La clínica de las esposas Capítulo 31
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Capítulo 31

Acto libre y voluntario.

Estuve dos minutos delante de aquella puerta.

No me hacía falta entender más. Habían empezado.

La mujer de administración me miraba desde su mesa. No se levantó.

A solas ya era tarde. Quedaba hacerlo delante de todos, y uno de ellos no era de la casa ni de la familia. Desde el juez no había venido nadie de fuera a comprobar nada. Aquel hombre venía a comprobar si Marga firmaba libre, y yo traía un papel sobre eso.

Sabía también lo otro. Una paciente con un parte del día anterior, fuera de su taller, abriendo una puerta que no era suya.

Preparé tres frases, como para el juez. Cortas. Que no pudieran sonar a otra cosa.

Saqué de debajo del jersey la hoja del día 7, la entera. Le dejé un dedo de barro en el canto. No lo limpié: no tenía con qué.

No llamé. Quien llama se queda esperando a que le digan que pase.

Abrí.

Era la sala donde tres tardes antes una abogada me dio veinte minutos.

Una mesa y cuatro sillas, las cuatro ocupadas.

Un hombre mayor, con las gafas bajas y unos folios delante.

Dos hombres con el abrigo puesto, uno más viejo que el otro, los dos con la frente de Marga. Y Marga, de espaldas a la puerta.

En la mesa había un documento de identidad, una carpeta azul y unas llaves con una etiqueta de cartón. El libro de Marga estaba cerrado en el suelo, contra la pata de su silla.

El notario dejó de leer.

No subí la voz y no toqué a nadie. Llevaba en la cabeza, palabra por palabra, lo que Marga había leído la mañana anterior en el rincón. Di tres pasos y puse la hoja en la mesa, a un palmo de sus folios, sin rozarlos. Retiré la mano.

—Perdone. Este papel es mío: decía lo que yo iba a hacer ayer, y ayer lo hice. Ella tiene uno igual para hoy, y dice que firma serena. Pregúntele por él antes de que firme.

El hermano mayor se había levantado.

—¿Quién es esta mujer?

El notario me miró por encima de las gafas.

—¿Quién es usted?

—Una compañera. Estoy ingresada en su planta.

Miró la hoja sin cogerla. Leyó el final, que era lo que quedaba hacia su lado. Tardó poco: la última línea es corta. Después me miró las manos. Las tenía grises y abiertas.

Miró a Marga.

—¿Conoce usted este papel?

—Ese es de ella. Yo tengo ocho. El de hoy dice que usted leerá el documento entero y comprobará que lo entiendo. Y dice que firmo.

Marga no se había vuelto. Hablaba hacia los folios.

—Eso está escrito desde antes de que usted llegara —le dije al notario.

—Señora, eso lo hago siempre.

No lo dijo con ironía. Lo dijo como se informa de un horario.

Era verdad. Lo ponía la hoja y él lo habría hecho igual sin hoja. A aquel hombre el papel no le mandaba nada. Le había copiado.

Después se quitó las gafas y miró a los dos hombres.

—Les voy a pedir que salgan un momento.

—Hemos venido desde...

—Un momento. Yo les aviso.

El mayor miró a Marga. Marga miraba los folios.

Salieron. El más joven cerró la puerta sin mirarme.

Fui a salir detrás de ellos.

—Que se quede —dijo Marga—. Que lo oiga.

—¿Es lo que usted quiere?

—Sí.

Me quedé de pie junto a la pared, con las manos a la vista. El barro se me empezaba a secar entre los dedos.

El notario se puso las gafas y acabó lo que le quedaba. Ahí sí oí las palabras.

—«... renuncia pura, simple y gratuitamente a cuantos derechos pudieran corresponderle en la herencia de su padre...».

Marga no movió la cara. Esa frase la había leído ella para otros durante veinte años.

Cuando acabó, cerró la carpeta encima de los folios. Preguntó sin prisa y esperó cada respuesta.

Le preguntó qué día era y dónde estábamos. Marga dijo el día y dijo el nombre de la clínica, completo.

—¿Qué va a firmar?

—Renuncio a mi parte de la herencia de mi padre. Entera y sin condiciones. No recibo nada a cambio. No puedo volverme atrás.

—¿Qué deja de tener?

—El piso. Las llaves. El gas. Las persianas. El correo.

