La clínica de las esposas Capítulo 50
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Capítulo 50

Riesgo para terceros.

Debajo de la grabación salió un círculo pequeño, gris, y empezó a llenarse.

Lidia tenía la mano tendida delante de mi cara, abierta. No la bajó. Yo tenía el móvil en las dos manos y el pulgar levantado, lejos de la pantalla, por si un dedo mío lo paraba.

El círculo se llenaba a tirones. Avanzaba un poco, se quedaba quieto y volvía a avanzar. Lidia no miró a la puerta ni una vez. Se le oía respirar, todavía deprisa.

Se cerró. Debajo de mis dos palabras salió otra, en letra pequeña: «Enviado».

Toqué para volver atrás. La conversación se fue y salió la lista de la grabadora. Arriba seguía la línea, con la fecha de hoy, las cinco menos cinco y lo que duraba. Entera. Abajo, a la derecha, el dibujo de la papelera.

No toqué nada más.

Le puse el móvil en la palma, con la pantalla hacia arriba, sin rozarle los dedos. La mano bajó un poco con el peso y se quedó en el aire.

Lidia miró la pantalla. Tenía el pulgar a un dedo de la papelera, y lo dejó quieto. Recorrió la línea con los ojos, de un lado a otro, y volvió al principio.

Después apagó la pantalla y se metió el móvil en el bolsillo de la chaqueta.

Se dio la vuelta y salió. La puerta se quedó como estaba, abierta algo más de un palmo.

No dijo nada. Yo tenía el pulgar levantado aún, sin nada debajo.

Me quedé sentada en el hueco, con las manos en el regazo y la palma roja hacia arriba. El hipo me volvió una vez, flojo, y se fue.

Al rato se oscureció la rendija. La auxiliar se asomó, me vio sentada en la cama y siguió hacia el control.

* * *

La sala de vistas era más pequeña que el comedor de Santa Vela y olía a papel y a calefacción.

La noche anterior tomé la pastilla de las nueve y media y dormí a ratos, con la luz de cada ronda en la cara. Por la mañana saqué la copia del marco y me la guardé debajo del jersey.

Me senté donde me dijo mi abogada, a su izquierda, delante de un micrófono pequeño con una luz verde. Enfrente, a tres o cuatro pasos, estaba Daniel con la suya.

Llevaba la chaqueta gris, la de las bodas, y tenía un corte pequeño debajo de la oreja. Se cortaba siempre ahí cuando se afeitaba con prisa. Me miró una vez, cuando me senté. Después miró al juez y ya no me volvió a mirar.

El juez estaba de frente, en una mesa más alta. A un lado, la fiscal. Al otro, una funcionaria con un ordenador. La auxiliar que me había traído esperaba fuera, en un banco del pasillo. El celador había ido a aparcar el coche.

El juez dijo para qué estábamos y abrió unas hojas grapadas. Arriba tenían el membrete de Santa Vela. Leyó dos frases en voz alta, sin levantar los ojos. La primera:

«Heteroagresividad hacia compañera en espacio común, precisando intervención del personal.»

Esa la conocía. Marga la había leído en voz alta el día 7, antes de que pasara.

La segunda:

«Episodio de desregulación grave tras comunicación relativa al vínculo.»

De esa conocía casi todo, de dos hojas distintas. Lo que oía por primera vez era «grave» y «tras», en la voz de un hombre que no me había visto nunca. Me quedé en «tras». Ponía primero lo de ellos y después lo mío, y callaba quién había hecho lo primero.

No me moví. Mi abogada pasó una hoja.

La abogada de Daniel pidió la palabra. Era mayor que la mía, con el pelo corto y las gafas subidas a la cabeza.

—Mi cliente mantiene su petición. No quiere que se resuelva con este informe.

Lo leyó de un folio, sin mirar hacia nuestra mesa.

Pidió aportar dos cosas. Una, un audio que su cliente había recibido el día anterior por la tarde, hacia las seis menos cuarto, desde un número que no era el de la señora.

Otra, un correo de la cuenta de Santa Vela, con fecha anterior al ingreso, con un documento adjunto y la respuesta de la madre de la señora en el mismo hilo: «Conforme».

Tardé en entender que la señora era yo.

El juez preguntó cómo se había obtenido el correo. La abogada se volvió hacia Daniel, y contestó él.

