La clínica de las esposas Capítulo 29
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Capítulo 29

Acto notarial en la sala de visitas.

La puerta de la biblioteca estaba cerrada.

Seguían los dos papeles de siempre, escritos a mano: el de los veinte minutos y el del horario. De diez a doce y de cuatro y media a seis y media. Encima habían pegado otro.

«Biblioteca cerrada».

Estaba impreso. En esa puerta no había visto nunca un cartel que no fuera de bolígrafo. Alguien lo había escrito en una pantalla, lo había mandado a una impresora y había venido a pegarlo con cuatro trozos de celo. Dos palabras y un punto. No traía fecha ni motivo. No ponía «hoy».

Debajo, a mano, con la misma letra del cartel de los veinte minutos: «Devoluciones, en el carro».

El carro estaba fuera, en el pasillo, arrimado a la pared entre esa puerta y la siguiente.

Probé la manilla. No cedió. Busqué dónde acercar una tarjeta y no había dónde: una cerradura corriente y nada más. Dentro estaba el atlas, tumbado en su balda, y daba igual. El atlas lo había dejado vacío yo.

Traía dos cuentas. Una estaba en el pasillo, arrimada a la pared. La otra necesitaba una puerta con algo más que una cerradura.

Me asomé a la esquina y miré el reloj del pasillo. Las diez y dos. Marga llevaba dos minutos con la terapeuta. Yo llevaba dos minutos delante de una puerta que debía estar abierta.

—¿Buscas algo?

Era una auxiliar que venía del fondo con unas toallas en el brazo. No era la de la biblioteca. A esta la tenía vista en el comedor, junto al carro de las bandejas.

Hablé bajo. Desde el día anterior medía la voz antes de usarla.

—¿Por qué está cerrada?

—Me han dicho que hoy no se abre. Mañana abre a su hora.

—¿Y por qué hoy no?

—Eso no me lo han dicho. —Cambió las toallas de brazo—. Si traes un libro, lo dejas ahí.

No traía ninguno. Lo siguiente lo había pensado por el pasillo y aun así me salió mal.

—¿Hoy ha venido la mujer del archivo? La que venía de fuera.

—¿La chica de los archivos? No viene desde anteayer. Lo de la empresa lo lleva administración. —Me miró—. ¿Para qué la quieres?

Miento mal. Pongo demasiadas cosas ciertas, y se nota cuál es la que sobra.

—El segundo día que estuve aquí saqué una novela histórica, de aquella pared. Anteayer la devolví sin acabar, a las cinco y dos, y me llevé otra. Ella estaba por aquí una de las dos tardes y me dijo que había una mejor, de la misma época. No me acuerdo del título.

La auxiliar esperó a que acabara. Había oído dos días y una hora para pedir una novela.

—Pues hoy no hay biblioteca. Mañana lo preguntas dentro. Tú hoy tienes taller a las diez y media, abajo. No te retrases, que bajáis todas juntas.

—No.

—Llevo esto y voy a por una que tiene analítica.

Se fue pasillo adelante. No se volvió.

Yo acababa de preguntar a una trabajadora de la casa por una mujer de la que no tenía por qué saber nada. Lo había hecho con mi voz y a la vista.

La puerta siguiente era igual que la de la biblioteca, sin carteles. Tenía un rótulo pequeño, de plástico, atornillado a la altura de los ojos.

«Archivo. Solo personal autorizado».

A la altura de la mano había un lector gris con una pantalla estrecha.

Había estado dos veces en aquella biblioteca y no había mirado la puerta de al lado. Las dos veces iba a por un libro concreto y a por nada más.

Llevaba en el bolsillo una tarjeta de una empresa que digitalizaba archivos. Aquella era la puerta de un archivo. Era la segunda cuenta: quien entra en una sala cerrada entra con algo. Yo llevaba ese algo, y allí había una puerta que lo pedía.

Si esa mujer había guardado algo más, estaba ahí detrás. Yo buscaba un papel con un nombre arriba y otro abajo: quién lo pide y para quién. Con eso en la mano, a Marga no tenía que convencerla yo. Le bastaba leer.

No miré el pasillo dos veces. No había tiempo para dos veces. Saqué la tarjeta. Fuera de la catorce no la había tenido a la vista. La foto quedó hacia mí: la mujer de la primera noche, con el pelo suelto.

La acerqué al lector.

