La clínica de las esposas Capítulo 26
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Capítulo 26

Contacto.

Lidia ya estaba sentada.

Neli llegó después. Se sentó a mi izquierda, acercó su vaso y no me miró. Enfrente estaban las tres de siempre. La que una mañana me acercó la mantequilla me dijo buenas tardes.

Había dos auxiliares en el carro. La tercera nos tenía de frente, como todos los días.

Y había alguien más.

La supervisora estaba de pie junto a la puerta, a dos pasos de mi silla, con una hoja doblada en la mano. El pelo corto, la chapa. No la había visto nunca en el comedor. No hablaba con nadie. Miraba las bandejas. La mía la miró dos veces.

Nadie dijo qué hacía allí.

Las hojas se leían en la sala o en el patio, nunca en el comedor, porque en el comedor había tres auxiliares. Ese día había cuatro uniformes. Lo conté y seguí con lo mío.

En la mesa del fondo, Berta me miraba por encima del vaso. Marga estaba de espaldas. Desde allí no se oía lo que se hablaba en la nuestra: lo había comprobado yo al revés, el día 4.

De primero había sopa de fideos. Comí. Ese día me convenía tener una cuchara en la mano y no dejar en el plato nada que pudiera apuntarse. No tenía hambre. Tenía el estómago cerrado desde el patio y cada cucharada bajaba por su cuenta. Me la acabé.

A mi derecha, Lidia comía con el codo pegado al cuerpo, como siempre. Olía al jabón de la planta. No me había mirado ni una vez, y yo a ella tampoco: le veía la mano y el plato.

No conté baldosas. Conté platos. Primero, segundo y postre.

El primero pasó entero. Lidia se terminó el suyo y rebañó el fondo con pan. No dijo nada. La supervisora no se movió de la puerta.

De segundo trajeron pollo con patatas. Lidia cortó un trozo, lo dejó en el plato y soltó los cubiertos.

—Tú me dijiste que te da miedo quedarte sola con tu hija.

Lo dijo bajo, hacia mí, sin volver la cabeza. Sin nada delante.

Eran mis palabras. Enteras y en su orden. No había quitado ninguna y no había puesto ninguna.

Neli no levantó la vista del plato. Ya lo sabía. De las tres de enfrente, la de la mantequilla dejó de masticar, me miró, miró a Lidia y siguió comiendo. Las otras dos hablaban de una visita. La auxiliar de frente tenía los ojos en otra mesa.

La supervisora miraba hacia el carro. No lo había oído.

No pasó nada.

Esperé. Me miré las manos. Una tenía el tenedor. La otra estaba plana al lado del plato. No se habían movido.

Era eso. Era eso y ya había pasado. Lo había gastado yo en el patio, media hora antes, y lo que quedaba en aquella mesa era una frase que ya tenían cuatro. Ya no lo tiene una sola, había dicho Marga. Pinché una patata y me la comí.

En mi bandeja estaba el yogur, cerrado. Me faltaba medio plato.

Lidia miró a Neli. Miró a las de enfrente, una por una. Y luego, la última, miró hacia la puerta.

—Me dijo que es un peligro que se quede sola con su hija.

Lo dijo alto. Para la mesa de al lado, para el carro y para la puerta.

La supervisora levantó la cabeza.

Yo oí los dos cambios. Los oí como oigo una errata en una página limpia. Había cambiado una palabra. Y había cambiado la persona: ya no me hablaba a mí, hablaba de mí. La primera vez me había citado. La segunda me había traducido, y no para mí.

Y «mi hija» era ya «su hija», igual que en mis hojas era «la menor».

—No dije «peligro». —La voz me salió alta—. Dije «miedo». Si vas a repetirme delante de todas, repíteme bien.

Alta. Llenó la mesa y llegó a la de al lado. Era el primero de los tres, lo tenía leído, y lo supe mientras todavía estaba hablando.

Lidia no me miró. Miraba a la supervisora.

—Me dijo que es un peligro que se quede sola con su hija.

La misma. Ni una palabra movida.

Yo estaba de pie. Había echado la silla atrás con las piernas y tenía el canto de la mesa contra los muslos. Lo noté mientras lo hacía. El segundo.

