Capítulo 44
Aislamiento.
—Yo no he mandado a nadie.
Era la primera voz, la que no conocía. Hablaba con el aire justo, como quien acaba de subir una escalera.
La auxiliar contestó enseguida.
—Al volver con la llave me la he encontrado así. He dado la luz y he mirado desde la puerta. Estaba todo en su sitio. La he cerrado con llave.
—¿Y quién ha estado en ese pasillo?
—Ha estado la del carro, como todas las noches.
Me quedé quieta, de lado, con la cara hacia la mesilla. Tenía la boca seca de la pastilla.
La del carro era Lidia. Esa tarde, de pie junto a mi persiana, me había dicho que si faltaba un papel, la del carro era ella.
Allí dentro no faltaba ningún papel. Solo había faltado el golpe de la puerta.
La otra contestó con la misma voz de escalera.
—Apúntalo en el parte. Y que por la mañana lo mire la de planta.
La de planta. Entonces ella era de otro sitio. La habían hecho subir por una puerta de la que había tirado yo.
Las voces se alejaron hacia la esquina. Al rato sonó una llave, lejos, y después una puerta. Sería la del archivo.
Pensé en levantarme. Si salía ahora, con ellas al otro lado de la esquina, y llamaba bajito a la puerta de Lidia...
Su cuarto estaba entre el mío y el control. Para llegar había que salir al pasillo, a la luz, y luego volver. Y no sabía qué iba a decirle si me abría.
Me quedé en la cama. La pastilla me tenía los brazos pesados, y las piernas. El marco era una sombra contra la raya de la farola.
Después ya no se oyó nada.
A las doce menos diez se abrió la puerta y se encendió la luz.
—¿Estás despierta?
—Sí.
No sabía si lo estaba. La luz se apagó y la puerta se cerró sin ruido.
Me dormí con la luz todavía en los ojos.
* * *
Me desperté antes de que sonara nada. Por la persiana entraba una luz gris.
Lo primero fue comprobar si me lo sabía: la hora, el sitio, lo que iban a hacer, lo mío, y me lo sabía.
El marco estaba derecho en la mesilla. Lo miré sin tocarlo.
Me puse la ropa limpia que tenía doblada a los pies de la cama. El jersey de ayer se quedó en el mismo sitio, con el pantalón encima.
A las ocho fui al comedor. La mesa del fondo ya no era la de antes. Berta estaba en el otro turno desde la comida de ayer, y la silla de enfrente, la de Marga, estaba vacía. Marga se había llevado la bandeja a una mesa junto a la ventana y comía sola, de espaldas a todas.
Me senté en mi sitio. Dejé la bandeja en el centro de la mesa, como si fuéramos más. Desde allí le veía a Marga la nuca, el pelo recogido con una goma y la espalda recta. Comía despacio, sin volverse.
Lidia estaba en su mesa, con el café entre las manos y la bandeja sin tocar. Llevaba el pelo recogido de cualquier manera. El café se le había quedado frío, con nata por encima. No levantó la vista. En la misma mesa, Neli se comió la tostada entera, también los bordes.
Yo le quité la corteza a la mía y la dejé a medias. Ya sabía quién iba a pagar la puerta. Lo supe anoche, con la luz apagada, y por la mañana seguía igual. Lo que no sabía era cuánto.
En el comedor sonaban las cucharillas contra las tazas. Nadie habló de la noche.
A las nueve fui al control a pedir el bolígrafo. Quería escribirle a Nora, aunque fuera allí mismo, de pie. Y quería saber qué sabían.
Delante del mostrador esperaban tres. Una mujer mayor con una toalla al hombro, una chica del fondo del pasillo a la que no conocía de nombre y, la última, Lidia, con la chaqueta puesta.
Me puse detrás de ella. No se volvió.
Detrás del mostrador estaba la supervisora, la del pelo corto y la chapa. Tenía una hoja en la mano, más pequeña que las nuestras, con renglones, escrita a mano por las dos caras con una letra apretada. Supuse que era el parte.
La mujer de la toalla quería saber si ya había agua caliente en las duchas del fondo. La supervisora le dijo que sí, que lo habían arreglado a primera hora. La mujer no se movió.
