La clínica de las esposas Capítulo 32
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Capítulo 32

Sin rituales.

En la comida, Marga le pidió el agua a Berta.

La jarra estaba delante de mi bandeja. Berta la tenía más lejos y tuvo que estirar el brazo por encima del pan para alcanzarla.

Yo comía otra vez en la mesa del fondo, desde el desayuno, y desde que salí de la sala de visitas Marga no me había dirigido la palabra.

Se sirvió, bebió y siguió con su plato. Dejé más de la mitad del mío. Berta me miró la bandeja y se lo calló.

A las seis estábamos en la sala común. Tenía la mano en el bolsillo, sobre la tarjeta, y esperaba a que Neli se fuera.

Berta y yo ocupábamos el sofá del rincón, cada una en su mitad. Neli estaba en el brazo del sillón, y el sillón seguía vacío. En la mesa baja solo quedaba la jarra: la última hoja se había leído por la mañana.

Marga ya no se sentaba a un metro. Leía al otro lado de la sala, junto a la tele sin voz.

Pasó una página. Una semana entera la había visto con ese libro cerrado en las rodillas.

Por la mañana le había pedido que leyera dos veces lo que iba a firmar.

Me oyó. De todo lo del día, era lo que más me pesaba.

Lidia estaba en la silla de la ventana, de cara al cristal, con el codo pegado al cuerpo. No había auxiliar en la sala. Quedaban tres o cuatro pacientes más, lejos, cada una a lo suyo.

De la mañana y de la puerta del archivo, el personal seguía sin decirme una palabra. Llevaba toda la tarde esperando que alguien dijera mi nombre desde el pasillo.

—Una hora para la cena —dijo Berta—. Hoy han bajado cuatro a visita.

Neli se miraba las mangas. El dato que me dio por la mañana era malo, y ella seguía creyéndolo bueno. Me lo callé: de una puerta cerrada cualquiera habría sacado lo mismo. La tarjeta era otra cosa. Neli contaba lo que veía.

Pasadas las seis se levantó.

—Voy a ducharme.

Antes de salir miró hacia donde leía Marga. Después miró el rincón. No supe a cuál de los dos sitios iba a volver.

Tardé todavía un poco. Berta dormía enfrente de la catorce y la primera noche vio lo que vi yo: era la única a quien podía enseñársela. Desde el pasillo no se veía el rincón. Saqué la tarjeta con la foto contra la palma y la dejé en el sofá, entre las dos, por el reverso.

—Berta. Necesito que mires una cosa.

Me miró a mí antes que al sofá.

—Tú no paras.

—Es mirarla. Nada más.

—Pues deprisa. Neli se ducha en cinco minutos.

Los dos códigos se veían uno debajo del otro, a bolígrafo.

«46-F-203»

«18-H-057»

—No son teléfonos y no son fechas. Es lo único que sé de ellos.

Berta no la cogió. Le dio la vuelta con un dedo.

La foto quedó boca arriba. Era la mujer que Berta había visto entrar en la catorce la primera noche y salir entre dos celadores. La había tenido a dos metros, en la puerta de enfrente. La miró despacio, con el dedo todavía encima.

—La del atlas.

Lo dijo bajo.

—No te pregunto quién es. Te pregunto qué son los números.

—Ya sé lo que me preguntas.

Volvió la tarjeta con el mismo dedo. Al lado de la foto venían el nombre, con dos apellidos, y debajo la empresa. No supe si le había dado tiempo a leerlos. Los números los miró más rato.

—Eso lo llevan las cajas.

—¿Qué cajas?

—Mira para la tele mientras te lo cuento.

Miré la tele. Una mujer daba vueltas a una ruleta. Berta habló hacia la pantalla, casi sin mover la boca.

—Casi todas las noches, después de las diez.

Yo ya estoy en mi cuarto, con la puerta entornada.

Pasa una auxiliar hacia el fondo del pasillo con una caja de archivo, de las de tapa.

La lleva con las dos manos. Se la oye venir, que con peso los zuecos suenan distinto.

No es la ronda. La ronda lleva la linterna y nada más.

Por el pasillo pasó un carro de ropa. Berta se calló hasta que dejó de oírse.

—En un lado trae una pegatina blanca. Dos números, una letra y tres números. Como ahí.

—¿La lees desde tu puerta?

—En un bar, de una caja se mira primero la etiqueta. Luego ya se abre.

—¿Y estas qué traen?

