Capítulo 49
Resultado esperado: episodio de desregulación con posible riesgo para terceros.
La enfermera se quedó conmigo hasta que dejé de llorar alto.
Se sentó en el borde de la otra cama, la que no tenía sábanas, y en todo el rato no me dijo que me calmara.
Me preguntó si quería agua. Dije que no.
Sacó un pañuelo de papel del bolsillo del uniforme y me lo dejó en la rodilla.
Al rato me cogió la muñeca, contó mirando su reloj y me la soltó.
El celador esperó en la puerta con los brazos cruzados, mirando el pasillo.
Una vez se rascó la nuca y volvió a cruzarlos.
Cuando se levantó, se alisó el uniforme por delante.
—Si necesitas algo para estar más tranquila, lo pides en el control. Te dejo la puerta así.
La dejó entornada, de un palmo. El celador se fue primero. Ella se quedó un momento al otro lado, y la oí hablar con alguien que no se veía.
—La paciente ya está en su habitación.
La otra voz contestó algo corto. Se alejaron las dos hacia el control.
La paciente. Abajo, la enfermera me había llamado Cristina.
Miré la puerta. Por dentro, a la altura de los ojos, estaba la hoja plastificada de las normas. Eran once. Las había leído enteras, una por una. Ahora empezaba la primera y se me iba a la de abajo. Las líneas se movían como en el agua. La dejé.
Seguía llorando, más despacio y sin ruido.
Me soné con el pañuelo, me limpié la cara con él y, cuando se deshizo, con la manga del jersey.
La mano derecha me dolía. La tenía roja en la palma, donde había dado en la mesa.
La zapatilla seguía mojada, y el calcetín frío por dentro. El hipo me volvía cada poco, más flojo.
Desde la mesilla, Nora me miraba con todos los dientes. A los pies de la cama seguía la ropa que llevaba en el archivo, lavada y doblada, como la había dejado antes de comer.
Entonces me di cuenta de dónde estaba sentada. En el lado de la ventana. En el hueco. El colchón cedía hacia la pared y yo me había quedado en la parte honda, con los pies colgando de lado.
No sabía cuándo me había sentado ahí. No me moví.
Fuera todavía era de día. La farola de debajo de mi ventana estaba apagada.
La auxiliar se asomó a la puerta. Miró la cama, me miró a mí y se fue.
Esperé un poco. La mano iba hacia el bolsillo y se me paraba a medio camino. A la tercera saqué el móvil. Lo tuve bajo, en el regazo, con el cuerpo entre la pantalla y la puerta. Estaba caliente del bolsillo.
Encendí la pantalla. Los números seguían corriendo.
Hice el dibujo y salió mal. Me temblaba el dedo y se me fue de un punto a otro, y la pantalla dio una sacudida corta. Respiré. Lo hice otra vez, despacio, empezando donde empezaba Lidia, y se abrió en la grabadora, como la había dejado: el contador en marcha y el círculo rojo abajo. Le di una vez.
Los números se pararon.
Durante un segundo la pantalla se quedó en blanco y pensé que lo había perdido. Luego salió una lista. Arriba del todo había una línea nueva, con la fecha de hoy y la hora en que había empezado, las cinco menos cinco. Al lado, lo que duraba: algo más de tres cuartos de hora.
Me acerqué el móvil a la oreja con el volumen bajo y le di. Primero, un roce de tela. Después, una llave que entraba, y la puerta.
La rendija se oscureció. La auxiliar otra vez. Me dejé el móvil contra la mejilla, tapado con la manga, y apoyé la cara en la mano. Me miró y se fue.
En la oreja, mientras tanto, seguía la escalera, mis pasos. Cuando se fue, puse el dedo en la barra de abajo y lo corrí un poco hacia delante. Una voz baja, de las que obligan a inclinarse. «¿Cómo estás, Cristina?» Y mi voz, más baja que la suya, diciendo que cansada.
Lo quité. Con eso me bastaba. Con el dedo toqué el botón del canto. El silencio seguía puesto. Busqué con los ojos el dibujo de la papelera, abajo a la derecha, y aparté el pulgar de esa esquina.
La línea siguió ahí, con su fecha y su hora.
