Capítulo 42
Consulta reiterada de documentos.
—No —dije—. No he oído nada.
Era verdad. Había oído el zumbido del tubo, encima de mí, y mi respiración. Nada más. Tenía la carpeta abierta contra el pecho y el dedo todavía en «Comunicación».
Lidia se quedó quieta en el palmo de la puerta y me miró la cara, con los labios apretados. Detrás de ella, el pasillo corto estaba en penumbra y el carro asomaba por la puerta de la biblioteca. Esperó un segundo.
Luego dejó la puerta apoyada y la oí ir hasta la esquina. Me quedé escuchando con ella, sin querer. El pasillo no devolvía nada. Volvió enseguida.
—Nadie.
Tenía ojeras grises. Respiraba por la nariz, despacio.
La única que miraba el control acababa de oír a alguien que no estaba. Lo pensé así, de golpe, y me dio vergüenza pensarlo. Ella había ido a la esquina y había vuelto. Había mirado.
—Quedan seis minutos.
Dejó la puerta otra vez apoyada en el marco y se fue a la esquina, a mirar el control.
Seis minutos. Una caja abierta y otra sin buscar, abajo y al fondo. Y yo no tenía reloj.
Dejé la carpeta abierta en la balda, junto a la caja de Eva, y saqué otra vez la tarjeta. Dieciocho, hache, cero cincuenta y siete.
La dieciocho estaba hacia el fondo, donde el tubo llegaba peor. Fui por el pasillo de en medio contando placas. Treinta. Veinticinco. Veinte. Las cajas de allí eran más viejas, de un cartón más oscuro, con las esquinas blandas. Olía a sótano, aunque estábamos en la planta.
La balda H era la de abajo, a ras de suelo. Desde allí no se veía la puerta. Si Lidia daba los golpes, los iba a oír de rodillas, al fondo, con veinte estanterías por medio. Me arrodillé. El suelo estaba frío y lo noté a través del pantalón.
En esa balda las etiquetas estaban escritas a máquina. Busqué con el dedo hasta el cero cincuenta y siete. Al lado del código había un nombre y un año.
Era el nombre de mi madre. Lo supe antes de llegar al segundo apellido. Se me quedó la mano encima de la etiqueta, como si la fuera a tapar.
«1991».
Saqué la caja hasta el borde y levanté la tapa.
Olía a papel guardado mucho tiempo. Dentro había un expediente grueso, atado con una cinta de algodón que había dejado su marca en la carátula, con las hojas amarillas por el canto.
No lo leí. Seis minutos, ya serían cinco.
Deshice el lazo con los dedos torpes y fui directa a la última hoja.
Estaba escrita a máquina, con las letras un poco hundidas en el papel. En la cabecera ponía:
«Ingreso a petición del esposo»
Debajo había una sola línea:
«Día 14. Alta. Acude el esposo con la niña. La paciente recoge a su hija sin incidencias observables.»
Y al lado, a mano:
«Sonríe. Nadie nota nada.»
Leí la línea de máquina dos veces. La segunda, despacio, por si cambiaba.
La niña era yo. El esposo era mi padre, el que aparcaba siempre en la puerta aunque tuviera que dar tres vueltas.
De aquello no me quedaba nada. Ni un pasillo, ni una mañana en que fuéramos a buscarla.
Me quedé de rodillas, con la hoja en la mano, hasta que el frío del suelo me subió por las piernas.
Volví a atar la cinta, con un lazo como el que había. Metí la hoja en su sitio, cerré la tapa y empujé la caja hasta donde estaba. Contaba por dentro desde que Lidia había dicho seis.
Volví a la cuarenta y seis deprisa, con las rodillas heladas.
La caja de Eva tenía en la tapa una etiqueta distinta de la del canto, más nueva, pegada encima. Decía «Cierre por éxitus» y una fecha.
Levanté la tapa y la dejé apoyada de canto contra la estantería, con la etiqueta hacia mí.
La caja pesaba poco. Dentro había un expediente mucho más fino que el de mi madre, sin cinta, con las hojas todavía blancas.
En la carátula estaban el nombre de Eva, con los dos apellidos, una fecha de ingreso y «Habitación 14». Pasé el dedo por el 14.
La primera noche, a oscuras, con la farola por debajo de la persiana, Rut me había dicho que su hermana dormía en esa cama.
