La clínica de las esposas Capítulo 35
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Capítulo 35

Mi madre vino hacia mí con el abrigo en el brazo y la sonrisa todavía puesta.

—Hija.

Me cogió la cara con la mano libre y me dio dos besos. Puse la mejilla y dejé el cuerpo atrás. Los ocho papeles iban debajo del jersey y crujieron igual. No los oyó. Me miraba la chaqueta.

—Ay, hija.

Olía a laca y a café. Detrás de ella, la primera puerta del otro pasillo ya estaba cerrada.

—Me han sacado un café y todo. Muy atentos, de verdad.

La auxiliar había desandado el pasillo con las otras dos detrás. Me había visto parada delante de aquella puerta y no dijo nada de eso.

—Cristina, por aquí. ¿Usted es la madre? Vengan conmigo.

Fuimos por la derecha. Mi madre iba a mi paso, que ese día era lento, y le dio las buenas tardes a la mujer de administración.

La auxiliar nos paró delante de la sala de visitas y siguió con las otras dos hasta el taller, dos puertas más allá.

Lo dejó abierto. Desde donde estábamos se veía una punta de la mesa larga y al hombre de la bandeja, de pie. Volvió y nos abrió.

—Tienen una hora. Yo estoy aquí fuera.

Cerró. Oímos la silla del pasillo cuando se sentó.

Era la sala de la abogada y del notario: una mesa y cuatro sillas.

Mi madre la miró entera antes de sentarse, como mira las habitaciones de los hoteles.

Nos sentamos una a cada lado. Noté las piernas: llevaba de pie desde las tres y cuarto.

Ella colgó el abrigo en el respaldo, dejó el bolso en la silla de al lado y juntó las manos encima de la mesa.

—¿Tú aquí comes? Porque en esa chaqueta caben dos, y tú siempre has sido de…

—Mamá. Anteayer empujé a una compañera en el comedor.

—No me expliques nada, que ya lo sé.

Levantó una mano de la mesa, con la palma hacia mí.

—Me lo han contado ahora, los de Familias. Un episodio. Que no fue a más y que estas cosas pasan.

Episodio. Mi madre dice capítulo: el capítulo de anoche, el último capítulo. Aquella palabra la traía de hacía media hora, de detrás de una puerta con un rótulo.

—No fue un episodio. La empujé yo. Con las dos manos.

—Pues eso. Un mal momento lo tiene cualquiera.

—Se cayó al suelo.

—Pues ya pasó. No te castigues, que no sirve de nada.

—Me pusieron un parte.

—Un parte no es nada, mujer. Eso se olvida.

Puse las dos manos en el borde de la mesa.

—Necesito que me saques de aquí.

Mi madre abrió la boca. Seguí yo.

—El juez dijo que fuera no tengo tratamiento y que el sitio adonde iría no está confirmado. El sitio es tu casa. El psiquiatra dijo que la salida había que prepararla contigo. Son tres cosas. Tu casa. Un médico de fuera, que lo busques tú. Y que lo digas hoy en dirección, antes de irte.

A mi madre le había dado las gracias muchas veces. Un encargo con plazo no se lo había hecho nunca.

Me escuchó hasta el final, con las manos juntas.

—Ya está arreglado.

Solté el borde de la mesa. Me noté los hombros: los llevaba subidos desde la escalera.

Pensé en la bolsa. La foto de Nora de la mesilla, el cepillo, la ropa del armario. Cabía todo en una. La bajaría yo misma, por la escalera.

—¿Lo de la casa también?

—Todo, cariño. Está todo hablado. Tú ahora lo que tienes que hacer es acabar lo que has empezado. Lo que necesitas es estabilidad. Ir de un sitio a otro no te ayuda. Déjamelo a mí.

—¿Hablado con quién?

—Con ellos. Con quien hay que hablarlo.

—Te lo dejo. Dime solo las tres cosas. ¿Tu casa?

—Mi casa es tu casa. Eso no hay ni que decirlo.

Se puso la mano en el pecho.

—¿El médico?

—El que haga falta. Los que hagan falta. Ya preguntaré yo, que conozco a gente.

—¿Y lo dices hoy en dirección?

—Ahora no conviene.

Volví a coger el borde de la mesa, más fuerte.

—¿Y cuándo?

—Cuando toque, hija.

Con la misma voz que lo de su casa.

Mi madre pasó la palma por la mesa, entre las dos, de un lado a otro. En la mesa no había nada. Volvió a juntar las manos.

