría que haber llevado guantes como Velora, pero una doncella con guantes da más que pensar que una doncella con las manos secas, y así es como una termina contando salidas en el cuarto que le tocó: midiendo qué descuido la mata.
Antes del alba, cuando todavía no ha venido nadie a traerme el agua, hago lo que hago siempre que no duermo. Cierro los ojos y trato de verle la cara a mi madre.
No puedo. Hace trece años que no puedo. El don me la borró aquella noche, junto con tantas otras cosas, y de ella solo me queda la voz, una voz tibia y baja que me cantaba en el oído cuando el fuego de la chimenea hacía sombras en el techo.
Recuerdo la voz entera, cada inflexión, la nana del río y las brasas.
Pero cuando intento ponerle un rostro a esa voz, encuentro un hueco gris, un agujero del tamaño de una persona, y dentro del agujero, ceniza.
Sé que tenía los ojos oscuros porque me lo dijo mi padre antes de morir.
Lo sé porque me lo contaron, no porque lo vea. A mi propia madre la conozco de oídas.
Fue la primera cosa que el don me quitó.
La más cara. Tenía nueve años, hubo un incendio, y cuando se apagó, mi madre estaba muerta y yo tenía las manos llenas de ceniza y un hueco nuevo donde antes estaba su cara.
Mi padre me dijo que había sido yo. Me lo dijo bajo, llorando, abrazándome muy fuerte para que no me oyera nadie más, que el don me había despertado esa noche y que me había llevado a mi madre por delante, y que jamás, jamás se lo contara a nadie, porque si la corte sabía lo que era su hija la quemaría en la plaza.
Y desde entonces cargo eso: que lo primero que hizo lo que soy fue matar a quien más me quería y borrarme su cara para que ni siquiera pudiera llorarla entera.
Por eso no uso el don. Por eso me trago el fuego día tras día hasta tener las manos frías como una muerta.
Porque cada vez que lo uso, aunque sea para reducir una astilla a polvo, pierdo un pedazo más de lo poco que me queda, y un día me quedaré sin la voz de mi madre también, y entonces no tendré nada, ni siquiera la nana, ni siquiera el río y las brasas.
La moza de los cántaros me trae el agua cuando clarea. Una cría de la cocina que repite la última palabra de quien le habla.
— La reina te quiere — dice, y deja el cántaro—. Te quiere.
— ¿A mí?
— A ti.
Eso no pasa nunca. Velora no me ve. Velora pasa a mi lado en los corredores como se pasa al lado de un candelabro, y que de pronto me quiera, justo la mañana después de que un cazador de Hieln me clave los ojos en la trenza, no es casualidad. En la corte no hay casualidades. Hay anzuelos.
De camino a los aposentos de la reina paso por delante del corredor que comunica las cocinas con el ala de las doncellas, ese por el que Theron dijo que olía a ceniza reciente, y aminoro el paso sin querer.
Olfateo, como si yo también fuera un cazador.
No huelo nada; los portadores no nos olemos a nosotros mismos, igual que uno no se huele su propia casa.
Pero sé que está ahí. Sé que la astilla que reduje a polvo anoche, en mi cuarto, dejó un rastro, y que ese rastro lleva sus horas subiendo por el corredor hacia las narices de cualquiera que sepa lo que busca.
Tendré que borrarlo. Hoy, en cuanto la reina me suelte.
La encuentro en sus aposentos con las cortinas todavía corridas y una sola vela ardiendo, porque Velora dice que la luz de la mañana le cansa los ojos, aunque yo creo que le cansa que la vean entera.
Está sentada ante el espejo con los guantes puestos, cepillándose el pelo ella sola, sin doncella que la ayude, lo cual también es raro, porque a Velora le gusta que la sirvan hasta para respirar.
— Mi niña — dice al verme en el espejo, y me sonríe a través del azogue. El plural se le queda en la garganta esta vez; el diminutivo, no. Mi niña. Lo dice como quien cuelga un cebo—. Acércate. No muerdo.
Me acerco lo justo. Cuento las salidas de sus aposentos por costumbre: la puerta por la que he entrado, la del vestidor, las dobles del balcón. Tres. Siempre tres en esta corte, como si el palacio entero estuviera construido para que nunca tengas más de tres maneras de huir.
— Tenemos un huésped — dice, y vuelve a pasarse el cepillo—.
El cazador de Hieln. Un hombre incómodo, esos juramentados, siempre oliendo cosas que no son asunto suyo.
La tregua nos obliga a tenerlo contento.
— Deja el cepillo. Se gira en el taburete y me mira de frente, y sus ojos son del mismo gris verdoso que los de él, ese color de ceniza con algo dentro, aunque yo entonces no sé todavía por qué—. Quiero que lo atiendas tú.
El frío de mis manos se me sube por los brazos.
— ¿Yo, mi señora? Hay doncellas más capaces.
— Hay doncellas más bonitas, querrás decir.
— Sonríe—. Pero ninguna tan callada. Y un hombre que husmea conviene tenerlo cerca de alguien que no habla.
