La clínica de las esposas Capítulo 38
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Capítulo 38

—Revisión de pertenencias. Cada una en su cuarto, por favor.

La auxiliar lo dijo en mi puerta sin pararse. Siguió hacia el fondo y lo fue repitiendo en cada marco, con la misma voz, como quien pasa lista.

Yo estaba sentada en la cama, con las zapatillas puestas y la puerta abierta.

Llevaba así desde que volví del desayuno, sin decidirme a nada.

Desde la cama se veía el pasillo hasta el control.

Junto al mostrador esperaban otras dos auxiliares del turno de mañana.

Una tenía una tablilla con una hoja en la pinza.

La otra llevaba una bolsa grande de plástico, doblada en el brazo.

Cuando la primera volvió del fondo, entraron en el cuarto más cercano al control.

Las puertas estaban todas abiertas, y por ellas salía lo que pasaba dentro.

El somier, cuando levantaban un colchón.

Una paciente que preguntaba si eso también.

El plástico de la bolsa. Después salían al pasillo, cruzaban a la puerta siguiente y la bolsa ya no iba doblada.

En la segunda puerta le asomaba por arriba la hebilla de un cinturón.

En la tercera, unas tijeras pequeñas, de las de uñas.

Antes de echar algo en la grande, la de la bolsa sacaba del bolsillo del uniforme una bolsa pequeña, de las de cierre, y lo metía dentro.

—Son de mi hija —dijo alguien dentro.

—Te las guardamos en el control, ¿vale? No se pierde nada.

Del cuarto de Lidia salieron enseguida, y en la bolsa no se vio nada nuevo.

Debajo de mi colchón, por mi lado, estaba la tarjeta. En la funda de la almohada, los papeles.

Me había despertado vestida, con la luz apagada y la manta de los pies echada por encima, y no me acordaba de nadie. Quien entrara a apagar me había tapado, y yo no sabía si había visto la funda.

En el desayuno, la auxiliar del comedor se paró en la mesa del fondo y le dijo a Berta que desde la comida le tocaba el primer turno.

—¿Y eso por qué?

—Organización.

Berta esperó a que se alejara. Se inclinó hacia mí sin soltar la cuchara.

—Primero la semana y ahora la mesa.

Marga comió sin levantar la vista del plato. Yo me comí media tostada y dejé la otra media.

Las auxiliares salieron de un cuarto y cruzaron el pasillo. La de la tablilla miró hacia mi puerta, me vio sentada en la cama y siguió. Entraron en el de al lado del mío. Antes de la catorce les quedaba el de enfrente.

Miré el armario, la mesilla, la almohada. Todo eso lo iban a abrir. Los bolsillos me los iban a hacer vaciar. La almohada la apretaban: se oía desde la cama. El colchón lo levantaban. En la catorce no quedaba un sitio para una tarjeta que no fueran a mirar.

Si me la quitaban, perdía los dos códigos. Y lo único que demostraba que Rut existía, con su foto y su nombre, fuera de lo que yo contaba.

Me quedé sentada, con las manos en las rodillas. Sabía todo eso y no me levanté.

Lidia apareció en mi puerta con una chaqueta en el brazo.

Entró. El día 7 se había quedado en el marco, apoyada en la madera.

—Levantan los colchones.

Tendió la mano con la palma hacia arriba.

Detrás de ella, las auxiliares habían cruzado al cuarto de enfrente. La de la tablilla leía la lista en el marco y pasaba la hoja. Por su lado vi a la otra coger el colchón de Berta por una punta y levantarlo. El somier sonó como en los otros cuartos.

La mano seguía allí, sin prisa, a medio metro de mi cara.

Tenía delante a la que me delató. El día 8, en la sala, me pilló con la mano en el bolsillo donde llevaba la tarjeta. Si a Lidia le habían prometido algo y no se lo habían dado, con la tarjeta podía cobrar otra vez. Y debajo de mi colchón ya no me servía de nada.

En el cuarto de Berta dejaron caer el colchón.

—La catorce —dijo la de la tablilla, sin levantar la vista de la hoja.

Me levanté. Me arrodillé junto a la cama, metí el brazo por debajo del colchón, por mi lado, y la busqué con los dedos hasta el fondo.

El borde del somier me raspó la muñeca. La saqué y se la puse en la palma.

La tarjeta estaba fría y tenía pelusa del colchón.

