Capítulo 51
En el pasillo del juzgado había un banco de madera debajo de cada ventana y una puerta con número entre banco y banco. Mi madre ya no estaba. Donde había estado pasaba ahora un hombre con una caja de expedientes.
Al fondo, junto a la escalera, Daniel hablaba con su abogada. Ella le daba unos papeles y él los metía en una carpeta sin leerlos. Sacó el móvil, miró la hora y se lo guardó. A los pocos segundos lo volvió a sacar.
La auxiliar de Santa Vela esperaba sentada en un banco, con el abrigo doblado en las rodillas. Me miró y volvió a mirarse los zapatos. El celador había bajado a por el coche.
Yo quería llegar a la escalera antes que él. Di un paso hacia allí.
Mi abogada se puso delante, con el móvil todavía encendido y la carpeta azul debajo del brazo, y me llevó junto a una ventana.
—La encontré ayer por la tarde, por la empresa de la tarjeta.
Miré por encima de su hombro. Daniel seguía al fondo, con la carpeta ya debajo del brazo.
—Le devolví su tarjeta y le di su papel. Lo leyó delante de mí.
La tarjeta con su foto, la que había dormido debajo de mi colchón, ya la tenía ella. Rut.
Mi abogada se calló un segundo. Lo dejé pasar sin preguntar.
—Tenía escaneado el expediente de su hermana. Lo ha llevado esta mañana a la fiscalía. Me ha llamado al salir, hace un momento.
Miró la hora en su reloj de hombre.
—Tengo otra vista. Ya hablaremos.
Se fue por el pasillo hacia otra sala, deprisa, con la carpeta apretada contra el costado.
Daniel se cambió la carpeta de mano y se palpó el bolsillo de dentro de la chaqueta, donde llevaba siempre las llaves del coche y el tique del aparcamiento.
Luego empezó a ponerse el abrigo. Su abogada le dijo algo bajo y él dijo que sí sin mirarla.
—Tengo que ir a por ella.
Lo dijo a su abogada, o a nadie, metiendo el brazo en la manga.
Fui hacia él. Me paré a la distancia de un banco. Él me vio venir y no se movió. Su abogada se apartó dos pasos, hacia la escalera.
De cerca tenía la cara más cansada que en la sala, y llevaba el pelo más corto que nunca. El corte de debajo de la oreja se le había abierto un poco con el cuello de la camisa.
Tenía la pregunta desde antes de entrar en Santa Vela, y la había llevado conmigo todo el ingreso. Nunca la había hecho, ni a él ni a nadie. De aquella noche tenía una puerta y un grito, y nada de lo que hubo entre los dos. Me la había preparado muchas veces, con otras palabras. Salió con estas.
—Aquella noche, ¿toqué a Nora?
Se quedó con un brazo dentro de la manga y el otro fuera. En el pasillo, una voz llamó a alguien por el apellido. Él me miró a la cara un rato largo, como miraba los presupuestos de la casa antes de firmarlos.
—Nunca ha dicho que la tocaras. Ha dicho que te vio tragártelas. No conviertas una cosa en la otra.
Lo dijo bajo, sin mirar hacia la escalera.
Metió el otro brazo. Se colocó el cuello del abrigo. Tenía un hilo suelto en el puño y se lo arrancó con los dientes, como hacía en casa.
Yo no dije nada. Tenía las manos metidas en las mangas del jersey, y las apreté.
—Estaba en la puerta —dijo—. Te vio tomártelas. Luego te fuiste contra el lavabo, de lado, y te agarraste como pudiste. Y le gritaste que se fuera.
Lo contaba en orden, con la misma voz con que me decía a qué hora había que recogerla. Era lo mío, en el orden que yo no tenía.
—Lo que vio ya fue bastante.
Su abogada lo llamó desde la escalera, por el nombre. Él levantó dos dedos, sin volverse, para que esperara.
Se abrochó el primer botón. Miró hacia la escalera. Su abogada esperaba dos escalones más abajo, con el abrigo puesto.
