Capítulo 39
Después de la revisión pedí turno de lavadora en el control. Me dieron el de las once y media, en la otra máquina. Llegué a mi hora, con la ropa del día anterior en los brazos: el jersey, el pantalón, la camiseta y los calcetines hechos una bola.
La lavandería estaba al fondo del pasillo, frente al baño. Era la primera vez que entraba: un cuarto pequeño, con dos lavadoras, una secadora, una mesa larga para doblar, un fregadero y una ventana alta. Hacía calor y olía a jabón.
En la mesa, Neli doblaba la ropa que había sacado de la secadora. Tenía el pelo húmedo, peinado hacia atrás con los dedos. Cogía una prenda, la estiraba encima de la mesa, la alisaba con la palma y la doblaba en tres. Los montones le salían cuadrados, con las esquinas a plomo.
La auxiliar me había dejado el jabón medido en un vaso de plástico, encima de la otra máquina. Lidia recogió las piernas para dejarme pasar, sin levantarse. Metí la ropa, eché el jabón en el cajetín, cerré la puerta redonda y la puse en marcha. Empezó a entrar agua.
Nadie dijo nada. Giraban las dos máquinas, una más deprisa que la otra.
Neli dobló una camiseta, luego un pantalón de chándal, luego un par de calcetines, uno dentro del otro.
Una sábana la dobló sola, con los brazos muy abiertos, como se dobla entre dos.
Me quedé de pie en la otra punta de la mesa.
Lidia miraba el cristal de su lavadora, donde la ropa daba vueltas con la espuma.
Me fijé en cosas que a las nueve se me habrían escapado: el esparadrapo con un número en cada máquina, la goma de mi lavadora, negra por abajo, y la mano de Neli alisando cada prenda una vez, solo una. En el pasillo se cerró una puerta. Neli no levantó la cabeza.
Acabó la prenda que tenía en las manos. Juntó los montones, se los cargó en los brazos con la barbilla encima para que no se le cayeran y, al pasar delante de Lidia, se paró.
—A la tuya le quedan dieciséis minutos.
Se fue. Lidia esperó a que la puerta se cerrara del todo.
Se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta, sacó la tarjeta y se inclinó desde la silla para dejarla en la punta de la mesa, entre las dos. Quedó con la foto hacia arriba.
No la cogí todavía. En diez días, Lidia no me había dado nada sin decir antes lo que costaba.
—¿Qué quieres por ella?
—Nada.
—El día 2, en el patio, me dijiste que lo que te dejan gratis lo acaba pagando alguien.
—Y que suele ser la que lo recibe. Ya.
Tenía los ojos en el cristal de la lavadora. Dentro, la ropa se pegaba a un lado del tambor y se despegaba.
—Te cuento una cosa, y luego decides si la coges.
Hace unos meses oí una voz. Ahora sé lo que es.
Entonces lo creí. Me dijo que a una compañera del trabajo le iba a pasar algo.
Que iba a salir herida. A las cuatro de la mañana llamé a su familia.
Luego llamé a la policía y les di la dirección de su casa.
La puerta se abrió. Lidia puso la mano encima de la tarjeta, abierta, sin prisa.
Era la auxiliar que me había dado el jabón. Miró las máquinas, no la mesa.
—¿La secadora la va a usar alguna antes de las doce? Que luego la necesito para las toallas.
—Yo —dijo Lidia—. Cuando acabe esta.
—Vale. A la una cierro.
Cerró. Lidia levantó la mano y siguió donde lo había dejado.
—Fueron a su casa. Estaba dormida. Me echaron del trabajo.
Lo dijo igual que lo de la secadora. Luego se frotó un ojo con el nudillo.
—Lo del baño se lo llevé al psiquiatra después del desayuno. Lo del comedor me lo pidieron.
Eso ya lo sabía. Lo que no había oído nunca era mi frase desde su lado: una madre que dice de madrugada, en un baño, que le da miedo quedarse sola con su hija. Y se lo dice a una mujer que ya llamó una vez a la policía por un peligro que no había.
