La clínica de las esposas Capítulo 28
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Capítulo 28

Resultado esperado: la paciente firma la renuncia de forma voluntaria y serena.

A las nueve menos veinte no saqué nada de debajo del jersey.

Otras mañanas, a esa hora, yo sacaba una hoja. Las tenía todas encima, los ocho papeles, y ninguno era de ese día. Venía de dejar media tostada y de dormir a trozos por quinta noche. Marga no me pidió nada. Tenía su libro cerrado en las rodillas y las dos manos encima.

En el rincón éramos cuatro. Berta, en su medio sofá, y yo en el mío.

Marga, a un metro. Neli, en el brazo del sillón, con los ojos a medio abrir.

El sillón estaba vacío. Lidia se había sentado en la otra punta de la sala, en una silla junto a la ventana, con el codo pegado al cuerpo. No miraba hacia nosotras.

Lo único que yo había escrito esa mañana ya no lo llevaba.

A las ocho y media pedí un sobre en el control.

La enfermera me lo dio y no preguntó para quién era.

Puse el nombre de Nora y las señas de su padre con el bolígrafo del mostrador.

Lo cerré yo. La enfermera dijo que el correo lo bajaba administración a mediodía.

Dentro iba el papel de la cena del día 6.

Por delante, «Cristina», a rotulador. Por detrás, «Nora:», y nada más.

La noche anterior no pasé de ahí. A las siete de la mañana, con la novela abierta encima, pasé.

No tenía ninguna prueba que cuidar: la de las cuatro mentiras ya no me decía nada del cuaderno.

No me quedaba ningún motivo para que Nora siguiera esperando.

Puse tres palabras en letras grandes, las que cabían.

«NO COLGUÉ YO».

Debajo firmé como me escribe ella en sus dibujos: «mama».

No puse dónde estaba ni lo que había hecho el día anterior. Ese sobre lo iba a abrir su padre antes que ella.

—¿Anoche fue a verte? —dijo Berta.

No dijo quién.

—A las siete. Se quedó en la puerta.

—¿Y?

—Dijo que avisó. Al psiquiatra, el día 4. Dijo «avisé».

No conté más. Lo demás no podía probarlo y no era mío.

—Pues ya lo sabemos —dijo Berta.

Marga no dijo nada. Neli se miró las mangas. Ninguna volvió la cabeza hacia la ventana.

Yo tenía una cosa que hacer y era la única de esa mañana.

—Marga. «Si se lee una, se leen todas». Lo dijiste tú, la segunda noche. La de cada día, ese día, entera y en voz alta.

—Lo dije.

—Hoy yo no tengo hoja. Tú sí.

Tardó. No miró a las otras. Miró el libro.

—Dije «todas» —dijo—. No dije «las tuyas».

Abrió el libro por el final y sacó una hoja sola, doblada en tres. No la desdobló. Me la tendió por encima de la mesa baja.

—Yo esa no la leo. Léela tú. Entera.

Era la primera vez que la tenía en la mano. El día 5 la vi entre otras quince, encima de esa misma mesa, y me quedé con tres palabras. La desdoblé. Abajo, en la letra pequeña de siempre, «Día 8». Los cuatro apartados, con sus títulos.

Hasta entonces las mías las había leído ella. Yo, en aquel rincón, no había leído nunca una hoja entera.

Leí como leía ella, sin entonar.

—«Acto notarial en la sala de visitas. El notario autorizante, leerá el instrumento íntegro y comprobará que la paciente comprende el acto».

Me había parado un instante detrás de «autorizante». Le di la vuelta a la hoja y se la enseñé con el dedo.

—La coma.

—En una notaría esa coma no pasa —dijo Marga—. Veinte años la quité yo antes de que el papel llegara a la mesa.

Lo dijo más deprisa que lo anterior. De comas hablábamos ella y yo por gusto, desde el día 2, y esa mañana también.

—¿«Autorizante»? —dije.

—El notario autoriza el documento. No me autoriza a mí.

—¿Y el instrumento qué es? —dijo Berta.

—El papel.

Seguí.

—«Serenidad. Ausencia de rituales durante el acto».

Eso era lo que alguien iba a mirar a las once.

—«Acto libre y voluntario. Capaz y orientada. Sin rituales».

Tres frases sin verbo. Así iba a quedar escrito.

Quedaba el último apartado. No lo leí solo.

Saqué de debajo del jersey el pie suelto, el de la primera noche, y lo puse en la mesa baja, pegado al pie de la hoja de Marga. Leí las dos líneas seguidas.

