La clínica de las esposas Capítulo 47
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Capítulo 47

Personal de apoyo en el pasillo.

Cuando la auxiliar me abrió la puerta de la sala de visitas, la abogada ya estaba sentada, con una carpeta azul cerrada delante y el bolígrafo encima, paralelo al borde.

—Soy su abogada en lo de familia. La de mañana.

—Vengo a preparar la vista. Tenemos media hora.

Antes de que abriera la carpeta, se lo pregunté.

—¿Algún juzgado ha resuelto algo sobre mis visitas?

—No hay nada. La vista es mañana.

Lo dijo sin mirar los papeles y sin «que yo sepa». Una frase sin margen.

—Cualquier cosa del juzgado me llega a mí. ¿Por qué lo pregunta?

—Para saberlo.

Me sostuvo la mirada un momento y lo dejó estar.

Lo que yo llevaba en el bolsillo lo iba a leer alguien a quien pagaba mi madre, la misma mano que pagaba la clínica.

Metí la mano en el bolsillo y no la saqué.

—¿Esto se lo va a contar a mi madre?

Miró mi mano y luego a mí.

—Mi clienta es usted.

Saqué la credencial. Iba envuelta en el aviso para Rut, el papel con mi nombre por delante y tres líneas por detrás. La separé del papel y la puse en la mesa, con la foto hacia ella.

—Necesito que encuentre a esta mujer.

La abogada la cogió por los cantos. Leyó el nombre, los dos apellidos, la empresa. Le dio la vuelta y miró los códigos un rato.

—¿Quién es?

—La hermana de una mujer que se murió aquí. Dormía en mi cama, antes que yo.

Levantó los ojos de la tarjeta.

Le acerqué el papel doblado.

—Si la encuentra, esto es suyo.

No lo abrió. Lo puso debajo de la credencial.

Me saqué la copia de debajo del jersey. La había cogido del marco antes de bajar. Estaba tibia y tenía los dobleces marcados. La desdoblé en la mesa, delante de ella.

La leyó entera. En la casilla del cierre se paró, y después subió a la fecha de arriba.

—¿De dónde ha salido esto?

—De aquí dentro.

Tendió la mano para quedársela. Yo la doblé por las mismas marcas y me la volví a meter debajo del jersey. La credencial se la podía dar. La copia era la única que había.

—Mañana la llevo yo.

No insistió.

—Mañana a las diez. La traerán desde aquí. Y si el juez le pregunta, conteste a lo que le pregunte.

—Vale.

Guardó la credencial y el aviso en una funda de plástico, al fondo de la carpeta, y cerró la goma. No me dio ninguna tarjeta.

Salí con una frase. No había nada. Si a las cinco alguien me hablaba de un juez, era mentira.

La auxiliar me subió a las once y media. En la catorce giré las pestañas del marco y metí la copia otra vez detrás de Nora.

A las doce estaba en la puerta de la catorce cuando sonaron unas llaves al fondo.

Una auxiliar abrió la puerta de la planta y esperó con ella abierta.

Marga venía por el pasillo desde el control, con su bolsa en una mano y el abrigo doblado en el brazo.

Llevaba el pelo recogido con la misma goma, una falda gris y zapatos de cordones.

En la planta siempre había ido en zapatillas.

Traía un sobre en la mano. Lo metió en la bolsa sin abrirlo y pasó por delante de mí sin mirarme. En la puerta, la auxiliar pasó la primera.

Marga cruzó sin volverse, y desde el otro lado cerró la puerta. Una vez.

La manilla se quedó quieta. Esperé a verla bajar otra vez, y no bajó.

A la una y media, en la puerta del comedor, me crucé con el primer turno que salía. Berta venía la última, secándose las manos en el pantalón, con los ojos en la puerta de la planta. Por encima de su hombro se veía la mesa junto a la ventana. La silla de Marga ya estaba recogida contra la pared.

—Ha bajado sola. Con su bolsa.

Abrió la boca para lo siguiente y lo siguiente no salió. Se secó otra vez las manos en el pantalón, aunque ya estaban secas. Se apartó para dejarme pasar. Yo pasé sin decir su nombre.

La tarde fue larga. Me senté en la cama, por mi lado, y la dejé pasar.