Conocía esa lista. Era la de su hoja del día 2: lo que sus hermanos iban a preguntarle por teléfono. Era lo que la tuvo una tarde repitiendo una frase delante de una cabina. Dicha en aquella mesa, era la lista de lo que se quitaba de encima.

—¿Sabe a quién va su parte?

—A mis dos hermanos. No se la doy yo. Les toca.

—¿Le han dado esta mañana algo que no le den otros días?

—No. Lo mismo, a la misma hora.

—¿Se lo ha pedido alguien?

—Mis hermanos me han llamado. Aquí me pusieron delante la palabra. Lo sé y lo he leído.

—¿Firma usted porque lo dice un papel?

—Firmo aunque lo diga.

No dudó en ninguna. Yo sabía cómo dudaba Marga: no dudaba, repetía. No repitió nada.

Con cada respuesta me quedaba una razón menos.

El notario apartó la mano de la carpeta.

—Si usted me dice que hoy no, recojo y me voy. No tiene que darle explicaciones a nadie.

Lo dijo despacio y mirándola. Iba en serio. Había tapado la pluma antes de decirlo.

Era lo que yo había ido a pedir. Lo pedía él, mejor dicho y con derecho a pedirlo.

—Hoy sí.

No dijo «creo» ni «supongo». Marga no las usaba.

El notario esperó un momento más, con la pluma tapada.

Miré lo que la hoja mandaba mirar. Marga tenía las manos abiertas sobre la mesa, con los dedos estirados. Así las tenía el día de la manilla. No le temblaban. Las tenía quietas.

Sabía qué día era. Sabía lo que firmaba mejor que nadie en aquella sala. Dos de las tres frases que yo había leído esa mañana, sin entonar, se habían cumplido delante de mí, y ninguna era mentira. Quedaba la tercera.

«Sin rituales».

El notario abrió la puerta. Entraron los dos hermanos y se sentaron sin quitarse el abrigo. El mayor miró antes que nada la carpeta, todavía encima de los folios. Detrás venía una auxiliar, que se quedó en la puerta. Me miró a mí y después miró al notario. No entró.

El notario apartó la carpeta, giró los folios hacia Marga y destapó la pluma.

—Puede leerlo usted, si quiere.

Marga acercó un dedo a la primera línea. Es lo que hace quien va a empezar otra vez desde arriba.

Lo retiró. Nadie le había dicho nada. Dejó la mano en la mesa, al lado de la otra.

La tercera frase acababa de cumplirse.

Hice lo único que me quedaba.

—Marga. Léelo otra vez. Tú lo lees todo dos veces.

Lo dije bajo. Si releía, la hoja fallaba en una frase. Y supe lo que le pedía mientras se lo pedía: que deshiciera lo que acababa de conseguir con ese dedo. Lo que le costó una mañana en una silla, con un ocho y las manos así.

No me contestó.

Cogió la pluma del notario y firmó, despacio, con todas sus letras. No releyó.

Después se volvió. Era la primera vez que me miraba desde que entré.

—No necesito que me salves de la única decisión que he tomado sin temblar.

No le temblaba nada. Lo había mirado yo, porque un papel decía que se mirara.

Cogió mi hoja por el canto limpio y me la devolvió sin mirarla. Ella, que las leía enteras.

—Ella no comparece —le dijo al notario.

Era palabra de notaría. En aquel papel yo no estaba.

El notario miró a la auxiliar. La auxiliar vino hasta mí.

—Cristina, te acompaño. Te están buscando en el taller.

No me cogió del brazo. Los dos hermanos miraban la mesa. Salí.

Lo último que vi antes de que la puerta se cerrara fue la mano de Marga empujando las llaves hacia el lado de sus hermanos.

Dentro siguieron. Oí otra vez la voz del notario, más corta. Ya no leía.

—Ahora te lavas esas manos y subimos —dijo la auxiliar.

Miré el reloj de la pared. Las once y veintidós.

Repasé la mañana por sus horas. Dos no eran mías: Lidia a las nueve y media y el notario a las once. Las otras dos solo me habían estorbado a mí. Una biblioteca cerrada sin motivo el día en que yo necesitaba un papel. Un taller que acababa una hora después de una firma.

Yo no tenía hoja de ese día.

Me lo pregunté una vez. Si alguien la había escrito. Y dónde se guarda una hoja así.

A mí sí me temblaban las manos. En una llevaba una hoja del día anterior, con un dedo de barro en el canto. En el bolsillo, una tarjeta que no abría.