—«Resultado esperado: la paciente agrede a una compañera en el comedor». —Bajé el dedo—. «Resultado esperado: la paciente firma la renuncia de forma voluntaria y serena».

Me quedé en la última palabra. «Firma» es algo que se hace. «Serena» no se hace: lo mira otro.

El mismo sujeto. El mismo presente, el de lo que se da por hecho. La misma mano.

—La mía se cumplió ayer, en el comedor —dije—. Y yo también creía que decidía.

—Ayer te miré las manos —dijo Marga—. No te las movió nadie.

Era lo que yo había concluido el día anterior, mientras me sacaban del comedor, casi con esas palabras. Oírselo a ella no me dio la razón. Me la quitó.

—A mí tampoco me la va a mover nadie.

—A ti te llamaron tus hermanos el día 2 y el día 3. Está en tus hojas. Y el día 5 el psiquiatra te puso delante la palabra. «Una de las opciones disponibles». Nos lo dijiste tú.

—Lo sé. Lo tengo leído desde el día 2.

—Te llamaron porque estaba escrito.

—Me llamaban antes de entrar aquí. Entonces yo no tenía hoja.

Ahí me callé. A mí tampoco me inventaron el sueño.

—¿Y entonces?

—Voy a firmar.

No subió la voz y no la bajó.

—A las diez tengo a la terapeuta. A las once menos cuarto vienen mis hermanos. A las once, el notario.

—¿Y el piso para quién queda? —dijo Berta.

—Para mis dos hermanos. A partes iguales.

—Vale.

—¿Tú quieres eso? —dije.

Se lo pregunté de frente. A Marga había que preguntarle de frente o no contestaba.

—Mis hermanos quieren el piso. Yo no quiero el piso. Quiero que dejen de llamarme.

No añadió nada. Eran tres frases y estaban enteras.

—Cris —dijo Berta—. Déjala.

A mí no me había llamado así nunca. El día anterior se lo dijo a dos auxiliares.

—Ayer te sacaron de un comedor entre dos. Hoy no te toca organizarle la mañana a nadie.

Tenía razón en la primera parte. No le contesté.

Antes de las nueve ya no quedaba nada que leer. Doblé la hoja de Marga por sus dobleces y se la devolví. La metió en el libro. Hasta las nueve y media seguimos en el rincón y nadie volvió a la firma.

A las nueve y media una auxiliar se asomó a la puerta.

—Lidia. A dirección.

Lidia se levantó deprisa para como tenía la cadera. Se apoyó un momento en el respaldo y salió delante de la auxiliar.

Volvió antes de las diez menos cuarto. Venía sola. Andaba más despacio que al irse. Cruzó la sala hasta la misma silla y se sentó de cara al cristal. No miró quién se había movido, y Lidia miraba siempre quién se había movido.

No dijo nada a nadie.

Puse juntas una palabra y dos hechos. El día anterior, en mi puerta, dijo «eso»: «Eso no te lo debo». Esa mañana la llamaban a dirección, bajaba deprisa y subía despacio. Si «eso» era algo que le habían prometido, ese día no se lo habían dado.

No lo sabía. Lo dejé en sospecha. No fui a preguntárselo.

A las diez menos cinco vino una enfermera a por Marga. Marga se levantó con el libro debajo del brazo, las ocho hojas dentro, y se fue con ella. No se despidió. No era una despedida: iba a una sesión.

Lo decidí con el pie suelto todavía en la mesa.

Las dos líneas juntas no habían bastado. A mí me habrían bastado. A Marga solo la paraba lo que estaba escrito, y lo que yo le había puesto delante lo tenía leído desde hacía seis días. Lo que no teníamos ninguna de las dos era un papel que dijera quién encargaba aquellas hojas, y para quién.

Tenía dos razones para volver a la biblioteca y las hice como dos cuentas.

El día 6 abrí el atlas, encontré la tarjeta y a los doce minutos estaba fuera. El carro, donde aparecieron las hojas de Marga, lo miré al pasar. No abrí ningún libro. Di por último algo que estaba por comprobar.

Y había dejado apuntada una cosa que no cuadraba. La tarjeta pudo entrar en ese atlas con la sala cerrada. Quien entra en una sala cerrada entra con algo.

La biblioteca abría a las diez.

Me guardé el pie suelto. Fui a la catorce, levanté el colchón por mi lado y metí el brazo hasta donde lo había metido dos tardes antes.

Estaba plana y fría. Me la guardé en el bolsillo del pantalón, con la foto hacia dentro.

En el pasillo eran casi las diez.