Lidia la metió en el bolsillo de la chaqueta sin mirarla y volvió a colgarse la chaqueta del brazo. Por fuera no se le notaba nada.

En la puerta se volvió.

—A las once tengo lavadora.

Se fue. Pasó por detrás de la auxiliar de la tablilla sin pararse. Volví a sentarme en la cama, y desde allí la vi pasar de largo su cuarto y seguir hacia el control.

Se me aflojaron las piernas. Las apoyé bien en el suelo y esperé a que se me pasara.

Las dos entraron en la catorce.

—Buenos días. Vacía los bolsillos encima de la cama, ¿vale?

Era la de la bolsa, la más joven. La otra se quedó junto a la puerta, con la tablilla.

Los vacié encima de la colcha. La hoja de derechos, doblada en cuatro, con las nueve cifras de Daniel en el margen. El papel con mi nombre por una cara y las tres líneas por la otra. El bolígrafo azul de la abogada, con el capuchón mordido.

La de la tablilla miró las dos hojas por encima, sin desdoblarlas del todo, y las dejó donde estaban. La joven sacó del bolsillo del uniforme una de las bolsas pequeñas. Llevaba un 14 escrito a rotulador. Metió el bolígrafo y la cerró apretando con los dos pulgares.

—¿Por qué hoy?

—Es protocolo —dijo la de la tablilla—. Si necesitas escribir, lo pides en el control y escribes allí.

Miré la bolsa con el 14, colgada de los dedos de la joven, y no pregunté más.

Abrieron el armario. La joven pasó la mano por la ropa colgada, palpó la chaqueta y sacó del bolsillo el pañuelo de papel, hecho una bola.

Lo miró y lo volvió a meter. Abrió el neceser, miró dentro y lo cerró.

Cogió la novela y la sacudió por el lomo, con las hojas hacia abajo.

No cayó nada. Abrió el cajón de la mesilla, que estaba vacío, y lo cerró.

Encima de la mesilla levantó la fotografía de Nora, la dejó donde estaba y apartó con un dedo el resguardo del teléfono y las copias del ingreso que había debajo.

Palpó los bolsillos de la ropa de la silla y sacudió los calcetines. Se agachó a mirar debajo de la cama.

—¿Cinturón llevas?

—No.

—Levántate un momento, por favor.

Me levanté y me puse junto al armario. Entre las dos cogieron el colchón por mi lado y lo alzaron.

Debajo estaba el somier y nada más. Lo soltaron y cayó con el mismo ruido que había oído salir de los otros cuartos.

La joven cogió la almohada y la apretó con las dos manos.

La funda crujió. Yo tenía la espalda contra la puerta del armario y respiraba por la nariz, despacio.

Metió la mano por la abertura de la funda, tocó los papeles y sacó el fajo un palmo. Asomaba la primera hoja, con su letra pequeña. Miró a la otra.

La de la tablilla no bajó los ojos a la hoja.

—Son papeles. Déjalos.

La joven los metió otra vez como estaban, con la esquina hacia dentro, y puso la almohada en su sitio. Le dio dos palmadas para ahuecarla. Recogió la bolsa grande del suelo.

—Ya está. Gracias, ¿eh?

Se fueron a la puerta siguiente.

Volví a meterme en el bolsillo la hoja de derechos y el papel de Rut.

Después saqué los papeles de la funda y los conté encima de la colcha.

Ocho. Los conté otra vez, despacio, mirando el día que llevaba cada uno al pie, en letra pequeña.

Del 1 al 7, y el pie suelto. Estaban los ocho, y la huella de barro seguía en el canto del último.

Me acordé de la directora en el pasillo, el día 6, diciéndome que nadie me los iba a retirar.

Los guardé en la funda y alisé la almohada con la mano. Me senté. Me pesaban los brazos.

Me toqué el bolsillo donde había llevado el bolígrafo. Con él había escrito la carta de Nora y las tres líneas para Rut. La tela estaba plana. Para escribir, ahora, había que pedirlo en el control y escribir allí, delante de quien estuviera.

Me levanté y fui a la puerta.

Las auxiliares iban dos cuartos más allá, hacia el fondo, y la bolsa grande abultaba ya por todos lados.

En la otra punta del pasillo, Lidia estaba en el mostrador del control, con la chaqueta ya puesta, hablando con la enfermera, que se reía de algo.

Mientras hablaba, metió una mano en el bolsillo de la chaqueta.

No se volvió.