La clínica de las esposas Capítulo 33
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Capítulo 33

Entramos las dos en la cabina. Era la misma de entonces, con su teléfono y el reloj digital encima. En el desayuno me habían dicho que sí: a las nueve y media, con el padre. Lo había autorizado la supervisora.

—Son diez minutos desde que contesten. Marco yo. —Puso el dedo debajo de la línea de la ficha—. La llamada es con el padre. La niña no se pone.

—Sí.

Lo había pedido así.

—Mira si es este.

Era el de siempre.

—Es ese.

Marcó las nueve cifras mirando la cartulina. Las fui diciendo por dentro, en tres grupos de tres, y cogí el auricular. Tenía la boca seca desde el desayuno.

El día anterior había visto para quién eran las llaves de Marga.

Lidia lo había preguntado el día 2: quién gana.

Con lo mío ganaba Daniel. Si detrás estaba él, sabría lo de las baldosas, que solo habían oído mi madre y aquel teléfono, y lo que yo le pidiera esa tarde a mi madre lo tendría él antes de la vista.

Desde el banco de fuera no se oía lo de dentro. Me daba igual. Lo que yo temía era el aparato.

Contestaron al cuarto tono.

—¿Sí?

La auxiliar miró el reloj, salió y cerró la puerta de cristal. El día 3 se había quedado en el marco, con la puerta abierta.

Las 09:31.

—Soy yo.

Se oyó una silla.

—¿Qué ha pasado?

—Nada. No ha pasado nada.

—Me llama una clínica a las nueve y media de la mañana, Cristina. La otra vez que llamaron de ahí dejaron a la niña con la pregunta en la boca.

—La llamada la pedí yo. Ayer por la tarde.

Tardó.

—¿Qué quieres?

Sonaba cansado.

—Preguntarte una cosa. Primero dime cómo está.

—Lo que me digas se lo voy a contar a mi abogada. Mejor que lo sepas.

—Vale.

—La niña está bien.

No iba a pedir que se pusiera Nora: me lo habrían negado, y habría quedado apuntado.

—¿Desayuna?

—Desayuna.

—¿Todo?

—Casi todo. Tarda.

—Siempre tarda. ¿Duerme con la puerta abierta? ¿Sigue la zapatilla?

—Sigue. Ahora la pone ella.

—¿La tuya o la suya?

—La mía. Pesa más.

Ya lo sabía. Quería oírselo.

—¿Y el diente? El de abajo. El que se le movía.

—Se le ha caído.

Se le había caído. Yo me había quedado en que se le movía y en que no lo tocara con la lengua.

—¿Cuándo?

—Hace tres noches. Cenando.

—¿Le sangró?

—Un poco. No lloró. Lo puso debajo de la almohada.

—¿Se lo ha llevado el ratón?

—Se lo ha llevado.

—¿Qué le ha dejado?

—Una moneda.

Se le había caído cenando, hacía tres noches, y lo había puesto debajo de la almohada de casa de su padre. El ratón había sabido ir. Se lo prometí yo por ese mismo teléfono.

Tenía diez minutos y había ido a otra cosa. Me costó dejar a Nora.

—Sigue preguntando por qué colgaste —dijo él.

—¿Y tú qué le dices?

—Pregunta también por el cuaderno. Le conté tu mensaje esa misma noche. Desde entonces pregunta cada día si ha llegado algo. Baja ella al buzón.

—¿Sola?

—Conmigo detrás.

Nora bajaba a un buzón. Bajaba cada día y subía sin nada.

Y él había dicho «tu mensaje» por ese teléfono. Yo no tenía móvil. Lidia sí. En esa planta no había muchos. A Lidia ya le debía lo que salió de aquel móvil.

—Ayer salió una carta. Por correo. Una, y corta.

—¿Una?

—La primera.

—¿Qué pone?

—Que no colgué yo.

—Eso ya se lo he dicho yo. Le dije que cortó una señora de allí. Lo sigue preguntando.

—Ahora lo va a tener por escrito.

—No lee de corrido.

—Son mayúsculas. Las mayúsculas las lee sola.

—Ya lo veré. ¿Cuándo llega?

—No lo sé. Salió ayer a mediodía. A su nombre, con tus señas.

—La abro yo primero.

—Ya lo sé. Son tres palabras.

No contestó enseguida. Cinco días para una carta. Aquella noche no había cuaderno ni bolígrafo, y eso no podía contárselo.

Escuché el fondo de la llamada, por si se oía una tele o una cuchara. Silencio. Nora no estaba cerca del teléfono, o estaba muy callada.

—Has dicho que tenías una pregunta.

