Capítulo 45
Negativa a colaborar.
La auxiliar me llevó hasta la consulta a las doce en punto, dijo que volvía a por mí a la una y cerró la puerta.
Tenía la voz de siempre, que ni subía ni bajaba. La carpeta con mi nombre abultaba el doble. La caja de pañuelos era nueva, con el primero ya asomando por la ranura.
—Tenemos hasta la una. Es la entrevista de cierre. Sirve para cerrar tu historia antes del informe. Voy a ir tomando notas.
«Cierre de la historia para el informe.» En la página estaba así, palabra por palabra. Él lo había dicho con sus palabras y quería decir lo mismo.
—Vale.
En el reloj de la pared eran las doce y un minuto. Yo ya estaba sentada, y lo que esperaban de mí empezaba a contar desde ahí.
Debajo de la mesa junté las manos en el regazo. Un dedo, la hora. Otro, el sitio. Otro, lo que iban a hacer. El pulgar, lo mío. Como anoche.
Empezó por lo que se pregunta siempre.
—¿Cómo has dormido?
—Desde la ronda de las doce menos diez hasta antes del desayuno, con la luz de las rondas.
—¿Y el apetito?
—Media tostada. El café entero.
—¿Algún efecto de la medicación que te moleste?
—La de las nueve y media me duerme. A esa hora ya me cuesta acabar las frases.
—¿Has vuelto a pensar en hacerte daño?
—No.
Era verdad, y lo dije sin nada alrededor. Lo apuntó igual de corto.
—¿Cómo te encuentras hoy?
—Cansada.
—¿Más que otros días?
—Igual.
Escribió. Escribía más de lo que yo decía. Cada respuesta mía le ocupaba dos líneas.
Pasó una hoja de la carpeta.
—¿Sigues guardando tus papeles?
—Sí.
—¿Quieres hablar de ellos?
En la entrada de hoy, entre lo que iban a hacer y lo que esperaban de mí, había una línea con lo que tenían que ver: «Discurso centrado en documentos y en terceros.» Los documentos ya estaban encima de la mesa, y los había puesto él.
—Si me pregunta algo concreto, le contesto.
—Concreto —repitió.
Me devolvía mi palabra sola, sin nada detrás, para que fuera yo la que siguiera. No la seguí.
—¿Te dan tranquilidad?
—Algunas noches.
—¿Se los has enseñado a alguien?
Ahí estaba la otra mitad de la línea, la de los terceros. Cualquier nombre que yo dijera iba a ir a parar a la hoja de otra.
—Al principio, sí. Ahora los guardo yo.
—¿Dónde?
—En mi cuarto.
Lo escribió.
No preguntó qué eran, ni a quién se los había enseñado. Se quedó esperando, con el bolígrafo levantado. La pregunta seguía abierta, como esos impresos que dejan una línea de puntos muy larga para que la rellene el que firma.
Yo la dejé en blanco. En el reloj de la pared, la aguja larga avanzó dos rayas.
Cualquier hoja que nombrara iba a acabar escrita con su letra. En la casilla de al lado ya tenían el nombre para eso. Lo había leído de pie, entre dos estanterías, con la máquina zumbando.
—Tómate el tiempo que necesites.
Me lo tomé, pero no para lo que él decía. Miré el reloj de la pared y dejé que la aguja diera la vuelta entera.
—Si hay algo que quieras que conste, este es el momento.
Conste.
El día 2, en esta misma silla, me dijo que lo de mi sueño constaba en la información previa. Constaba solo, sin que nadie lo hubiera dicho. Tenía la mano encima de la carpeta, plana, como aquella mañana. Ahora me ofrecía estar dentro.
Y yo lo tenía todo. El plan entero, con sus horas, el 11 y el 12, cada palabra en su sitio.
Podía empezar por mi carpeta, en su balda, o por la caja de al lado.
Podía decírselo despacio, de principio a fin, y él lo iba a escribir todo.
Lo iba a escribir él, a su manera, y en la casilla de al lado iba a poner lo que ya estaba puesto.
El pulgar, contra los otros dedos.
—No —dije—. Lo que he dicho ya consta.
Escribió una línea corta. Me pareció que le sobraba sitio.
—Vamos a hablar de tus compañeras. El día 7, en el comedor, hubo un incidente con Lidia. ¿Cómo está ahora vuestra relación?
—La empujé yo. Ahora hablamos poco.
—El día 8 entraste en la sala de visitas mientras Marga firmaba ante el notario.
