La clínica de las esposas Capítulo 40
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Capítulo 40

Estaba tumbada en la cama, boca arriba, con la tarjeta en la mano y el reverso hacia mí. La luz entraba por la persiana en rayas, porque no bajaba del todo, y una de las rayas me cruzaba los dedos.

—Cuarenta y seis, efe, doscientos tres —dije, bajo—. Dieciocho, hache, cero cincuenta y siete.

Me los sabía. Los volví a mirar, letra por letra, por si se me había ido alguna. Le di la vuelta a la tarjeta. Rut seguía en la foto. En la planta era la hora floja de la tarde. Se oía una tele lejos, con el volumen bajo.

Me llevé la otra mano al bolsillo del pantalón, a por el bolígrafo. Toqué la tela y la dejé allí.

Había vuelto a la catorce después de comer, de una mesa con la silla de Berta vacía, Marga enfrente y medio plato que dejé, y me había tumbado para dormir antes de la noche, porque la pastilla de las nueve y media me quitaba las frases largas. No dormí.

A las cinco entró Lidia, como había dicho. Me guardé la tarjeta en el bolsillo y me senté en la cama.

No se sentó. Fue hasta la ventana y se quedó de pie junto a la persiana, con la espalda contra la pared. Desde ahí veía la puerta y un trozo de pasillo.

Tenía la cara de la mañana, gris debajo de los ojos, y la voz más baja que en la lavandería.

—Cada noche, a las diez, una auxiliar me abre la biblioteca y se va.

Yo meto el carro, que se queda en el pasillo cuando cierran.

Cuento los libros y lo dejo junto a la puerta.

A las diez y cuatro, casi todas las noches, vuelve con la caja.

Abre el archivo con su tarjeta. La caja se lleva con las dos manos, así que yo le sujeto la puerta.

Ella deja la caja y sale. Yo suelto, y la puerta encaja sola.

Se miró la mano abierta, como si la puerta siguiera en ella.

—A las diez y cuarto vuelve con la llave y cierra el archivo y la biblioteca. Si suelto sin que encaje, entre una cosa y otra se abre empujando.

—¿Te encargaron a ti el carro?

—Sí. Lo llevo yo sola.

Yo había estado delante de esa puerta con una tarjeta que dijo dos veces que no. Lidia tenía esa puerta en la mano casi cada noche, abierta, el tiempo de dejar una caja.

—Once minutos.

Lo dijo y esperó a que yo lo tuviera. Lo conté por dentro, de una hora a la otra, y salía. Era poco para encontrar dos cajas entre todas las que hubiera dentro, sin saber cuántas eran. Y eso, si esa noche había caja.

—Mi ronda entra a las diez y veinte. Pregunta si estoy despierta. A esa hora tengo que estar en la cama.

Desde la noche del día 3 me la pasaban cada hora y media. Lidia no lo discutió.

Se pasó la mano por la manga, por encima del codo.

—Y otra cosa. El carro es mío. Si falta un papel, la del carro soy yo. Ningún original sale de ahí.

—¿Y una copia?

Lidia me miró por primera vez desde que había entrado.

—Eso, si hay con qué. Por las mañanas, a través de la pared de la biblioteca, se oye una máquina de copiar. Lo que no quepa en una copia, te lo llevas en la cabeza.

Una copia se podía llevar debajo del jersey, como las otras.

Me toqué el bolsillo del pantalón. La tarjeta estaba. El bolígrafo, en el control, en su bolsa con el 14.

Lidia levantó con un dedo una lama de la persiana y la dejó caer.

Ella no podía estar en la puerta del archivo y en la esquina a la vez.

Repasé el pasillo como si lo tuviera delante.

La biblioteca y el archivo, en el pasillo corto, después de la esquina.

Lidia en la puerta, con su carro. Yo dentro.

El control en la otra punta, y la auxiliar saliendo de él cuando quisiera.

—Falta quien mire —dije.

—Ya. Desde la puerta del baño, al fondo, se ven el reloj y la esquina del pasillo corto. Eso lo he mirado yo.

Tenía polvo de la persiana en el dedo.

Pensé en Berta. Dormía enfrente, con la puerta entornada, y veía quién pasaba. Desde mi cama la tenía delante. Si se lo pedía, diría que sí antes de que acabara de pedírselo. Y desde la comida ya comía en otro turno.

