Capítulo 34
A las tres y media mi madre cruzó el aparcamiento.
Llegaba media hora antes. Mi madre llega pronto a todas partes.
Media hora, nunca. Había aparcado lejos, como aparca ella, donde no hay que maniobrar.
Cerró el coche y miró la hora. Traía el abrigo abrochado y el bolso en el brazo, y andaba con su paso de siempre, corto y seguido.
Desde arriba se le veía la raya del pelo. Cruzó sin mirar hacia las ventanas.
Antes de llegar al porche se paró. Sonrió y le dijo algo a alguien que quedaba fuera de mi vista: desde la ventana de la planta no se veía la puerta. Era la sonrisa con que saluda a los médicos y a los porteros. Habían salido a recibirla. Dio unos pasos más y desapareció debajo del porche.
Limpié con la manga el vaho que había dejado en el cristal.
Llevaba en esa ventana desde las tres y cuarto.
Me había puesto una chaqueta encima del jersey para bajar, y los ocho papeles seguían debajo.
Había comido poco y dormido peor. Tenía preparada la primera frase para mi madre.
Me la había dicho por dentro toda la mañana.
Era corta y no pedía nada, y en ella decía «empujé», que era mi palabra y no la del parte. Lo que iba a pedirle venía después.
La biblioteca había abierto a las diez. No fui. El día anterior me habían dicho la hora en voz alta delante de esa puerta, y prefería llegar a las cuatro sin otra nota.
Daba por hecho que la directora ya la había llamado. La llamó el día 2 y la llamó el día 3, y las dos veces mi madre me contestó que ya lo sabía. Del comedor le habrían dicho algo, en general y con sus palabras. Quería contárselo entero y en persona, antes de que se sentaran con ella.
Y acababan de salir a buscarla a la puerta.
Fui hasta la puerta de la planta. Estaba cerrada, como siempre. Allí estaba la auxiliar de tarde, la que el día anterior me dijo lo de mi visita. Llevaba la hoja en una tablilla. Cinco líneas.
—Mi madre ya está abajo. Quiero bajar ahora.
—¿Ahora? —Miró la hoja—. La tuya es a las cuatro.
—Ha llegado antes. La he visto entrar desde la ventana.
—¿Es la primera vez que viene?
—Sí.
—Ya. Espera un momento.
Sin soltar la tablilla, descolgó el teléfono interior, el que había junto a la puerta. Tardaron en cogerlo.
—Oye, ¿ha llegado la madre de la catorce? —Escuchó—. Ya. Vale.
Colgó.
—Está con el enlace familiar. No se va a ir sin verte.
Nadie había nombrado ese puesto delante de mí. A mi madre la llamaba la directora. Hasta ahí llegaba lo que yo sabía.
—A las familias las reciben antes de una primera visita.
—A mí no me lo ha dicho nadie.
—Es cosa de las familias.
—¿Quién es?
—La persona que lleva lo de las familias.
—¿Tiene nombre?
—Tendrá. Aquí decimos el enlace.
—¿Ha salido a buscarla a la puerta?
—Eso no lo sé. Yo estoy aquí arriba.
—¿Dónde la tiene?
—Abajo. En la puerta de las familias.
La conocía. Había pasado por delante camino de dirección, y entonces las familias eran las de las otras.
Mi madre estaba a un piso de mí, sentada con alguien, y yo seguía arriba.
—¿De qué hablan?
—Eso tampoco lo sé. —Lo dijo sin apuro—. Con las familias autorizadas se habla. Se lo digo a todas.
—A mi madre la autoricé yo.
—Pues eso.
No lo decía para callarme. En nueve días me habían contestado así muy pocas veces.
—¿Quieres sentarte? Tienes mala cara.
—No. Gracias.
Me metí las manos en los bolsillos de la chaqueta. Estaban vacíos: lo mío iba en el pantalón.
Me acordé de lo que firmé el primer día, con lo demás, sin preguntar para qué servía. La directora me lo recordó a la mañana siguiente con sus palabras: información general sobre mi evolución. Lo de aquella noche formaba parte de mi evolución, dijo, y por eso iba a contárselo a mi madre.
Un comedor también es evolución.
Ya no podía llegar la primera. Podía acortar el rato: si yo estaba abajo, alguien tendría que ir a buscar a mi madre.
—¿Puede bajarme ahora? O a las cuatro menos cuarto.
—No puedo. La hora está en la hoja y no la pongo yo.
