La clínica de las esposas Capítulo 41
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Capítulo 41

El pasillo estaba en penumbra, con las luces bajas encendidas, y yo iba hacia el fondo pegada a la pared. La auxiliar de noche acababa de volver al control después de abrirle la biblioteca a Lidia. A mi espalda, en la otra punta, el mostrador era lo único con luz de verdad.

Llevaba la credencial en el bolsillo del pantalón. La pastilla de las nueve y media me pesaba en los párpados, pero andar me despejaba un poco. La puerta de Berta, enfrente de la mía, estaba entornada y a oscuras.

La esquina quedaba a dos puertas. Lidia estaba allí, en la boca del pasillo corto, con el carro en la puerta de la biblioteca. Me vio llegar y no dijo nada. Miró hacia el control y después hacia el baño.

El baño estaba pasada la esquina, a dos pasos, con la puerta cerrada. Antes de que yo llegara se abrió, y salió Neli.

Había venido. Estaba en el marco, con una mano en la manilla y el pelo recogido detrás de las orejas, como por la tarde.

—He esperado dentro, por la de noche.

Abrí la boca para preguntarle si estaba lista.

—No voy. Me está funcionando. No voy.

Lo dijo bajo, mirando el suelo entre sus zapatillas y las mías.

Esa tarde, en mi cuarto, me había dicho que esa semana había dormido seis horas seguidas.

Se lo había pedido una vez. Bastaba.

—Vale —dije.

Neli soltó la manilla. Pasó a mi lado sin rozarme, pasó la esquina y se fue por el pasillo hacia su cuarto, despacio, como si volviera del baño. La vi pasar por debajo del reloj. Luego la perdí en la penumbra.

Lidia lo había visto todo desde el carro. No se movió. Volvió a mirar hacia el control.

Me quedé sola en la puerta del baño.

Desde allí se veía el pasillo entero, hasta el control. El reloj estaba a medio camino, en la pared, con la luz del mostrador encima. Eran las diez y tres.

En el control, la auxiliar se levantó. Llevaba una caja de archivo de las de tapa, con las dos manos, contra el pecho.

Me metí en el baño y dejé la puerta entornada, lo que cabe un dedo. Dentro olía a lejía. No encendí la luz. Apoyé la mano en el lavabo y estaba frío. En el espejo no se veía nada, solo la raya de luz que entraba por la puerta.

Si entraba alguien, yo era una paciente más en el baño a las diez de la noche. Eso se lo había dicho yo a Neli por la tarde, con el dedo en la colcha.

Oí los zuecos por el pasillo. Sonaban como había dicho Berta, distintos, más hondos, con el peso de la caja delante. Se fueron acercando. Por la abertura vi pasar un hombro y una esquina de cartón, y vi a la auxiliar doblar la esquina hacia el pasillo corto. La tenía a dos pasos.

Oí la puerta del archivo.

Después, los zuecos de vuelta, ligeros.

Esto era lo que iba a hacer Neli. Me lo dije para no salir antes de tiempo. Abrí un poco más y miré hacia el control. La auxiliar iba por el pasillo, de espaldas, sin prisa. Pasó por debajo del reloj. Llegó al mostrador, dejó algo encima y se sentó.

Conté hasta treinta. Me pareció poco y volví a contar.

Neli habría sabido cuánto esperar. Había sido su oficio, mirar una hora sin que se note que la miras. Yo solo sabía que, si cruzaba y la auxiliar se levantaba a por un vaso de agua, yo no iba a saber si me había visto.

La auxiliar siguió sentada. Miré el reloj. Pasaban de las diez y siete.

Ya no quedaban once minutos. Quedaban menos de ocho.

Salí. Dos pasos hasta la esquina, y la doblé. Pasé por delante de la biblioteca abierta, que olía a papel y a polvo, y llegué a la puerta siguiente.

Lidia ya estaba allí. Había dejado el carro atravesado en la puerta de la biblioteca, como si estuviera colocando libros. Apoyó la palma en la hoja y empujó. La puerta cedió sin hacer ruido. La pantalla estrecha del lector no dijo nada.

Lidia la sujetó con el hombro. De Neli no dijo nada.

—Miro yo. Si alguien se levanta en el control, doy dos golpes en el marco. En el marco, no en la puerta.

Entré. Dentro estaba oscuro y hacía más frío que en el pasillo. Busqué el interruptor junto a la puerta, por dentro, y lo encontré con la mano abierta. El tubo del techo tardó en prender. Parpadeó, se quedó a medias y al final se encendió entero.

