Capítulo 46
Ideación de perjuicio estructurada.
Miré la puerta por tercera vez desde que había puesto la lavadora.
La auxiliar me había abierto y se había ido. A las ocho volvía a cerrar. Era el último turno. Lo que quedara dentro se recogía por la mañana.
Desde la mañana, en el control, me esquivaba los ojos.
Me apoyé en la mesa de doblar, de cara a la puerta.
Desde mediodía me pesaban los brazos, y las piernas no se me habían despertado del todo.
El tambor hacía un ruido parejo, de agua y de tela, que llenaba el cuarto.
Con ese ruido, desde el pasillo no se oía lo de dentro.
Por eso había pedido esa hora, la última, cuando las demás ya habían recogido su ropa.
A las siete y media no vino.
Lo había ensayado por la tarde, tumbada en la cama: el día, la hora, un rato. Para qué y con quién, eso se quedaba fuera.
Miré la puerta otra vez. Si no venía, mañana a las cinco iba a entrar en dirección con las manos vacías y lo que pasara allí lo iba a escribir otro, igual que a mediodía.
La puerta se abrió pasadas las siete y media.
Lidia entró con la chaqueta puesta y la cerró detrás. No traía ropa. Se quedó de pie al otro lado de la mesa, apoyada en el canto, y miró la puerta antes de mirarme a mí.
—Mañana a las cinco necesito tu móvil —dije—. Un rato. Te lo devuelvo después.
Tardó en contestar. Miró la máquina parada, luego la puerta, y otra vez a mí.
—¿Y yo qué gano esta vez?
No tenía nada que darle. Ni yogures, ni una tarjeta, ni una puerta.
—Ya llevo pagadas una puerta y un carro —dijo—. Esta mañana he dicho que fui yo. Y fui yo. —Lo dijo a la mesa, sin levantar la voz—. Pero antes de nada, lo mío. Lo del día 4. Qué salió de mi número.
—Le puse que había empezado un cuaderno de cartas para Nora.
—¿Y?
—No había cuaderno.
—Desde mi número.
—Sí.
Lidia se quedó mirando la mesa. Pasó el dedo por el canto y paró.
—Por eso quería una.
Lo dijo para ella. Aquella noche le había llegado una respuesta suelta, y ahora sabía a qué respondía.
Ella no había dicho que sí ni que no.
—Hay otra cosa —dije.
Era lo único que tenía. Lo de mi madre, no: eso se quedaba en su caja.
—La mujer que dormía en mi cama antes que yo tenía el mismo plan que yo. Lo de su último día se lo escribieron antes de que entrara. Antes de verla. —Me paré. Lidia me miraba—. Y se murió ese día.
Ella no dijo nada.
—No sé cómo. Sé cuándo.
—¿Cuánto llevaba dentro?
—Lo mismo que voy a llevar yo mañana.
Lidia se quedó quieta.
—¿Y eso cómo lo sabes?
—Lo leí. Anoche, dentro.
—Tendría críos.
—Una niña. Lo ponía.
Lidia cruzó los brazos y se apretó la chaqueta contra el cuerpo.
Lo conté sin papeles delante, con palabras mías. Detrás de la foto de Nora había una hoja que lo decía mejor, y esa hoja seguía en su sitio.
Lo de Eva lo había puesto encima de una mesa de doblar para conseguir un móvil. Me lo noté en la garganta, y seguí.
Lidia volvió los ojos a la puerta y los dejó allí. La boca, apretada. Estuvo así un rato largo, más que cuando le hablé del cuaderno.
—Y a ti mañana te toca algo.
—Mañana a las cinco me llaman a dirección.
No dije para qué. No dije la palabra.
El tambor se paró un momento, cambió de lado y siguió.
—Si sale de aquí, el número es el mío.
Lo dijo hacia la puerta. Luego me miró.
Tardó en sacarlo. Primero miró la puerta otra vez, y después la ventana alta, aunque por ahí no podía mirar nadie.
Sacó el móvil del bolsillo de la chaqueta y lo puso entre las dos, encima de la mesa de doblar, con la pantalla hacia mí.
