La clínica de las esposas Capítulo 48
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Capítulo 48

La directora se apartó para dejarme pasar y cerró la puerta. El celador y la enfermera se quedaron al otro lado.

El despacho estaba igual. La mesa, el teléfono, la ventana detrás de su silla. En la pared, una foto enmarcada de un edificio blanco con las persianas bajadas. Podía ser este, antes de alguna obra.

Aquella mañana me había sentado a medias. Esta vez me senté entera, con la espalda en el respaldo. El asiento era de escay y estaba frío. Al sentarme, el móvil se me apretó contra el muslo. Dejé la pierna quieta.

Antes de nada levantó el teléfono, apretó un botón y dijo que no le pasaran llamadas en un rato. Colgó sin hacer ruido.

—¿Cómo estás, Cristina?

—Cansada.

—Son días largos.

Hablaba bajo, como siempre, y me incliné un poco para oírla. Tenía las uñas cortas y sin pintar, y un anillo fino que giraba con el pulgar mientras hablaba. Dejó de girarlo.

Traía tres preguntas, en orden. Las había tenido en la boca toda la tarde, sentada en la cama, hasta que me salían sin pensar. La primera, el juzgado. La segunda, la fecha. La tercera era para el bolsillo.

Por la ventana de detrás de ella entraba la luz baja de la tarde y le dejaba la cara un poco a oscuras. Yo tenía la luz de frente. Ella me veía mejor que yo a ella.

Puse las manos en las rodillas.

—Tengo que hacerte una comunicación.

Comunicación. La primera palabra de mi día 12 y de la hoja de Eva. La del día 3, cuando una auxiliar me dijo que se había terminado y Nora se quedó al otro lado del teléfono.

La directora juntó las manos encima de la mesa y esperó a que la mirara.

—Hay cosas que es mejor decir en persona. Te lo voy a decir despacio.

—Vale.

Cogió aire por la nariz y lo soltó.

—El juez ha suspendido tus visitas con Nora.

Lo dijo bajo, como se da una hora. Con el mismo tono que «son días largos».

Se me enfriaron las palmas encima de las rodillas. No las moví.

Yo tenía la primera pregunta preparada y la hice. La voz me salió normal, más baja que la suya.

—¿Qué juzgado?

Inclinó un poco la cabeza.

—Entiendo que quieras saberlo todo.

Miró un momento hacia la puerta, donde estaban los otros dos, y volvió a mí.

Esperé. Ella también esperó, con la cara amable y las manos juntas. El anillo, quieto. Notaba el pulso en el cuello, contra el borde del jersey.

Me sabía de memoria la frase de la abogada. No hay nada. La vista es mañana. No la dije. Lo que hiciera falta decir lo tenía que decir ella, entero y con su voz.

—¿Con qué fecha?

—Ahora lo importante eres tú.

Señaló el vaso con la barbilla.

—Bebe un poco de agua, si quieres.

No toqué el vaso. Tenía la boca seca. En el agua había una burbuja pegada al cristal, quieta. Fuera, por el aparcamiento, pasó un coche al paso y frenó.

Ni juzgado ni fecha. El anillo volvió a girar, una vuelta.

Me quedaba la tercera. Tragué antes, y me dolió. La dije clara y despacio, para que se oyera entera.

—¿Puede repetírmelo?

Me pasé la lengua por los labios secos.

Me miró. La cara no le cambió. Apoyó los antebrazos en la mesa, uno junto al otro.

—El juez ha suspendido tus visitas con Nora.

Las mismas palabras, en el mismo orden, con la misma voz.

Se echó un poco hacia atrás en la silla y esperó.

Lo sabía. Lo sabía desde las once, desde una mesa con cuatro sillas y una carpeta azul. La vista era mañana. Cualquier cosa del juzgado le llegaba a la abogada antes que a nadie.

Y ella había dicho Nora.

Me lo dije por dentro. A la mitad se me torció la boca.

Me empezó en las manos. Se me fueron de las rodillas al borde de la mesa y se agarraron a la madera. Me temblaba la barbilla. Me temblaban hasta los dientes. Luego la garganta. Abrí la boca para una cuarta pregunta que no tenía, y lo que salió fue el aire, de golpe, y otra vez, más corto.

