La corte de las cenizas
© inepub.com
Capítulo 1
Tres puertas. La de servicio, la del corredor de los tapices y la pequeña que da al jardín de ceniza y que nadie usa porque está atrancada por fuera desde el reinado del rey muerto.
Las cuento antes de soltar la bandeja, como siempre, igual que respiro, igual que escondo el mechón gris bajo la última trenza con un giro de muñeca que ya no me mira nadie hacer.
Tres puertas en la Antecámara de Brasas y un suelo de ceniza prensada que cruje bajo mis pies como si supiera lo que llevo dentro.
Sirvo el vino a la mesa de los nobles del ala oeste y me hago invisible, que es el único don que la corte me permite tener.
Una doncella más con las manos frías. Si alguien me roza los dedos cuando le tiendo la copa, frunce el ceño y se aparta, y yo agradezco el desprecio porque el desprecio no hace preguntas.
Llevo seis años así. Seis años desde que el rey mi padre murió de fiebres en su cama y la corte que lo lloraba de boca para fuera me convirtió en lo que querían que fuera: la bastarda de las brasas, la hija de la otra, la que sirve el vino que antes le servían a ella.
Velora se ocupó de que ningún Aldecoa con sangre de rey me protegiera, y lo hizo sonriendo, llamándome hija mía en público y dándome un jergón en el corredor de las doncellas en privado.
Yo no protesté. Protestar es hacerse ver, y hacerse ver es lo último que puede permitirse alguien como yo.
Una doncella de manos frías llama menos la atención que una bastarda con rencor, así que enterré el rencor donde entierro todo lo demás y aprendí a servir el vino sin que me temblara el pulso.
La condesa de Vellán me alarga la copa sin mirarme, hablando con su vecino de las dotes de no sé qué sobrina, y al servirle le rozo el guante con el frío de mis dedos y la noto estremecerse, la veo limpiarse la mano disimuladamente en el faldón.
Manos de muerto, dijo una vez una de las cocineras cuando creyó que yo no oía.
Esa Nieve tiene manos de muerto. No sabe la cocinera lo cerca que anda.
No sabe que el frío es el precio de portar dentro algo que arde y no soltarlo nunca, de tragarme el fuego día tras día para que no salga.
El don frío por fuera, ardiendo por dentro. Como yo.
La sala huele a humo de leña verde y a las brasas que arden en los braseros del centro para la Festividad que viene.
Velora, en la cabecera, lleva los guantes de seda de siempre, los que no se quita ni para comer.
Le sirvo a ella la última y no me mira; mira a la puerta del corredor de los tapices, donde un criado anuncia algo que no oigo por encima del laúd.
Entonces entra él.
No es de aquí. Eso lo sabe la sala entera antes de que el criado termine de decir su nombre, porque los de Marenthel se mueven como gatos en una casa ajena y este hombre se mueve como si la casa le perteneciera y se la fuera a quedar.
Alto. El abrigo gris de viaje todavía polvoriento de camino, las botas marcadas de barro de la frontera.
Lleva guantes de cuero, no de seda, y bajo los nudillos asoman unas líneas blancas, finas, como costuras viejas en la piel.
No mira a la reina primero. Mira la sala. La barre entera de una pasada, despacio, contando lo que hay como cuento yo las salidas, y cuando su mirada llega a mí no sigue de largo.
Se detiene.
Y en el instante en que se detiene, lo huelo a él.
O no exactamente a él: huelo lo que trae.
Un hombre que ha pasado la vida rastreando ceniza acaba oliendo a ceniza, igual que el carbonero huele a carbón aunque se bañe, y aunque yo no tengo el olfato de un cazador, llevo dentro lo mismo que él persigue y eso me lo dice.
Reconozco a un perro de presa por la misma razón por la que un ratón reconoce al gato antes de verle las uñas: porque mi cuerpo entero se pone en guardia sin pedirme permiso.
El vino tiembla en la jarra que sostengo y aprieto el asa hasta que el frío de mis dedos se vuelve dolor.
No bajo la vista. Bajar la vista es lo que haría una doncella asustada, y una doncella asustada da más que pensar que una que sostiene la mirada con cara de aburrimiento.
Así que le sostengo la mirada con cara de aburrimiento mientras por dentro me sube algo que conozco demasiado bien, un calor seco que empieza en las palmas y quiere subir.
No. Ahora no. Aquí no.
— El emisario de Hieln — anuncia el criado, tarde, como anuncia siempre las cosas que ya han ocurrido.
Velora se levanta. El laúd calla. La reina abre los brazos enguantados con esa dulzura suya que a mí me eriza la nuca, porque le he visto usar esa misma dulzura con un mozo de cocina la víspera de mandarlo azotar.
— Bienvenido a Vael Antir, cazador. Mi corte es vuestra casa mientras dure la tregua.
Cazador.
La palabra cae sobre la ceniza prensada del suelo y la sala entera la oye y nadie respira distinto, porque para ellos un cazador de Hieln es solo un invitado incómodo, un trofeo diplomático, una de las cláusulas raras de una paz que firmaron antes de que yo naciera.
