Capítulo 27
Heteroagresividad hacia compañera en espacio común, precisando intervención del personal.
A las siete yo llevaba cinco horas en la catorce, con la puerta abierta.
Una auxiliar pasaba cada quince minutos, me miraba desde el marco y seguía. No preguntaba si estaba despierta. Se veía.
La enfermera de tarde me había ofrecido algo para estar más tranquila. Dije que no. Quería acordarme.
A las cuatro subió el psiquiatra. No se sentó.
Me preguntó si tenía ideas de hacerme daño o de hacérselo a alguien.
Dije que no a las dos cosas. Dijo que la medida era para esa tarde y esa noche, que cenaría en la habitación y que por la mañana volvía a mi horario.
No traía mi carpeta. Estuvo cinco minutos y del comedor no preguntó nada.
Me acordaba. Lo tenía entero: dónde puse las manos, una en el hombro y otra más abajo, el peso que cedió, cómo sonó la silla. Lo pasé seis o siete veces y no cambió ni un segundo. No se parecía a la otra noche, la de hacía casi un mes, de la que tenía una puerta y un grito.
Las manos me habían temblado hasta las tres. Luego pararon solas. Las tenía encima de las rodillas y eran las de siempre.
Sabía además cómo iba a quedar escrito. Lo había oído por la mañana, en voz de Marga. La supervisora había apuntado siete palabras. Antes de que nadie las firmara iban a ser más, con una palabra larga delante y un gerundio detrás.
Dejé quietos los papeles y el colchón. Estaba sentada encima, por mi lado, y lo que había debajo seguía sin conocerlo nadie. La fotografía de Nora estaba en la mesilla. En toda la tarde no la había mirado de frente.
A las seis oí pasar a las otras hacia la sala. Reconocí las zapatillas de Berta, que arrastraba los talones. No se paró en mi puerta. No supe si la dejaban.
La auxiliar pasó, miró y siguió hacia el fondo. Se oían los carros de la cena en la otra punta.
Lidia apareció en el marco.
No entró. Se apoyó en la madera con el hombro bueno. Llevaba una tirita en el codo y la chaqueta por encima.
—Tengo diez minutos. Hasta que vuelva a pasar.
No me dio tiempo a abrir la boca.
—Yo no te vendí. Avisé.
Me costaba mirarla. Miré la tirita.
Avisar. Era su verbo desde el primer día que la oí hablar. Lo dijo en el patio el día 2, cuando yo iba a desdoblar el primer papel: que luego nadie dijera que no había avisado.
—¿A quién?
—Al psiquiatra. Que es el tuyo y es el mío.
—¿Cuándo?
—El día 4. Por la mañana, después del desayuno.
—¿Qué?
—Tu frase. Como me la diste. Ni una palabra mía. —Cambió el peso de pierna y se le fue un gesto a la cadera—. ¿Qué querías que hiciera con eso, guardarlo?
Era una pregunta retórica, y siguió ella.
—De tus papeles no he dicho nada. A nadie. Del pan del armario, tampoco. Y de lo que mandaste desde mi móvil, menos: eso todavía no sé ni lo que fue. Nada de eso era de avisar.
Podía ser verdad. El pan y las cartas no habían vuelto. Pero mi frase había tardado tres días en volver, y la tenían desde el primero.
—¿Eres la paciente de apoyo?
—Así me llaman tus papeles. A mí aquí nadie me ha llamado así.
—¿Te mandaron decirlo en la mesa?
—A mí no me manda nadie. —Miró el pasillo—. Me lo pidieron.
—¿Qué te dieron a cambio?
Esta vez tardó.
—Eso no te lo debo.
No dijo «nada». Dijo «eso». Algo había.
No dio más razones. No dijo que lo sentía y no esperó a que lo dijera yo.
—En el baño dijiste «miedo» —dije—. Me preguntaste miedo de qué. Ahora has dicho «tu frase». En el comedor dijiste otra.
—«Miedo» lo dijiste tú. —Se tocó el codo—. Y hoy me has tirado de una silla. Ponle tú el nombre.
No se lo puse.
—En aquel baño te pregunté otra cosa —dijo—. Si con una compañera también. Y me contestaste.
—Que no había pegado a nadie en mi vida.
—Eso.
—Era verdad.
—Hasta hoy.