—Me lo enseñó la madre de Cristina, anoche. Decía que demostraba que acertaban.

Por teléfono me había dicho que lo que tuviera que decir de mí se lo diría al juez, conmigo delante. Lo que dijo fue de mi madre.

La abogada leyó la fecha del correo. Era de antes de que yo entrara en Santa Vela. Después leyó una sola línea del documento adjunto:

«Día 12. Comunicación relativa al vínculo con la menor. Resultado esperado: episodio de desregulación.»

La había leído en el archivo, en la primera hoja de mi carpeta. Me callé.

La fiscal dijo que no se oponía y que apoyaba que hubiera una valoración. Fue lo único que dijo en toda la mañana.

La abogada de Daniel le dio un pendrive a la funcionaria.

La funcionaria lo metió en el ordenador, buscó un rato con el ratón y subió el volumen.

Primero se oyó un roce de tela. Luego corrió la barra hasta donde le dijo la abogada, y en la sala sonó una voz tan baja que el juez se inclinó hacia el altavoz.

—El juez ha suspendido tus visitas con Nora.

Después, más baja todavía, otra voz preguntó qué juzgado. Era la mía.

La funcionaria lo paró. En la sala solo quedó el ventilador del ordenador.

El juez habló sin subir la voz, con los ojos en la pantalla de la funcionaria.

—Este juzgado no ha suspendido ninguna visita.

Luego me miró a mí.

—¿Es su voz?

—Sí. La grabé yo.

—¿De quién es el teléfono?

—De una compañera. Me lo prestó.

El nombre no lo preguntó. Le dijo a la funcionaria que se requiriera a Santa Vela para conservar y poner a disposición del juzgado el terminal asociado al número de origen y el archivo original.

Pensé en el bolsillo de una chaqueta abrochada hasta arriba.

—Cuénteme lo que recuerde de aquella noche.

No dijo qué noche. La luz verde de mi micrófono estaba encendida.

Miré a mi abogada. Ella me sostuvo la mirada con la cara quieta. Conteste a lo que le pregunte.

—Me tomé las pastillas con Nora en casa.

La voz me salió más alta de lo que esperaba, por el micrófono, y me eché un poco hacia atrás.

—Me acuerdo de ella en la puerta del baño. Le grité que se fuera.

Daniel bajó la vista a la mesa y no la levantó.

—Lo demás no lo recuerdo.

El juez esperó un poco, por si seguía. Me callé.

Mi abogada pidió la palabra y dijo que su clienta aportaba además una hoja. Me miró. Me saqué la copia de debajo del jersey. Estaba caliente de llevarla pegada, con los dobleces blandos. La funcionaria se levantó, la cogió de mi mano y se la llevó al juez.

El juez la leyó entera. Se paró abajo y luego subió a la fecha de arriba. Dijo que eso no se valoraba aquí y le pidió a la funcionaria una copia. La funcionaria salió con ella y volvió al rato con dos hojas. Una se quedó en la mesa del juez. La mía me la devolvió a mí.

La doblé por sus marcas y me la volví a guardar debajo del jersey.

Después el juez habló poco rato, mirando sus papeles. Eran pocas frases, pero largas, y alguna se me escapaba por la mitad. Una la oí entera.

—El informe del centro no tiene valor suficiente para decidir.

Por eso no resolvía hoy. Encargaba una valoración independiente, al equipo del juzgado. Requería el teléfono. Mantenía, de forma provisional, las visitas supervisadas, en un punto de encuentro. La hoja de Eva la remitía a Fiscalía. Lo demás lo resolvería por escrito.

De la custodia no dijo nada nuevo. Nora seguía con su padre.

Se levantaron todos. Mi abogada metió sus papeles en la carpeta azul y cerró la goma. Daniel salió el primero, con su abogada, y no se volvió. Yo salí detrás de la mía.

En el pasillo, junto a la puerta, estaba mi madre, de pie. Llevaba el abrigo bueno, el azul, el de ir a un juzgado, los zapatos de tacón bajo y el bolso colgado del brazo. Debía de llevar allí un buen rato.

Me paré delante de ella. Me llegó su colonia, la de siempre, la de los domingos.

—¿Lo leíste?

Me miró. Se colocó el bolso en el brazo, más arriba.

—A mí me curaron.