Entonces me vino una palabra de Nora.
Mama.
Dicha como la escribe ella en los dibujos, sin tilde. La tenía escrita así en uno, dentro del primer libro que traje. Como cuando me llama desde su cuarto y no quiere levantarse, y la palabra llega por el pasillo antes que ella.
Mañana por la mañana iba a desayunar en casa de su padre, a la hora de siempre, con las piernas colgando de la silla. Con el hueco del diente mordería por el otro lado.
—Pan con aceite.
Lo dije en voz alta. En el cuarto no había nadie para oírlo.
Poco tostado. Que no raspe. Se lo había contado a Neli una mañana, en el comedor, como si tuviera el plato delante.
Primero se come lo blando y deja la corteza en el borde, en fila.
Al final moja el dedo en el aceite que queda en el plato y se lo chupa.
Hasta un mes antes se lo hacía yo, todas las mañanas, antes de llevarla.
Mañana a esa hora iba a estar él a su lado.
Yo sabía por qué lado se baja de la cama y que se pone primero el calcetín izquierdo.
Me pasé la manga por la cara otra vez y volví a mirar la pantalla.
Dejé el dedo encima de la línea nueva hasta que salió un menú. Compartir. Debajo, una fila de conversaciones, las últimas primero.
Había cinco o seis. Nombres que no conocía, un número sin nombre. «Daniel» era la segunda.
La abrí con el pulgar.
Arriba estaba lo del día 4, lo que Lidia escribió de madrugada en el baño.
«Soy una compañera de Cristina. Me pide que pregunte cómo está Nora».
Debajo, lo que contestó él: dos frases con el nombre de Nora y sin el mío, y más abajo, «Quiere que le mandes una», contestando a algo que ya no estaba.
Lo que yo mandé aquella noche desde ese mismo número lo había borrado yo.
Aquella madrugada, en el baño, la condición había sido esa. Un mensaje. Uno. Lo escribo yo.
Esta vez escribía yo.
Abajo, en el sitio de escribir, esperaba la grabación, con sus minutos al lado.
Escribí con un dedo. Las letras del teclado se me juntaban y tuve que buscar la ese dos veces. Tardé.
«Soy Cristina.»
Mis dos palabras, debajo de las de Lidia, en su pantalla.
El pulgar se me quedó encima de Enviar.
El número era el de Lidia. Si el mensaje salía, llevaba su número. Y con su número, lo que le habían aplazado sin fecha.
El carro, que ya no era suyo, con sus libros contados de cada noche. La puerta del archivo, sujeta desde fuera, y los dos golpes. «Fui yo», en el control, delante de todas, sin decir mi nombre.
Abrí la mano derecha encima de la colcha y la volví a cerrar. En la palma se me había quedado una raya, la del canto de la mesa.
La grabación no sale de Santa Vela. Lo había dicho entera, con las dos manos en una mesa de doblar.
Podía borrar las dos palabras, apagar la pantalla y devolverle el móvil como estaba. Lo de abajo se quedaría en su bolsillo, con el silencio puesto, y mañana ella seguiría esperando su fecha.
Por la puerta pasó una sombra y siguió hacia el control.
Aparté el pulgar. Lo volví a poner.
La pantalla se oscureció. La toqué para que volviera.
La puerta se abrió un poco más.
Era Lidia. Habría esperado en su puerta a que la sombra pasara de largo. Entró, la dejó entornada como estaba y se puso entre la puerta y yo, a un paso de la cama. Tenía la chaqueta puesta, abrochada hasta arriba, y respiraba por la boca, deprisa.
Los ojos se le fueron por encima de mi hombro a la pantalla encendida y volvieron a mí. En la pantalla estaba su mensaje del día 4, arriba, y abajo mis dos palabras. Yo no había quitado el pulgar.
Tendió la mano con la palma hacia arriba.
No dijo nada. La mano siguió allí. Tenía las rayas de la palma muy marcadas y una uña rota en el índice.
Le miré la mano. Estaba quieta, abierta, a la altura de mi cara. Con esa mano se había llevado mi credencial para que no me la encontraran, y luego me la había devuelto.
Pulsé Enviar.