Le llevas la comida, le calientas el agua, le abres la cama.
Y me cuentas. — Una pausa de seda—. Todo lo que diga.
A quién mira. Qué pregunta. Si husmea por el ala de las doncellas.
— Me toma la barbilla con un dedo enguantado y me la levanta, y a través de la seda no noto su piel, noto la seda, fría y lisa y de algo que no quiero pensar—. ¿Sabrás hacer eso por tu reina, Nieve?
— Sé hacer eso, mi señora.
— Buena niña.
Me suelta el mentón. Se vuelve hacia el espejo y vuelve a coger el cepillo, y por el azogue me observa retirarme, y hay en sus ojos grises algo que no sé leer, una atención de más, como la del gato que mira moverse al ratón no porque tenga hambre todavía, sino porque le gusta verlo correr.
Velora no me ha mandado espiar al cazador porque le importe lo que el cazador piense.
Velora me ha mandado espiar al cazador para tenerme a mí cerca de él, los dos juntos, a la vista, en el mismo cuarto, y poder mirarnos a través del azogue de la corte entera.
¿Por qué?
Me retiro hacia la puerta y entonces, porque la cabeza no me deja en paz, hago lo que no debo: hablo.
— ¿Y si me huele a mí, mi señora?
Lo digo bajo, casi para mí, midiendo a ver qué hay detrás de su cara. Me arrepiento antes de terminar. Es demasiado; una doncella torpe no pregunta cosas así, asiente y se va. Pero llevo dos noches sin dormir, y el cansancio afloja la lengua, y necesito saber si la reina sabe.
Velora se queda quieta un instante demasiado largo, el cepillo a media altura, y por el espejo algo le cruza los ojos grises, rápido, un destello que no sé leer y que se va antes de que pueda nombrarlo. Luego ríe, una risa pequeña y cálida, y vuelve a coger el cepillo.
— ¿A ti? — Se mira en el espejo, no a mí—. ¿Qué iba a oler en ti, hija mía, más que harina y ceniza de la chimenea? Vete. Y tráeme cosas que valgan la pena.
Salgo de sus aposentos con el corazón golpeándome las costillas y la certeza fría de que Velora sabe más de lo que dice, o no sabe nada y solo juega, y no sé cuál de las dos cosas me asusta más.
Bajo a las cocinas con la cabeza llena de la reina.
Lo que más miedo me da de Velora no es su crueldad, que la tiene y la reparte con esa voz dulce suya, sino su paciencia.
Una crueldad que tiene prisa se delata; una que sabe esperar te tiene cogida sin que sepas cuándo te cogió.
Y Velora espera. Lleva seis años esperando algo de mí, lo noto cada vez que me llama hija mía con esa garganta blanda, y no sé qué es, y no saberlo me quita el sueño tanto como el cazador.
Aprovecho la mañana para colarme en mi cuarto entre recado y recado.
La mancha gris sigue ahí, junto a la pata del jergón, un cerco más oscuro en la madera del tamaño de una moneda.
La froto con el bajo del faldón mojado en agua del cántaro.
No sale. La ceniza viva no se quita con agua, ya lo sé, pero tenía que intentarlo, tenía que hacer algo con las manos para no pensar en que un cazador subió por ese mismo corredor esta mañana y contó trece jergones y catorce mantas.
Cubro la mancha con el orinal. Es lo único que tengo.
Un orinal sobre un cerco de ceniza, mi gran defensa contra el mejor rastreador de Hieln.
El cazador se aloja en la torre de los huéspedes, en lo alto, lejos de las cocinas, como si lo hubieran querido lo más cerca posible del cielo y lo más lejos posible de la gente.
Subo con la bandeja del mediodía. Pan, queso curado, una jarra de cerveza del norte que mandaron buscar para él porque dicen que en Hieln no beben vino.
Cuento los escalones, que son cuarenta y dos, y la única puerta arriba, que es la suya.
Llamo. No contesta. Empujo.
Está de espaldas, junto al ventanal, mirando hacia el bosque de Sarn que se ve gris desde aquí, los árboles renacidos del fuego con la corteza ceniza y las hojas pálidas.
Se ha quitado el abrigo. La camisa le deja ver los antebrazos, y las costuras blancas no le acaban en los nudillos: le suben por los brazos, una telaraña fina de cicatrices viejas que cuento sin querer, igual que cuento las puertas, porque cada línea de esas parece haberle costado algo.
— Déjalo en la mesa — dice sin volverse.
Dejo la bandeja. Debería irme. Velora quiere que me quede, que husmee, que recoja palabras, y por eso mismo lo más prudente sería irme. Pero hay algo que necesito saber yo, no la reina, y lleva toda la noche pinchándome.
— ¿Qué huele un juramentado, mi señor? — pregunto a su espalda—. Lo digo por entender el oficio. La corte no habla de otra cosa.
Se vuelve. Apoya la cadera en el alféizar y se cruza de brazos, y las cicatrices desaparecen bajo la tela.