Lo habían hablado en media hora, con la puerta cerrada y un café. Yo esa media hora la había pasado de pie.

—Faltan cuatro días para la vista.

—Cristina.

Lo dijo como me lo decía de pequeña en las tiendas, cuando yo tocaba algo.

—¿Y no lo voy a saber yo? Si no pienso en otra cosa.

Se inclinó hacia mí.

—Ay, Cristina. La niña estaba delante.

Esperó a que yo dijera algo. Me quedé callada.

—Creyó que te morías, la pobre. Eso no se arregla saliendo antes de tiempo. Para eso estás aquí. Para que no tenga que pasar otra vez por una cosa así.

De aquella noche yo tenía una puerta y un grito. Llevaba un mes con esas dos cosas y con un hueco delante de ellas. Lo que acababa de oír venía de otra parte.

Busqué a la niña delante. Delante de qué. La puerta la tenía, con ella de pie en el marco. Lo que había a este lado de la puerta, no.

—¿Delante cuándo?

—Delante.

—¿Antes de que yo le gritara?

—Delante. No me hagas decirlo más veces.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Ella. A su abuela se lo cuenta. Y a su padre, antes que a mí.

A mí, por teléfono, me había preguntado si allí había camas.

—¿Con qué palabras?

—No le des vueltas a eso, que no te hace bien.

Nora no dice «creyó». Nora dice que el pan sabe a quemado aunque lo rasquen, y que la puerta, abierta.

Las dos frases de mi madre traían el verbo de una persona mayor.

Podían ser de mi hija, pasadas por su abuela.

Podían ser de su abuela sola. Para separarlas me faltaba oír a Nora, y de las dos maneras podía ser verdad.

El día 4, por teléfono, mi madre me dijo que los niños a los dos días no se acuerdan de nada. No se lo recordé.

Vi una gota en la mesa, al lado de mi mano. Luego otra. Me caían de la barbilla a la mesa y a la manga de la chaqueta. Dejé la cabeza baja y la boca cerrada. Al otro lado de la puerta estaba la auxiliar, en su silla.

Oí el broche del bolso. Mi madre sacó un paquete de pañuelos y me puso uno en la mano. Me quedé con él doblado, sin usarlo.

—Llora, hija. Llorar es bueno. Yo ya he llorado lo mío en casa, no te creas.

En la cocina, con el grifo abierto, que la del segundo tiene el oído fino.

Tu cuarto lo ventilo todas las mañanas, para que no coja olor.

La cama la tengo hecha, con las sábanas de cuadros, que eran las que te gustaban.

Y luego, en el ascensor, me pregunta por ti cada vez que coincidimos, y yo le digo que estás de descanso.

Y la niña, por teléfono, me tiene media hora con sus cosas.

Al final le tengo que decir que se me quema algo.

Dice que ya llega al timbre de su portal sin ponerse de puntillas.

Siguió con otra vecina a la que yo no ponía cara, una del quinto que se había ido a vivir con un hijo. Yo oía la mitad. Respiraba corto, por la nariz.

Me sequé la cara. El pañuelo se me deshizo por una esquina y dejó trocitos en la mesa.

Esa mañana había tenido a Daniel al teléfono y no se lo pregunté. Él me lo habría contestado.

Mi madre también podía. Lo sabía por la niña, con lo demás que le hubiera contado, detrás de aquellas dos frases. Le bastaba un sí o un no. Estaba a un metro, al otro lado de la mesa, con los ojos en mí.

¿La toqué?

En el pasillo, la auxiliar tosió. Miré la puerta y volví a mi madre. Tenía las manos en la mesa. Juntaban con el canto los trocitos de pañuelo que yo había dejado. Los echó en la palma, buscó dónde tirarlos y se los guardó en el bolso. Cerró el broche. Me sonrió. Yo ya tenía la cara seca.

Tragué. Puse el puño del pañuelo encima de la mesa. Lo tenía apretado.

Abrí la boca.

—Y come, ¿eh? —dijo mi madre—. La niña come de todo.

Y duerme del tirón, con su puerta abierta.

En casa de su padre está muy bien atendida.

Le ha puesto unas cortinas con estrellas, me lo ha contado ella.

Yo al principio tenía mis dudas, pero las cosas como son.

Él es muy suyo, pero con la niña es otra cosa.

La lleva limpia, peinada, y le ha comprado unas botas de agua amarillas, con patos, que falta le hacían.