La clínica de las esposas Capítulo 36
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Capítulo 36

—Quedan veinte minutos.

La auxiliar había abierto sin llamar. Tenía una mano en la manilla y la tablilla debajo del brazo, con el bolígrafo sujeto en la pinza. Me miró la cara, vio el pañuelo y se volvió hacia mi madre.

—Muchas gracias, muy amable —dijo mi madre, con la sonrisa de los porteros.

La puerta se cerró.

—Veinte minutos. Si es que no da tiempo a nada. Límpiate bien, anda. Que no se te note.

Me pasé el pañuelo por debajo de los ojos. Ella se tocó con un dedo debajo del suyo, en el lado izquierdo, donde se me había quedado algo. Me lo pasé por ahí también.

Mi madre miró el reloj de pulsera. Guardó los pañuelos en el bolso, cerró el broche y alisó el abrigo en el respaldo con la palma, de arriba abajo.

—Me voy a ir yendo con tiempo, que he dejado el coche al final, donde no hay que maniobrar. Tu padre aparcaba siempre en la puerta, aunque tuviera que dar tres vueltas. Yo no. Yo ando lo que haga falta.

Le miraba el reloj. Era pequeño y dorado, y lo llevaba con la esfera hacia dentro de la muñeca.

—Ayer hice albóndigas y congelé la mitad, para cuando vengas. Y fui a la peluquería. Me han cambiado a la chica, y la nueva me ha dejado la nuca al aire. Dice que se lleva así. ¿Está muy corto?

Se volvió en la silla para enseñarme la nuca. Tenía la piel más blanca donde antes le llegaba el pelo.

—Te queda bien.

—Tú qué vas a decir. Y la del tercero ha vendido el piso, no te lo pierdas, sin decirle nada a nadie. Nos hemos enterado por el cartel.

Hablaba y recogía. Movió el bolso un palmo y lo volvió a dejar donde estaba.

—Tú come. Duerme lo que puedas. Y no te pases el día en la cama, que eso es peor. Y haz caso, que me han dicho que hay un poco de resistencia. Que es normal, ¿eh? No me lo han dicho como una cosa mala. Aquí te cuidan, Cristina. Eso es lo importante.

—¿Qué te cuenta Nora por las tardes?

—Uy, de todo. Que se le ha caído un diente, el de abajo. Que lo puso debajo de la almohada y el ratón le ha dejado una moneda. Me la quería enseñar por el teléfono, como si yo la viera. Y el conejo ya no lo mete en el cajón, que dice que se ahoga. Lo tiene en la cama, tapado hasta las orejas.

Nora enseña las cosas por teléfono. Las pone delante del auricular y espera.

Daniel me lo había contado igual a las nueve y media: el diente, la almohada y la moneda.

Lo del cajón me lo había contado ella. Lo de la cama me llegaba por su abuela. Me lo imaginé con las orejas fuera, en la almohada de casa de su padre, al lado de la de ella.

—¿Pregunta por mí?

—Claro que pregunta. Yo le digo que estás descansando, que aquí tienes tu cama y todo. Con su padre hablo lo justo, ya sabes. Buenas tardes y la niña.

—¿Te ha preguntado por qué colgué?

—Alguna vez.

Daniel había dicho «sigue preguntando».

—¿Le dijiste lo que te pedí? Que no colgué yo.

—No, hija. ¿Para qué remover? —Giró la muñeca para verse la hora—. Si le digo que se cortó, me pregunta quién lo cortó. Y luego por qué. La niña está bien.

Apreté el pañuelo dentro del puño.

La niña bajaba cada día al buzón, con su padre detrás, y subía sin nada.

—¿Vas a venir a la vista?

—¿Yo? Claro que voy. ¿Dónde voy a estar? Con el abrigo bueno, el azul, que a un juzgado hay que ir vestida. Y con los zapatos de tacón bajo, que esos suelos resbalan.

Mi madre descolgó el abrigo del respaldo y lo dobló sobre el brazo, todavía sentada. Lo dobló bien, con las mangas hacia dentro, como en las maletas.

—Y la crema de manos, que se te ponen fatal con la calefacción.

Y otra cosa. Deja de contar baldosas, que eso no es bueno.

Por teléfono te dije que era de aburrimiento, pero luego me quedé pensando.

Una mujer como tú, contando el suelo. Tú, que me corregías hasta la lista de la compra.