— ¿Quieres saber a qué huele lo que busco. — No es pregunta. Lo dice como una afirmación que me devuelve, una piedra lanzada de vuelta para ver si la cojo.
— Curiosidad de doncella.
— Las doncellas curiosas son las que más rápido encuentro.
— No sonríe. Hay algo en su quietud que no es amenaza y es peor, una paciencia de cazador que ha esperado en el frío noches enteras a que la presa salga a beber—.
Pero te lo voy a contar, porque a la reina le interesa que estés cerca de mí, y a mí me interesa saber por qué.
— Inclina la cabeza—. ¿Te ha mandado ella espiarme.
No respondas. Lo lleva escrito en tu cara cada vez que finges que no me miras.
— Vuelve la vista hacia el bosque—. Huele a ceniza.
Pero no a la de la chimenea. — Da un paso hacia la bandeja, parte un trozo de queso, lo mira sin comérselo—.
La ceniza muerta no huele a nada, Nieve.
Es polvo. La ceniza viva huele a tormenta antes de la tormenta.
A algo que ardió hace poco y todavía guarda calor por dentro.
— Levanta la vista—. Anoche, en la Antecámara, lo olí. Reciente. De hace pocos días.
El suelo no se mueve. Me lo parece, pero no se mueve.
— Habrá sido el brasero de la Festividad — digo—. Lo encienden con quince días de antelación. La leña verde echa mucho humo.
— En la Antecámara, no. — Deja el queso.
Camina hasta quedar a dos pasos de mí, y baja la voz como anoche, esa voz que solo me deja oír a mí—.
En el ala de las doncellas. Esta mañana he subido por el corredor que comunica las cocinas con vuestros cuartos.
Olía igual. Reciente. — Una pausa exacta—.
¿Sabes tú quién duerme por ese corredor, Nieve?
Lo sé. Yo. Mi cuarto de una sola salida, donde anoche, sin dormir, con los nervios deshechos, dejé que la palma me ardiera un instante de más y reduje a polvo gris una astilla del jergón para no gritar, una tontería, un gesto de nada, un recuerdo perdido que no sé cuál era y ya no recuperaré, y un rastro que creí barrer y no barrí.
Le sostengo la mirada. Cuento la puerta a mi espalda, una, la única, los cuarenta y dos escalones, la torre, la salida del patio.
— Duermen muchas, mi señor — digo—. Somos catorce en ese corredor.
— Trece — corrige él, y en su voz no hay duda—. Anoche conté trece jergones y catorce mantas. Alguien no dormía.
Recojo la bandeja vacía que no he traído vacía, me equivoco, la suelto, la vuelvo a coger, y por un instante mis manos frías y agrietadas quedan a la vista entre los dos, a la luz gris del ventanal, y él las mira y yo las miro y ninguno dice nada.
— ¿Por qué me lo decís? — pregunto, y la voz me sale más baja de lo que quería—. Si creéis que soy yo, ¿por qué me avisáis de que lo sabéis. Un cazador no avisa a su presa.
Theron tarda en contestar. Se aparta de la bandeja y vuelve al ventanal, de espaldas a mí, las manos cruzadas atrás, y por la línea de sus hombros parece que él tampoco lo tiene del todo claro.
— Un cazador no — dice por fin—. Yo todavía no sé qué soy en esta corte.
— Una pausa larga, la suya, esa que pesa—.
Cuando lo sepa, te lo diré antes de hacer nada.
Te lo prometo. — Vuelve la cara hacia mí lo justo para mirarme de lado—.
Es lo único que puedo prometerte hoy. Que no te entregaré sin avisarte primero.
No es consuelo. Es peor que una amenaza, porque una amenaza se odia limpia y esto no se puede odiar limpio. Es un hombre que me dice te voy a cazar y voy a tener la decencia de mirarte a los ojos cuando lo haga, y no sé qué hacer con eso, no sé dónde meter en mí a un cazador con decencia.
— Buenas tardes, mi señor.
Bajo los cuarenta y dos escalones sin volverme, contándolos al revés, y en el último me apoyo en la pared porque las piernas no me sostienen.
Trece jergones. Catorce mantas. Alguien no dormía.
Lo ha dicho como quien lee un libro abierto, sin esfuerzo, porque para él esta corte entera es un libro abierto y yo soy la única página que le interesa.
Y lo peor no es que me haya encontrado el rastro.
Lo peor es lo otro, lo de antes, lo de la promesa: que no me entregará sin avisarme.
Que tendrá la decencia de mirarme a los ojos.
Un cazador no le promete eso a su presa.
Un cazador no le promete nada a su presa.
A menos que ya haya empezado a verla como otra cosa.
Y esa idea, que el perro de Hieln me mire y empiece a ver a una persona en vez de a un rastro, debería tranquilizarme y me hiela más que cualquier amenaza. Porque ya no es una sospecha lo que el cazador tiene contra mí.
Es un rastro. Y los rastros se siguen.