Entonces lo vi. Tuve delante un momento entero, del tamaño de una frase, y lo vi con todas sus letras.

Podía sentarme. Bastaba con doblar las rodillas. Si me sentaba, la línea fallaba, como había fallado la del día 6. Y la del día 6 no me había servido de nada.

Sabía también lo que costaba lo otro. Lo llevaba escrito debajo del jersey, dos veces. Y había una mujer en la puerta con una hoja en la mano.

Lidia tenía la boca abierta. Iba a decirlo otra vez.

Con eso no se arreglaba nada y lo sabía. No quise arreglar nada. Quise que esa palabra no sonara una tercera vez en la misma frase que mi hija.

La empujé. Con las dos manos, en el hombro y en el brazo. Una vez.

Lidia cayó de lado, con la silla.

La bandeja se fue detrás. Sonó el plato, sonó el vaso, y después no sonó nada. Un comedor entero sin una cuchara.

Las tres de enfrente se habían echado atrás en las sillas. La de la mantequilla tenía una mano en la boca.

Lidia estaba en el suelo, sobre un costado, con una pata de la silla entre las piernas. A quien miró primero no fue a mí. Miró a la supervisora.

Neli se levantó antes que nadie. Se agachó a su lado, le sacó la silla de entre las piernas y le puso una mano cerca de la cabeza, sin tocarla. Lo hizo como quien lo ha hecho muchas veces. No me miró.

A mí me cogieron por los brazos. Dos auxiliares, una a cada lado, sin apretar. Con eso bastó. Yo tenía las manos abiertas delante del cuerpo y no volví a moverlas.

—Ya está, Cristina. Ya está.

La supervisora pasó por delante de mí y se agachó con Lidia.

—No te levantes todavía. ¿Te has dado en la cabeza?

—No.

—¿Dónde te has dado?

—En el codo. Y aquí. —Se tocó la cadera.

—Mueve los dedos. Eso es. Ahora te miramos el codo en el control.

Lidia se incorporó hasta quedar sentada en el suelo. Neli le sujetaba la espalda.

—¿Qué ha pasado?

Lo había visto desde la puerta, a dos pasos. No se lo preguntaba para saberlo. Se lo preguntaba para oírla hablar después del golpe.

—Me ha empujado —dijo Lidia.

La supervisora movió la cabeza y esperó con el bolígrafo quieto.

Lidia no dijo que le había pegado. No dijo lo de antes. Dijo la palabra justa, la que yo tenía preparada, y la dijo ella, desde el suelo, que era la única que podía haber puesto otra más grande.

La supervisora se levantó y vino a mí. Me habló bajo.

—Cristina, voy a dar parte. Te digo lo que pongo: «Agrede a una compañera en el comedor».

No era una pregunta. El día 3, en el mostrador, me preguntó antes de escribir. Ese día me lo comunicaba.

Era la línea de mi pie suelto. Le faltaba el sujeto. Ella no parecía saberlo: lo dijo sin mirar ningún papel.

Yo tenía «empuja» en la boca. Era más corta y era verdad. No la dije. No corregí y no contesté.

Buscó la hora en la pared y escribió. Fue entonces cuando me empezaron a temblar las manos. Las auxiliares lo notaron en mis brazos y no apretaron más.

—Vamos a tu habitación, Cristina —dijo una—. Andando, tranquila.

Tardé en entender que la frase era para mis pies.

—A Cris me la lleváis despacio, que no se va a ningún sitio.

Era Berta. Estaba de pie en su mesa, al fondo, y lo dijo alto, para todo el comedor.

No era un chiste y nadie lo tomó por uno. Marga se había vuelto en su silla. Me miraba las manos.

En Santa Vela nadie me había llamado así.

Me llevaron hacia la puerta. Hice la cuenta antes de cruzarla, una vez. Me habían puesto la silla. Me habían quitado el sueño cuatro noches. Habían sentado a mi derecha a la que tenía mi frase. Y ese día habían puesto en la puerta a una mujer con una hoja.

Las manos no me las había movido nadie.

Al pasar vi a Lidia de pie, agarrada al respaldo de la silla de otra. No miraba hacia mí. Neli le quitaba una patata de la manga.

En mi bandeja quedaba el yogur, sin abrir.

Me sacaron al pasillo.