La clínica de las esposas Capítulo 30
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Capítulo 30

El notario autorizante, leerá el instrumento íntegro y comprobará que la paciente comprende el acto.

Bajamos ocho, en fila, detrás de una auxiliar.

Yo iba la última. Neli no venía: en la puerta de la planta dijeron que estaba en enfermería.

Al pie de la escalera el pasillo torcía a la derecha.

Primero la mesa de administración, con la mujer del impreso.

Dos tardes antes me había dejado un bolígrafo para firmar que estaba informada.

Enfrente, la sala de visitas. Tenía la puerta cerrada. Pasé despacio. No se oía nada.

Era lo que tocaba. Marga estaba con la terapeuta desde las diez y sus hermanos no llegaban hasta las once menos cuarto. Lo había dicho ella, con sus tres horas. Aquello era una sala vacía con la puerta cerrada.

El taller estaba dos puertas más allá. Una mesa larga con un hule, diez sillas y un fregadero. En la pared, un reloj redondo. Olía a tierra mojada. Me senté donde veía el reloj.

La monitora llevaba un delantal y las mangas subidas. Nos puso delante un trozo de barro envuelto en plástico, un cuenco con agua y un palillo de madera.

—Hoy toca barro. No hay que hacer nada bonito. Hay que hacer algo. Trabajamos hasta las doce, y a las doce subís todas juntas con la compañera que os ha bajado. Si alguna necesita el baño, me lo dice y va. De una en una. Está al fondo de este pasillo.

Lo dijo sin dureza.

—Lidia, tú aquí, a mi lado, que te veo ese brazo.

Lidia se sentó en la otra punta, junto a ella. Trabajaba con una sola mano y no levantaba la cabeza. Una vez alzó los ojos, hacia la monitora, no hacia mí. Tenía la cara con que había vuelto de dirección. Marga faltaba y nadie preguntó por ella.

A los dos minutos tenía barro hasta los nudillos y no sabía qué hacer con él.

Estaba frío y se metía debajo de las uñas.

Lo apreté. Lo solté. Volvió a ser un trozo.

No conseguía decidir si hacer una bola o una tira.

Era una decisión de nada y no la tomaba.

Llevaba una semana sin empezar nada que no fuera leer un papel, y aquello había que empezarlo.

Berta amasaba enfrente, con las dos manos y la vista en otra parte. Llevaba ya medio cuenco, con las paredes iguales. Miró mi trozo entero.

—Haz algo con eso. Lo que sea.

Era mi primer taller.

Hice la cuenta con las manos dentro del barro.

Tenía una hoja del día 7, cumplida. Tenía media hora.

Marga estaba con la terapeuta y a las once menos cuarto iba a estar con sus hermanos.

Antes de las once tenía que pasar por una sola puerta, y esa puerta estaba en aquel pasillo, a veinte pasos de mi silla.

Si la alcanzaba antes de que entrara, le ponía la hoja delante a ella sola. Sin hermanos y sin notario.

No sabía qué más iba a decirle. Las dos líneas ya las había visto juntas. Pero por la mañana estaban delante Berta y Neli, y Lidia en la ventana. A solas, en un pasillo, con la hoja entera en la mano, a lo mejor me oía de otra manera. No tenía otra cosa.

Preparé la frase y la gasté antes de usarla. «Lee la mía entera y dime en qué apartado decidí yo». No. Me iba a contestar que en el último, y era verdad.

Iba a pedir el baño a las once menos veinte.

A las diez y treinta y ocho una mujer de la otra punta levantó una mano gris.

—¿Puedo ir al baño?

—Ve. Deja el palillo en la mesa.

Salió. La puerta se cerró sola.

Mientras no volviera, no salía nadie. Lo había dicho la monitora y no lo había dicho por mí.

Llevaba la hoja debajo del jersey y las manos llenas de barro. No podía ni tocarla para saber que seguía ahí. La notaba en la cintura al respirar.

Podía levantarme sin pedirlo. Era dejar la actividad delante de toda la mesa, el día después de un parte, con Lidia sentada en ella. Pedir el baño era lo mismo con dos minutos de ventaja. Me quedé sentada.

Apreté el barro. Miré el reloj. Las diez y cuarenta y uno. Las diez y cuarenta y tres. La monitora pasó por detrás de mi silla y se paró.

