La clínica de las esposas Capítulo 43
83%

Capítulo 43

No retirar documentación.

Lo dije hacia el techo, casi sin voz. Estaba en la cama, vestida, con la manta hasta la barbilla y la luz apagada.

«abandono de la entrevista antes de su término.»

Las doce. Las cinco. Primero la hora y el sitio. Luego lo que iban a hacer. Luego lo que esperaban que hiciera yo. Siempre en ese orden, el de la página, para que una cosa tirara de la otra.

«Comunicación de restricción del vínculo maternofilial (17:00, despacho de dirección).» «Personal de apoyo en el pasillo.» «episodio de desregulación con posible riesgo para terceros.»

Y vuelta a empezar.

Lo decía sin voz, solo con la boca, para que no se oyera desde el pasillo. Cada vez que me movía, el papel de la copia crujía debajo del jersey. Procuraba no moverme.

No tenía con qué apuntarlo. El bolígrafo seguía en el control, en su bolsa con el 14. La copia la tenía debajo del jersey, plana contra la camiseta, y en la copia no ponía nada de esto. Si me dormía antes de sabérmelo, por la mañana me quedarían la hora y poco más.

Había vuelto por el pasillo largo con la auxiliar dentro del pasillo corto, de cara a la puerta del archivo, y me había metido en la cama sin quitarme nada. A las diez y veinte la ronda abrió, dio la luz y preguntó si estaba despierta, y yo dije que sí con la manta hasta la barbilla.

La siguiente entraría a las doce menos diez. Para entonces tenía que sabérmelo, aunque fuera dormida.

«Entrevista de cierre con psiquiatría (12:00).»

La consulta la conocía. Dos sillas iguales, y yo en la que tenía la puerta a la vista. Allí me habían preguntado por mi sueño.

Debajo de la manta iba contando con los dedos. Un dedo, la hora. Otro, el sitio. Otro, lo que iban a hacer. El pulgar, lo mío. Cuando llegaba al pulgar, volvía al índice.

La pastilla tiraba de mí hacia abajo. Me subí un poco en la almohada para no dormirme del todo tumbada. Cada vez que llegaba al final me costaba más volver a la hora. Mañana, cuando me sentara delante de él, yo...

En la tercera vuelta llegué a «vínculo» y la palabra siguiente no estaba. Sabía cómo empezaba. No salía.

No la busqué. Volví a la hora.

«Comunicación de restricción del vínculo maternofilial (17:00, despacho de dirección).»

Salió sola. La dije dos veces más, entera, para que no se volviera a ir.

Maternofilial. Nora no sabría decirla. Se le trabaría por la mitad, se reiría y se inventaría otra, y yo le dejaría la suya. A esa hora ya estaría dormida, en la otra casa, con la puerta abierta y una zapatilla para que no se cerrara.

Volví a la hora.

Pensé en mi madre. En una caja del fondo, a ras de suelo, con su nombre a máquina. Alguien la había traído aquí a petición del esposo, y alguien había escrito al lado que sonreía. ¿Se acordaba ella de aquella hoja?

Volví al día 11 desde la hora.

Pensé en Eva. La cama era la misma. El colchón seguía hundido por el lado de la ventana. El hueco tenía la forma de alguien que se tumbaba siempre igual. Yo seguía en el otro lado.

«abandono de la entrevista antes de su término.»

Lo repetí hasta que me salió sin pensar, igual que se aprende un número de teléfono. Después lo dije al revés, empezando por el 12, para ver si se sostenía sin el orden. Se sostenía. Me puse la mano encima del jersey, en el sitio de la copia.

La puerta se abrió sin que nadie llamara.

Lidia se quedó en el marco, como la tarde del día 7. No entró. Llevaba la chaqueta encima del pijama y una mano en la manilla, por fuera. La luz baja del pasillo le daba por detrás y no le veía bien la cara. Antes de hablar miró hacia los dos lados del pasillo, primero uno y después el otro.

—Tengo dos minutos —dijo—. ¿Ponía algo de mí?

Me incorporé un poco, con la manta encima. El papel se movió debajo del jersey y lo sujeté con el brazo.

Podía decirle que no. Lo pensé. Le debía la tarjeta, la puerta y lo del móvil, y esto no le pagaba nada de eso. Pero era suyo.