—Tu carta llegó esta mañana. Se la doy cuando la recoja.
Tres palabras en mayúsculas. Las mayúsculas las leía ella sola.
Esperó un segundo más. Luego se dio la vuelta y se fue hacia la escalera. Su abogada bajó delante. Él bajó detrás, con la mano en la barandilla, y no levantó la vista.
Me senté en el borde del banco de detrás. La madera estaba fría. Tenía las piernas flojas y no me fiaba de ellas. Abajo entró el ruido de la calle un momento y se cortó.
La auxiliar se levantó del suyo y se quedó de pie a mi lado, esperando a que yo pudiera.
En el coche conducía el celador. Yo iba detrás, con la auxiliar, y con la copia debajo del jersey.
Al arrancar, la auxiliar me preguntó si estaba bien.
Le dije que sí. Ella miró por su ventanilla.
Por la mía pasaban portales, una frutería con las cajas en la acera, un hombre con un perro viejo que se paraba en cada farola, un paso de cebra recién pintado.
Se me cerraban los ojos y los abría en cada bache.
Nora en la puerta del baño. En la puerta, y no más cerca. Descalza, con el pijama. Desde allí se veía el lavabo, se veía el bote abierto y me veía a mí.
La tuve delante todo el camino, casi una hora, quieta en la puerta.
El coche paró en un semáforo. La auxiliar se sonó la nariz. El celador puso la radio, baja. Una mujer daba el tiempo, y él la volvió a quitar. Me tiré del jersey hacia abajo, por encima de la copia, y no quité la mano.
Santa Vela apareció al final de la carretera, blanca, con las persianas a medio bajar. El celador aparcó junto a la entrada. En la escalera, la auxiliar subió a mi lado, un escalón por detrás, con la mano cerca de mi codo sin llegar a tocarlo.
La auxiliar me abrió la puerta de la planta con su llave.
La puerta del cuarto de Lidia estaba abierta, con la cama hecha y nadie dentro. En la mesilla, el cargador estaba en el enchufe, con el cable suelto.
Más adelante, en el control, encima del mostrador, había una bolsa de plástico transparente con un móvil dentro. La funda era de goma gris y tenía una esquina rota. La supervisora estaba al teléfono, de espaldas.
Era el segundo turno. Desde el pasillo ya olía a lentejas. Las de las mesas levantaron la vista cuando entré y la volvieron a bajar. La silla de Marga estaba todavía recogida contra la pared.
La mesa del fondo, donde comía sola desde anteayer, estaba vacía, con los cubiertos envueltos en la servilleta.
Neli estaba en su mesa, la de siempre, la suya y la de Lidia. Tenía su chaqueta de punto colgada en el respaldo de la silla de al lado. Cuando me vio entrar, la quitó y se la puso en las rodillas.
Lidia estaba junto al carro de las bandejas, de espaldas, esperando a que la auxiliar le diera la suya.
Fui hasta la mesa de Neli. Tenía el pelo recogido, húmedo todavía de la ducha de antes de comer, la cuchara cogida y la vista en el plato.
—A las doce y media se llevaron su móvil.
Lo dijo bajo, sin levantar la cabeza.
—Le han quitado la salida.
Partió el pan con los dedos y se metió un trozo en la boca.
Miré la espalda de Lidia, en el carro. La auxiliar le estaba poniendo el plato de lentejas en la bandeja, y ella esperaba con los brazos quietos a los lados.
Lidia se dio la vuelta con la bandeja. Vino al mismo paso de siempre, con los ojos bajos, y se sentó en su sitio, enfrente de la silla que me habían guardado.
Colocó la bandeja, cogió la cuchara y empezó a comer deprisa, con la cuchara llena, como si tuviera que acabar antes que nadie.
No se había quitado la chaqueta. La vista, en el plato.
La auxiliar del carro me trajo una bandeja y la dejó en la mesa, delante de la silla vacía. Neli me acercó el cestillo del pan sin mirarme.
Retiré la silla que me había guardado Neli y me senté enfrente de Lidia.