—Sí. ¿Hablas con mi madre?

—¿Por qué?

—Por saberlo.

—Llama a la niña. Por las tardes. Conmigo habla lo justo.

—¿Se pone ella?

—Se pone.

—¿Y a ti qué te cuenta?

—A mí, poco. Me dijo que seguías ingresada y que no me preocupara. Yo no le pregunto. Me lo dice ella.

Mi madre dice eso de todo: que no se preocupe nadie.

El día 4 le pedí que les diera un recado. Contestó que, si hablaba con ellos, lo diría. Hablaba con ellos. No pregunté si lo había dado: a las cuatro la necesitaba, y prefería no saberlo.

Miré el reloj. Faltaban cinco minutos. Para hacer mi pregunta había que decir la palabra por ese teléfono, y esa palabra ya la tenían.

—¿Mi madre te ha contado lo de las baldosas?

—¿Qué baldosas?

No contesté. Se oyó cómo cambiaba el teléfono de oreja.

—¿Las de tu cocina? ¿Se te ha levantado alguna?

En mi cocina hay una que baila, junto a la nevera. De esa podía acordarse.

—Si es por el seguro, eso lo llevas tú —dijo.

—No es por el seguro.

—Entonces dime de qué me hablas.

Yo no podía decirle cuáles. O le mentía otra vez, o le contaba a ese teléfono que era mentira. Allí ya constaba que yo las había negado delante de un juez. Faltaba que las había inventado.

—Nada. Si no te lo ha contado, nada.

—Algo será. Tú no llamas para nada.

Me puse de espaldas al cristal. Él lo fue diciendo despacio.

—Me llamas a cuatro días de la vista. No pides que se ponga la niña. Y me preguntas si tu madre me cuenta cosas. Dos veces.

Seguí callada.

—Tú has llamado para saber qué sé yo. ¿Quién te ha dicho que yo sé algo?

—Nadie.

Era verdad. Lo había supuesto yo sola, en un sofá.

—¿Y qué crees tú que hago yo con lo que sé?

Esperó. Yo miraba el reloj sin leerlo.

—Que yo no he llamado a esa clínica ni una vez. Que de ti sé lo que me dice tu madre, y es poco.

Así protestó el día 3, cuando me cortaron. Aquel día no era contra mí.

Si contestaba, lo acusaba. Si callaba, también. Podía decirle que no era por él, que había un informe con dos frases mías y que alguien se las había llevado. Era contarlo todo por el mismo aparato.

Volví la cabeza. La auxiliar seguía en el banco, de perfil, con la ficha en las rodillas.

—Daniel —dije.

—¿Qué?

No tenía con qué seguir.

—Si quieres saber lo que cuenta tu madre, pregúntaselo a ella.

Tardó otra vez.

—Cuando llegue la carta se la doy a la niña.

Lo dijo como se dice una hora de recogida.

—Lo que tenga que decir de ti se lo digo al juez. Contigo delante.

Colgó él, sin golpe. Un clic y la línea.

Las 09:39.

Seguí con el auricular. Lo cambié de oreja, como había hecho él. Daba un tono seguido. Mientras lo tuviera ahí, la auxiliar se quedaba en el banco.

Me quedaban dos minutos y los usé. Hice la cuenta.

No era él. Le hablé de unas baldosas y preguntó cuáles. Probó con una cocina y con un seguro. Quien las tiene no pregunta.

Pensé en mi madre. Mi madre cuenta las cosas por encima. Hablaba con Daniel y no le había contado lo de las baldosas. A él le decía poco, y en resumen. El informe traía mis dos frases enteras. No era su manera de contar.

Quedaba el teléfono, y ya no sabía para quién. Si se oía, alguien acababa de oírme preguntar por ellas. Y había oído que usé un móvil. A Lidia tendría que decírselo, o callármelo también.

A Nora no la había oído. Había gastado en una sospecha la única llamada que me habían dado con su padre.

Le había hecho a la otra parte una pregunta rara a cuatro días de la vista, y él iba a contarla: me lo avisó antes de empezar.

Una mujer ingresada llama al padre de su hija para preguntarle por unas baldosas. Sabía cómo sonaba.

Daniel cumple lo que dice. La carta iba a llegarle a Nora por su mano, abierta.

El día 3 pidió que me dejaran acabar una frase. Yo lo había llamado para tratarlo de culpable.

El reloj cambió de minuto. Me quedaba uno. La auxiliar se levantó del banco y se acercó al cristal, con los ojos en el reloj. Puse la mano en la horquilla. Cuando se cumplieron los diez minutos, colgué.