—Eso ya es algo —dijo.

No era nada. Era un trozo de barro con las marcas de mis dedos.

Las once menos cuarto. Si todo iba a su hora, dos hombres estaban pasando en ese momento por delante de la mesa de administración. Alguien pasó por el pasillo, o me lo pareció. Un grifo abierto tapa mucho.

La mujer volvió a las once menos diez. Doce minutos para un baño que estaba al fondo del pasillo. Detrás de ella entró Neli, con una auxiliar que se quedó en la puerta.

—Esta viene de enfermería —le dijo a la monitora, y se fue.

Neli se sentó en la silla libre, que era la de mi izquierda. Traía un algodón sujeto con esparadrapo en el pliegue del codo. Le pusieron su trozo y su cuenco. No los tocó. Me miró las manos.

Desde el banco del patio no me había mirado ni me había hablado.

—Has dejado un sobre en el control —dijo.

—Sí.

—A las ocho y media. Yo estaba en la cola de las pastillas.

—Es para Nora.

Lo pensó.

—¿Sabe leer?

—Está aprendiendo. Las mayúsculas.

—¿Cuántas palabras le has puesto?

—Tres.

—Tres las lee.

Con Neli me salía la voz baja. No corregí nada y no añadí nada. Movió la cabeza una vez, como en aquel desayuno, y metió por fin los dedos en el agua.

Del día anterior no habló. Yo no le pregunté por qué dejó de mirarme. Me había hecho una pregunta sobre mi hija y era de las suyas.

Miré el reloj. Las once menos ocho.

—Miras mucho ahí —dijo.

—Sí.

—Es por Marga.

No lo preguntó. Había estado en el rincón a las nueve menos veinte.

—En la sala de visitas no hay nadie. Está cerrada y no se oye nada.

—¿Has pasado por delante?

—Ahora. Al bajar.

—¿Has abierto?

—No. Estaba cerrada. No se oía nada.

Neli decía lo que veía y nada más. Desde el día 3 todos sus datos habían sido buenos: la tostada entera, la auxiliar que leyó mi hoja de madrugada, la hora del patio.

Lo di por bueno. Tenía con qué. El día 6 pasé por delante de esa puerta y a Marga se la oía leer desde el pasillo, sin entender las frases.

Si hubiera gente dentro, se oiría. Y a las diez y media yo misma la había visto igual: cerrada y callada, con Marga en otra parte.

No había cambiado nada. No habían entrado todavía.

Si salía en ese momento, me quedaba de pie en un pasillo vacío, delante de la mesa de administración, hasta que alguien me subiera. Tenía tiempo. Decidí esperar y salir justo antes de las once.

Neli hizo una bola y la aplastó con la palma. Era más de lo que yo había hecho en veinte minutos.

A las once menos dos levanté la mano.

—¿Puedo ir al baño?

La monitora estaba inclinada sobre el barro de otra, enseñándole a pegar dos trozos con agua. No me oyó. Lo repetí sin subir la voz. Acabó lo que hacía, se secó en el delantal y miró el reloj.

—Ve. No tardes. Deja el palillo.

Las once y un minuto.

—A las doce subimos todas —dijo Berta.

Me miraba las manos, no la cara.

No le contesté. Dejé el palillo cruzado encima de mi trozo, como quien va a volver, y me levanté. Neli siguió con su bola. No me preguntó adónde iba.

Salí con las manos grises hasta las muñecas, tal como estaban.

En el pasillo no giré hacia el fondo.

La mujer de administración levantó la cabeza cuando pasé y siguió con lo suyo. Yo sabía lo que estaba haciendo mientras lo hacía: dejar una actividad de mi horario, el día después de un parte. También eso iba a tener su hora.

Llegué a la puerta. Eran las once y tres.

Estaba cerrada, como a las diez y media.

Dentro leía un hombre. Seguido y parejo, como leía Marga. No era ninguna de las dos voces que oí el día 6. Era más vieja y no dudaba.

Estaban dentro cuando pasó Neli. Tres personas que esperan a un notario no leen en voz alta. El día 6 se oía porque quien leía era ella.

Neli vio una puerta cerrada, oyó silencio y sacó de ahí una sala vacía. Yo había sacado lo mismo de lo mismo a las diez y media, y entonces era verdad. A las once menos diez ya no lo era.

Había llegado tarde.