Me apoyé en la mesa con las dos manos. Estaba tibia, de las máquinas.
—El psiquiatra me dijo: «La otra vez te equivocaste. Esta vez has avisado a tiempo.»
La dijo de corrido, sin pararse en el punto ni mirarme.
—A cambio, salía. Yo ya me lo decía así, por las noches: «Paso a ambulatorio. Duermo en mi casa.» El día 8 me bajaron a dirección. Aplazado. Sin fecha.
Aquella mañana la vi volver de dirección andando despacio y sentarse de cara al cristal, sin mirar a nadie.
Las dos máquinas seguían girando. La mía había cogido agua y empezaba a mover la ropa a golpes.
—Un pagaré sin vencimiento.
La lavadora de Lidia cambió de ruido y empezó a centrifugar. Lidia volvió a cruzar los brazos. Le miré el codo.
—El codo.
Lidia se tapó el codo con la otra mano.
—Ya amarillea.
Se bajó la manga hasta la muñeca.
Quité las dos manos de la mesa y me las guardé en los bolsillos. En uno estaban la hoja de derechos y el papel de Rut.
La tarjeta seguía en la mesa, con la foto de Rut hacia el techo.
Lidia se inclinó otra vez, le dio la vuelta con un dedo y pasó la uña por debajo del primer código, y después del segundo.
—La he mirado. Rut, de la empresa de los archivos. Y esto. —La uña volvió al primero—. La caja que pasa por las noches lleva una etiqueta igual. Números, una letra y más números. La veo casi todas las noches, porque a esa hora yo estoy al lado de esa puerta.
Cogí la tarjeta. Tenía la esquina caliente, de su bolsillo. Había pasado la mañana en aquella chaqueta, y con ella Lidia había estado en el mostrador del control, a un metro de la enfermera. Le di la vuelta y Rut me miró desde la foto, con el pelo suelto y la banda de personal externo debajo.
El día 8, delante de la biblioteca, una auxiliar me dijo que el carro lo recogía por la noche una paciente, y que contaba los libros. La biblioteca estaba pared con pared con el archivo. Era ella. Me quedé con la tarjeta en la mano, sin guardarla.
Lidia me miraba la tarjeta, no la cara. Esperaba a ver dónde la metía.
—¿Y tú qué sacas de entrar?
Lo de mi madre me lo quedé. Lo que me dijo con mi cuello entre las manos, también.
—Lo que va después del día 7. Nada más.
—¿Y si no está?
—Entonces lo sé.
Lo pensó un momento, con la boca apretada. Se oía la centrifugadora de su máquina, cada vez más aguda.
—Esta noche puedes entrar. Cómo, ya te lo diré. A las cinco paso por tu cuarto.
Miré la puerta de la lavandería. Por ahí se entraba sin llamar.
Tenía la tarjeta en una mano y la otra en el borde de la mesa. La mesa vibraba un poco con las máquinas.
—¿Y por la puerta, qué quieres?
—Esta no te la cobro.
Se tocó el bolsillo de la chaqueta donde había llevado la tarjeta.
Apreté la tarjeta en la mano.
La lavadora de Lidia dio tres golpes secos y paró.
Lidia se levantó despacio, apoyándose en la rodilla por el lado de la cadera, abrió la puerta redonda y fue sacando la ropa a puñados, húmeda y retorcida.
La metió en la secadora, giró la rueda y la puso en marcha.
La secadora arrancó con un zumbido y empezó a echar aire caliente hacia el cuarto. Se secó las manos en la chaqueta.
Pasó por mi lado hacia la puerta, sin rozarme. En el marco se paró un momento, igual que en el mío por la mañana, y siguió. La dejó abierta. Entró el aire del pasillo, más frío.
En la secadora daba vueltas su ropa, y por el cristal pasaba una manga oscura, y luego otra vez. En la mía, mi ropa seguía dando golpes entre la espuma.
La silla de plástico estaba donde la había dejado, un poco ladeada. La arrastré un palmo, hasta delante de mi máquina, y me senté con la tarjeta en la mano. El asiento estaba caliente todavía.