Para mí es otra cosa. Para mí es un perro de presa al que han soltado dentro de mi único refugio.
Me retiro hacia la pared con la jarra contra el pecho. Hacia la puerta de servicio. Diez pasos. Los doy despacio, sin volverme, mirándome los pies como si recogiera el faldón, y cuento: diez, nueve, ocho.
— Tú.
No grita. No hace falta. La voz le sale baja y entera, sin un solo adorno, una voz acostumbrada a que la obedezcan sin levantarla. Me quedo quieta entre la mesa y la pared con la jarra contra las costillas.
Velora ladea la cabeza.
— ¿La doncella? — Hay risa en su garganta, blanda como manteca. — No bebáis lo que ella sirva si os preocupa el veneno, querido. Esa no piensa lo bastante para envenenar a nadie.
Algunos nobles ríen. Yo dejo que la cara se me ponga del color del suelo y aguardo, porque la única salida ahora es seguir siendo invisible y la invisibilidad se gana quedándose quieta cuando todo el mundo quiere que corras.
Y aun así, por debajo del miedo, una parte de mí registra lo que la reina acaba de hacer.
Velora me ha señalado. Velora, que nunca me ve, que pasa a mi lado como se pasa al lado de un perchero, ha levantado la voz para reírse de mí delante de un cazador de dones justo cuando ese cazador me clavaba los ojos.
Esa no piensa lo bastante para envenenar a nadie.
Lo ha dicho para que él me descarte. O lo ha dicho para que él me mire mejor.
Con Velora una nunca sabe si la mano que te aparta del fuego te está apartando o te está empujando dentro.
El cazador no ríe. Cruza media sala hacia mí y la corte abre paso sin querer, como se abre el agua a una piedra.
De cerca tiene los ojos de un color que no sé nombrar, gris verdoso, color de ramita quemada que aún guarda algo dentro, y huele a camino, a cuero y a frío, y por debajo, muy por debajo, a algo más que me eriza la piel.
El laúd vuelve a sonar. Los nobles retoman sus conversaciones, porque en la corte una cosa deja de ser interesante en cuanto la reina deja de mirarla, y Velora ha vuelto a sentarse y a hablar con el embajador de no sé dónde.
Solo el cazador sigue conmigo. Solo él se acerca, como si el resto de la sala fuera niebla y yo lo único sólido que hay en ella.
Se detiene a un paso. Inclina la cabeza, lo justo, una cortesía que no es cortesía.
— ¿Tu nombre?
— Nieve, mi señor. — La voz me sale plana, de mueble. — ¿Os falta vino?
No mira la jarra. Me mira las manos. Las tengo agrietadas en los nudillos, igual que las tiene él, aunque las mías no las cruzan costuras blancas; las mías están secas y partidas como tierra de barbecho, y las escondo bajo la jarra demasiado tarde.
Algo le cambia en la cara. No es triunfo. Casi me asusta más que no sea triunfo.
— Frías — dice. No es una pregunta.
— El invierno, mi señor.
— Todavía no es invierno.
Lo dice sin alzar la voz, midiéndome, y por un momento me parece que no me habla a mí sino a algo que ve detrás de mí, dentro de mí, un olor que le llega y que no encaja con la doncella que tiene delante.
Tiene una manera de estar quieto que no he visto en ningún cortesano.
Los cortesanos de Vael Antir nunca paran del todo; mueven las manos, los anillos, la copa, las cejas, porque en esta corte el que se queda quieto pierde.
Este hombre se queda quieto como el que ya ha ganado y solo espera a que el otro lo entienda.
Y ahí está, entre los dos, en la pulgada de aire que nos separa: él sabe a qué huele lo que busca y yo huelo a eso, lo justo, lo poco que no he conseguido enterrar del todo.
No puede probarlo. Lo lleva en la cara, esa certeza sin prueba, ese olfato que le arde por dentro igual que a mí me arde el don por dentro, y los dos lo sabemos y ninguno lo dice.
— Si me disculpáis — digo—, la cocina espera.
Doy un paso hacia la puerta de servicio. Él no se aparta. No me toca tampoco. Solo se queda donde está, ocupando el aire, y baja la voz hasta que solo me llega a mí.
— Soy Theron Drevasil. Juramentado de la Orden de Hieln. — Una pausa exacta, medida, como las costuras de sus nudillos—. Me han enviado a Vael Antir a encontrar al portador de ceniza.
— No sabía que en Marenthel hubiera de eso — digo, y me obligo a que la voz no se me suba—. ¿Portadores. Aquí no se ve más fuego que el de las chimeneas.
— El fuego se ve. La ceniza no. — Habla despacio, dándole a cada palabra su peso justo, sin un adorno, sin un eufemismo, como si las palabras fueran caras y él no quisiera gastar de más—.
La gente le teme al fuego porque arde a la vista.
A la ceniza no le teme nadie, y por eso la ceniza es lo único que de verdad da miedo.
Lo que deshace una casa no es la llama. Es lo que queda cuando la llama se apaga.
Lo dice mirándome a los ojos, y luego baja la vista, no a las manos esta vez, sino a la trenza, justo donde el gris se esconde, como si lo viera a través de la lana.