Me llamaron de Familias esa misma tarde, que estaba yo repartiendo las lentejas en táperes, y se lo dije.

—Pasó la palma por el abrigo doblado—. Se lo dije así: «Cuento las baldosas hasta la puerta de salida.

Son cuarenta y una.» Ya te lo dije, que aquí preguntan de todo.

Me quedé con la espalda pegada al respaldo. Le miré la boca. Llevaba el pintalabios de salir, un poco corrido por una comisura.

Eran mis dos frases. Las dijo con su punto en medio, sin quitar ni poner una palabra.

Solo se las había dicho a ella. Esa misma mañana, en aquella cabina, había medido cada palabra que le dije a Daniel.

A aquel teléfono no lo había escuchado nadie.

Tenía las manos encima de la mesa, una a cada lado del pañuelo.

En el pasillo crujió la silla de la auxiliar. Se oía eso y se oía una voz de hombre en el taller, sin las palabras. En la mesa quedaban dos cercos, donde se me habían secado las gotas.

Tenía en la boca que no había contado ninguna. Sentía el canto de los papeles en la cintura. Metí las manos debajo de la mesa, con el pañuelo dentro. Mi madre esperaba, con el abrigo en el brazo y la cabeza un poco ladeada.

—¿Las sigues contando? Porque si las sigues contando hay que decirlo, ¿eh? Que eso se quita, pero hay que decirlo.

A eso no le contesté. Tuve cuidado de no mirar al suelo.

—Bueno. Tú piénsalo.

Se puso a quitarle una pelusa al abrigo doblado. La cogió con dos dedos y la dejó caer al suelo. Volvió a doblar una manga que se le había salido.

—¿Cuándo voy a ver a Nora?

Me salió baja.

Mi madre se levantó. Rodeó la mesa con el abrigo colgado del brazo y se me puso delante. Seguí sentada, con el pañuelo en la mano.

—A ver esa chaqueta, que la llevas como en una percha. Ponte derecha, anda.

Me enderecé despacio.

Me cogió el cuello con las dos manos y lo fue colocando, primero un lado y después el otro. Me quedaba grande y se me había ido hacia atrás.

—Esta te la compré yo. En rebajas. Te quedaba justa de hombros.

Así me colocaba el cuello del babi en el portal, antes de soltarme la mano.

Olía a la crema de manos de siempre, la del tubo azul. Tenía los dedos a un palmo de los papeles. Me quedé quieta, sin llenar el pecho, para que no crujieran.

Tiró de un pico del cuello y lo soltó.

—El día 12 pasará lo peor y luego ya está.

Yo tenía los ojos en el pañuelo, hecho una bola en la mano izquierda, húmedo todavía. Iba aún por el número de las baldosas, por cómo lo había dicho ella.

Día 12.

Las hojas que llevaba debajo del jersey acababan en el día 7.

Sus manos seguían en mi cuello. Le oía el reloj, de tan cerca.

Le dio al cuello un último tirón.

—Así, mucho mejor. Y me voy a ir, que a esta hora la carretera se pone imposible y luego se me hace de noche en la rotonda, con lo mal iluminada que está. Tú no te levantes. Descansa, que tienes mala cara. Y come, que te lo he dicho antes y no me has contestado.

Se apartó. Oí la silla de enfrente: la arrimaba a la mesa, como en casa. Llené el pecho sin querer y los papeles crujieron. Ella buscaba en el bolsillo del abrigo.

—Me sobran diez minutos, pero mejor así. Llámame cuando te dejen, ¿eh? Aunque sea para decirme que has cenado. ¿Dónde he puesto yo las llaves? Siempre igual.

Las encontró. Las oí. Después oí el broche del bolso, que se abría y se cerraba. En el taller arrastraron sillas. El hombre de la bandeja se reía de algo.

—Y pide otra manta, que aquí de noche tiene que hacer frío. Yo en esta época ya duermo con dos. Y si te dan a elegir, la de lana, que la otra pica.

Se estaba poniendo el abrigo. Oí el roce de las mangas.

Abrí el pañuelo sobre la mesa. Estaba roto por una esquina. Lo volví a cerrar. Lo abrí otra vez.

Cuando levanté la vista, el bolso ya no estaba en la silla. Lo tenía ella, colgado del brazo, encima del abrigo.