Un pitido corto. Una luz roja. En la pantalla, dos palabras.

«NO AUTORIZADA».

La acerqué otra vez, despacio, plana, por si había sido la mano.

Lo mismo.

Leí la pantalla como leo cualquier cosa. No ponía «desconocida». No ponía «error». Ponía que no estaba autorizada, y eso solo se le dice a quien se conoce. El aparato sabía de quién era aquella tarjeta y le decía que no.

Si la mujer de la caja era ella, le habían quitado la puerta el mismo día.

Detrás no se oía nada. No tenía cristal.

Pensé una cosa más, práctica. Si aquel lector guardaba quién llamaba, ya tenía una hora y una tarjeta dada de baja. No podía deshacerlo.

Me la guardé. Al guardarla noté con el pulgar el reverso, donde iban los dos códigos a bolígrafo. Seguía sin entenderlos. Yo había probado una tarjeta. Los códigos no los había probado en ningún sitio, porque no sabía dónde se prueban.

Me asomé otra vez a la esquina. Las diez y nueve.

Quedaba el carro.

En ese carro aparecieron las hojas de Marga, la mañana del día 2, dentro del libro que había pedido.

Dos tardes antes yo lo había mirado al pasar y había contado lomos.

Era la primera cuenta, la que dejé sin hacer el día 6.

Pasé primero el dedo por los cantos, por si alguno abultaba.

Ninguno. Me arrodillé, porque el carro era bajo, y saqué el primero.

Lo abrí por detrás, como aprendí el día 2. La ficha, con sus fechas a sello. Lo cogí por el lomo y lo sacudí. Nada. El segundo tenía una sola fecha. Nada. El tercero traía el lomo roto y lo sacudí con cuidado, como si eso importara.

Me temblaban los dedos al pasar las fichas. Era de ir deprisa después de cinco noches a trozos.

Eran nueve. El cuarto era de cocina. El quinto, una guía con un mapa plegado que desplegué entero y volví a plegar mal. En el sexto alguien había dejado de señal un billete de autobús. Lo miré por las dos caras. Era un billete de autobús.

Las diez y diecisiete. A esa hora Marga estaría diciéndole a la terapeuta un número.

El séptimo, el octavo. Miré debajo de la bandeja de arriba y pasé la mano abierta por la de abajo. Polvo. Ninguno abultaba ni traía dentro nada que no fuera suyo.

Aquella mujer sabía qué libro había pedido Marga y cuál no iba a abrir nadie. Si hubiera querido dejar algo más, lo habría dejado donde yo estaba mirando. No lo dejó, o salió con ella.

Tenía tres abiertos en el suelo, boca abajo, cuando oí los zuecos.

—¿Qué buscas?

Era la misma, sin toallas. Lo preguntó con la misma voz que la primera vez, con las palabras justas.

No tenía ninguna respuesta que no fuera peor que callar. Busco papeles. En aquella casa era lo único que no se podía decir sin que tuviera nombre.

Me quedé callada y de rodillas, con el noveno en la mano.

—Ese carro no se toca —dijo—. Lo recoge por la noche una compañera vuestra, una paciente, y cuenta los libros.

Miró su reloj.

—Las diez y veinticinco.

No dijo que lo apuntaba. En esa misma puerta, el día 2, a Berta le leyeron lo que iba al parte de la tarde. El día 6 me apuntaron a mí el nombre y la hora, al entrar y al salir. Sabía para qué se dice una hora en voz alta delante de esa puerta.

A una mujer de rodillas delante de un carro le pondrían algún nombre. Yo no sabía cuál.

Cerré los tres libros y los puse de canto, en el orden en que estaban. Metí el noveno en su sitio. Me levanté. Tenía polvo en las rodillas y no me lo sacudí delante de ella.

—Venga —dijo—. Que ya están en la puerta de la planta.

Fui delante.

Hice el inventario por el pasillo, que era corto. Una pregunta por una mujer que no era de la casa. Una tarjeta pasada dos veces por un lector. Nueve libros abiertos por detrás. Y una hora dicha en voz alta.

Veintitrés minutos. Los había gastado en una puerta cerrada, en otra que decía que no y en un carro, y eran de la mañana de Marga, no de la mía.

De aquella mujer no había nada, y yo no tenía puerta. Para Marga me quedaba lo que ya llevaba encima a las nueve menos veinte: mi hoja del día 7, entera.

Y media hora.