Lo había leído de pie, con la carpeta contra el estante, entre una cosa y otra, mientras ella miraba la esquina. Lo tenía igual que lo demás, palabra por palabra.

—«Mantener a L. en planta hasta el cierre.»

Lidia no se movió. Tenía los ojos más hundidos que por la tarde. Tardó en hablar.

—L. —dijo—. Ni el nombre entero.

—Lo pone en una nota —dije—. Del día 7. A las diez y media de la noche.

—La del comedor.

Me miró el jersey, donde la manta no llegaba. Subí la manta. No dijo nada. Se pasó la mano por la manga, por encima del codo, donde aquella tarde llevaba la tirita.

—A las diez y media yo tenía el hielo puesto. —Lo dijo bajo, sin cambiar la voz—. Y por la mañana me bajaron a dirección a contármelo como si fuera nuevo. Ya me tenían en el debe.

Se calló. Del control llegó el ruido de una silla. Lidia volvió la cara hacia allí y esperó a que no se oyera nada.

Tuve en la boca el número de la caja de abajo, y me lo tragué.

Lo de Eva lo tenía debajo del jersey, a un metro de ella. Era de Eva y de Rut.

Lidia miró por el pasillo, hacia el control. Tenía la mano en la manilla y la apretaba, y luego la aflojó. Después me miró a mí un segundo.

Se fue. Cerró la puerta al salir, despacio, hasta que encajó.

Me quedé mirando la puerta cerrada. Por debajo entraba una raya de luz del pasillo. La raya se cortó un momento, hacia el lado del control, y volvió entera.

Saqué la copia de debajo del jersey.

Tenía la forma de mi cuerpo, curvada, y estaba tibia. No hacía falta leerla. La alisé encima de la manta, casi a oscuras, y la doblé en cuatro. Pasé la uña por los pliegues para que quedara plana.

La foto de Nora estaba en la mesilla, donde siempre.

Era un marco de pie, sin cristal, con la trasera de cartón sujeta con dos pestañas de metal.

Por la mañana una auxiliar la había levantado y la había dejado donde estaba.

No la había abierto. En la funda ya habían mirado, y debajo del colchón también.

La foto la habían tenido en la mano y la habían soltado.

Lo cogí, lo dejé boca abajo en la manta y giré las pestañas. Estaban frías, y una costaba. Tuve que hacer fuerza con la uña. Levanté el cartón. Metí la copia entre la foto y el cartón, con cuidado de no doblarle una esquina a la foto. Bajé el cartón y volví a girar las pestañas.

Lo puse de pie otra vez, en su sitio. La miré un momento, con la luz de la farola que entraba por debajo de la persiana, para ver que estaba derecha.

Saqué la tarjeta del bolsillo del pantalón y le di la vuelta, aunque a oscuras no se veía el reverso. Me sabía los dos códigos.

La metí debajo del colchón, por mi lado, lejos del hueco, donde había estado hasta esa mañana. Ese día ya habían levantado los colchones.

Toqué la funda de la almohada. Los ocho papeles seguían dentro, con su ruido de siempre. Siete hojas y un pie suelto.

La copia, detrás de Nora. La tarjeta, debajo de mí. Los papeles, en la almohada. Lo repasé como lo otro, cosa por cosa y sitio por sitio.

Me tumbé de lado, de cara a la mesilla. Desde la almohada tenía el marco a la altura de los ojos.

Me acordé de la puerta del archivo, de que había tirado de ella y no había oído el golpe. Lo aparté y volví a la hora.

«Entrevista de cierre con psiquiatría (12:00).»

Ya no se me iba ninguna palabra de la página. Tenía los ojos cerrados y los dedos quietos debajo de la manta. La planta estaba callada. Yo seguía diciendo la hora y el sitio, cada vez más despacio. Las doce. La consulta. Las dos sillas, y yo en la que...

En el pasillo hablaron dos voces de mujer, bajas, delante de mi puerta o un poco más allá. La primera no la conocía.

—Bueno, ya estoy.

La segunda era la auxiliar de noche. La conocía por cómo decía las cosas, de una vez y sin subir el tono, como cuando preguntaba si estaba despierta.

—¿Has mandado a alguien al archivo? La puerta no encajaba.