La supervisora me vio por encima de las otras.
—Dime, Cristina.
—El bolígrafo. Para escribirle a mi hija.
—Ahora no. Espera un momento.
Dejó la hoja boca abajo en el mostrador y nos miró a las cuatro. Habló bajo, como siempre, para que lo oyéramos solo las que estábamos allí.
—¿Quién dejó anoche sin encajar la puerta del archivo?
La mujer de la toalla se miró las zapatillas. La chica se rascó el brazo. Yo tenía las dos manos en el mostrador.
Antes de que contestara nadie, contestó Lidia.
—Fui yo. Al devolver el carro se me quedó apoyada.
Lo dijo hacia la supervisora, sin mirarme, con la voz de los hechos, la misma de la lavandería.
Me subió el calor a la cara. Lo noté en las orejas.
Se me quedó. En la frase, la puerta se quedaba sola y a Lidia le pasaba. Era la manera de decirlo que menos le costaba, y era verdad.
La supervisora sacó un bolígrafo del bote del mostrador y escribió una línea en el margen de la hoja. En el bote había seis o siete. Luego levantó la vista.
—Desde hoy, el carro de las devoluciones lo lleva una auxiliar. La puerta del archivo se va a comprobar dos veces cada noche. Y de noche, ninguna paciente en el pasillo corto.
Lo dijo sin enfado, para las cuatro, aunque carro solo tenía una.
—¿El baño del fondo también? —preguntó la chica.
—El baño, no. El pasillo de la biblioteca. —Miró a Lidia—. Lidia, ven un momento.
Se fueron a la punta del mostrador, junto al teléfono. La supervisora habló primero. Lidia contestó corto. Una vez movió la cabeza a un lado y a otro, despacio. Desde donde estaba yo solo llegaba el tono, bajo en las dos.
Podía ir hasta allí y decir lo mismo que ella, con las mismas dos palabras. Fui yo.
Entonces la puerta dejaría de ser un descuido. Sería una entrada, con Lidia sujetándola desde fuera. Y preguntarían a qué había entrado. A esa pregunta solo le quedaba una respuesta, doblada en cuatro detrás de la foto de Nora.
Me quedé donde estaba, con las manos en el mostrador. Lo tenía frío debajo de las palmas, y no las quité.
La mujer de la toalla preguntó algo de una llamada. La supervisora le contestó desde la punta, sin dejar a Lidia.
Lidia regresó. Pasó a mi lado, a medio metro, y siguió por el pasillo hacia su cuarto. No me miró. La chaqueta le rozó el mostrador al pasar.
La supervisora se puso otra vez en su sitio y le dio la vuelta a la hoja. Yo no pedí más el bolígrafo.
Volví a la catorce y me senté en la cama, con la puerta abierta.
Nadie había preguntado por mí.
Le había costado el carro. Cada noche, a las diez, la que estaba junto a esa puerta era ella, con sus libros contados. Desde esa noche iba a ser una auxiliar, y Lidia iba a estar dentro a esa hora, como las demás.
Pensé en la carta. Me la dije por dentro para cuando me dieran el bolígrafo: que comía, que dormía, que debajo de mi ventana había una farola que se encendía sola. Que cuando le saliera el diente nuevo me lo enseñara. Y no sabía cuándo.
Me dije el día 11 por dentro, en el orden de la página.
«Entrevista de cierre con psiquiatría (12:00).»
Las doce. La consulta.
«abandono de la entrevista antes de su término.»
Eso era lo mío. Que a la mitad me levantara de la silla y me fuera, y que alguien lo escribiera después.
La hoja lo daba por hecho. Pero yo ya la había leído. Si a las doce hacía lo contrario de lo que ponía, la línea fallaba. Y una línea que falla tenía que servirme de algo.
Pensé en lo que me iba a preguntar. Me iba a preguntar por la noche, por la comida, por mis papeles. Le iba a contestar a todo, corto, con lo que hubiera pasado y a qué hora.
Puse los dos pies planos en el suelo y apreté los talones contra la baldosa. Las manos, en las rodillas. Así me iba a sentar, en la silla que daba a la puerta. Y de esa silla no me iba a levantar hasta que él dijera que habíamos terminado.