Capítulo 37
A las nueve y media hice la cola del control.
Venía de dos horas de sofá y de una cena que dejé a medias. En la sala nadie me preguntó nada, y en la mesa del fondo tampoco: Marga comía enfrente.
Tenía las piernas de la tarde, flojas, y me apoyé en la pared. La cola avanzaba de una en una. En el mostrador sonaban los vasos de plástico.
Lidia iba cuatro puestos por delante, con la chaqueta encima del pijama y el pelo cogido con una pinza.
No hablaba con nadie. En el bolsillo se le marcaba el móvil, donde lo llevaba siempre.
Nadie se lo había quitado. Por la mañana Daniel había dicho «tu mensaje» por el teléfono de la cabina, y doce horas después el móvil seguía en ese bolsillo. Ya no tenía de qué avisarla.
Tampoco había venido nadie a mirarme a mí los bolsillos. La tarde anterior Lidia vio dónde iba la tarjeta. Cuando la nombraron, cogió su vaso, tragó y se fue hacia su cuarto sin volverse.
—¿Te saca?
Era Berta, detrás de mí, casi sin voz.
—No.
—Cinco han bajado hoy. Sacar, no han sacado a ninguna.
La enfermera iba despacio. Miraba cada vaso contra la hoja antes de darlo.
—Cristina.
Me dio el vaso pequeño y el vaso de agua. El agua estaba templada. Me tomé la pastilla delante de ella, como todas las noches.
Berta venía detrás por el pasillo, arrastrando los talones. La puerta de Lidia ya estaba cerrada. Berta se metió en su cuarto, enfrente del mío.
—Buenas noches.
Dejó la puerta entornada.
En la catorce cerré la puerta y dejé la luz del techo dada. Tenía una hora, con suerte, y después la ronda. En mi cuarto no había reloj.
Colgué la chaqueta en el armario. En el bolsillo estaba el pañuelo, seco ya, hecho una bola.
Lo último que vi de mi madre fue desde la silla del pasillo, donde la auxiliar me sentó a esperar a las otras dos.
Llegó al pie de la escalera y, en vez de seguir hacia la salida, se paró en la primera puerta del otro pasillo y llamó con los nudillos.
Le abrieron. Lo que yo había pedido y lo que había llorado ya estaba contado allí dentro.
Saqué los papeles de debajo del jersey. Venían calientes y doblados por donde los doblaba siempre.
Me habían dejado en la piel la marca del canto, a la altura de la cintura.
Los abrí uno a uno y los alisé con la palma.
Puse las siete hojas en fila encima de la cama, por su orden, de la almohada a los pies.
El pie suelto lo dejé debajo de la última.
Cada una llevaba su día abajo, en letra pequeña. Había que acercarse para leerlo. «Día 1». «Día 2». La última decía «Día 7» y tenía una huella de barro en el canto.
Seguí con la mano por la colcha, donde ya no había papel, y fui poniendo los sitios. Ocho. Nueve. Diez. Once. Doce. Cinco sitios vacíos. El segundo era el de hoy. Dejé el dedo encima. La colcha estaba fría.
Mi madre había dicho «día 12» como lo decían aquellas hojas.
Fuera nadie cuenta así. Fuera se dice una fecha, y aquel no era 9 de ningún mes.
Esa cuenta empezaba la tarde en que firmé, y yo solo la había visto escrita en un sitio: al pie de un papel, en letra pequeña. El día 12 era la víspera de la vista.
Podían habérselo dicho esa tarde en el despacho, como se informa a una familia: tal día esto, tal día lo otro.
Una clínica le da a una madre una cita con su hora.
Lo que no tiene apuntado es el peor día de una paciente, tres días antes de que llegue.
Salvo que ese día esté escrito. Yo había tenido siete días escritos así, y los tenía delante, en fila, cada uno con sus cuatro apartados y su letra pequeña.
Cogí la del día 1 y la del día 2 y las puse juntas.
En la primera mi madre ya estaba, sin su nombre: «familiar de referencia».
En la segunda estaba el sueño de la puerta y de dónde salía: «conocido por información previa».