—Entré. Me sacó una auxiliar.
—Y Berta ha pasado al otro turno de comedor.
—Lo sé.
Esperó a que dijera más. Yo me quedé con lo que había dicho.
—¿Te sientes responsable de lo que les pasa?
Les pasaba de todo. A Lidia, una fecha que no llegaba y desde esta mañana un carro menos. A Marga, una firma. A Berta, una mesa en otro turno. Él lo sabía mejor que yo, porque lo tenía delante, por escrito.
Tardé en contestar. Él escribió mientras esperaba. Desde mi silla solo se veía que escribía en renglones seguidos, sin dejar margen.
—De lo que hice yo, sí. Del empujón. De entrar en la sala.
Lo demás me lo quedé. Quién había pedido qué, y desde cuándo estaba escrito.
—¿Y ellas? ¿Te culpan de algo?
—A mí no me lo han dicho.
Lidia, esa mañana, en el control. Fui yo. Lo había dicho por las dos y había pagado ella.
Dejó un silencio largo. Arriba, en el techo, sonaba la rejilla del aire. El reloj de la pared tenía una aguja fina que daba saltos, y la oía.
Él no lo llenaba. Esperaba con el bolígrafo quieto y la cara tranquila. Sabía esperar.
Debajo de la mesa, llegué al pulgar y me quedé ahí, con los otros dedos encima. La silla me apretaba el borde en las corvas.
—Como sabes, la vista es pasado mañana —dijo—. El informe tiene que estar antes.
No levantó la vista de la hoja. Empujó la caja de pañuelos un dedo hacia mí, sin mirarla.
Pasado mañana. Nora, con el hueco del diente de abajo, en la otra casa, con la puerta abierta. Nora preguntándole a su padre cuándo volvía yo. Pasado mañana.
Respiré despacio, por la nariz, para que no se oyera. Tenía los ojos secos y los dejé así.
Seguí sentada.
—¿Cómo te imaginas los próximos días?
—Con mi hija, cuando se pueda.
—¿Has hablado con ella esta semana?
—Le escribí una carta. Está de camino.
Lo apuntó y dejó el bolígrafo cruzado encima de la hoja.
Él pasó la hoja, miró su reloj y escribió una línea.
—Por mi parte, hemos terminado.
No se levantó. Yo tampoco.
En el reloj de la pared faltaban unos minutos para la una. Tenía las manos frías y las piernas dormidas de no moverlas.
Lo había dicho. Pero seguía sentado, con la carpeta abierta. Si me levantaba antes que él, alguien podía escribir que me había ido.
—¿Hay algo más?
Me miró un momento, por encima de las gafas. Luego bajó los ojos a la hoja y escribió otra línea, más larga. La leyó con el bolígrafo todavía encima.
—Te veo muy pendiente de los papeles.
En toda la hora yo no había nombrado ninguna hoja. Desde su silla, lo que decía era verdad.
Cerró la carpeta.
Tuve la respuesta en la boca. No la dije.
Él se levantó. Me levanté después que él.
Me abrió la puerta y se quedó en el marco hasta que salí.
La auxiliar no había llegado todavía, y me quedé fuera, junto a la pared, con la espalda contra la pintura.
Pasó una enfermera con una bandeja de vasos pequeños, me vio la cara y me preguntó si estaba bien. Le dije que sí. Siguió con su bandeja.
Si me hubiera ido a la mitad, habría constado que me fui. Me había quedado, y constaba que estaba pendiente de los papeles. Las dos cosas las escribía él. Lo que yo hiciera ahí dentro pasaba por su letra antes de llegar a ningún sitio.
Hacía falta otra cosa. Algo que se quedara con lo que se decía en esa consulta tal como se decía, sin que nadie tuviera que escribirlo.
La auxiliar vino a por mí a la una y cinco.
—¿Ya está?
—Ya está.
Me devolvió a la planta. Andaba deprisa, con las llaves en la mano. Yo iba detrás, despacio, con las piernas todavía dormidas y las manos metidas en las mangas.
En la boca del pasillo corto, una auxiliar que yo no conocía empujaba el carro de la biblioteca hacia el fondo, con los libros de la mañana encima. Una de las ruedas iba torcida.
En el pasillo, junto al control, estaba Lidia, con la chaqueta puesta, esperando su turno de algo. No me miró.
Tenía la mano metida en el bolsillo de la chaqueta, el del móvil.