—No.

Lo dije alto. Más alto de lo que se hablaba en aquel despacho. La directora se quedó sentada en su silla.

—Nora no. No.

—Cristina.

—Quiero hablar con ella. Déjeme llamarla. Ahora.

—Ahora no puede ser.

Me oía. La voz se me iba hacia arriba y no había manera de bajarla. Lloraba. Lo noté en la boca, por lo salado, antes que en los ojos. Cada vez que cogía aire, salía con él otro ruido, y luego otro.

—Es normal que te sientas así —dijo la directora—. Siéntate, Cristina.

Estaba de pie. La silla estaba detrás de mí, torcida, y yo de pie. Intenté sentarme. Doblé las rodillas hacia la silla y las piernas se quedaron rectas. Me agarré al respaldo y la silla se vino conmigo, arrastrando.

Nora. El hueco del diente. La moneda que le quería enseñar a su abuela por el teléfono. Nora en la puerta de su padre. Esperándome. Nora preguntando y alguien, cualquiera, contestándole. La carta llegando a una casa donde yo ya no...

—¡Es mi hija!

Lo grité. Me raspó la garganta al salir.

Di con la mano abierta en la mesa. El vaso saltó y se volcó.

El agua corrió por la madera hasta mi borde y me cayó a los pies.

Se me mojó la zapatilla. El vaso siguió rodando, en curva, hasta el otro borde, cayó y se rompió contra el suelo, al lado de los zapatos de la directora. Había cristales por el suelo, muchos.

Ella miró el suelo. Luego me miró a mí. Se había levantado y estaba detrás de la mesa, con una mano en el respaldo de su silla, pegada a la pared.

—Siéntate.

Di con la mano otra vez, en el mismo sitio. La mesa sonó hueca y me dolió hasta el codo.

La puerta. Fui hacia la puerta. Tenía que salir, encontrar un teléfono, cualquiera, la calle. La pared. La foto del edificio blanco, torcida. El pomo. Mi mano en el pomo, mojada.

—Cristina, mírame.

No la miré. Apreté el pomo.

—Me voy. Me voy con ella.

—Cristina, siéntate, por favor.

Lo dijo bajo.

La puerta se abrió antes de que yo tirara. El celador, ancho, llenando el hueco. La enfermera detrás, más pequeña, con las gafas colgando del cordón.

—Cristina —dijo la enfermera—. Cristina, ven conmigo.

El celador me cogió del brazo derecho y ella del izquierdo. Me sujetaban sin apretar. Tiré hacia el pasillo, hacia donde creía que estaba la calle. Tiré otra vez. Las manos de ellos se quedaron donde estaban, sin cerrarse más.

Dejé de tirar. Me quedé colgando un poco de los dos brazos, con la cabeza baja.

—Acompañadla a su habitación —dijo la directora, detrás. Ella se quedó dentro.

Me sacaron al pasillo. El celador iba un poco por delante, de lado, para que no me diera con el marco. Una puerta cerrada. Otra, con su rótulo. El olor a café. La auxiliar que me había bajado estaba junto a la máquina, con un vaso de plástico en la mano, y lo dejó en la repisa al vernos.

La enfermera hablaba todo el rato, bajo, con palabras cortas. Despacio. Eso es. Ya está. Despacio. No me preguntaba nada. Olía a colonia de limón. El celador, a tabaco.

La escalera. En el primer escalón tropecé con la puntera y la enfermera dijo «arriba», bajito. Un escalón y otro. La mano del celador en mi brazo, con un reloj de plástico negro. El rellano, con su luz blanca y el cristal del extintor.

Ahí se me doblaron las piernas. El celador me sostuvo por el codo hasta que volvieron.

—¿Puedes? —dijo la enfermera.

—Sí.

Me apartó el pelo de la cara con dos dedos.

Me salía un hipo largo, de después de llorar, y cada vez que me salía se me paraban los pies. Ellos se paraban conmigo y esperaban, y luego seguíamos. Nadie dijo nada de la directora ni del vaso.

Arriba, alguien sujetaba ya abierta la puerta de la planta.

El segundo tramo lo subí entre los dos, mirando mis zapatillas, una y otra, en cada escalón.