—A Berta ya le costé una semana.

Lidia no preguntó qué semana.

—Neli.

La miré.

—Fue auxiliar de noche. En una residencia de mayores. Sabe mirar una hora sin que se le note que la mira.

Yo no sabía eso, ni nada de su vida fuera de aquí. Sí sabía que Neli se quedaba con las horas. Neli había pasado noches enteras haciendo lo que hacía la mujer que entraba en la catorce a preguntarme si estaba despierta.

—Está mejorando —dijo Lidia—. Puede decirte que no.

Volvió a mirar hacia la puerta. Me acordé de Neli en la lavandería, doblando en tres, una vez cada prenda.

Se apartó de la pared y se estiró la chaqueta por abajo.

—Te la mando. Lo que le pidas, se lo pides tú.

Se fue sin esperar a que contestara. La puerta quedó como estaba, abierta. Me quedé mirando el trozo de pasillo que ella había vigilado desde la ventana.

Al rato, cuando ya pensaba que no venía, llegó Neli, con mi ropa en los brazos.

Venía doblada y olía a secadora. El jersey, el pantalón, la camiseta, todo en montones cuadrados, uno encima de otro. La había dejado en la lavadora a mediodía y no había vuelto a por ella. Me había olvidado de ella hasta ese momento. Neli lo dejó todo en la cama, a los pies.

—Te falta un calcetín. He mirado en el tambor.

—Ya aparecerá —dije.

—¿La has secado tú?

—Estaba parada desde la mañana.

—Gracias.

—Lidia dice que querías hablar conmigo.

Se quedó de pie junto a la cama, con las manos juntas por delante. Tenía el pelo seco ya, recogido detrás de las orejas. Le señalé la silla y siguió de pie. Me levanté, entorné la puerta y volví a sentarme. Bajé la voz, y ella inclinó un poco la cabeza para oírme.

Se lo conté con sus horas: que esa noche había una puerta que se podía empujar, con Lidia fuera y yo dentro, y cuándo se abría y cuándo volvían con la llave. Me salió en orden y deprisa, como un recado. Neli escuchó sin interrumpir, con los ojos en la ropa. Cuando acabé, tardó en levantarlos.

—¿Puedes estar en la puerta del baño? —dije—. Mirando el reloj y la esquina. Si sale alguien del control, avisas. Y cuando falten dos minutos, también.

No tenía con qué dibujárselo. Alisé la colcha con la mano y lo dibujé con el dedo.

Aquí, el control. Aquí, la catorce. El baño, al fondo.

La esquina. La puerta. La colcha se arrugaba debajo del dedo y había que volver a alisarla.

Puse la esquina donde la veía la puerta del baño.

Neli siguió el dedo con los ojos, sin tocar.

Tenía las uñas cortas y limpias. Al terminar, volvió con los ojos a la esquina y se quedó ahí.

—¿Qué reloj tengo que mirar?

—El del pasillo. Desde el baño se ve.

—¿Y cómo aviso sin que se note?

—Vienes hasta la esquina, como si volvieras del baño. Con que te vea Lidia, basta.

—¿Y si viene alguien al baño?

—Entras. Como cualquiera.

Lo pensó. Movió los labios, sin voz, como quien cuenta pasos.

—¿Qué me quitan si me ven?

—No lo sé.

A Lidia le habían quitado una fecha.

Neli se quedó con eso un momento, mirándose las zapatillas.

—Esta semana he dormido seis horas seguidas.

Lo dijo hacia el suelo. Yo lo dejé donde lo había puesto.

Por la puerta entornada vi pasar a una auxiliar con un montón de toallas, hacia el fondo. Neli esperó a que pasara, quieta, sin volver la cabeza.

Ya se iba. En la puerta se dio la vuelta.

—¿A qué hora se acuesta Nora?

—A las nueve.

Contesté enseguida. Lo otro tardó un poco más.

—Eso era antes.

Ahora se acostaba en otra casa, con el conejo fuera del cajón y unas cortinas con estrellas que yo no había visto. Alisé la colcha donde había dibujado el pasillo.

Neli me miró. Luego miró la ropa doblada a los pies de la cama.

—Por la noche te digo.