Con esa hoja en la mano había pensado una vez que saber a quién se lo conté no era saber quién lo llevó hasta allí, y que entre una cosa y la otra cabía todavía mi madre entera.
Esa tarde había oído mis cuarenta y una baldosas en su boca.
Lo de dejar de conducir lo sabía también Daniel, y con lo otro me sobraba.
Entre una cosa y la otra ya no cabía nadie.
Tenía la hoja del sueño en la mano y no sabía para qué la había cogido.
La pastilla empezaba por ahí, por los para qué.
Me quedé quieta. En el pasillo no se oía a nadie.
No sabía cuánto faltaba para la ronda, y tenía siete hojas encima de una cama.
El radiador dio dos golpes. Miré la última, la de la huella.
Lo que firmé el primer día dejaba que la clínica le contara a mi madre cómo iba yo, y después lo del alta. De mi madre hacia la clínica no firmé nada. Y de ahí salían las hojas.
Lidia me había preguntado quién gana. Esa mañana yo había buscado al que ganaba y había llamado a Daniel para tratarlo de culpable, y él no sabía ni de qué baldosas le hablaba.
Mi madre pagaba la clínica, el mes entero.
Pagaba a la abogada de la custodia. Las dos cosas me las encontré hechas en la primera llamada, y me las dijo con las mismas palabras de esa tarde.
Yo le di las gracias. Si conocía ese día, se lo habían enseñado. Y no dijo que no. Lo pagaba ella.
La abogada que iba a defenderme en la vista cobraba de la misma mano.
Pensé si mi madre sabría lo que estaba pagando. La tuve delante otra vez, de pie, con mi cuello en las manos. Esa tarde me había hablado de acabar lo que había empezado y de estabilidad. Así se habla de una cura. Creía que pagaba un tratamiento con los días contados. La habían engañado.
Me la figuré a esa hora en su cocina, con la radio puesta y las albóndigas en el congelador, contenta de haberme visto.
Había hecho bien en no preguntarle nada. Lo que yo le dijera acababa en aquel despacho. Ya les mandé una frase por ese camino, y acabó leída delante de un juez. Tampoco ella se dio cuenta de que se le escapaba un día. Eso no iba a contarlo en aquella puerta.
Los cinco sitios seguían en la colcha. El de hoy ya estaba escrito, si lo estaba, desde que bajé la escalera detrás de una tablilla. Qué ponía, no lo sabía. Lo peor tenía que ver con Nora. Quería saberlo antes de que pasara.
Mis hojas salieron de un atlas de la biblioteca. A la abogada de oficio no le valieron, el día 5, porque nadie podía probar que fueran del centro. Lo que hubiera detrás de aquella puerta estaba donde el centro lo guardaba. Si esas páginas existían, estaban donde llevaban los dos códigos.
Puse la mano abierta encima de los cinco sitios. La dejé ahí un rato.
Iba a entrar.
Esa noche no. Llevaba la pastilla dentro, y la tarjeta de debajo del colchón ya me había dicho que no dos veces en aquella puerta.
El día antes, delante de la biblioteca, que estaba pared con pared con el archivo, una auxiliar me dijo que el carro lo recogía cada noche una paciente.
Cuál de ellas, no me lo dijo. Y yo no podía preguntarlo sin decir para qué.
Se me cerraban los ojos. Los abrí.
Pasos en el pasillo. Venían del lado del control.
Sin reloj, pensé que era la ronda. Junté las hojas con las dos manos, sin orden.
Se me escurrió una y la recogí del suelo.
Metí el fajo en la funda de la almohada, que crujió, y me tumbé encima, vestida y con la luz dada.
El bulto me quedaba debajo de la cabeza, duro por una esquina.
Cerré los ojos. La luz del techo se veía roja a través de los párpados.
No se pararon en mi puerta. Pasaron de largo, hacia el fondo. Eran zuecos. Sonaban como había dicho Berta, distinto: más despacio y más hondo.
Me quedé como estaba, boca arriba, con los brazos pegados al cuerpo. La funda me crujía debajo de la nuca cada vez que respiraba, y respiré menos. Del fondo no llegaba nada. Enfrente, Berta tendría la puerta entornada, como casi todas las noches.
No supe cuánto tardaron.
Volvieron. Ligeros.