Con el dedo hizo un dibujo para desbloquearlo.
Lo hizo despacio, a la vista, sin taparlo con la otra mano.
Lo seguí con los ojos, como seguía las líneas con el dedo en el archivo, y me lo dije por dentro.
Lo bloqueó y lo volvió a hacer, más despacio. Esta vez me fijé en dónde empezaba.
Se abrió en una conversación. Arriba estaba lo que Lidia había mandado de madrugada, el día 4, con mi nombre y el de la niña. Debajo, lo que había contestado él, con el de la niña y sin el mío. Lo mío no estaba. Lo había borrado yo, con Lidia en la rendija de la puerta.
—Lo del padre de tu niña sigue ahí. Yo no borro.
Noté las orejas calientes.
En la cabecera ponía «Daniel», como lo había guardado ella aquella madrugada. Lo vi un segundo. No dije nada.
Salió de la conversación con el pulgar y abrió otra cosa. Una pantalla casi vacía, con un círculo rojo abajo y unos números pequeños encima, en cero.
—Esto. Lo aprietas una vez y empieza. —Puso la uña al lado del círculo, sin tocarlo—. Aquí cuenta. Si se apaga la pantalla, sigue. No le des a nada más. Cuando le vuelvas a dar, se para y se guarda solo. Sale en una lista, con el día y la hora. Y luego no cortas, no quitas, no tocas.
—¿Cuánto graba?
—Horas.
—¿Y si suena algo?
—Lo pones en silencio. Aquí. —Me enseñó un botón en el canto—. Lo dejo puesto.
Lo cerró y la pantalla se puso negra. Volvió a guardárselo en el bolsillo, el mismo de siempre.
—Lo llevas encima. En el bolsillo, con la pantalla hacia dentro.
—Vale.
—Enséñame dónde está el rojo.
Puse la uña en la mesa, donde había estado el círculo, sin tocar nada, como había hecho ella.
—Eso. —Se apretó el bolsillo por fuera—. Mañana, a las cinco menos veinte.
—¿Y cuándo te lo devuelvo?
—Cuando salgas de allí. Voy yo a por él.
Repetí el dibujo por dentro, una vez, con el dedo quieto encima de la mesa. Tampoco tenía con qué apuntarlo.
—No va a salir de aquí —dije.
Lidia se separó de la mesa para irse. Dio medio paso hacia la puerta y se quedó con el peso en el pie de delante, sin dar el otro.
—Entero —dijo—. Con el sitio.
«Aquí» podía ser este cuarto, o la planta.
Ahora me miraba a la cara, y esperaba. Tenía los ojos rojos de no dormir.
El día 4 me pidió que le dijera «como está» y no se lo dije. «No has dicho “como está”», me soltó aquella noche, con el móvil todavía contra el pecho. Le devolví el móvil con lo mío borrado, y le volvió distinto de como estaba.
Esta vez quería la frase antes de soltarlo. Y yo le debía una frase desde el día 4.
El tambor dio una vuelta larga y se quedó quieto. Sin el ruido, desde el pasillo se podía oír lo que se dijera dentro. Lidia miró la puerta. Yo también. La puerta siguió cerrada, y ella volvió a mirarme a mí.
Por la ventana alta ya no entraba la luz naranja. Faltaba poco para que viniera la auxiliar. Si entraba antes, el trato se quedaba a medias hasta mañana, y mañana ya no había rato para terminarlo.
Esa mañana, en el control, Lidia había dicho dos palabras enteras delante de todas y las había pagado ella sola.
Me la dije antes por dentro, entera, como me decía las líneas de la página. Pensé en mañana a las cinco, en una puerta de dirección y en el bolsillo del pantalón. Pensé en el círculo rojo y en el contador, empezando en cero.
Si salía, el número era el suyo.
Olía a ropa mojada. Apoyé las dos manos en la mesa, planas, y me puse derecha. Las tenía frías otra vez, como a mediodía en la consulta. El tambor no se movía.
Ella seguía con el peso en el pie de delante. Tenía la mano en el bolsillo, encima del móvil.
—La grabación no sale de Santa Vela.