No lo dijo con saña. Lo dijo como le había dicho a Berta lo de la cuenta: porque había salido.
—¿Te duele?
No era pedirle perdón. No sabía pedírselo sin que sonara a otro trato. Pregunté el hecho.
—El codo. La cadera, mañana.
—¿Te lo han mirado?
—Hielo y una tirita.
Miró la mesilla. La fotografía de Nora estaba donde siempre. La miró un momento más de lo que se mira un objeto. No dijo nada de ella.
—Y me sigues debiendo una —dijo—. Lo de mi móvil. Sigo sin saber qué salió de ahí con mi número.
No se lo dije. Contárselo era contarle la prueba entera, las cuatro, a la persona que acababa de decirme a quién informaba.
—Lo sé —dije.
Los carros estaban ya en nuestro lado del pasillo.
—Tiempo.
Se fue. Andaba cuidándose un lado.
De lo que me había dicho no podía comprobar nada.
Me quedé con lo que sí tenía. En el baño me avisó a mí antes que a nadie: tu hoja habla de confidencias, tú verás.
En el comedor dijo primero la frase tal como era.
Y en el suelo, pudiendo decir cualquier cosa, dijo «empujado».
Por la mañana había dicho «aquí no lo he dicho». Aquí.
Tenía también lo otro. La segunda vez me puso en la boca una palabra que yo no dije.
Puse las fechas en fila.
El psiquiatra tenía mi frase desde la mañana del día 4.
El día 5, en su consulta, me sacó un coche que dejé de conducir.
No sacó «miedo» ni «sola»: yo las estuve esperando.
El día 6 un juez leyó en voz alta lo que le interesaba de su informe y tampoco estaban.
La tuvo tres días, con un juez delante, y no la usó. La dejó para un comedor.
Y esa tarde, de pie en mi puerta, no me preguntó qué me había dicho Lidia en la mesa. No le hacía falta.
Para las otras tres, la prueba de las cuatro mentiras era ya papel mojado. Que una cosa no volviera no quería decir que no la tuvieran.
Luego miré la palabra. La de Lidia. Yo no la había dicho, y era la palabra de lo que me daba miedo. En el baño dije «miedo» porque era la que podía decir. No sabía si la otra era, además, la palabra de lo que yo era.
Tampoco corregí «agrede». Era la de mi hoja.
Lo de hacía casi un mes no lo recordaba, y con eso me había dado siempre la duda a favor: no sé lo que hice, luego puede que nada. Lo de ese día lo recordaba entero. Sabía que estaba escrito. Tuve un momento para sentarme, lo vi y empujé. Esa duda ya no me la podía dar.
La primera noche, con el pie suelto recién leído, pensé que yo no había pegado a nadie en mi vida. Lo usé de prueba durante siete días. Ya no servía. Si había hecho aquello avisada y despierta, no sabía qué había hecho la otra noche, sin aviso y con las pastillas dentro.
Me habían preparado la mesa. Eso lo tenía claro y no me quitaba nada.
Saqué el papel en blanco. Era el de la cena del día anterior: por delante, «Cristina», a rotulador. Saqué el bolígrafo del capuchón mordido y abrí la novela encima.
Escribí «Nora» y dos puntos.
No seguí. La primera frase tenía que decir dónde estaba y lo que había hecho ese mediodía, o callarlo. A Nora no le había escrito nunca una frase arreglada.
A su padre le puse que había empezado un cuaderno de cartas. «He empezado». Ya había una empezada. Tenía un nombre.
Guardé el bolígrafo. La carta la puse con la hoja de derechos y con el otro papel, el que tenía tres líneas para una mujer que ya no iba a leerlas. Dos trozos de cuartilla con mi nombre por delante. En uno había escrito de más y en el otro no pasaba de una palabra.
Pasó la auxiliar. Miró. Siguió.
Saqué de debajo del jersey los dos papeles del día 7, la entrada y el pie suelto. La misma línea dos veces, y ya había pasado. Las siete habían pasado: cinco se cumplieron, una falló y la última la cumplí yo con las manos. Los puse con los otros seis y cuadré los cantos.
Nadie había venido a quitármelos. Ni después del comedor.
A las nueve menos veinte del día siguiente habría sala, y Marga pediría la hoja del día. Mía no quedaba ninguna línea por leer. La única era suya, y acababa en una firma.