Vi lo que necesitaba. Una mesa junto a la puerta, con una caja de tapa encima, la del día.

No la toqué. Contra la pared de la biblioteca, una máquina de copiar grande, apagada.

Y a los dos lados, estanterías de metal hasta el techo, llenas de cajas iguales, con un pasillo estrecho en medio.

Eran muchas más de las que había pensado.

Se perdían hacia el fondo, donde el tubo ya no llegaba igual.

En el aire había un polvo fino que se veía al pasar por la luz.

Detrás de mí, Lidia dejó la puerta apoyada en el marco, sin encajar. Oí sus zapatillas volver hacia la esquina, junto a su carro, desde donde se veía el control.

Cada estantería tenía una placa en el lateral. La primera, junto a la puerta, era la cuarenta y ocho. Las baldas llevaban letras, de arriba abajo. Leí las etiquetas de dos cajas y entendí el sistema: la estantería, la balda y el número de la caja.

Saqué la credencial y le di la vuelta. Cuarenta y seis, efe, doscientos tres.

La cuarenta y seis estaba al lado. La balda F me quedaba a la altura de la cadera. Fui pasando el dedo por los cantos hasta el doscientos tres y comparé la etiqueta con la tarjeta, letra por letra. Era el mismo código. Al lado ponía «Eva», dos apellidos y un año.

Los apellidos eran los de la tarjeta, los mismos dos, en el mismo orden.

Miré la foto de Rut: el pelo suelto, la misma cara, con mejor luz. Me guardé la tarjeta.

Entre dos cajas numeradas, fuera de la secuencia, habían dejado una carpeta de cartón. En la pestaña estaba mi nombre, impreso.

La saqué.

Dentro había dos hojas.

La primera la reconocí antes de leerla. Los días en fila, uno por línea. Ponía «la menor», como en mis siete hojas. «Resultado esperado:», con sus dos puntos, metido dentro de la línea. Arriba decía:

«Segunda fase. Se concretará una vez valorada la respuesta a la primera.»

Bajé hasta el final.

«Día 12. Comunicación relativa al vínculo con la menor. Resultado esperado: episodio de desregulación.»

Pasé a la segunda.

Le faltaba todo lo de mis hojas: «la paciente», la coma entre el sujeto y el verbo, el gerundio.

Había infinitivos, horas exactas entre paréntesis e iniciales con su punto.

La primera página la había escrito la misma persona que mis siete hojas.

Esta la había escrito alguien que no necesitaba decir quién hacía las cosas.

Arriba había una nota.

«Revisión de la segunda fase. Día 7 (22:30).»

El día 7 a las diez y media de la noche era la noche del comedor.

«Conserva documentación no clínica. No procede retirarla. La consulta reiterada es registrable.»

La directora me lo había dicho en el pasillo el día 6, con la voz baja. Allí estaba, con una frase más. Si me las dejaban, era que les servían. Ya sabía para qué.

«Día 7: conforme a lo previsto. Mantener a L. en planta hasta el cierre.»

L. era Lidia. Lidia estaba en la esquina, mirando el control.

Debajo venían las entradas, una por día, con sus cuatro casillas. Pasé los ojos por los resultados. El del 8: «búsqueda reiterada de documentos, sin hallazgos.» El del 9: «petición a la familiar de que gestione el alta.» Las dos cosas las había hecho yo.

El 10 era hoy. Lo leí entero.

«Cambio de turno de comedor para B. Revisión de pertenencias por protocolo (09:00).» Un poco más allá: «No retirar documentación.» En la casilla de al lado: «Consulta reiterada de documentos.» Y en el resultado: «permanencia en la habitación durante la tarde.»

Fui al 12, sin leer el 11.

«Comunicación de restricción del vínculo maternofilial (17:00, despacho de dirección).»

El dedo se me quedó en la primera palabra.

Comunicación. La tenía desde el día 3, en mi hoja, en la línea de la llamada. Comunicación había sido una auxiliar diciéndome que se había terminado, con Nora al otro lado del teléfono.

Quise seguir y los ojos se me fueron a la línea de abajo. Perdí dónde estaba. Puse el dedo debajo de la frase y empecé otra vez desde el principio.

La puerta del archivo se abrió un palmo.

Entró la penumbra del pasillo y la cara de Lidia, a media altura. Me miró. Miró hacia atrás, hacia la esquina, y otra vez a mí.

—¿Tú también lo has oído?