Fui al final, con el expediente apoyado en el borde de la balda para no perderle el sitio. La última hoja era como las mías: el mismo papel, una entrada con sus casillas. Tenía una casilla más que las mías, abajo del todo, para el cierre.
Antes de leer qué decía vi cómo estaba escrita. En la segunda frase, entre la auxiliar y lo que iba a hacer, había una coma. La misma coma de la hoja de normas de mi puerta. La de mis siete hojas.
La primera frase decía:
«Comunicación de pérdida del régimen de visitas con la menor.»
Comunicación, otra vez. Seguí.
Abajo, en la casilla del cierre, a máquina:
«La paciente recoge a su hija sin incidencias observables.»
Y al lado, a mano:
«Sonríe. Nadie nota nada.»
Era lo mismo que acababa de leer de rodillas, palabra por palabra. Me apoyé en la estantería. El metal estaba frío a través del jersey.
Arriba ponía «la menor». En el cierre, «su hija».
En la esquina de arriba, la hoja tenía la fecha en que se había escrito. La comparé con la de la carátula. La de arriba era anterior. Le habían escrito el día 12 antes de que entrara.
Después miré la tapa. Conté desde la fecha de ingreso, con el dedo en el borde de la caja, día a día. Once. Lo conté otra vez y salió lo mismo. Si el ingreso era el día 1, el de la tapa era el día 12.
El día 12 de su plan. Hasta el último día, había dicho Rut.
Tenía la hoja de Eva en la mano. Mi carpeta estaba en la balda, abierta, a un palmo. La máquina, contra la pared.
Llevé la hoja de Eva a la máquina. Levanté la tapa, la puse boca abajo en el cristal y busqué el botón de encender. Era un interruptor, en el costado. Lo pulsé. La máquina zumbó por dentro y se encendieron unas luces. Todavía no estaba lista.
No sabía cuánto iba a tardar. Zumbaba más fuerte que el tubo y pensé que se oiría desde el pasillo. Solo había una copia, y la hoja que estaba en el cristal era la de Eva.
Volví a la balda, a mi carpeta. La abrí directamente por la segunda página. En la nota de arriba había una línea que me había saltado:
«Día 6: lo previsto no se produjo. No verbalizó ante el juzgado.»
El día 6 me había callado delante del juez. Allí estaba apuntado, como lo que no salió.
Después leí el 11 entero, moviendo los labios sin voz, porque no tenía con qué apuntarlo.
«Entrevista de cierre con psiquiatría (12:00).» Y en el resultado: «abandono de la entrevista antes de su término.»
Lo leí dos veces. Pasé al 12. A la mitad se me fue la línea, con la pastilla, y tuve que volver a buscarla con el dedo.
«Comunicación de restricción del vínculo maternofilial (17:00, despacho de dirección).» Un poco más abajo: «Personal de apoyo en el pasillo.» Más abajo aún, al final del criterio de registro: «Riesgo para terceros.» Y en el resultado: «episodio de desregulación con posible riesgo para terceros.»
Al pie de la página había una línea suelta:
«Día 13. Vista. Cierre pendiente»
Volví al 11 para tenerlo otra vez antes de que se me fuera. La máquina seguía zumbando.
El zumbido bajó y se quedó parejo. Una de las luces dejó de parpadear. Le di al botón verde. Salió la copia, caliente.
En ese momento sonaron los dos golpes en el marco. Flojos, en el marco, como había dicho. Los oí igual.
Lo demás lo hice deprisa. La hoja de Eva, a su expediente.
El expediente, a su caja. La tapa. La caja, a su balda.
Mi carpeta, al lado, con la pestaña hacia fuera, como estaba.
La copia, debajo del jersey, contra la camiseta.
La máquina, por el interruptor del costado, apagada como la había encontrado. La luz.
Salí y tiré de la puerta. El golpe del cierre no lo oí, y seguí andando.
Lidia estaba en la puerta de la biblioteca, con el carro, y miraba hacia el otro lado.
Salí a la boca del pasillo corto. Dos pasos, y estaba en el baño. Dejé la puerta entornada y me quedé detrás, con la espalda contra los azulejos. Al respirar, la copia me hacía ruido en el pecho.
En la pared, el reloj marcaba las diez y cuarto. La auxiliar pasaba por debajo con la llave en la mano.
La vi venir por el pasillo. La vi llegar a la esquina y doblarla.