A las cinco menos veinte se abrió la puerta. Lidia entró con la chaqueta puesta y la cerró detrás. Me miró cuando ya estaba dentro. Parecía haber dormido menos que yo.

Sacó el móvil del bolsillo y lo dejó en la cama, a mi lado, con la pantalla hacia abajo. Tenía una funda de goma gris con una esquina rota.

—Está en silencio.

No lo cogí todavía. Ella siguió de pie, a un paso.

—Si sale de aquí, el número es el mío.

Habló como en la lavandería, hacia mí, sin subir la voz. Mientras lo decía, me vino que dentro estaba la conversación con Daniel, con su nombre arriba.

—Ya lo sé.

Esperó un segundo más de la cuenta. Tenía la mano todavía cerca del bolsillo vacío. Luego se fue, y cerró sin ruido.

Me quedé sola con el móvil, boca abajo en la colcha, como lo había dejado ella.

Lo cogí. Estaba tibio de su chaqueta y pesaba menos de lo que recordaba. Le di la vuelta y encendí la pantalla. Hice el dibujo despacio, empezando donde ella empezaba, como lo había repetido por dentro en la lavandería, y se abrió a la primera.

Busqué la grabadora entre los iconos de la pantalla. La encontré a la segunda. Una pantalla casi vacía, el círculo rojo abajo, los números en cero. Con el dedo busqué el botón del canto. Estaba puesto. No lo toqué y apagué la pantalla.

Me lo metí en el bolsillo libre del pantalón, con la pantalla hacia dentro. Me bajé el jersey por encima y pasé la mano por fuera, de arriba abajo. Se notaba solo si se sabía.

Me levanté y fui hasta la ventana, dos pasos. Abajo, en el aparcamiento, alguien cerraba el maletero de un coche. Volví. El móvil no se movía contra la pierna.

Me senté con las dos manos en las rodillas. Faltaba un cuarto de hora.

Me alisé la colcha con la mano, donde estaba la forma del móvil, hasta borrarla.

A las cinco menos cinco se asomó una auxiliar.

—Te esperan en dirección.

Me levanté. Ella fue delante, hacia el fondo, con las llaves ya en la mano. Al salir miré hacia el otro lado. La puerta de Lidia estaba cerrada. En la otra punta, en el control, la supervisora levantó la vista de una hoja y la volvió a bajar.

Pasamos por delante del pasillo corto. El baño tenía la puerta abierta y la luz apagada.

Delante de la puerta de la planta, la auxiliar se paró a buscar la llave que era, de espaldas a mí. Probó una que no entraba. Yo me quedé detrás, de cara a la puerta y de espaldas al control.

Saqué el móvil a medias, con la pantalla hacia mí, y la encendí. Hice el dibujo con el pulgar, mirando lo justo. Pulsé el rojo.

Los números empezaron a correr. Apagué la pantalla y lo volví a meter con ella hacia dentro antes de que entrara la segunda llave.

La puerta se abrió. Bajamos.

La escalera tenía dos tramos y yo iba agarrada a la barandilla. En cada escalón notaba el móvil contra el muslo, y en cada escalón tenía que seguir con la mano en la barandilla. En el rellano, la auxiliar se volvió a ver si la seguía. La seguía.

Al pie, el olor a café de la máquina. La auxiliar no torció a la derecha, hacia administración y la sala de visitas. Siguió por el otro pasillo. Pasamos la puerta de «Atención a familias». Estaba cerrada. No la miré.

Al fondo, junto a una puerta con una placa, había dos sillas contra la pared. En una estaba sentado un celador joven y ancho, con los codos en las rodillas. A su lado, de pie, una enfermera con las gafas colgadas de un cordón y las manos juntas por delante.

Lo había leído con el dedo, de noche, en una página que no era para mí. Allí estaba, en dos personas, una sentada y otra de pie.

El celador se levantó al vernos y se estiró el uniforme. La enfermera me miró a la cara.

La auxiliar levantó la mano para llamar. Antes de que tocara, la puerta se abrió desde dentro. La directora estaba en el umbral, con una chaqueta de punto azul.

—Pasa, Cristina.

Me pasé la mano por el bolsillo, una vez, por fuera del jersey. Entré.