Conocía la regla. Se la oí a Marga el día 2, en el rincón, hablando del gas: «Si lo pregunto tres, lo apuntan». Ella se quedó en dos.
La auxiliar tenía el bolígrafo en la mano desde el principio. Abajo estaban hablando de mí, y cada minuto era suyo.
Lo pedí por tercera vez.
—Mi madre ya está abajo. Quiero bajar ahora.
—No, Cristina. A las cuatro.
Apoyó la tablilla en el antebrazo y escribió en la hoja, junto a mi nombre. Tardó poco: era una línea corta.
—Es un cuarto de hora, mujer. Enseguida bajas.
No me miró distinto.
Volví a la ventana sin leer lo que había puesto. Estaba escrito, y con eso tenía bastante. La palabra podía esperar.
El porche tapaba la puerta y lo que hubiera detrás. Mi madre llevaba ya diez minutos allí dentro. Me abroché la chaqueta. Debajo crujieron los papeles. En el cristal vi que me quedaba grande.
Lo del comedor ya estaría escrito, con la palabra larga delante.
A mi madre se lo dirían despacio, con esa palabra, en un despacho con la puerta cerrada.
Y yo iba a entrar a pedirle su casa y un médico fuera después de que alguien se lo hubiera explicado.
Se lo iba a pedir una hija que empuja a una compañera en un comedor.
Si mi madre contaba algo allí dentro, sería a su manera y por ayudar. Mis dos frases enteras eran cosa de un teléfono.
Detrás de mí sonó el teléfono interior. La auxiliar lo cogió y dijo que sí, que a las cuatro.
A las cuatro menos cuarto llegaron otras dos familias, un matrimonio con una bandeja de pastelería y una mujer sola.
El hombre llevaba la bandeja por la cinta, con cuidado de no volcarla.
La mujer sola se cambió el bolso de brazo dos veces.
Se quedaron delante del porche, con los abrigos puestos.
El hombre se metió debajo, volvió a salir y siguieron esperando. A ellos no salió a buscarlos nadie.
Me apoyé en el alféizar. Tenía las rodillas flojas de estar de pie. Me faltaba saber con qué palabras se lo estaban contando. Sabía el orden: primero ellos y después la hija.
A las cuatro menos diez fui a la puerta de la planta.
Esperaban ya otras dos pacientes. Una se había pintado los labios y le preguntaba a la otra si se le había corrido.
La otra llevaba una bolsa de plástico. Yo iba con las manos vacías.
La auxiliar repasó la tablilla con el bolígrafo: tres nombres a las cuatro.
—¿Viene tu marido? —me dijo la de los labios.
—Mi madre.
—La mía ya no viene.
A las cuatro menos cinco la auxiliar abrió.
—Las de las cuatro. Vamos.
Bajamos las tres detrás de ella. La de los labios iba la primera, deprisa.
La auxiliar llevaba la tablilla debajo del brazo, con mi línea y lo que hubiera escrito al lado.
La de la bolsa dijo que eran mandarinas.
La escalera tenía dos tramos. Yo iba la última, agarrada a la barandilla.
Llevaba cuarenta minutos de pie y bajé despacio.
En el rellano me esperaron. La de los labios se miró en el cristal de un extintor.
Al pie de la escalera olía a café de máquina.
Las otras dos giraron a la derecha, con la auxiliar.
La mujer de administración levantó la cabeza cuando pasaron.
Yo me quedé un paso atrás, con la mano todavía en la barandilla, y vi abrirse la primera puerta del otro pasillo.
Se abrió despacio y se quedó a medias. En la pared, junto al marco, estaba el rótulo: «Atención a familias».
Mi madre salió hablando hacia dentro, de espaldas a mí.
—Muchas gracias. Me quedo mucho más tranquila.
Lo dijo con su voz de despedirse en una consulta. No me había visto. Tenía la cabeza un poco ladeada, como cuando le explican algo y ella dice que sí.
Venía peinada de peluquería. Traía el abrigo en el brazo. Le había dado tiempo a quitárselo y a sentarse.
Alguien sujetaba la puerta desde dentro. Vi una mano en el borde, con un bolígrafo entre dos dedos. Podía ser de un hombre o de una mujer.
Más tranquila. Más que cuando entró. Había entrado con algo, y allí se lo habían quitado. O le habían callado el comedor, o se lo habían contado de un modo que tranquiliza.
Unos pasos más allá, la auxiliar se giró para contarnos. Faltaba yo.
La mano soltó la puerta.
Mi madre se volvió, me vio y sonrió, como siempre.