—Ni idea. Y lo que quieren decir los números, tampoco. Sé el nombre. La caja del archivo. Así la llaman ellas.

—¿Se lo has oído a ellas?

—A dos. En el relevo.

—¿Dónde la dejan?

—Yo veo quién pasa. Va con la caja y vuelve sin ella. Nada más.

Empujó la tarjeta hacia mí con el dedo.

—Yo esto no lo he visto.

—No lo has visto.

Se limpió el dedo en la rebeca.

Me guardé la tarjeta. Eran números de caja, y las cajas estaban detrás de la puerta que esa mañana me dijo que no dos veces.

Levanté la vista.

Lidia había vuelto la cabeza, sin girar el cuerpo, y me miraba el bolsillo. Me pilló con la mano dentro. Era la primera vez en todo el día que miraba hacia el rincón. Volvió al cristal.

El día anterior, en mi puerta, me dijo que solo avisaba de lo que era de avisar. Yo no sabía si una tarjeta lo era. Lidia tenía el control en la otra punta del pasillo y toda la noche por delante.

Berta estaba de medio lado, hacia la tele. No la vio mirar. No se lo dije: aquella mujer ya le había costado una semana, y yo acababa de ponérsela otra vez en el sofá.

—Cincuenta minutos —dijo.

Poco después la auxiliar de tarde se asomó a la puerta de la sala. Traía una hoja doblada por la mitad y un bolígrafo detrás de la oreja. Buscó por los sillones y me encontró.

—Cristina. Mañana tienes visita. Tu madre, a las cuatro.

—Gracias.

Le dijo otra hora a una de las del fondo y se fue. Lo había oído la sala entera. Otra se volvió a ver quién era la de la visita. Marga pasó una página con la vista en el libro. Lidia no se movió.

Nadie me había dicho que mi madre fuera a venir. La habría pedido ella, por su cuenta, como lo arreglaba todo. Desde que entré, de fuera solo habían venido a verme una abogada y un juez con los suyos, y por un procedimiento.

—A las cuatro —dijo Berta—. Contigo, mañana bajan cinco. Tú come antes.

—Ya como.

—Medio plato no es comer.

Siguió con sus números hasta la cena.

Me quedé en el sofá. Mientras Lidia siguiera en su silla, no se lo estaba contando a nadie. En la tele acabó un concurso y empezó otro. Berta llenó dos vasos de la jarra y me dejó uno delante. Me lo bebí entero. Neli no había vuelto.

Aquella mujer me había dejado apuntadas dos cajas. La primera noche me habló de una hermana que durmió en mi cama: una podía ser la suya. De la otra no tenía ninguna idea. Tampoco tenía con qué entrar.

Si existía una hoja de mi día 8, ya sabía dónde se guardaría. Que existiera era otra cosa.

Dentro no me quedaba nada que hacer. Me quedaba mi madre.

A mi madre casi nunca le pedía nada. Le daba las gracias por lo que me encontraba hecho. El día 6 le dije a un juez que me iría a su casa, y a ella no había podido preguntárselo. El juez contestó que ese sitio no estaba confirmado y que fuera no tenía tratamiento.

Al día siguiente iba a tenerla delante. El alta no me la daba ella. Lo que faltó ante el juez, sí: una casa y un médico fuera. Y pagaba ella. Tenía además el número de la abogada de la custodia.

Con mi madre no hablaba desde el día 4. Por la cabina no se lo iba a pedir: lo que yo decía en esa cabina acababa escrito con mis palabras. Se lo pediría a las cuatro, cara a cara.

Antes quería saber una cosa: si detrás de lo que la casa sabía estaba Daniel.

Lo tuve decidido enseguida y seguí sentada más de media hora. Para levantarme tuve que oír los carros de la cena en el pasillo. Berta salió hacia el comedor delante de mí, arrastrando los talones.

Pasé primero por la catorce. Al agacharme se me fue la vista: llevaba el día con medio plato. Levanté el colchón por mi lado y metí la tarjeta al fondo. Encima ya no podía llevarla. Lidia sabía en qué bolsillo iba.

Después fui al control. La enfermera de tarde preparaba los vasos de la noche. Esperé a que acabara con una bandeja. Detrás de mí pasó el carro hacia el comedor.

—Dime, Cristina.

—Quería pedir una llamada. Con mi hija no. Con su padre.

Dejó un vaso a medio llenar.

—Eso lo tiene que ver la supervisora.

Lo apuntó en la hoja del turno, debajo de media página ya escrita.