— Sea quien sea — dice—, lo encontraré.
La jarra me pesa de pronto como una piedra del foso.
Por encima de su hombro veo a Velora observándonos desde el estrado, la copa a media altura, los ojos puestos en los dos como quien mira jugar a dos perros que aún no saben que es ella la que los soltó en el mismo patio.
La reina no pierde detalle. La reina nunca pierde detalle, y eso, que un cazador me hable y la reina lo mire, me asusta más que el cazador.
Le sostengo la mirada un latido más, el que necesito para que no se me note el temblor, y le ofrezco la sonrisa pequeña y muerta de una doncella a la que nada de esto le importa.
— Pues que tengáis suerte, mi señor. Dicen que esa gente arde sola.
Doy un paso hacia la puerta de servicio.
— Has contado las salidas — dice a mi espalda, bajo, solo para mí—. Tres. Lo has hecho nada más entrar, antes de servir la primera copa. — Una pausa—. La gente que cuenta las salidas de una sala es la que ha tenido que usarlas.
Me detengo medio paso. No me vuelvo.
— Cuento las copas vacías, mi señor. Es mi oficio.
— Y, porque no puedo dejar que sea él quien tenga la última palabra, porque algo en mí, enterrado bajo seis años de invisibilidad, se niega a agachar la cabeza del todo, añado—: Las puertas las cuentan los que se quedan a salvo de este lado de ellas. Buenas noches.
Y cruzo la puerta de servicio, la primera de las tres que conté al entrar, y no echo a correr hasta que la madera se cierra a mi espalda y nadie puede verme las manos.
En la cocina, las otras doncellas hablan del cazador mientras restriegan los pucheros.
Que si es guapo de un modo helado, dice una.
Que si los de Hieln no tienen alma, que la venden a su Orden de niños, dice otra.
Que ha venido por la tregua, a llevarse a no sé quién, a husmear bajo no sé qué cláusula del pacto que firmaron las dos coronas cuando se cansaron de matarse en la frontera.
Yo friego y escucho y no digo nada, que es lo que mejor sé hacer, y voy juntando lo que dejan caer como junto los granos de un saco roto.
La tregua. La firmaron hace dieciséis años, cuando yo tenía seis y mi madre aún tenía rostro.
Marenthel y Hieln se habían desangrado una generación entera por la frontera quemada, y al final se sentaron a una mesa y acordaron una paz de palabras, no de magia, porque la magia no firma pactos: solo cobra precios.
Y entre las cláusulas, una que nadie del pueblo entendió y que ahora cobra todo su sentido: que los dones prohibidos de un reino podían ser perseguidos por los cazadores del otro, bajo bandera de tregua, porque ningún rey quiere bajo su techo un poder que no controla.
Hieln tiene su Orden de juramentados, perros de presa criados para oler lo que arde.
Marenthel no tiene nada parecido, porque Marenthel no necesita perros: tiene a Velora.
Y ahora un perro de Hieln duerme bajo el mismo techo que yo, con la nariz puesta en mi rastro, amparado por un papel que firmaron antes de que yo supiera lo que era.
En el corredor de las cocinas, cuando termino, me apoyo en la pared encalada y me miro las palmas.
Frías. Agrietadas. Y, en el centro de cada una, esa sensación que conozco demasiado bien, ese rescoldo que no se ve pero está, listo para arder en cuanto baje la guardia.
Trece años escondiéndolo. Trece años contando salidas, durmiendo con un oído despierto, enterrando el rencor y el rostro de mi madre y todo lo que el don me ha ido cobrando.
Y de pronto, en una sola noche, un hombre con costuras blancas en los nudillos cruza la frontera de un reino enemigo y le pone palabra a lo que soy delante de la corte entera.
Portador de ceniza. Lo encontraré.
Me suelto la última trenza ahí, en el corredor, a solas, y dejo que el mechón gris caiga libre un instante, ese mechón que no tenía a los nueve años y que cada año tiene un dedo más de ceniza, el contador de todo lo que he perdido por seguir viva.
Lo miro a la luz de la lámpara de sebo. Luego lo escondo otra vez, lo trenzo bien apretado.
Esta noche, antes de dormir, repasaré cada palabra que ese hombre dijo, buscaré la grieta por donde se me coló el olor, contaré la única salida de mi cuarto hasta que se me cierren los ojos.
Mañana le calentaré el agua y le serviré el pan y le sonreiré la sonrisa muerta de una doncella que no es nadie, y él me mirará la trenza como si pudiera deshacérmela con los ojos, y los dos seguiremos jugando a esto, a que él no sabe y yo no soy.
Hay un cazador de Hieln en Vael Antir. Ha venido a por mí, aunque todavía no lo sepa con certeza, aunque todavía no pueda probarlo. Lo ha dicho él mismo, en voz alta, delante de la corte entera: sea quien sea, lo encontraré.
Y yo, que llevo trece años siendo la que nadie ve, esta noche tengo a un hombre que me ha mirado y ha visto, y ya no sé cuántas puertas me quedan por contar.